El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 49 de 59

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El Librero de Varsovia

Capítulo 14

David volvía al desván todas las noches. Festung Dovid, le llamaba, Fortaleza de David. Pawel dormía mejor cuando él no estaba en el piso.

La otra presencia, la de la Madre, ganaba nitidez o la perdía de acuerdo con su estado de conciencia y con la intensidad de su oración.

Una noche, después de una modesta cena, David subió pronto al desván, y Pawel se quedó leyendo apaciblemente en la cama. A las nueve se fue la luz, y Pawel, que aún estaba convaleciente de su enfermedad, no tardó en quedarse dormido.

Se vio en sueños paseando por un bosque de abedules. Debía de tratarse de un bosquecillo en medio de las onduladas tierras altas de los Cárpatos, pues a lo lejos veía cumbres nevadas, hacia el sur, y al norte las granjas de las llanuras. Volvía a ser un niño otra vez, tendría quizá ocho o nueve años. El sol brillaba con fuerza, y él era feliz.

Una voz le dijo desde lo alto:

–Está en camino.

–¿Quién está en camino? – preguntó con voz aguda.

–El seductor del mundo entero -dijo la voz desde lo alto.

–Tengo miedo -balbució él.

–No tengas miedo.

–¡Tengo miedo! – gritó.

Y entonces cayó a un pozo muy profundo. Caía y caía, y mientras caía sus gritos se perdían en forma de eco, al tiempo que la lejana luz se reducía. Al sentir que caía cada vez más deprisa, estiraba los brazos y las piernas para ralentizar el descenso, pero se hacía daño en los dedos con las piedras y las raíces que sobresalían de las paredes del pozo.

Llegó hasta el fondo, aterrizando con un ruido sordo. Para su asombro, estaba ileso.

El fondo del pozo era de arena seca y estaba cubierto de huesos pequeños.

Caminó a tientas, a cuatro patas, tratando de encontrar algún medio por el que poder volver a trepar hasta el punto de luz que se veía allá a lo lejos, sobre su cabeza. Sus dedos tocaron un cuerpo tumbado junto a la pared.

Se apartó de un salto al oír el gruñido del cuerpo, hasta que se dio cuenta de que era otro niño como él, que había caído también en aquella oscuridad.

Era un niño más pequeño. Lo incorporó y lo dejó sentado, con la espalda contra la pared.

–Despierta, despierta, estamos en peligro.

–¿Dónde estoy? – dijo el niño más pequeño-. No me gusta cómo huele aquí.

–¿Cómo te llamas?

–Primogénito. ¿Y tú cómo te llamas?

–No tengo nombre.

–¡Notengonombre! Qué nombre tan raro.

–Antes me llamaba Pawelek, pero perdí mi nombre.

–¿Cómo tengo que llamarte, entonces?

–No sé.

–Aunque hayas perdido tu nombre, ¿me ayudarás a trepar?

–Sí.

No habrían trepado más que un par de metros cuando algo los barrió de la pared, y volvieron a caer al mismo lugar de antes.

–Solo era un murciélago -le dijo el más mayor al más pequeño.

Volvieron a intentarlo, y cuando estaban a una altura similar a la de la primera vez sintieron como una bofetada que los devolvió al suelo.

–Debe de haber sido el viento -dijo el más pequeño. La tercera vez, un golpe severo los tiró al suelo, y allí se quedaron, frotándose sus doloridas cabezas.

–Sois míos. Me pertenecéis -dijo una voz espantosa salida de la oscuridad, que sonaba como un suave trueno, como las negras nubes de tormenta que encierran la ira contenida.

–Os comeré. Pero primero jugaré con vosotros.

Los dos niños se levantaron de un salto y se pusieron a gritar y a correr en círculo.

Los ojos se les habían acostumbrado ya a la oscuridad, de modo que pudieron distinguir las formas de un reptil gigantesco que yacía cómodamente enroscado en un rincón de la estancia. La cola se encaramaba zigzagueante por las paredes del pozo, desapareciendo en dirección a la luz.

Abrió las fauces y bostezó, y los niños, inmovilizados por el terror, vieron dentro de aquella cavernosa boca millones de joyas y millones de cráneos humanos del tamaño de una moneda. De la boca salió un vómito de fuego, que hizo arder la ropa de los niños. Con un gesto de desprecio, los roció de un líquido hediondo que apagó las llamas.

