El Librero de Varsovia
Escena Cuarta
El escenario está a oscuras. El alba asoma entre unos árboles. A medida que la luz aumenta, una anciana cruza el escenario de derecha a izquierda, llevando consigo un enorme fardo de ramas secas. Entre ella y el bosque hay un campo, y en medio de este se halla lo que parece un pilar negro. La anciana llega al centro del escenario y se detiene ante el tronco de un árbol muerto y esquelético. Se agacha para recoger unas ramas del suelo, para añadirlas a las que lleva sobre la espalda, luego se incorpora y se dirige hacia el público.
ANCIANA
¿Pero cómo? ¿No os habías ido ya? [avanzando unos pasos más]
¿De verdad creéis que esta obra va a acabar por el fuego?
¿Es que el fuego, siendo la primera palabra, ha de ser también la última?
No, no es precisamente el fuego que imagináis…
ese tormento que todo lo ennegrece
y alrededor del cual gira una voz que grita:
«¡Nada queda!»
No. Es otro el fuego del que hablo.
La luz se intensifica y el pilar negro resulta ser un hombre de espaldas al público. La figura se da la vuelta ligeramente, de modo que el público ve que se trata de un viejo monje con una azada, con la que empieza a trabajar la tierra. La mujer le observa y continúa su discurso.
Miradlo. Es una cáscara que oculta su forma bajo el hábito.
[Llamándolo] ¡Eh! ¡Anciano!
El monje se detiene y mira a la anciana.
ANCIANA ¿Ha de ser el fuego quien tenga la última palabra?
La mujer suelta una risa que raya la carcajada. El anciano no contesta.
Vaya, ¿será que la vida te ha hecho callar mientras yo soy un vendaval de ruido?
MONJE Así lo ha querido la muerte, no la vida. [Amargamente] La vida es muerte, y la muerte desemboca en la nada.
ANCIANA ¡Pero qué dices! ¿De qué te quejas?
La anciana arroja el montón de ramas entre ella y el monje.
MONJE De nada. De nada. He llorado todos los llantos, he sufrido todas las furias, y ahora me encuentro vacío.
ANCIANA ¿Y es este «vacío» tu sepultura? ¿Acaso esperas que este silencio alimente el amor? ¿O solo esperas que alimente un silencio más profundo hasta que te quedes petrificado para siempre? ¿En qué mentira vives?
MONJE Haces preguntas como si tuvieran respuestas. Las voces que hace tiempo me llamaron ahora callan. La música de la creación está llena de gritos; son los lamentos de las mujeres que han enloquecido de dolor por ver a sus pequeños desmembrados, a sus hombres asesinados, a sus hijas secuestradas y cautivas, por ver sus casas convertidas en escombros, por ver sus corazones calcinados.
ANCIANA El fuego purifica, padrecito.
MONJE El fuego destruye.
ANCIANA No; purifica la herida que compartimos, cauteriza el orgullo que se encona.
MONJE Convierte el rostro de la belleza en calaveras.
ANCIANA ¿Acaso no vuelve siempre a renacer? ¿No notas la cálida caricia de la primavera? Mira cómo el viento arrastra las semillas. Las voces que han muerto vuelven a oírse ahora en un ritual indestructible.
MONJE El tiempo decidirá quién de los dos tiene razón, anciana.
Pero creo que la naturaleza ya no es una madre, porque mata mientras alimenta, porque los nuevos brotes se nutren de una tierra regada con sangre. Es una reina que deja un montón de cadáveres a su paso. Y el hombre, su propio hijo, no piensa en otra cosa que en su ganancia. Hay ejércitos de ellos levantado sus fortalezas y graneros.
ANCIANA ¿Nos echas la culpa? Esta es una tierra yerma.
MONJE Más yerma que el alma. El universo es frío y despiadado.
ANCIANA El universo ha sufrido mucho daño y rebosa de dolor, pero es cálido.
