El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 8 de 59

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El Librero de Varsovia

Capítulo 4

Pawel se metió en un café lleno de gente y encontró una mesa vacía con una montaña de platos sucios. Los camareros no advirtieron su presencia mientras él se bebía el café frío de una taza medio llena y comía los trozos de pan que algunos clientes habían dejado. Se quedó contemplando el río a través de la ventana. No tenía adónde ir. Sabía que su vida estaba acabada.

Fue justo entonces cuando alcanzó a escuchar la conversación que tenía lugar en una mesa cercana. Varios hombres impecablemente vestidos hablaban animadamente sobre el auge de los nacionalsocialistas en Alemania.

–Si Hitler consigue el poder -decía uno de ellos-, ya verás como empezará quemando libros y acabará quemando gente.

–Está claro que representa la anticultura -decía otro-. ¿Habéis leído Mein Kampf?

–Te aseguro que lo he intentado. Puro delirio mental, romanticismo teutónico estridente con un trasfondo siniestro.

Pawel dirigió una mirada hacia el último que había hablado, un hombre distinguido que rozaba la cincuentena, el célebre novelista francés Goudron. Captó la mirada de Pawel y le hizo una seña.

–Usted, el de la nueva generación -le dijo-, ¿qué tiene qué decir de todo esto?

Pawel desvió los ojos y siguió callado.

–Vamos, vamos -exclamó el escritor entre risas-. Nos estaba escuchando. Veo a un joven inteligente detrás de esa mirada tan triste.

El escritor tiró hacia atrás un silla y le ofreció también un cesto de baguettes. A duras penas Pawel se acercó a la mesa y se sentó, sin dejar de mirar el pan.

–Y bien -dijo uno de los comensales-; a ver, joven generación, qué tiene usted que decirnos sobre ese tal Hitler.

–Que intentará apoderarse de todo cuanto pueda -murmuró Pawel.

Los hombres sentados a la mesa parecieron confusos. Algunos sacudían la cabeza. El escritor Goudron observaba a Pawel con interés.

–¿Por qué dice eso? – inquirió.

Pawel se encogió de hombros y miró para otro lado. Había hablado demasiado. Lo único que deseaba era que se fueran todos para poder devorar las migajas que dejaran.

–Vamos, con franqueza -insistió Goudron.

–Nadie sabe con certeza cuáles serán sus actos -dijo Pawel-. Nadie tendrá valor para detenerle cuando se den cuenta.

Dijo aquello, no porque poseyera una comprensión especial de la historia, sino porque sabía que los hombres malvados siempre se apoderan de lo que quieren.

La respuesta de Pawel fue acogida con poco entusiasmo en el grupo.

– Bobadas -dijo uno de los comensales-. Lo único que propone ese hombre es el lebensraum…, un poco de espacio vital para su pueblo.

–Oh, ustedes no conocen a los alemanes -alegó otro-. Eran demasiado jóvenes cuando la Gran Guerra.

El novelista famoso les dijo a sus compañeros: «Si leen Mein Kampf lo entenderán. Ahí está todo.» Luego se volvió hacia Pawel y le dijo:

«Creo que su apreciación es correcta. Hitler es un tiburón del Rin. Y en el mundo actual hay muchas personas que han tomado por costumbre alimentar a los tiburones, con lo que al final solo consiguen incrementar su apetito.»

Invitó a Pawel a un café con leche y pidió un croissant de acompañamiento. Al poco rato el grupo se separó, y Pawel se quedó a solas con el escritor. Este le preguntó de dónde era y qué hacía en París.

Mientras Pawel le hacía en voz apenas audible una breve descripción de su apurada situación, él le observaba con expresión compasiva, como si reflexionara. Tras llegar a algún tipo de conclusión, insistió en que Pawel le acompañara a su casa. Sería un refugio temporal, dijo.

La residencia de Goudron estaba en el distrito de Montmartre. Era una espaciosa mansión del siglo XVIII llamada Cháteau des Brouillards («Castillo de las Brumas»). Asignó a Pawel un pequeño dormitorio en el ala de los sirvientes. En él, la primera noche, Pawel durmió dieciséis horas seguidas. Era un lujo indescriptible, dormir en una cama limpia y caliente. Cuando se despertó, se puso una bata de color púrpura y se metió en el baño que comunicaba con su dormitorio.

Allí encontró una honda bañera, que algún invisible sirviente había llenado ya. En una repisa de mármol habían dispuesto jabones de

varios colores, paños y toallas, como si hubiera algún mandatario de visita. Pawel se metió con gesto ágil en la bañera, en la que permaneció hasta que el agua se quedó fría. Después de secarse con una toalla, se afeitó delante del espejo, se peinó marcándose una visible raya en medio con un peine de plata y se cuadró de hombros, componiendo una figura de aspecto más presentable de lo que parecía desde hacía mucho.

Se quedó parado unos instantes, al advertir en la expresión de su rostro una mezcla de perplejidad y alivio.

Al volver a su habitación encontró su ropa, lavada y planchada, cuidadosamente doblada a los pies de la cama. A pesar de estar limpia, conservaba los agujeros y las salpicaduras de pintura. Cuando abrió un armario de roble para ver qué había dentro, descubrió prendas nuevas que le sentaban a la perfección. Se vistió con algunas de ellas y salió a buscar a su rescatador por el castillo.

En una espaciosa cocina llena de sartenes y cazuelas de cobre, Pawel encontró a una criada que le informó que el señor, que había salido ya, pasaría el día fuera, y que había recibido órdenes de servir al huésped el desayuno en el salón comedor. Se lo sirvió en una gran mesa de palisandro, tan larga que podría haber acogido con holgura a doce personas. Sentado en una silla dorada adornada con las insignias de una casa real francesa, ingirió una copiosa cantidad de alimento.