Entonces emanó de su boca un chorro vaporoso, negro como la tinta china, que lo emborronó todo, hasta el diminuto punto de luz sobre sus cabezas.

Sus ojos hendidos relucían con tal maldad, que los niños se arrojaron de bruces al suelo, con la esperanza de obtener una muerte instantánea. Esperaron y esperaron, hasta que por fin Pawelek miró por entre los dedos y vio cómo la bestia se retiraba de nuevo al rincón más alejado de la estancia. Sus ojos rebosaban odio y, sorprendentemente, también temor. Los niños alzaron la mirada y vieron que había un tercer niño de pie, junto a ellos. Era el más pequeño de los tres. Inmóvil, el dragón lo observaba.

El Niño iba vestido de blanco y ceñido con un cinturón dorado.

Extendió los brazos, y los otros dos niños se acurrucaron debajo, uno a cada lado. El Niño abrió la boca, y salió de ella una pequeña espada.

Le dio la espada a Primogénito, pero el pequeño no podía verla, aunque percibía su presencia. Trató de asirla, primero de una forma, luego de otra, pero siempre se le caía de las manos. Le mostró las manos desnudas al Niño y se puso a llorar. La espada quedó suspendida en el aire.

El Niño abrió de nuevo la boca, y de ella salió otra espada. Esta se la ofreció a Pawelek, que la cogió entre sus temblorosas manos.

–Estos pequeños humanos son míos, los quiero para mí -retumbó el dragón.

–No son tuyos, no los tendrás -dijo el Niño.

El dragón y el Niño se miraron fijamente, sin cruzar más palabras.

El Niño tocó a Pawelek con el dedo en el corazón.

–Ponte de pie.

Poco a poco se levantó, temeroso de que en cualquier momento el dragón lo derribara contra el suelo.

De la boca del Niño salió un largo rollo de papel, como una cinta. El papel era de una blancura deslumbrante, y escrita en él con letras

doradas había una palabra.

–Este es tu verdadero nombre. Cómetelo -dijo el Niño. Pawelek se lo comió.

Le inundó la fuerza.

–¿Tú por qué no llevas espada? – preguntó al Niño. Por toda respuesta, el Niño le enseñó las manos y los pies, que estaban perforados. De los orificios emanaba luz.

–Este es el que me infligió las heridas en el cuerpo, y ahora las teme.

Con ellas le venceré. Quedaos quietos.

–¿No puedo ayudarte? – preguntó Pawelek, recordando que blandía una espada en la mano.

–Si decides ayudarme, no cedas al miedo. Debes saber que yo ya le he derrotado.

Al oírlo, el dragón se lanzó enfurecido sobre los tres niños. El Niño lo repelió abriendo las manos y levantándolas con las palmas al frente, para hacer que la bestia retrocediera. Pero esta se elevó por encima de sus cabezas, dando coletazos, rugiendo y llenándolo todo con las tinieblas que arrojaba por su boca. Profería blasfemias y maldiciones, y vomitaba mentiras a Pawelek, que dejó escapar un grito de terror, pero el Niño le miró y volvió a infundirle fortaleza. Entonces se dio cuenta de que también su espada difundía luz. Trató de dominar su corazón, posó una rodilla en tierra y levantó la punta de la espada hacia el vientre del monstruo. El Niño también alzó las manos y el dragón bramó, pero ya no era más que un lagarto presa de insolación intentando devorar el sol abrasador del mediodía.

De improviso, el dragón se encogió hasta quedar reducido al tamaño de una avispa… un diminuto dragón volador que zumbaba alrededor de sus cabezas.

–No os dejéis engañar -dijo el Niño-. Aún no está derrotado.

Entonces la bestia desapareció por completo.

–Ahora es cuando es más peligroso -dijo el Niño.

Cuando acabó de decir estas palabras, un espantoso rugido llenó el pozo, y de repente todo se convirtió en fuego, oscuridad y chasquido de colmillos.

Primogénito se arrojó a los pies de Pawelek en busca de protección, hecho un ovillo.

–Mi querido hermanito -exclamó Pawelek-, ¡no tengas miedo!

Y levantó la espada mientras el dragón se abalanzaba sobre él.

Pawel se despertó con un fuerte sobresalto. Se incorporó en la cama, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada.

–¡Dios mío! ¡Dios mío! – susurró.

