El Librero de Varsovia
El miedo empezó cuando tenía seis años. Sucedió,...
El miedo empezó cuando tenía seis años. Sucedió, por extraño que
parezca, a finales de uno de los
veranos en Zakopane, en la época en
que corría ya el rumor de que los
rusos estaban liberando
prisioneros. Todos estaban felices, especialmente mamá. Solo el tío abuelo Nicholas no lo estaba. Ahora se emborrachaba más de lo habitual con aguardiente de cerezas. Juraba y perjuraba, por mucho que el abuelo y Babscia le pidieran que no lo hiciera.
–Será mejor que no os acerquéis mucho al tío abuelo durante un tiempo- les dijo mamá a los tres niños después de hacer que se sentaran sobre una pequeña tapia, a una prudente distancia de la casa.
–Pero ¿por qué, mamá? – protestó Bronek-. Es muy simpático.
De todos los parientes de Zakopane, el tío abuelo Nicholas era el favorito, porque cantaba canciones muy divertidas, explicaba muchas historias y hacía trucos de magia. Cuando los demás adultos no miraban, se desabrochaba la cremallera y desafiaba a los niños a ver quién hacía el pipí más largo. Pero lo mejor de todo era cuando se sacaba el ojo de cristal y lo dejaba caer en la mano, para luego lanzarlo por los aires, cazarlo con la boca y volver a introducirlo en el hueco rosado de la cuenca del ojo, antes de que ningún adulto se diese cuenta.
–Es un secreto, chicos -les decía en un susurro-. Nuestro pequeño secreto. No se lo digáis a nadie y habrá más secretos. – Y así los tres le dedicaban una mirada furtiva y se estremecían de la emoción ante aquella complicidad.
–Es que el tío abuelo es muy simpático -sentenciaron los tres-. El más simpático de todos.
Ahora mamá contraía las facciones del rostro en una mueca de desagrado, aunque su voz seguía sonando dulce.
–Lo era -dijo con mucho cariño-. Pero no siempre ha sido tan simpático. Y no queremos que vuelva a ser como antes. Y no quiso añadir nada más.
Los dos hermanos mayores se retiraron al cobertizo del heno para considerar la situación a partir de lo que ya sabían. Dejaron que Pawel
se quedara a escuchar después de hacerle prometer que no iba a decir nada.
–El tío abuelo fue soldado -dijo Jan, a quien le gustaba leer libros gordos y pensar en las cosas-. Quizá mató a demasiada gente, o mató a los que no tenía que matar.
–No es eso -replicó Bronek, negando con la cabeza con autoridad-.
He oído a «Jaja» y a Babscia hablando del tema. Después de ser soldado fue profesor. Daba clases en una gran escuela, muy lejos.
Todos abrieron los ojos como platos. Los profesores eran objeto de una gran consideración. Los chicos respetaban mucho a varios de los que conocían.
–¡Cómo iba a ser profesor! – exclamó Jan con gesto de incredulidad-. ¿Nos has visto cómo se pone de violento y desagradable cuando está borracho? Los profesores no son así.
–Eres idiota -le regañó Bronek-. Precisamente le enviaron a casa porque era violento.
–Pero si siempre ha estado en casa -se atrevió a decir Pawel.
Sus hermanos le dirigieron una mirada de desdén.
–Siempre no -dijo Jan, meditando sobre las fechas y acontecimientos que conocía-. Recuerdo muy bien cuando vino a vivir con «JaJa» y Babscia. Yo era pequeño entonces, como tú. Babscia nos dijo que venía de trabajar en otro país…
–No era otro país -le interrumpió Bronek-. Era la cárcel.
–Babscia nunca nos miente -protestó Pawel.
–Todos mienten -sentenció Bronek- cuando no quieren que sepamos nada sobre algo muy malo.
–Papá está en la cárcel. ¿Es eso algo muy malo?
–Es diferente -le respondió Bronek-. Papá está en la cárcel porque es bueno. El tío abuelo estuvo en la cárcel porque era malo.
–¿Y sigue siendo malo?
–Eso cree mamá… -repuso Jan.
–Mamá cree que puede haberse vuelto malo otra vez -aclaró Bronek.
–Ya, pero es muy simpático -dijo Jan.
–Y muy divertido -añadió Bronek, recordando haber pasado momentos divertidísimos con él.