Haciendo esfuerzos por no engullir, recordando sus mejores modales a la mesa de la época de Zakopane, se maravillaba ante cada nuevo detalle de su buena suerte que descubría.

Se pasó todo ese primer día deambulando por el castillo, contemplando los cuadros y esculturas que llenaban prácticamente todas las habitaciones, cogiendo un libro aquí y allá y leyendo unas líneas, echando un sueñecito de vez en cuando y comiendo una buena ración de alimentos un par de veces más. A última hora de la tarde volvió Goudron, acompañado de un grupo de invitados, todos ellos hombres de letras. Después de saludar a Pawel de forma amistosa, aunque somera, el escritor le dijo que podía sentirse como en su casa, y que podía quedarse todo el tiempo que necesitara. A continuación, se retiró en compañía de sus invitados para celebrar una reunión privada.

Pawel se quedó dormido esa noche con el sentimiento de la resurrección de la esperanza en su corazón, mientras los músculos

agarrotados por el cansancio y el frío se le relajaban poco a poco, al abrigo del calor de aquel refugio.

A medida que los días pasaban y se convertían en semanas, la gratitud de Pawel fue creciendo hasta hacerse ilimitada. Su anfitrión era la persona más considerada que hubiera conocido jamás, y también la más cultivada. Durante sus breves conversaciones (unas pocas veces en el gran vestíbulo de entrada, en una ocasión mientras cenaban en la mesa de palisandro), el escritor jamás impuso su erudición ni su estatus social. Se apreciaba en él una cierta inseguridad que sorprendió a Pawel, y que este consideró como un atributo encantador en una persona tan famosa. Era un hombre estimulante, desde un punto de vista intelectual, y demostraba un gran sentido del humor, en el momento oportuno y la cantidad adecuada. En pocas palabras, era incisivo y concedía un amplio margen a la respuesta. Mostró preocupación al preguntar a Pawel por sus orígenes, y escuchó con atención sus respuestas, aunque no osó hacer comentario alguno a las mismas, lo que reforzó el sentimiento de Pawel de haber dado con una puerta mágica que le había introducido en un universo alternativo repleto de erudición y generosidad, y de una buena voluntad infinita.

Pawel entró así en una nueva clase de vida y en una nueva etapa de la misma. Asistió a más de un salon durante el año o más que vivió allí, siempre callado, quedándose al margen de la multitud. En los salones y bailes de Goudron oyó hablar largo y tendido sobre diversos temas a varios de los más importantes académicos, poetas y novelistas franceses. No le gustaron mucho, pues le pareció que carecían de la amplitud de miras del gran escritor. Tendían al sarcasmo y a las observaciones críticas al referirse a la vida tanto profesional como privada de otras personas con talento. Goudron tenía muchos amigos también entre los vanguardistas, entre ellos Picasso y sus consortes, Gertrude Stein y su compañera, pintores revolucionarios de América y Rusia, actrices de los teatros de revista y artistas circenses. Pawel se abstenía de ir a cualquier fiesta a la que asistiera Picasso.

Goudron le proporcionó un estudio en el invernadero del castillo, que estaba en desuso. Era un lugar como encantado, lleno de claridad y espacio, calentado por un enorme horno de cerámica alimentado con carbón vegetal. Las baldosas de terracota eran orientales, con pequeños

dragones dorados sobre un campo verde jade. Goudron le compró pinturas y lienzos y le dio dinero para pequeños gastos. Él quería que lo considerara un obsequio, pero Pawel se mostró firme al afirmar que era un préstamo. Dijo al escritor que algún día le devolvería su generosidad, y de hecho, a modo de muestra, Pawel trabajaba a menudo en el jardín, ante las protestas de su anfitrión. Pawel insistía en que no quería resultar una carga, que tenía que contribuir a su manutención, aunque solo fuera en parte.

Le encantaba aquel jardín, con su amplia vista de Montmartre y la silueta de la basílica del SacréCoeur recortada contra el cielo gris azul.

Ocurrió un incidente que luego recordaría con frecuencia. Estaba un día recogiendo las hojas con un rastrillo cuando se detuvo junto a la verja de hierro para contemplar la blanca cúpula flotando por encima de la «colina sagrada», como la llamaban en el barrio. Supuso que estaba experimentando uno de esos «embelesos», con suspensión del tiempo y el movimiento, en medio del profundo silencio de las turbulencias interiores del alma. Sintió un anhelo indescriptible de ir allí, de ver si era posible regresar a la paz perdida de su más tierna infancia. Le parecía que aquel lugar era morada de un gran corazón que le llamaba. No sabía si ese misterioso sentimiento era una promesa de amor humano o de amor divino. Esto último parecía menos probable.

De pronto, Goudron estaba de pie junto a él. Cogió a Pawel el rastrillo que tenía en la mano, lo dejó caer al suelo y le ofreció una copa de oscuro vino tinto. Le sonreía, mirándole con intimidad a los ojos.

Entonces, señalando el SacréCoeur con un gesto, dijo con un tono amablemente divertido:

–Sic transit gloria caeli.

Fue una observación extraña, de significación oscura, por lo que Pawel no replicó cosa alguna.

–Píntelo si lo desea -dijo Goudron-. Todo el mundo lo hace. Pero no se deje seducir por su encanto.

De modo que Pawel no fue nunca.