Se sentó con las piernas colgando del borde de la cama, el rostro oculto entre las manos, tratando de recordar el nombre con el que le había obsequiado el Niño. Pero se le había ido de la cabeza. Por mucho que lo intentaba, no conseguía recordarlo, aunque seguía estando ahí, apenas un poco más allá del alcance de sus dedos, como un destello dorado.

Tendría ocho o nueve años en aquel verano. Pasaba el mes de agosto en casa de sus abuelos. El sol brillaba con todo su esplendor en lo alto del cielo azul, los campos rebosaban de heno, los pinos calientes llenaban el aire de un aroma dulzón, los saltamontes saltaban, las nubes blancas pasaban una tras otra por encima de las llanuras hacia las montañas.

La abuela bordaba a mano y andaba siempre pendiente de su ropa.

Le hacía helado en un cubo. Le cantaba canciones montañesas.

Su abuela olía a lavanda y a salvia. A ella le encantaba la salvia y también la lavanda, por lo que había llegado a la conclusión de que juntas duplicaban sus poderes. Todos le tomaban un poco el pelo con aquello, pero a ella no le importaba. A Pawel aquel perfume le parecía más bien agradable. Era como el olor de la abuela, sencillamente.

Todas las noches lo arropaba con un edredón azul, demasiado caliente para las noches de agosto, pero a él le gustaba porque ella le había bordado su nombre en la prenda, junto con un corazón y una cruz. A la luz de una vela le contaba cuentos en los que aparecían Kolibri, el pequeño pájaro, y Zabawa, la alondra. Luego se sentaba y se mecía un rato junto a su plegatín y se ponía a pasar el rosario mientras él se quedaba dormido. Como tenía tanto miedo de la oscuridad en Zakopane, era la única manera de dormirse. Él le preguntaba cosas medio dormido, y ella le contestaba con una voz muy tranquila, hasta

que al niño le pesaban tanto los párpados que se quedaba como flotando sobre las suaves plumas y suspiraba.

–¿Hay osos por aquí, cerca de casa, abuela?

–No, mi Pawelek. Y si se acercara alguno, el yayo lo mataría.

–Oh. ¿Y el tío abuelo Nicholas? ¿Está cerca de casa?

–Está durmiendo en una cabaña.

–¿Y se va a despertar?

–No, no se va a despertar.

–¿Entrará en casa durante la noche?

–Qué cosas más tontas preguntas, Pawelek. Vamos, es hora de estarse calladito y de oír cantar a Zabawa.

Y en efecto podía oír el canto de Zabawa, la música que solo a veces es insonora. También podía ver las estrellas, a través de la ventana, si hacía un esfuerzo por mantener los ojos abiertos.

Su abuela, siempre que se ponía a rezar, cerraba los ojos. No siempre, pero muchas veces, de las comisuras de los ojos se le escapaban lágrimas como hilos de plata.

–¿Por qué lloras, abuela?

–No estoy llorando, Pawelek.

–¡Pero si te estoy viendo llorar!

–Me estás viendo rezar.

–Veo cómo te cae agua de los ojos.

–Sí, eso sí.

–¿Estás triste?

–No, me siento muy feliz.

–Pues no pareces muy feliz.

–Porque no es como la felicidad de cuando bailas o cuando te ríes por una broma. Es la que da la paz.

–Paz.

–Sí. Te viene cuando rezas. Es como un pozo que se desborda.

–¿Siempre pasa eso?

–No siempre. A veces el pozo está seco.

–¿Cómo se vuelve a llenar?

–No estoy muy segura. Normalmente la persona tiene que pedirlo.

Luego tiene que esperar hasta que vuelva.

–¿Cuándo?

–Cuando él quiere.

–¿Está frío? ¿Duele?

–Es una sensación muy cálida. Maravillosa.

–¿Es como cuando el abuelo te besa?

–Pues sí, como eso. Pero más.

Qué adorables eran los ojos de la abuela. Era muy vieja. Muy dulce.

Por mucho que tratara de permanecer despierto, para cuando ella salía de la habitación, él siempre estaba ya dormido.

El abuelo era fuerte. Tenía unos buenos músculos, a pesar de que pertenecía a la pequeña aristocracia rural. Amontonaba el heno con sus recios brazos desnudos al sol. La multitud de medallas religiosas que llevaba le tintineaban contra el pecho como los cencerros en el bosque.

Al final siempre se le salían de la camisa, y se le quedaban colgando de sus cordeles. La mayor de ellas era un disco de plata que pendía de una cinta roja y blanca.