–¿Y qué más da lo que diga mamá? – sugirió Pawel.
–Los mayores andan siempre preocupados por todo -dijo Bronek encogiéndose de hombros, levantándose de un salto y dando el asunto por zanjado.
Una semana después llegaron las noticias que tanto habían esperado. Papá se encontraba en un campo de internamiento en Bielorrusia y tardaría dos días en llegar a Varsovia en un tren del ejército. Mamá, el abuelo, Babscia y tío Tadeusz se apresuraron a coger el tren que llevaba de Zakopane a la ciudad. Allí se encontrarían con papá, para traerlo inmediatamente a casa del abuelo.
Mamá quiso que los tres niños los acompañaran, pero el tío Tadeusz dijo que era una manera muy tonta de tirar el dinero, teniendo en cuenta que iban a traer a papá directamente a Zakopane. Según él, el padre debía reunirse con sus hijos en el hogar familiar. Todos, menos mamá, estuvieron de acuerdo con la decisión. Y nada pudo hacerse para cambiarla.
En ausencia de los mayores, Ludmilla, la doncella, una campesina muy simpática aunque de rudos modales, recibió el encargo de cocinar para los niños y de asegurarse de que no se metieran en ningún lío. El tío abuelo estaba más borracho que de costumbre y ahora dormía en el cobertizo del heno, de modo que no iba a suponer ningún problema.
Durante la primera jornada, los tres hermanos estuvieron entusiasmados ante las posibilidades que les brindaba aquella inesperada libertad.
Jan y Bronek no tardaron en escabullirse de la pequeña rutina cotidiana: se esfumaban por el bosque y solo regresaban para las comidas. Ludmilla los regañaba tres veces al día, los atiborraba de pan con mantequilla, salchichas kielbasa y queso de cabra, y chasqueaba la lengua ante ellos con impotencia.
Después del almuerzo, cuando Pawel se encontraba a solas con ella en el enorme fregadero de la cocina, Ludmilla lo sentaba sobre sus rodillas y le daba almendras, le acariciaba el pelo y las mejillas, no dejaba de darle besos y de soltar un suspiro tras otro.
–¡Pero qué niño tan hermoso eres, Pawelek! ¡Ay, eres precioso!
Él se revolvía avergonzado, porque adjetivos como hermoso y precioso se reservaban para las mujeres y las puestas de sol. Pese a todo, ella era muy simpática y le contaba cosas sobre todos sus nietos, que se habían ido a Czstochowa para encontrar trabajo, y sobre su marido, que había fallecido por una enfermedad en los pulmones, y también sobre Nuestra Señora de Czstochowa, que tenía la marca de dos cuchilladas en la cara desde que unos hombres muy malos habían querido destruir el icono en Jasna Góra, y ni siquiera se habían arrepentido por ello, ni habían caído muertos allí mismo. No dejaba de santiguarse ni de atiborrarlo de almendras, hasta que ya no pudo más y consiguió por fin liberarse de sus brazos.
Era una sensación maravillosa, la de poder ir libremente por la casa a donde se le antojara: al ropero con olor a lavanda y salvia, al desván con las cajas de los adornos de Navidad, al bote de almendras de la despensa mientras Ludmilla fregaba los platos; al cajón del escritorio del abuelo, donde este tenía guardadas sus medallas de guerra, al patio de los gansos, donde corría de acá para allá agitando los brazos como si fueran alas y persiguiendo a una gansa hasta que un viejo macho venía a darle picotazos en las piernas desnudas… Es verdad que evitaba sobre todo la cuadra, donde vivía el peligroso caballo, pero era muy valiente cuando había que meterse en el estanque para atrapar al pez de colores. Qué más le daba si se le mojaban los pantalones y la camisa; hacía tanto calor que la ropa se le secaba antes de que nadie se diese cuenta.
Después de la cena, el reloj del vestíbulo dio las ocho. Ludmilla se secó las manos con el delantal y les anunció que se iba a casa.
–Y ahora os ponéis el pijama -les dijo con la mayor gravedad de la que era capaz, aunque allí nadie se la tomaba en serio- y os metéis en la cama, o la bruja Baba Yaga vendrá a buscaros y nunca más volveréis a ver a vuestro pobre papá.
–Vale -contestaron Jan y Bronek, meneando las rubias cabezas y los ojos -. Vale.