Cada vez que se ponía a pintar, sentía la impresión de una alegría recién encontrada. Era como la primera brisa, húmeda y aromática, de finales de invierno, como el sol naciente derramando su luz por la

abertura de un paso de montaña. Caminaba a lo largo del Sena, sin odiarlo ya, aunque seguía perturbándole el recuerdo del magnetismo con que le había atraído en su momento más bajo, antes de ser rescatado. Pintó muchos tópicos: los parques de París, los bistrots, las barcazas de colores brillantes, la fachada de NotreDame un día de nieve, las calles después de la lluvia y los floridos jardines de la colina sagrada en primavera; los temas típicos de los artistas jóvenes e ingenuos en su situación.

Solo una vez se apartó de lo que entendía era la vida del artista. Tan solo una vez, durante un momento de debilidad en que sucumbió a la nostalgia, al anhelo de la patria, a la añoranza de los años felices en Zakopane, antes de que papá se marchara. De en medio de aquel reino desvaído surgió una imagen con tal autoridad que no pudo dejar de pintarla. Era una escena imaginaria, pero a Pawel le pareció tan real como lo fuera una vez su pasado: en primer término, sobre un fondo verde oscuro de coníferas, se veía salir humo de madera de la chimenea de una cabaña alpina de caza. Un oso de color canela hundía la zarpa en un estanque negro, en el que unos peces dorados movían indolentes la cola mientras abrían la boca para devorar todo aquello que pudieran atrapar. En el cielo, por encima de las cumbres, una cascada de ángeles descendía como la nieve sobre la tierra silenciosa y tranquila. Y en las alturas cabalgaba un caballero montado sobre un caballo blanco, enzarzado en un combate con un dragón.

A Goudron no le pareció que fuera un estilo que Pawel pudiera continuar. Seguía demasiado la pastoral, dijo, se veía un exceso de romanticismo simbolista con trasfondo místico, algo que ya se había probado y desechado en el siglo anterior. Pawel se sintió consternado.

–No lo sabía -dijo-. Pensé que era algo original.

–No -repuso Goudron con voz comprensiva-. No lo es.

Habría sido un error pensar que aquel era un arreglo de negocios, como si Goudron estuviera invirtiendo en el valor futuro de un artista desconocido en apuros, o que se tratara de un simple caso de filantropía desinteresada por parte de un hombre mayor del mundo de la cultura. No, el vínculo fue convirtiéndose progresiva y regularmente

en una relación de amor no expresado. Pawel pensaba que había encontrado la guía de un verdadero padre, que abriría el cerrojo de la grandeza que había en él. Creía que, a cambio, estaba dando a Goudron la compañía de un hijo, una bendición que aquel hombre echaba de menos tras haberse divorciado de su mujer, que vivía con los hijos del matrimonio en Sudamérica. Poco a poco la confianza de Pawel fue afianzándose. Confiaba por completo en el criterio de Goudron. El escritor mostraba una exactitud exquisita en sus manifestaciones acerca de los cuadros de Pawel. Hasta los comentarios más directos de Goudron le complacían, pues demostraban que su mecenas era un hombre sincero, no un adulador, y que su amistad se sustentaba en el respeto mutuo.

Goudron le decía a Pawel que su trabajo era bueno técnicamente, que tenía «alma», pero que estaba mal encaminado. Por encima de todo, necesitaba más experiencia. Sugería que, si Pawel quería romper del todo con el pasado e imbuirse del espíritu de la nueva Europa, iban a salir grandes cosas de él. No era inconcebible, añadió, que al cabo de un año o dos Pawel pudiera exponer en alguna de las galerías más importantes de París. No sería muy difícil de arreglar.

–¿Experiencia no es todo, de una forma u otra? – reflexionó Pawel-.

Seguramente yo ya he vivido muchas experiencias.

–Sí -repuso Goudron-. Tú has vivido muchas experiencias difíciles.

Tienes un poso de amargura y, al mismo tiempo, cosa curiosa, sigues siendo inocente. Aún no has inhalado la fragancia de les fleurs du mal.

–¿Qué insinúas? – preguntó Pawel.

–No te alarmes, mi joven amigo. Solo digo que si lo que deseas es ser un artista de este siglo, que ilumine nuestra época, debes desaprender lo que te han enseñado. Si te sientes airado y resentido es porque eres en gran parte un hijo de la Vieja Europa, y la Vieja Europa te ha fallado. Por supuesto, no deja de ser natural que eso te produzca una cierta frustración, pero debes comprender que los hombres que rigen nuestra cultura están forjando un mundo nuevo. Hitler y Stalin harán algo de ruido durante un tiempo, pero son el estertor de la muerte de la vieja era. Pronto habrán desaparecido.

Pawel no decía nada. Se daba cuenta de que no estaba por entero de acuerdo, aunque no habría podido explicar por qué. Ante el poderoso

intelecto de Goudron, se sentía patéticamente superficial.

Los fundamentos mismos de la vida están siendo derrocados –

prosiguió Goudron-. Aquel que quiera ser un creador, deberá saber primero destruir.

–¿Destruir? – replicó Pawel con nerviosismo.

–Sí, destruir. Destruir los viejos valores, las falsas nociones acerca del bien y el mal: quitar de en medio los escombros culturales acumulados a lo largo de milenios, que nos ahogan, para poder construir algo nuevo. En nuestro caso, en el mío con mis novelas, en el tuyo con tus cuadros, la destrucción de las normas artísticas es la condición previa necesaria para llevar a cabo los actos de la más pura creación.

Pawel sacudía la cabeza, sin comprender.