MONJE Este Edén no es más que una ilusión, un baile insensato donde las bestias que son listas y pueden hablar solo expresan su dolor.
Todos los hombres reconocen que hay una herida universal, sea cual sea su atavío, la túnica de seda o la armadura…
ANCIANA… O un humilde hábito de monje. ¿Acaso no eres también un hombre?
MONJE Sí, pero no porque yo lo haya querido.
ANCIANA Dime, entonces, qué te gustaría ser.
MONJE Algo menos que un ángel, pero algo más que este barro. Ya no voy a lacerar mi carne en busca de la inmortalidad. Me siento atrapado entre una cosa y otra. Para nosotros se hizo la gloria del universo, pero no somos más que polvo. Explícame este misterio.
ANCIANA ¡Ay, ya estamos con los filósofos y sus acertijos! Hay demasiadas preguntas en tu alma.
MONJE Solo quiero comprender mi dolor para que deje de paralizarme; quisiera obtener por lo menos un beneficio ante tanta pérdida.
ANCIANA ¿Lo ves? Tú también esperas ganar algo. No me refiero al oro, por supuesto, ni al poder sobre otros hombres, ni a los altos torreones que se custodian ni a los barcos veloces que atraviesan lagos de fuego. Ay, no. Tú lo que quieres es obtener la más humilde de las monedas, siempre que en ella esté grabada la palabra «Belleza».
MONJE Lejos están los días en que creía que esta moneda podía rescatar el corazón de una edad oscura.
ANCIANA ¿Qué clase de rescate esperabas?
El monje se la queda mirando pero no dice nada. Ella se agacha para recoger el fardo de ramas; resopla por el esfuerzo, se da la vuelta y se dispone a marcharse.
Hace tiempo conocí a un niño que sabía pintar un sueño. En mitad del invierno era capaz de hacer que un árbol estallara de verdor; con una sola pincelada conseguía que los brotes nacieran a la vida sobre una tabla.
MONJE Tenía que morir un árbol para hacer esa tabla. Hablas de sueños y nada más que de sueños. Se nos expulsa del seno de esos sueños
para conocer el fuego de la experiencia y consumirnos en agonía para alimentar la pesadilla de otro.
ANCIANA Hay fuegos y hay fuegos. ¿A qué fuego te refieres?
MONJE Al que destruye.
ANCIANA Ah, pero es que yo te hablo de otro muy distinto. El niño del que te hablo tenía tanto fuego en los huesos… Y se hizo monje.
Quizá conozcas su nombre, porque se hizo famoso entre los príncipes y las tribus. Su nombre era casi como el mío.
MONJE Conozco ese nombre porque era el mío.
ANCIANA Entonces, Andréi, no te desvaneciste en tu propio sueño.
ANDRÉI Fui tras unas voces que ahora permanecen en silencio. El niño que conociste ya no está.
ANCIANA ¿Será porque se ha convertido en un orgulloso vacío que no quiere ser colmado?
ANDRÉI Es un tronco hueco. Al final me echarán a la hoguera.
Señalando el montón de ramas.
Mi calavera carbonizada servirá de nido a las golondrinas y se convertirá en una metáfora para los monjes piadosos.
ANCIANA ¿Y no será que ese vacío es en realidad un recipiente?
¿Acaso no fuiste una vez un cuenco lleno de colores? Te empapabas hasta lo más íntimo de tu ser y pintabas milagros.
ANDRÉI ¡Pintar! Jamás volveré a pintar. Toda mi obra se ha deshecho en humo. Todos estos años desperdiciados han sido un error.
Ahora lo sé: jamás despertamos.
ANCIANA Y yo, que he enterrado a seis hijos bajo tierra y he visto consumir mi vida en una fatiga inacabable, dime, ¿acaso tu sufrimiento tiene más valor que el mío? Estoy seca por dentro; mis ojos son como el cauce de un río seco. [Elevando la voz] Si ahora digo esto no es para herirte, sino para atajar este dolor tan amargo. Y digo más: tu enfermedad se alimenta de tu propia gloria abortada.