El tío abuelo seguía al abuelo cuando este iba al campo, tropezándose por entre el rastrojo y sermoneando al abuelo acerca de la inutilidad de hacer de jornalero en su propio campo.

–Somos lo bastante ricos como para pagar a alguien.

–Eso era hace cuarenta años, Nicholas. ¡Nicholas, deberías dejar de beber! Ahora somos pobres como campesinos. En realidad, somos campesinos. Piensa una cosa: vivimos en la casa que nos alquila el vecino. Poseemos unos pocos baúles llenos de recuerdos, algunos muebles buenos y nuestro pasado. Eso es todo. Soy un hombre honrado, he pagado las deudas que teníamos. No nos queda más que un poco de dinero… el suficiente para permitirnos un santo cansancio y una muerte misericordiosa.

–¡Ya salió el poeta de siempre! – dijo el hermano del abuelo con su único ojo.

–¡No te olvides de Puderniczka, abuelo! – sugirió Pawel con timidez.

Los dos viejos se rieron de buena gana, recordando de pronto la presencia del chico, sentado en lo alto del montón de heno del carro.

–Pues claro, tienes razón, hijo. ¡Todavía nos queda Pud!

Puderniczka era el gran caballo de tiro que andaba balanceando el lomo. «Polvera», le había puesto el abuelo. ¡Qué nombre tan divertido para un caballo que había estado en la guerra! Sería por la nube de

polvo, caspa y salvado de avena que se levantaba cada vez que le daban una palmada en su gran grupa blanca.

¡Pud! Este no era su verdadero nombre, por cuanto había pertenecido al cuerpo de caballería antes del cambio de siglo. Los uniformes y los caballos eran muy importantes en casa del abuelo. El resto de los caballos se había perdido, junto con la propiedad. El abuelo se había quedado con Pud solo porque nadie había querido comprar aquel caballo retirado sin utilidad, que había pertenecido a caballeros.

Pero cada mes de agosto le enganchaban los arreos para la recogida del heno. Tampoco había una gran necesidad de tal recolección, lo justo para guarnecer los gallineros y para proveer de alimento a Pud durante el invierno.

A Pawel le daba miedo el viejo caballo de guerra. Hacía tiempo, cuando tenía seis años, hacia la época en que habían comenzado sus otros miedos, al querer cruzar deprisa el corral había pasado por debajo de los babeantes labios verdes de Pud. El animal le había mordisqueado las orejas y le había pasado su lengua rasposa por la cara, acción que convenció a Pawel de que estaba a punto de ser devorado por el gigantesco caballo. Desde entonces lo evitaba siempre.

Y así pasaron los años, hasta que Pud se convirtió en un gran terror blanco en su mente. Este terror irracional molestaba mucho a papá.

Mamá siempre defendía a Pawel y la abuela también se ponía de su parte.

–Es un niño muy sensible -decía esta-. Igual que su padre cuando era pequeño.

–Yo no era tan sensible -decía papá-. Las mujeres siempre recuerdan lo que debería olvidarse, y olvidan lo que debería recordarse.

Seguían provocando y embromando a papá hasta que le hacían reír, y Pawel se divertía, pero no por eso se acercaba lo más mínimo al caballo. Él sabía muy bien que Pud deseaba humillarle. Sabía que cada vez que cogía una rabieta, Pud estaban pensando en él y mirándole por el rabillo de sus grandes ojos. Pawel veía sus pezuñas aplastándole los dedos desnudos del pie, y sus dientes amarillos arrancándole pedazos de carne del brazo, y sus patas propinándole coces que le hacían dar vueltas y le mandaban sin sentido al otro extremo del corral. No, mejor

que Pud no se moviera de su lado de la valla, que Pawel se quedaría en el suyo.

No comprendía por qué los adultos se preocupaban tanto por él. A veces escuchaba, sin que ellos lo supieran, sus conversaciones en voz baja, y sus palabras se le clavaban en el corazón como si fueran los grandes dientes amarillos de Pud.

–Mi nieto pequeño -decía el abuelo- es el único de todos mis nietos que no me llama «yayo». ¿Por qué será? A su abuela sí que la llama

«yaya». ¿Es que le doy miedo?

–Es por respeto -decía papá.

–Ese pequeño parece un niño huérfano. ¿No juegas nunca con él en Varsovia subiéndotelo a caballito? ¿No te vas a pasear con él, y le coges de la mano, y le dejas que te cuente todo lo que le apetezca?