Goudron dejó escapar una carcajada, le dio unos golpes en el hombro y dijo con una sonrisa afectuosa:

–Vamos a formar un gran equipo, tú y yo.

Pawel se sintió honrado por ello, pero, aun así, durante las semanas que siguieron a la conversación, le costó cada vez más pintar. Las pastorales de la Vieja Europa le parecían ahora una cosa superficial, hasta peligrosa. Lo gracioso, lo encantador, lo bonito, ¿no contribuía todo eso a perpetuar las normas falsas? ¿No retardaban a su manera la construcción de la nueva civilización?

Pero ¿qué decir de aquella visión suya, tan extraña y singular? ¿De qué depósito oculto de su interior había surgido aquella imagen de ángeles, del dragón y del caballero? ¿Cuál era el papel de esa imagen, si es que tenía alguno, en el nuevo mundo? No era ni graciosa ni encantadora; en realidad, era cruda y obsesiva. Lo emocionaba, aunque no sabía por qué. Pero Goudron le había dicho que era una falsa pista, una pérdida de tiempo.

¿Cómo tenía entonces que pintar para contribuir a la construcción de la nueva civilización? ¿Cómo? Para esta pregunta, a menudo repetida, no encontró respuesta, a pesar de sus esfuerzos por obtenerla de sí mismo. Su mente parecía incapaz de suministrarle temas, y tampoco la imaginación le proporcionaba otras formas visuales que no fueran las de la imaginería al uso, las mismas que producían por miles a diario los artistas de la ciudad, cada uno de ellos convencido de su

originalidad, cada uno de ellos recorriendo con cansancio los viejos caminos trillados que no conducían a ninguna parte. ¡Qué baladí le parecía todo!

En diciembre de aquel año se ofreció en el château un bal de Noël al que asistieron centenares de personas. Algunas de ellas llegaron hasta la verja de entrada en lujosos automóviles, otras en carruajes tirados por caballos. Celebridades y aspirantes a serlo se dieron cita en abundancia: artistas, poetas, empresarios de teatro, actores, estudiantes universitarios, periodistas. Durante la velada, un cuarteto de cuerda tocó pasajes románticos extraídos de óperas italianas y francesas del siglo anterior. Un número incontable de velas blancas iluminaba cada habitación.

Goudron se multiplicaba para atender a los invitados. Les recomendaba el caviar y los vinos añejos, les preguntaba por la salud de los famosos y de los familiares, los divertía con brillantes bons mots, y encandilaba a gran número de mujeres elegantes y enjoyadas, especialmente a las más mayores. Pawel le observaba con admiración, maravillado por su capacidad para conversar con tal variedad de tipos humanos y con tal facilidad, sin mostrar ninguna clase de afectación ni condescendencia. Era obvio que el escritor estaba en buenas relaciones con muchas personas, y que muchas de ellas le estimaban.

–Cuidado con ese Hemingway -dijo Goudron, sacudiendo el dedo índice a modo de advertencia y dirigiéndose a un grupo de jóvenes escritores que se habían congregado a su alrededor, delante de un hogar cuyo fuego crepitaba en el salón de baile.

–¿Y no le parece entonces extraordinario? – replicó uno de los presentes, con falsa ingenuidad-. ¡Adiós a las armas es sencillamente genial!

–Es sencillamente cine -repuso Goudron con una ceja arqueada y un tono que suscitó risas-. Como operario de guiones cinematográficos, se ha visto obligado a asesinar a todos los adjetivos y adverbios. Así es como la lengua franca acaba convertida en literatura.

–Pero, señor Goudron, ¿acaso no es usted mismo el maestro del minimalismo? Hasta es posible que el señor Hemingway haya estado

sentado como discípulo a sus pies.

Goudron rió con cordial afabilidad y cambió de tema.

Pawel se alejó en busca de un rincón del château menos concurrido.

Hasta entonces, nadie le había dirigido la palabra, si bien muchos habían reparado en su presencia y le habían dirigido insistentes miradas cargadas de curiosidad. Su incomodidad se veía agravada por su atuendo, que le había prestado el anfitrión para la ocasión: esmoquin negro, zapatos marroquíes negros, camisa blanca de ribete ondulado y una pajarita carmesí tan minimalista que era poco más que una cinta. Salió del salón de baile justo en el momento en que acababa de sonar un fragmento de Puccini. Abriéndose paso a través de la gran escalera hasta el gran vestíbulo de la entrada, eludió el señuelo procedente del salón de música, al otro lado del vestíbulo, del que le llegaba el sonido de un piano en el que alguien tocaba el Chopin más dulce y melodioso. Abrió una puerta, junto a esa sala, y penetró en un pequeño estudio en el que Goudron acostumbraba a leer en soledad o a escribir cartas. Revestido con estanterías de libros hasta el techo y surtido de alfombras persas, cómodas butacas y un canapé, no era tan pequeño como para parecer recargado, ni tan grande como para que un único ocupante pudiera sentir que su búsqueda de aislamiento derivaba hacia la soledad.

En realidad, Pawel no se vio solo.

–Entrez, entrez -dijo una lánguida voz masculina.

La voz pertenecía a un hombre que sostenía en la mano una copa de brandy, que utilizaba a modo de batuta para acompañar los penetrantes arpegios que, apagados, traspasaban la pared, procedentes del salón. La persona misma permanecía aún invisible, sentada en la punta de una butaca de respaldo alto, y al parecer se calentaba delante de unos leños que ardían en el hogar. Pawel rodeó lentamente el butacón y se colocó enfrente de su ocupante.

–Ah, el príncipe -declaró el hombre.