–Por cierto, ¿dónde se habrá metido Nicholas? – murmuró distraídamente -. Bueno, no importa. Estará durmiendo. – Y, atándose un pañuelo en la cabeza de grises cabellos, les advirtió-: Y ahora sed
buenos. Si no os portáis bien, os venderé a los judíos. Os aseguro que harán salchichas con vosotros, renacuajos.
–¡Nos portaremos bien! ¡Nos portaremos bien!
Y así era, porque los dos chicos mayores estaban tan agotados después de haber corrido y brincado tanto durante el día, que cuando se metían en la cama se quedaban dormidos enseguida.
Pawel, que había dedicado la mayor parte de la jornada a otras actividades más reflexivas, permaneció sentado en el alto taburete de la cocina, mirándolo todo y escuchando los sonidos que hay en una casa cuando la gente ya se ha retirado. La vieja madera crujía, el reloj dio las nueve y una polilla empezó a revolotear alrededor del quinqué.
Pawel le lanzaba soplidos para alejarla de la lámpara y que no se quemara, pero siempre volvía. Cuando finalmente oyó el chasquido del insecto ardiendo en la llama, sintió un nudo en la garganta. De repente tuvo ganas de ver las estrellas.
Saltó del taburete, abrió la puerta de la cocina y salió al patio. Allí se estiró junto al estanque y fijó los ojos en lo más alto, hasta que le pareció que las estrellas cantaban mientras surcaban el cielo. Los insectos cantaban también, y las aves nocturnas añadían sus propias notas. Pensó que sería ideal pasar la noche fuera de la casa, algo que jamás había hecho, aunque le asustaba un poco pensar en los osos pardos y en los lobos de las montañas. Pero tampoco tenía tanto miedo.
Papá volvía a casa, aunque le resultaba difícil recordar cómo era. A lo mejor a papá le gustaría meterse con él en el estanque y atrapar al pez de colores. Se reirían juntos y ya ninguno de los dos olvidaría jamás el rostro del otro.
La noche apenas aliviaba un poco el calor sofocante del día. No recordaba haber pasado tanto calor. El sudor le corría por la frente hasta que le escocía en los ojos y notaba que le hacía cosquillas en el pecho. Tenía la camisa empapada, y hasta los pies descalzos estaban mojados. Sin pensárselo dos veces, se metió en el estanque y estuvo chapoteando un rato. El agua estaba caliente y el pez le iba picando en los dedos de los pies. Las flores del estanque destilaban su perfume. Ya refrescado, Pawel salió del agua y se quedó sobre la hierba, goteando.
De pronto, dos enormes brazos peludos le sujetaron desde atrás por la cintura y lo alzaron con fuerza. El niño emitió un chillido de terror,
porque sabía muy bien que eso era precisamente lo que hacían las brujas y los osos con los niños perdidos. Empezó a dar gritos y patadas hasta que los brazos lo bajaron hasta el suelo, y entonces oyó el vozarrón del tío abuelo Nicholas riendo con todas sus fuerzas.
–Hohoho, Pawelek -exclamó el tío abuelo-. Mi ratoncito. Vaya si te he asustado. Pero ya ves que solo soy yo. Tranquilo, no te haré daño.
Pawel sintió un gran alivio. Poco a poco dejó de jadear, y el corazón volvió a latirle con normalidad.
–Vaya, vaya, estás mojado -dijo el tío abuelo, poniéndose torpemente de rodillas ante él-. Estás completamente empapado, caballerete. Vamos, deja que el tío te seque.
Y abrazó a Pawel contra su pecho desnudo y con mucho pelo, que olía a aguardiente. A Pawel no le gustó e intentó deshacerse de él, pero, al fin y al cabo, se trataba de su tío, y además era muy simpático.
–No, no -le susurró el hombre, desabrochándole la camisa y reteniéndole junto a él con el pliegue del codo rodeándole la espalda.
–Quiero irme a la cama, tío -balbució Pawel-. Quiero entrar en la casa y ponerme a dormir.
–Sí, claro; tienes que irte a dormir, pero estás empapado.
El niño se sentía confundido y muy incómodo mientras se dejaba desnudar por él. No le gustaba nada. Mamá era la única que siempre lo hacía, antes de meterlo en la bañera llena de agua caliente con sus barquitos de juguete. Y ahora aquellas manos rudas lo estaban desvistiendo con movimientos suaves y rápidos. Pawel empezó a temblar y apenas pudo contener un sollozo.