–La vida ha cambiado mucho. No tengo tiempo para nada. Si trabajo doce horas al día, seis días por semana, es porque quiero darle una buena vida. Es porque le quiero.

–Pero eso él no lo sabe. Querer no es más que una palabra; tiene que ir acompañada de carne y hueso. Va a sufrir mucho.

–La vida está hecha de sufrimiento -decía papá.

–Sí, la vida está llena de problemas. Pero no tenemos por qué buscarnos más de los que nos tocan.

–No lo entiendes.

–Lo entiendo muy bien. Todo esto es porque nos hemos empobrecido – le decía el abuelo a papá-. A ti no te gusta ser pobre, y quién puede culparte por ello. Pero no es tan malo ser pobre, cuando no falta la comida y hay amor. Es mejor ser pobre que rico y huérfano.

Hazme caso, hijo mío.

Un día de recolección de heno, mamá y papá, la abuela y los niños más mayores fueron a Zakopane a buscar café y golosinas. El abuelo quería enseñar a Pawel un par de cosas de los cuidados de una granja antes de entregarse al santo cansancio y la misericordiosa muerte. De modo que hizo subir al niño a lo alto de los almiares, le hizo meterse entre los inestables montones, disponer las pacas de paja en filas bien alineadas para aprovechar al máximo el espacio dentro del cobertizo.

El sol estaba justo en la vertical cuando hicieron un descanso para comer. El tío abuelo Nicholas venía arrastrando los pies a través de los

campos con una cesta y una botella, y el abuelo lo saludó con la mano.

Él le devolvió el saludo moviendo el brazo. Pawel no estaba contento de verle y no lo saludó.

El tío abuelo Nicholas había consumido una parte considerable de la botella antes de su llegada. Ello le había puesto hablador. Les dio una conferencia acerca del heno, del tiempo, de los errores de la historia.

–Mirad al viejo Pud, por ejemplo -dijo-. ¡Debería haber estado con nosotros en el campo de batalla cuando echamos a patadas a los rusos de Polonia!

Se acercó dando tumbos al animal, sobre cuyo lomo asestó un fuerte golpe con la mano. Nubes de «polvos» se levantaron en el aire. Pud siguió masticando pacientemente avena de un cubo.

–Pilsudski se las arregló para liberar Polonia sin el concurso de nuestro viejo camarada -dijo el abuelo-. Déjalo que descanse tranquilo, se ha ganado la jubilación. En sus buenos tiempos hacía que los prusianos se lo pensaran dos veces.

–Prusianos, rusos… todos unos bastardos -dijo el tío abuelo Nicholas.

Los dos viejos pasaron el brazo alrededor de Pud, que sacudió la cabeza y relinchó hasta que por fin le liberaron y pudo volver a su avena.

El tío abuelo Nicholas y el abuelo se sentaron pesadamente bajo un árbol, encima del rastrojo, y se acabaron el almuerzo. Nicholas ofreció a Pawel un trago de la botella.

–¡Bebe, polluelo!

–No, gracias.

–¿Te da miedo beber?

–No me gusta.

–¡A este nieto tuyo todo le da miedo! – dijo el tío abuelo, soltando un gruñido-. Siempre se imagina cosas.

–No es porque tenga miedo -dijo el abuelo sin convicción, y entonces Pawel comprendió por primera vez que su abuelo se sentía avergonzado de él.

–Este zagal tiene miedo hasta de su propia sombra.

–No digas eso -le apaciguó el abuelo-. Tú no tienes miedo, ¿a que no, Pawel?

Para entonces ambos hombres habían ido dando tragos con regularidad de la botella de litro de kirsch.

–No, abuelo, no tengo miedo.

–¡Le tiene miedo a Pud! – se rió el tío abuelo.

–Vamos, Nicholas, ¡cómo va a tener miedo Pawel a PuPuPuderniczka!

El abuelo izó al niño en el aire y le llevó en dirección a Pud. El caballo movió la cabeza hacia ellos, y Pawel vio en su expresión una gran amenaza. Aquel caballo tenía toda la intención de morderle.

Pawel empezó a debatirse y a dar patadas, hasta que se soltó de los brazos de su abuelo y cayó al suelo cuan largo era, mientras, abochornado, se le saltaban las lágrimas de los ojos.

–¿Lo ves? Es un pajarillo asustado -dijo el tío abuelo con desdén.

