El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 36 de 59

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El Librero de Varsovia

Teófanes

¡Ajá! Percibo una ligera amargura en tu tono.

DANIIL

No, que yo sepa.

Soy un vacío que espera ser llenado.

TEÓFANES [bostezando descaradamente]

Debo retirarme para descansar un poco.

Por favor, sube ahí arriba con estos pinceles

y, si nada te lo impide,

añádele un par de pinceladas.

Esa túnica necesita un azul más oscuro.

DANIIL [atónito y emocionado]

Maestro, significa eso que…

TEÓFANES Sí, sí.

Teófanes sale del escenario por la derecha. Daniil escala por el andamio y se sienta más o menos a un palmo de distancia de Andréi.

Entre los dos hay un bote con grandes pinceles. Los dos permanecen quietos, de cara al mural y dando la espalda al público. Pasan veinte o treinta segundos. Andréi se acerca muy lentamente a Daniil, le rodea los hombros con el brazo e inclina la cabeza. Daniil también se inclina hasta que las dos cabezas se tocan por un instante, y se separan. Siguen sin moverse. Ahora es Daniil quien se tuerce de repente en una reverencia, sobrecogido por la emoción.

ANDRÉI

Aquí falta una pincelada de oro,

algún resto de gloria convertida en dolor.

Ahora el rostro de Cristo resplandece;

tú eres su icono.

De tu propio encuentro con la Cruz

podrás extraer los colores de la Resurrección.

DANIIL

Andréi, creo que no puedo más.

No hay nada dentro de mí.

ANDRÉI

Ni en mí tampoco. Pero empieza ya.

[Señalando con el dedo] Mira. Concéntrate en esa pincelada de azul.

Ya vendrá otra después para llamarte a que sigas pintando.

Daniil empieza a pintar muy despacio, muy poco seguro de sí mismo.

DANIIL Hay que limpiar la ventana para permitir el paso de la luz.

ANDRÉI ¿Y a quién se le abrirá?

DANIIL y ANDRÉI (al unísono) A aquellos que esperan ante ella.

ANDRÉI ¿Y quiénes van a esperar ante ella?

DANIIL y ANDRÉI Aquellos que son pobres.

ANDRÉI ¿Y quiénes son pobres?

ANDRÉI y DANIIL Los que están vacíos.

ANDRÉI Estamos casi vacíos, Daniil. Cuando acabemos de vaciarnos, entonces seremos colmados.

DANIIL Tú siempre estás colmado de algo, Andréi. Tú eres un rublo, yo un kopek. Esta gloria viene de ti.

ANDRÉI Estás mirando a través de una ventana, pero desde fuera.

Solo hay algo dentro que me preocupa.

DANIIL Yo he luchado contra ese gusano que corrompe el fruto de mis entrañas; ¡y no me digas que tú también tienes uno! Tú, a quien tanto he envidiado en el pasado.

ANDRÉI [dando una palmada sobre el andamio] Envidiabas a un hombre con su cruz. Tengo miedo de eso que me hace buscar la belleza.

Y no me refiero a la de la carne, sino a una pasión por lo que es visible.

Señala con reverencia el icono de Cristo.

Amo este rostro,

lo amo a Él, pero me pregunto si podría amarlo en el momento de cargar, desgarrado y

ridiculizado, con la agonía del mundo bajo su Cruz, con la malicia del corazón humano cayendo sobre Él, sin mirada alguna que atraiga nuestros ojos, mientras lo vemos roto, deshecho, víctima del abuso infame. [Apasionadamente] ¿Es la ubicua diosa de la belleza lo que en realidad adoro? ¿Qué errores sería capaz de cometer en su nombre si se me diera la mínima oportunidad? Prefiero no pensar en eso.

Se oye un coro de voces de fondo.

Tampoco confío en la humanidad, por mucho que me encuentre atado a ella. Somos como niños vagando por el mundo, poseyéndolo todo, nombrándolo todo, sabiéndolo todo, excepto de nosotros mismos.

DANIIL [señalando el icono de la Madre de Dios] Quizá la dama de la Sabiduría podría decirnos algo sobre su hermana pequeña. ¿Es una diosa, Andréi, o una amiga? Las dos podrían llevarnos de la mano hacia una época de brutalidad.

ANDRÉI Dices bien. El color dorado que llevas dentro ha sido probado ya en el fuego para mostrarse al fin como algo verdadero. Es el momento, hermano, de que sea yo quien ahora aprenda de ti.

Perdóname, he picado el anzuelo de la duda amarga. Nos veía a ti y a mí reunidos alrededor de este rostro transfigurado, igual que Pedro, Santiago y Juan, con la diferencia de que han pasado casi mil quinientos años y la luz era más débil. Me preguntaba si siempre iba a ser así, que los que soñamos estos sueños realzamos la imagen de nuestra propia esperanza y la mantenemos en lo alto para que sosiegue nuestros miedos y alivie la herida de nuestra mortalidad.