–Bueno, ahora sí te secarás -dijo el tío abuelo, recorriendo con los dedos el cuerpo del niño, hasta en las partes más íntimas.
–¡No me gusta! – gimió Pawel.
–Pero si solo es un juego -replicó el tío abuelo-. ¿No te gusta jugar?
Pues entonces, juguemos.
Pawel soltó un grito y se zafó de él. Las manos del tío abuelo resbalaron sobre su cuerpo, perdiendo el tacto, y el niño se alejó corriendo. Entró en la cocina, subió las escaleras, se metió en la cama y se tapó con la sábana temblando, temblando. Hecho un ovillo y con los puños pegados a los ojos, empezó a llorar. Todo estaba muy oscuro, y no había una sola vela encendida. Agradeció aquella oscuridad porque
así podía esconderse, podía ocultar esas lágrimas que le avergonzaban, y si Bronek o Jan le hubiesen oído, ahora se estarían burlando de él y llamándole de todo.
–Mal, muy mal -dijo sollozando, aunque sin saber muy bien por qué lo decía. Tenía el íntimo convencimiento de que las personas que han bebido demasiado no deberían asustar a nadie, ni fingir que son osos, y que deberían preguntar a la madre antes de desvestir a un niño, y no agarrar a nadie ni retenerle contra su voluntad sin poder dar siquiera un paso atrás. Tampoco deberían echar vaharadas apestosas de aliento en la cara. Todas estas razones parecían estar girando alrededor de Pawel, hasta que al cabo de un rato dejó de llorar y empezó a sentir cierta compasión por el tío abuelo. Se preguntó si habría herido sus sentimientos y decidió que por la mañana pediría disculpas al viejo. Y
se quedó dormido.
Durante la noche tuvo una pesadilla. Siempre creyó que había sido un sueño, pero con los años llegó a pensar que tal vez había ocurrido realmente en ese extraño territorio entre el sueño y la vigilia. No estaba seguro, pero su recuerdo fue creciendo con el tiempo, a diferencia de otros sueños, que siempre se desvanecían. Aquel fue creciendo como una pequeña serpiente que va perforando un agujero cada vez más grande en el suelo, sin hacer ruido, deslizándose en silencio y saliendo solo cuando tiene hambre.
Era de noche. Oscuridad total y sin estrellas. Pawel estaba hecho un ovillo, con las rodillas tocándole la barbilla y la cara tapada con los puños. En esta posición flotaba en el agua del estanque, junto a los cerezos. Sabía que era el estanque porque tenía el cuerpo empapado en agua y porque olía a cerezas podridas. Las nubes lo envolvían para esconder su desnudez. Era muy pequeño y sentía mucho haber causado daño a alguien.
Unas manos arrebataban las nubes de su cuerpo. Eran unas manos enormes, ásperas al tacto, pero se movían suavemente, acariciándole los miembros en la oscuridad. No podía ver de quién eran aquellas manos.
Se preguntó si era papá que ya había vuelto. Luego las manos le ponían boca arriba, tirando de brazos y piernas para dejarle estirado. Y las manos jugaban, primero con dulzura y luego con más firmeza. Cuando Pawel se quejaba entre lágrimas, las manos se detenían enseguida, y
entonces él aprovechaba para buscar cobijo en una nube o en el agua que susurraba debajo. Luego las manos volvían a jugar con él, y sentía entonces el tacto de unos labios sobre su pecho. Quería gritar, pero un oso le amenazaba desde la oscuridad, una bestia que rugía con las fauces bien abiertas para devorarlo, aunque aquel oso no se parecía a ningún otro, porque solo tenía un ojo, de color rojo, que no dejaba de mirarle. El grito quedó ahogado en la garganta. Empezó a dar patadas, pero el oso le clavaba las manos y los pies a la nube. De nuevo empezaba a gritar, pero una zarpa peluda le tapaba la boca y no le dejaba respirar. Una vez inmovilizado, ya nada podía hacer para resistirse a las zarpas, que seguían jugando, hasta que finalmente sentía el peso insoportable del oso cayendo completamente sobre él, y entonces su existencia se desvanecía.
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