–Esto es lo que pasa por vivir en la ciudad -dijo el abuelo-. Antes un niño se pasaba con su padre desde la mañana hasta la noche. Aprendía a hacer cosas. Ganaba confianza. Aprendía a ser valiente. Sabía para qué valía. ¿Qué va a aprender un crío metido en un elegante apartamento de Varsovia?

–Lo siento, abuelo.

–No tienes por qué, no tienes por qué -le dijo el viejo, dándole unas palmaditas en la cabeza y sacudiéndole el polvo-. No pasa nada, no pasa nada.

Pero Pawel se dio cuenta de que estaba triste.

Volvieron y se sentaron. Al lado del árbol había un pozo, que ya no se utilizaba. Siempre estaba medio seco, así que el vecino había excavado otro en un sitio mejor. El pozo nuevo, junto a la casa, siempre estaba lleno.

–¿Tú sabes, Pawel, que cuando yo era pequeño como tú aprendí a no tenerle miedo a nada? – dijo el abuelo.

–Y antes de eso, ¿tú también tenías miedo?

–Oh, sí, claro. A algunas cosas. A los osos que bajaban de las montañas en primavera. Y sobre todo a los lobos, aunque luego se me fue pasando. Pero siempre le tuve mucho miedo a Wrog.

–¿Qué es Wrog?

–¡Di mejor quién es Wrog!

–¿Quién es Wrog?

–El dragón que vivía en una cueva bajo la ciudad de Cracovia.

–¿Cracovia está lejos de aquí?

–Sí, pero eso no importaba mucho, porque, verás, había un túnel que iba de Cracovia a… -el abuelo señaló al noroeste, hacia el horizonte, y trazó una línea que pasaba por donde se elevaba el terreno, directamente hasta sus propias colinas-. Por ahí, y cruzaba por allá, y venía… ¡hasta aquí mismo!

El dedo del abuelo se detuvo en la boca del pozo. Tenía los ojos abiertos de par en par, la expresión grave.

–Yo sabía que Wrog podía volar como una flecha por el túnel desde su cueva bajo la ciudad y salir por aquí por la noche para robar ovejas y capturar a los niños y a las doncellas lo bastante tontas para rondar por la calle después de oscurecer.

–¿Me estás contando un cuento, abuelo?

–Es un cuento real, Pawel -dijo el abuelo, con un enfático asentimiento con la cabeza.

El tío abuelo resopló.

El abuelo condujo a Pawel hasta la boca del pozo, sobre la que se inclinaron. A Pawel le dio en la cara una ráfaga de aire frío, que olía a tierra.

–¿Está muerto? ¿Hace mucho?

–Hace mucho tiempo.

–Pero ¿está muerto? Dímelo.

–Ahora te toca a ti conocer el final del cuento.

–¡Vayámonos de aquí! – exclamó el niño alarmado. El abuelo levantó un dedo con energía.

–Nie! – dijo.

Pawel lo miraba fijamente, con el corazón latiéndole con furia.

–Nicholas, ¿dónde está la soga? – le preguntó el abuelo.

–Enrollada en el travesaño del carro.

El abuelo ató un extremo de la soga al árbol y la llevó hasta la boca del agujero. Dejó caer el otro cabo en la negrura. Se agachó hasta el borde para meter su encorvado cuerpo por la abertura y fue bajando poco a poco al abismo.

–¡Abuelo! – gritó Pawel-. La abuelita se pondrá muy triste si no vuelves. ¡Llorará mucho!

–Pues déjala que llore -se oyó una débil voz desde las profundidades

-. Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer.

–¡Vuelve! ¡Vuelve! ¡Sal de ahí! – chillaba el niño.

–Está seco -gritó la voz desde el fondo del pozo.

Al cabo de unos minutos el abuelo volvía a salir a la luz del día, gruñendo, respirando con dificultad, entornando los ojos y sonriendo con extrema satisfacción.

–Sí, sí, está exactamente como lo recordaba.

–¿Por qué dices exactamente como lo recordaba? – preguntó Pawel nervioso.

–Oh, cuando yo tenía unos nueve años bajé ahí abajo para matar a Wrog.

–¡Matar a Wrog! – jadeó el niño.

–Sí -dijo el abuelo con un tono de indiferencia, como si la cosa no tuviera la menor importancia.

–¿Y lo mataste?

–No. Por desgracia, se escapó.

–¿Por qué se escapó?