Parecía alguien fuera de lo común. Más cerca de los cuarenta que de los treinta, con la piel bronceada, el pelo rubio dorado alisado y peinado hacia atrás, dejándole despejada la frente, los ojos azules semiocultos tras los párpados, era de una belleza extrema, casi desagradable, incluso. Con el cuerpo delgado repantigado en el

butacón, las largas piernas cruzadas, una rodilla sobre la otra, balanceaba el pie. Llevaba también esmoquin, pero de un color violeta que reflejaba destellos trémulos como si la tela estuviera hecha de un metal dúctil. Causaban extrañeza sus zapatos de montar, marrones y blancos, con la suela claveteada.

Con una sonrisa irónica, el hombre dijo:

–Perdone mi indumentaria. He llegado tarde y no he tenido tiempo de cambiarme.

Al ver que Pawel no decía nada, sino que continuaba en actitud incómoda de pie junto al hogar, con la mirada fija en el fuego, el hombre resopló y dijo en tono seco:

–Usted debe de ser la última adquisición.

–Soy un invitado del señor Goudron -balbució Pawel.

–¿No lo somos todos?

–Es para mí un benefactor.

–Ah, de modo que le tiene aquí alojado -dijo el hombre, con una amplia sonrisa.

–Temporalmente.

–Por supuesto. Todo es temporal. Déjeme que lo adivine… Es usted acróbata.

–No, yo…

–Non, non, non, no lo niegue. A él le encantan los acróbatas, sobre todo esos golfillos de Le Cirque de Paris.

–Soy artista -dijo Pawel, preguntándose mientras lo decía si acaso era verdad.

–¡Artista! – rió el hombre-. ¡Formidable!

La pronunciación de la última palabra puso en evidencia que no era francés, a pesar de que hasta aquel momento su dicción había sido perfecta.

Pawel estaba a punto de marcharse cuando el hombre se irguió en su butaca y dijo:

–Dígame cómo se llama, príncipe.

–Pawel Tarnowski.

–Pawel Tarnowski. ¿Polaco? Sí, polaco. Qué encantador. Así que su avanzadilla en territorio eslavo es profunda ya, por lo que veo. Toda una incursión.

Pawel hizo un gesto para abandonar la habitación en serio, pero el hombre le obstruyó el paso con la pierna, y acto seguido le ofreció la mano sin levantarse.

–Me llamo Audrey.

–Monsieur Audrey -masculló Pawel, con un único apretón de manos. La mano del hombre era grande pero blanda, con los dedos alargados y elegantes, como todo en él.

–Audrey, a secas. Así es como nos tratamos en Chicago. Y

perdonará mis modales, ¿verdad? Demasiado brandy después de jugar demasiado al golf y de no cenar lo suficiente. ¿Habla inglés?

Pawel negó con la cabeza.

Audrey lanzó una mirada en dirección a la puerta.

–No le reprocho su intento de huida. Eso mismo estoy haciendo yo.

El gran artista del escapismo, ese soy yo. Escritor. Famoso. De escarceo por Europa. Jovencito yanqui brillante. Hay que regresar a la estrechez de las viejas calles y mentalidades, es lo que siempre aconsejo. Claro que usted no ha llegado a conocer las grandes llanuras abiertas por las que vagan los búfalos y proliferan los charcuteros, donde no se oye jamás una palabra de desaliento. Así que usted no necesita una gran evasión, ¿verdad? Solo pequeñas escapadas de vez en cuando de los hombres del Viejo Mundo. ¿De qué estará usted huyendo, me pregunto yo?

–No entiendo de qué me está hablando, monsieur.

–Mis lectores tampoco. – Soltó una breve risotada-. Lo cual, por suerte, no les ha desanimado para comprar mis libros.

–Es usted escritor, entonces.

–Como ya le había dado a entender. O para decirlo de otra forma: sí.

–Yo leo mucho -apuntó Pawel con timidez-. Me interesa mucho el género de ficción.

–¿Le interesa mucho? Mejor para usted -Audrey dio un largo sorbo de la copa-. Es algo que yo recomiendo a manudo a los jóvenes. No dudo de que estará interesado en la ficción seria, no en la ficción ligera.

–Sí, creo que así es -dijo Pawel, sentándose de forma casi inconsciente en una silla enfrente del escritor-. Me gusta Kafka especialmente…

–¡Kafka! – clamó Audrey, escupiendo un poco de brandy y riendo y tosiendo de forma simultánea-. Kafka, Kafka, Kafka. Eso sí que es serio. Pobre príncipe querido. En ese caso, mejor que no lea mis novelas, porque yo soy el abastecedor por antonomasia de literatura ligera. Aunque, por supuesto, ello queda sabiamente disimulado gracias a mi título de Harvard y a mis numerosos relatos breves aparecidos en publicaciones serias. Todo es la fama que te echen, ¿sabe, Pawel?, era Pawel, ¿verdad?; cuestión de inflar la propia imagen, Pawel, y de estar bien relacionado, y de saber quién quiere impresionar a quién y con qué y por qué motivo.

El hombre bebió otro trago, sofocando la risa. Intrigado a su pesar, Pawel decidió esperar un poco en lugar de marcharse. – Achille Goudron: he ahí un tipo serio. Sí, un tipo serio de verdad, el amigo.

Pobre hombre.

–¿Por qué dice que es un pobre hombre? – preguntó Pawel-. Es un hombre muy admirado. Es un gran escritor.

–Achille es un escritor con talento, de eso no hay duda. Pero tan grave, tan infeliz… A mí siempre me dice que tengo que ser más serio.