DANIIL Qué dolorosa es esta mortalidad, pero no por ello menos gloriosa. He aquí un buen acertijo. ¿Tan necesario es que sepamos resolverlo?

ANDRÉI Es el peligro que corre el artista: creerse el dueño de las formas, olvidar que es muy pobre,

considerarse el maestro de la realidad invisible, que es lo que representa este reflejo.

Mirando el icono de Cristo.

Le pregunté una vez si llegaría a ver algún día su rostro oculto, tan velado por las imágenes. Pero no me contestó.

DANIIL El icono del Dios silencioso.

ANDRÉI [elevando la voz con arrebato hasta convertirse en un grito sostenido] Oh, Uno y Trino, Oh, pródiga llama azul nacida del reflejo de la plata, Oh, santo verde, y puro bermellón, tú eres el vino que beben en abundancia las criaturas hechas de barro. ¡Es una pena!

¡Es una pena! Mi mano y mi ojo y mi corazón caen, caen, caen muy lejos del rostro que este pequeño garabato representa.

DANIIL Creo que el artista es como un hombre que cuelga de un árbol.

ANDRÉI [asintiendo] Tú eres él. Yo soy él.

DANIIL [riendo, en un intento de relajar el tono] Es como el idiota que balbucea por las calles y que solo merece el insulto de sus vecinos y las piedras que le arrojan los niños cuando desciende de sus visiones en la montaña gritando: «¡Sueños! ¡Se venden sueños! ¡Dos por un kopek o por una canción; y si no quieres comprarlos, toma: quédatelos gratis!»

ANDRÉI Es el bufón de Dios. Y aunque vaga por el camino a través de los árboles, los campos y las ciudades, ha visto una luz sobre una montaña. Es esta luz lo que queremos pintar. Este estallido de gloria es nuestra semilla.

DANIIL Sí, pero, sin darnos cuenta, hasta los estallidos de gloria se convierten de pronto en humo.

ANDRÉI Lo mismo que el sembrador en su campo cuya cosecha se entrega a la antorcha.

DANIIL ¡Eso es, querido starets! Dime por qué anida sobre esta carnicería el silencio de Dios.

ANDRÉI No estoy seguro, hermano. Pero ¿no se me ordenó acaso que el Cristo transfigurado debía descender en silencio hasta el valle donde se ha extinguido toda luz y donde se muestra la gloria profanada sobre una cruz? Su sumisión a la muerte ha abierto de par en par las puertas de Sheol, liberándonos de la desesperación y del odio.

[Cantando] «¡Cristo se ha alzado de entre los muertos para pisotear a la Muerte por la muerte y a aquellos que yacen en sus tumbas, ¡oh, luz pródiga!»

DANIIL ¿Se puede derrotar a la muerte? Entonces, dime: ¿por qué es tan difícil crear y tan fácil destruir? No comprendo por qué razón la muerte sigue aún con su trabajo. Creo que su tiempo es muy breve y que luchará con todas sus fuerzas hasta el último aliento. Es ese instante de agonía lo que estamos viviendo ahora. ¡Hasta que no acabe, el mal seguirá adelante, profiriendo insultos contra el rostro secreto de Dios, y también nos utilizará! Sabe muy bien que el corazón del hombre no se resiste a gritar «por qué» cuando se arruina la inocencia; y que cuando solo obtiene el silencio por respuesta su corazón estalla de dolor: «¿Dónde está Dios? ¿Dónde está Dios?» Y mientras se suceden los años de este largo silencio y el saqueador le despoja de todo a su

antojo, ¿seríamos capaces tú y yo de no recurrir a las armas viendo la corrupción de un niño? Si viéramos tú y yo todo el trabajo de nuestra vida ardiendo de pronto en llamas por el simple capricho de unos ciegos, ¿no tendríamos la tentación de blandir la espada?

Daniil calla y baja la mirada.

ANDRÉI ¿Cuánto vale un alma?

¿Cuánto puede soportar esta misma alma?

Soy un hombre de paz, pero hay un asesino durmiendo en mi alma,

alguien que en un momento de locura podría recurrir a las herramientas del mal

en un intento de derrotar al mal.

Y así me vería a mí mismo doblemente derrotado.

[Volviéndose hacia el rostro del mural de Cristo.]

Claro que quiero ver ese rostro oculto

cuya imagen se encuentra más allá de mí,

pero también enterrada en mi interior

por la herencia que llevo desde la caída de mi raza.

Voy a sublevarme [levantándose en mitad del andamio]

para partir la noche

y convertirme en el viejo luchador y guardián

que acabe derrotando a mi propio miedo interior.

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