–Porque yo ya no le tenía miedo. Es la peor injuria que puedes hacerle a un dragón.

–Pero ¿cómo lograste no tenerle miedo?

–Fue difícil.

–Pero dime cómo -suplicó Pawel.

El abuelo se sacó una vela y una cerilla de madera del bolsillo.

–Cogí una vela y una cerilla, exactamente como estas, y me obligué a meterme en el agujero negro de ese pozo. Primero tiré una piedra dentro para asegurarme de que no había agua. No había duda, estaba vacío. Cogí prestada a mi padre la cuerda más larga que tenía y la amarré a ese árbol de ahí… Claro que entonces era un arbolito joven.

El tío abuelo, adormilado y recostado contra el tronco, parecía pequeño en comparación con la envergadura del mismo.

–Poco a poco, fui bajando. Abajo se oía un rumor. Oía roncar. Y

olía a azufre y a carbón, y a los cuerpos en descomposición de sus víctimas.

Pawel se asomó por el borde.

–Me entraron ganas de salir corriendo y esconderme por el reto de mi vida. Pero en lugar de eso, me obligué a bajar, y a bajar, y a seguir bajando. Hasta que al llegar al fondo encontré…

–¿Qué encontraste?

–Encontré muchos huesos. Aquello apestaba. Luego descubrí la abertura de un túnel en la pared que daba al noroeste, y comprendí que Wrog tenía que estar por allí dentro acechando, esperando a que yo entrara. Encendí la vela. Oí como un siseo procedente del interior del túnel. Yo no llevaba ninguna arma encima.

–¡Abuelo! – gimió Pawel-. ¡Cómo se te ocurrió bajar ahí sin llevar un arma!

El viejo se aclaró la voz, con expresión de desconcierto.

–Pues ahora no sabría decirte por qué no me llevé un arma. Se me debió de olvidar. De haber sido más prudente, habría llevado una espada como esta.

El abuelo se acercó al carro de heno y sacó una espada de caballería desconchada de la caja de herramientas.

–¿Qué hiciste luego?

–Me metí en el túnel.

Pawel aguantaba la respiración, con los puños cerrados.

–Me puse a llamar al monstruo: ¡Wrog!

Mientras el abuelo gritaba: ¡Wrog!, daba una cuchillada en el aire con la espada.

–Fuiste muy valiente -dijo Pawel con voz temblorosa.

–Ah, no, Pawel, yo no me sentía valiente en aquellos momentos.

Pero sabía que si permitía que aquel bicho maligno lo supiera, se me tiraría encima en un instante y le serviría de almuerzo.

–¿Tenías miedo?

–¡Pues claro que tenía miedo! Todo el mundo tiene miedo. Nicholas, ahí donde lo ves, él también tiene miedo.

–No tiene ninguna pinta.

–Pues lo tiene. Él saca el valor de una botella. Nosotros lo sacamos de aquí. – Y con sus blancas cejas erizadas el viejo se llevó el dedo al corazón-. Y de aquí -añadió, tocándole a Pawel el corazón con el dedo-.

¿Lo entiendes?

Pawel dejó escapar una larga exhalación de aire.

–¿Qué hiciste entonces?

–Como el dragón no salía, yo me adentraba cada vez más en el túnel. Y él, a su vez, retrocedía. Eché a correr tras él, y él se puso a batir sus horribles alas. Huyó de mí por todo el túnel, hasta su cueva debajo de Cracovia. Pocos años más tarde, allí le mató un caballero con su espada.

–¿Es eso verdad?

–Lo es.

El abuelo hizo la señal de la cruz a la altura del corazón.

–¿Quién era ese caballero?

–Se llamaba Aquel Que Es Fiel y Veraz. ¿Y sabes cuál era su montura? Un caballo blanco.

–¿De verdad?

–De verdad. ¿Y sabes qué caballo era ese?

–¿Cuál?

–Pud. Pero era joven entonces. Se llamaba Intrépido. Él también odiaba al dragón.

–Es un cuento muy bonito, abuelo.

–¿Te ha gustado? Puedo demostrarte que es cierto.

–¿Cómo?

–Ven.

Cogió al chico y lo llevó hasta el borde de piedra del pozo.

–¿Tú confías en mí, Pawelek?

–No sé.

–Voy a enseñarte la guarida del dragón muerto.

–Me va a dar miedo.

Tocó el corazón del niño con el dedo.