Le encanta citar a Flaubert, sea o no el momento, el escritor que dijo que escribir es como un caldero agrietado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas. Una vez me dijo que mis novelas poseen la semilla de la grandeza, pero que soy incapaz de hacer que se desarrolle a causa de mi apego a la adulación barata, al golf y a los escarceos amorosos, por este orden. Tenía razón. Esas tres cosas, en abundante cantidad, son lo que más me gusta. Ojalá fuera así siempre. El mundo es demasiado serio, ¿no se había dado cuenta?

Al ver que Pawel no replicaba, el escritor continuó.

–Pobre, pobrecito Achille, con ese mordisco tan insidioso en el tobillo. Con esa mujer, los niños perdidos, la elección a la Académie Française. Unas expectativas tan enormes depositadas sobre los hombros de un muchachito tan solitario…

Este comentario hizo retroceder ligeramente a Pawel, pues no solo parecía extraño, sino humillante hacia su mentor.

–Es una persona sabia -intentó Pawel a modo de defensa.

Audrey se rió sin más.

–No es ningún sabio, mi querido príncipe.

–Por favor, no vuelva a llamarme así.

–¿Por qué? ¿Acaso no es usted el favorito de la semana del Rey Sol?

Le prevengo de una cosa: si se queda más tiempo en este falso castillo, usted, mi querido príncipe, dará con sus huesos en las mazmorras de su espléndida agonía.

–¿De qué está hablando?

–Tiempo al tiempo, tiempo al tiempo…

–Me parece que insulta usted a un gran hombre.

–Tiempo al tiempo -repitió el escritor una vez más, después de dar otro sorbo al brandy-. Mire, si quiere aceptar un consejo gratis, escuche esto: todos aquellos que aman a Achille acaban cayendo en las fauces de su apetito insaciable. Lo mismo que les ha pasado a tantos otros antes, lo mismo que me pasó a mí, tenga por seguro que le pasará a usted, si no se apresura a volver al circo lo antes posible.

–Yo no soy de ningún circo -le corrigió Pawel.

–Oh, sí que lo es. Ya lo creo que lo es.

Si la curiosidad de Pawel había mantenido hasta el momento a raya su desagrado por aquel hombre, ahora había desaparecido por completo. Airado, se levantó dispuesto a marcharse.

–Ah, tan joven, tan apuesto, y tan ingenuo y cruel.

–Es usted el que es cruel -replicó Pawel con vehemencia-. Y un desagradecido, ¿o no es usted un invitado en esta casa?

Inclinándose hacia delante y adoptando una expresión sobria y reflexiva, Audrey sacudió la cabeza en señal de negación.

–Ahí es donde se equivoca. No sabe hasta qué punto se equivoca. Yo he pagado por mi admisión, ¿sabe? De hecho pagué hace mucho tiempo.

–¿Cómo que pagó? – inquirió Pawel, en modo alguno convencido por nada de lo que tuviera que decir aquel hombre.

Audrey sonreía con tristeza.

–Déjeme que le haga una pregunta. Una pregunta seria: ¿por qué esa hambre suya es insaciable? ¿Qué es lo que busca en realidad?

–No lo sé. Yo no sé si busca algo o no.

–Él busca… oh, sí, sí que busca algo. Busca aquello que jamás podrá tener. El hombre al que busca no lo encontrará nunca.

–¿Qué hombre?

–Precisamente.

–No sé de qué me está hablando.

En ese momento se abrió de golpe la puerta y entró el propio Goudron, como llevado en volandas por una ráfaga musical de Strauss.

–Ah, estás aquí, Aubrey. Ven conmigo. ¡Hay alguien a quien tienes que conocer!

Poniéndose de pie, el americano dirigió una fugaz sonrisa a Pawel y se volvió hacia su anfitrión.

–Otro famoso adorable que vive del cuento, ¿no, Achille? ¡Por favor!

–Nada de eso. Se trata de un crítico literario muy importante.

Smokrev.

–Ah, el conde.

–¿Le conoces?

–Solo de oídas. ¿Es uno de tus planetas, o simplemente luna de planeta?

–Un asteroide.

–Más que eso, por lo que he oído. Es un hombre deliciosamente peligroso. Hay rumores de que es fascista. Escribe con regularidad una columna para Lettres Françaises y colecciona cuadros de una pornografía escandalosa. De verdad, Achille, ¡vaya compañías! Y lo que es peor, sus ensayos han destruido a algunos buenos escritores y han encumbrado al éxito a más de uno malo.

–Ya, ya, pero es tan divertido… Y un paria, por lo demás. La comunidad polaca de París lo desprecia, razón por la cual no frecuenta sus círculos.

–La cosa mejora. Vamos, condúceme a él, querido. Me moría de ganas de conocerle.

Los dos hombres salieron, dejando a Pawel para que desentrañara tanto misterio a solas. Finalmente llegó a la conclusión de que Audrey o Aubrey era una de esas personas dignas de lástima, consumidas por la ambición y la envidia.

En enero, Pawel asistió a una representación de Las suplicantes, la tragedia de Eurípides, programada en un auditorio de la Universidad de París. Fue con Goudron y con un grupo de jóvenes amigos del escritor. Las entradas de todos fueron cortesía de Goudron. Después de la representación se celebraba una fiesta. Pawel les acompañó a la función con alguna reticencia, pues no le interesaban demasiado las representaciones teatrales, y había desarrollado además un desagrado por los animados y ardientes estudiantes que giraban perpetuamente en torno del escritor.