ANDRÉI [angustiado] ¡Basta!
ANCIANA Estamos todos encerrados dentro de un misterio, en el cambio perpetuo y sagrado con el que reímos y lloramos y soportamos la generación de las almas. ¿Acaso has creado tú el baile de los planetas? ¿Es por ti que los niños transmiten su amor con la mirada?
¿Crees que te has dado a ti mismo el poder de pintar un universo en una pequeña tabla de madera? ¿Cómo te atreves a condenar la vida que ni siquiera has podido comprender?
ANDRÉI Yo no condeno la vida, sino la belleza. La Belleza es una falsa diosa. Ahora ha completado su ciclo… y se manifiesta en esos
grandes copos de ceniza que caen sobre las ruinas de las catedrales incendiadas y abandonadas, también en esas manchas tan vistosas que deja la sangre en el azul del agua. La Belleza carece de conciencia. Me pides que la corteje, a ella, a quien amé una vez. Pero lo cierto es que no la conocía. Ya no existe. Murió en un incendio.
ANCIANA Hace tiempo fue un sueño para santos y reyes, un canto que el viento arrastraba. Y tú bailabas con ella.
ANDRÉI Esa tal Kahlia, la supuesta belleza, era como un himno cantado en el vacío. Pura invención de mi mente.
La anciana se queda contemplándole. Carga con el fardo de ramas sobre la espalda con mucho esfuerzo y extrae de debajo de sus harapos primero una y luego otra cinta de color oro y rojo, que se lleva también al hombro. La anciana hace ademán de marcharse.
ANDRÉI Masha, sé que eres tú.
La anciana baila torpemente con su carga y empieza a oírse una música bellísima.
ANCIANA No. Soy yo, Kahlia.
ANDRÉI [en un grito prolongado] ¡Kahlia!
Andréi cae inconsciente al pie del árbol. Kahlia acude a su lado y permanece de pie junto a él. Lo mira con ternura.
KAHLIA Mi hermanito a quien tanto he querido, volverás a ser un hombre de oración. La esperanza estará contigo como el pan en la boca de los niños. Volverás a coger tus pinceles, mientras el mundo sigue forjando espadas. Bajo el Árbol de la Vida, oh soñador, te despertarás.
Te inspiraré desde estos breves sueños. Y cuando te levantes, harás para nosotros…
Elevando la voz, dejando un segundo de pausa entre cada una de las palabras que va a pronunciar, añade:
…¡un dulce y santo fuego!
Se oye el estallido de unos bombos. La oscuridad total desaparece de repente. Vuelven a oírse tres veces los bombos. Luego suenan tres trompetas. Los mejores iconos de Andréi Rubliov se proyectan sobre el cielo. La música y las campanas se mezclan con las voces de un coro que entona El Cantar de los Cantares al estilo bizantino.
CORO ¡La voz de mi amado! Vedle que llega saltando por los montes, triscando por los collados. Es mi amado como la gacela
y el cervatillo. Mi amado ha tomado la palabra y dice: ¡Levántate ya, amada mía, hermosa mía, y ven! Porque ya se ha pasado el invierno y han cesado las lluvias. Ya se muestran en la tierra los brotes floridos.
Ya llega el tiempo de la poda y se deja oír en nuestra tierra el arrullo de la tórtola. Ya ha echado la higuera sus brotes, ya las viñas en flor esparcen su aroma. ¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven!
Paloma mía, que anidas en las hendiduras de las rocas, en las grietas de las peñas escarpadas, dame a ver tu rostro, hazme oír tu voz. Que tu voz es dulce y encantador tu rostro. Yo duermo, pero mi corazón vela.
Es la voz del amado que llama. [Suavemente] Yo duermo, pero mi corazón vela. [Más suavemente] Yo duermo, pero mi corazón vela.
La música se desvanece hasta que se hace el silencio.
[FIN]
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