–Yo sé que no te va a dar miedo.

Así que Pawel se subió a las espaldas de su abuelo, agarrándose fuerte, y el viejo descendió por las paredes de piedra al interior de la tierra, haciendo deslizar la soga entre las manos poco a poco. La espada, que le colgaba del cinturón, hacía un ruido metálico al chocar contra las piedras. Donde acababan los puntos de apoyo de piedra comenzaba una escalera, por la que siguieron bajando.

–Esto tiene doce metros de profundidad por lo menos. Pienso en los hombres que lo excavaron.

Tal y como había prometido el abuelo, el fondo estaba seco y era arenoso. No había olor a podrido. Olía más bien como los nabos que Pawel cogía para la abuela en el huerto que había junto a la cocina.

–Está muy oscuro -dijo Pawel, nervioso.

–Sí. Pero mira hacia arriba.

Muy lejos, por encima de sus cabezas, se veía un círculo de luz plateada, como un medallón.

Entonces el abuelo encendió la vela.

La cueva estaba vacía. No había huesos.

Pero allí, en la pared noroeste, había una amplia grieta que se abría a la oscuridad.

–Mira por ahí.

Por encima de la grieta había un corte en la pared de tierra, en forma de cruz, y una piedra tallada incrustada.

–Después de matar a Wrog, el caballero volvió hasta aquí con su caballo y puso ahí esa cruz como recuerdo de su hazaña.

–Y de la tuya.

–Sí, y de la mía también. ¿Tienes miedo, Pawel?

–Un poco. ¿Wrog tenía hijos?

–Si hubieses conocido a la señora Wrog no harías esa pregunta.

Se rió, y Pawel se rió también, aunque no entendió la broma.

–¡No te preocupes! Si aún quedan dragones en la tierra, aquí ya no se atreven a entrar. Este es el lugar de su derrota.

Aquel día el abuelo le contó muchas otras historias, sentados juntos mientras veían arder la vela hasta que se consumió y la oscuridad cubrió de repente la cueva como un grueso manto azul.

Cuando salieron parpadeando a plena luz del día, estaba ya avanzada la tarde. El sol era una gran bola roja suspendida sobre el horizonte. El tío abuelo Nicholas ya no estaba debajo del árbol, y Pud dormía de pie. Hicieron chasquear las riendas, y el animal relinchó y tiró del chirriante carro hasta casa. Mamá, papá, la abuela, Bronek y Jan salieron todos en tropel para recibir a los desaparecidos.

Mamá se lamentó:

–No hemos podido arrancarle una palabra sensata a Nicholas. Está en el granero, borracho como una cuba. Nos ha dicho todo tipo de tonterías.

–¿Como cuáles? – preguntó el abuelo.

–Como que habíais bajado al viejo pozo seco para luchar contra un dragón.

–Eso es lo que hemos hecho -se sonrió el abuelo.

–Nos teníais muy preocupados -exclamó mamá, abrazando a Pawel contra su pecho-. ¿Has pasado miedo, Pawelek?

–Ha sido muy valiente -dijo el abuelo con una voz con la que dio a entender a todo el mundo que no se sentía en modo alguno avergonzado.

Antes de subir al piso de arriba para meterse en la cama, Pawel entró en el establo y caminó bajo el hocico de Pud. Los grandes ojos castaños le miraron, parpadeando.

Él le dio unas palmaditas en la nariz y en los blandos labios, y le gustó notar el tacto. Le dio un beso en el cuello y le dijo:

–Buenas noches, Intrépido.

Antes de dormirse, el abuelo entró en la habitación de Pawel y se sentó en su cama. Se sacó el gran medallón del cuello y se lo enseñó al niño. Estaba prendido a una cinta roja y blanca.

–¿Qué es, yayo?

–Cuando seas un hombre adulto, te lo daré. Es la Madre de Dios de Czstochowa.

–¿Era valiente?

–Oh, sí, muy valiente.

El niño frotó el medallón con el dedo, palpando las letras en relieve como un ciego.

–¿Qué pone en las letras que lleva debajo?

–Sabiduría -dijo el abuelo.

Le costaba mantener los ojos abiertos, aunque quería mirar las estrellas. La abuela pasó el rosario con él. Aquella noche su pozo estaba lleno y rebosante.

Pawel se llevó un dedo al corazón y se quedó dormido mientras se preguntaba por qué el abuelo se habría llevado una espada y una vela para ir a recoger el heno.

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