Sentado sin apartarse de Goudron, silencioso, arropado en su aislamiento personal, asistía con indiferencia al despliegue de situaciones de esa gran obra de tema bélico: la desolación de aquellos que pierden a sus seres queridos en unos conflictos desencadenados por los poderosos; la ceguera de quienes promueven tales guerras, que solo recogerán una cosecha de crímenes y vergüenza que otros tendrán que acarrear. A medida que progresaba la obra, las madres y los jóvenes hijos de los guerreros muertos suplicaban al victorioso rey Teseo que les devolviera los cuerpos de los vencidos, para poder enterrarlos con honor. Teseo escuchaba las peticiones de las mujeres y los muchachos, y con un ampuloso gesto de grandeza les concedía lo solicitado, pero solo después de obtener ciertas concesiones políticas.

Pawel no atendía tanto al desarrollo de la trama cuanto al llanto profundo que emanaba de las profundidades de los corazones afligidos.

Lo oyó débilmente al principio, hasta que fue creciendo cada vez más en su interior. En la escena final, completamente henchido, le reventó cuando los muchachos gritaron en voz alta:

Y yo, desdichado de mí, despojado de mi pobre padre, viviré en la orfandad en un hogar abandonado,

sin el amor protector de los brazos del padre.

Pawel rompió en sollozos, se puso bruscamente de pie y se marchó de la sala. Caminó durante horas por las calles de la ciudad, alimentando el dolor de un absceso que se le había abierto súbitamente en el pecho, perplejo, sintiendo odio hacia el mismo. Era incapaz de encontrarle una explicación, pues a su padre no lo habían matado. Él, Pawel, no era huérfano. Si bien era verdad que su padre no le había arropado con su abrazo protector y le había desaprobado siempre,

aquello era una vieja historia de la que él se había desprendido ya, ¿o acaso no?

Por fin, pasada la media noche, llegó al château y entró procurando no hacer ruido al pisar. Encontró a Goudron en su estudio privado. El escritor se había quedado dormido, recostado en la butaca de respaldo alto junto a la chimenea. Una copa de coñac medio vacía descansaba en una mesita a su lado, y tenía un libro abierto en el regazo. Pawel se sentó en una silla situada enfrente y se quedó observando a aquel hombre durante un rato. Aquí está mi anfitrión, se dijo para sí. Este es mi benefactor, el que me ha rescatado de un mar de problemas. ¿Por qué lo habrá hecho? ¿Por qué sigue ayudándome? Aquí está en verdad mi padre al que no han matado.

Entonces, por primera vez, Pawel comprendió que el escritor estaba protegiéndole con abrazo paternal. Aquella adopción misteriosa, no declarada, no tenía explicación, y era precisamente el carácter implícito de aquella amistad lo que acrecentaba su belleza. Le invadió un sentimiento de

gratitud que alivió el dolor y selló el absceso.

Goudron se despertó con un sobresalto, tosió y se frotó los ojos.

–Ah, mi joven guerrero -murmuró-. Despojado de su armadura, suplicando ante las puertas de Atenas. ¿La apoteosis del valor? ¿O es más bien desesperación?

Pawel negó con la cabeza, sin comprender.

–Ya has visto a esos niños -prosiguió Goudron-, llevando en sus pequeñas manos los cuerpos de sus nobles padres que yo gané para ellos: mi ciudad y yo te los ofrecemos como regalo.

Pawel movió de nuevo la cabeza de un lado a otro. Goudron se rió.

–Te has marchado muy pronto -dijo en un susurro, con los ojos fijos en la copa de coñac. – Necesitaba pensar -repuso Pawel.

–Y sentir, sospecho.

Goudron cogió la copa de encima de la mesa y bebió un sorbo con expresión concentrada.

–Dejemos que el pasado se vaya, Pawel, ¡que se lleve las cenizas de nuestros padres! Están ahora suspendidas sobre nosotros, en el aire.

Fundidas por el fuego, ¡han partido en dirección al Hades!

Goudron se puso de pie titubeando.

–Teseo gana los cadáveres para los hijos afligidos, es cierto -dijo con voz pastosa-. Pero eso tiene un doble sentido, porque antes les había quitado la vida… un hombre doblemente generoso. Un rey generoso.

Se tambaleó, y luego se tropezó al querer acercarse a Pawel.

Este agarró a Goudron por los brazos y le ayudó a enderezarse.

–Ah, ah -jadeó el escritor, con los ojos inundados de lágrimas-.

Hermes, mensajero, quédate conmigo en mi viaje, pues el pasado es presente y el presente está convirtiéndose en futuro otra vez.

–No entiendo lo que quiere decir -dijo Pawel-. Está cansado, debería irse a dormir.

–Una y otra vez, una y otra vez…

–Es tarde.

–Sí, es demasiado tarde, y yo he estado perdiendo demasiado el tiempo, atado por el yugo de un lecho nupcial legítimo. De pronto los ojos de Goudron recuperaron la claridad. Dejó escapar una risa amarga, retrocedió un paso y se irguió.

–Demasiado clasicismo para una sola noche -dijo-. En serio, debería ver algo de Brecht.

–¿Brecht?

–Brecht. La ópera de tres centavos. Es una pieza de teatro musical.

–No había oído hablar de ella.

–¿No? Ha conquistado Europa y toda América. Debe de haber pasado de largo por Polonia.

–Bueno, yo… no he visto mucho teatro -balbució Pawel-. Aunque esta noche he sentido por vez primera el poder de este arte.

–Sí, el poder. Siempre presente. Y la política. Y la raza. Y la cultura.

Pero Brecht, ah, Brecht se ha hecho comunista, por lo que está perdiendo su poder creativo.

–A mí… me gustaría escribir algo -apuntó Pawel, con la esperanza de disipar la oscuridad creciente en las observaciones de Goudron-.

Quizá… quizá un obra sobre… Polonia.

–Una obra sobre Polonia -sonrió Goudron-. Una idea excelente, si está dispuesto a intentarlo.

–No es más que algo que se me ha ocurrido. No estoy seguro de tener la capacidad.

–¡Una obra que conquistará Europa y toda América! – proclamó Goudron.

Y dicho esto, se volvió y se dirigió tambaleante hacia la gran escalera, y subió al piso de arriba, riéndose entre dientes todo el rato.

Pawel se fue a su habitación en el ala del servicio y se durmió con un sueño agitado.

Al poco tiempo, Goudron partió rumbo a Argelia, en busca de un clima más cálido. Tenía intención de seguir hasta Túnez, donde iba a quedarse unos meses para acabar una novela. Durante ese período, Pawel vivió solo en el château. Todas las noches, una vez que se marchaba a casa la mujer de la limpieza, el lugar se quedaba completamente vacío: un caparazón espléndido. Día tras día deambulaba sin rumbo de una estancia a otra. Trató de leer una de las novelas de Goudron, cuyo estilo encontró tan lúcido como el de Kafka, pero la trama prácticamente impenetrable. El libro entero trataba de las relaciones humanas. Relaciones complejas, llenas de matices que Pawel no podía captar. Le pareció muy francés. El pensamiento se le iba en divagaciones, hasta que renunció.

En dos o tres ocasiones se sentó junto al fuego en el estudio e intentó visualizar un gran drama polaco, verter sobre el papel una destilación del genio, la pasión, la locura eslavos. No pasó de unas pocas hojas garabateadas. Pronto se dio cuenta de que era un texto patético e imitativo. Se dio por vencido y volvió a la pintura.

La soledad se había convertido en una dolencia constante, que no era producto tanto del deseo de volver a ver a su patrón cuanto de un estado de ánimo general de abandono, como si fuera a la deriva por un mar de horizontes sin límites, sin tierra a la vista, como si no tuviera pasado, sino tan solo un futuro indefinido. Cualquier compañía humana habría sido bienvenida, pero incluso cuando salía a comprar comida o a pasearse por las galerías de arte, apenas era capaz de mirar a la gente a los ojos.

Una vez pensó en lo maravilloso que sería conocer a una mujer hermosa, que fuera encantadora de formas, de corazón y de

pensamiento. Pero estas efusiones de sentimentalismo eran meras imaginaciones caprichosas, que tan pronto se iban como habían venido.

–¿Por qué estoy tan solo? – preguntaba a las paredes del château-.

¿Por qué no he encontrado alguien a quien amar? ¿Soy un hombre?

Pero ¿qué es un hombre? ¿Soy un niño aún? Y si lo soy, ¿cómo me haré un hombre?

Le venían a la imaginación recuerdos desagradables, que se le extendían por el pensamiento, y luego hasta el corazón. Recordó aquellos inquietantes momentos de su juventud en que, incapaz de hacer acopio del valor suficiente para llegar hasta las mujeres, sus deseos se habían vuelto hacia los hombres… aquellos encaprichamientos que apenas recordaba, nunca manifiestos ni llevados a la práctica, de los que se había arrepentido al instante. Los había alejado de sí como tentaciones, pero ahora volvían con una fuerza sin precedentes.

–¿Qué me está pasando? – se preguntó-. ¡Oh, que no!

Asustado, se paseaba de un lado para otro del Castillo de las Brumas, bajando y subiendo las escaleras, y daba cien vueltas por el jardín, hasta que se encontraba tan cansado que todo deseo remitía. De vez en cuando, su mirada se veía atraída por la blanca basílica de la colina sagrada, pero siempre acababa desechando aquella nostalgia infantil.

–Tienes que seguir adelante -se reprendía a sí mismo-. No puedes volver atrás.

¿Dónde estaba su futuro? ¿Qué sentido tenía su vida? ¿Había alguna vida humana que tuviera sentido? Si así era, ¿cuál era la verdad de la vida, y dónde la encontraría, si existía? ¿En el amor? No, el amor era un contrato social que tenía como finalidad la propagación de la especie, ¡y su precio era invariablemente la destrucción de la libertad y la creatividad!

Avance y retroceso. Argumento y contraargumento.

–¡Todo amor es traición o prisión! – declaró ante los gorriones que piaban, que habían encontrado la manera de entrar en el invernadero a través de un cristal roto, y ante los dragones dorados que vivían allí.

–No, no es así. Hay un amor que no traiciona ni te hace prisionero, hay un amor que busca la verdad… el de mi benefactor, mi padre para

el arte. Es un profeta del hombre del futuro, y está dispuesto a luchar por la destrucción de los falsos valores sociales, para que en la civilización nazca algo nuevo.

Qué agradecido estaba Pawel a su único amigo verdadero. Pero también era consciente de que no podía dejarse llevar hacia sentimientos muy fuertes hacia aquel hombre.

–Soy una piedra – sentenció. Y dicho esto, se sumió en un estado de indiferencia en el que nada pudiera hacerle daño.

Aun así, cada vez se sentía más frustrado por su falta de inspiración. Incapaz de concentrarse, sintiendo una oscuridad creciente a su alrededor y en su interior, deambulaba por las calles de París día tras día, semana tras semana, indagando eso sí en todas las galerías de arte, buscando la confirmación de lo que le había dicho Goudron. Las galerías públicas parecían monumentos fúnebres conmemorativos del pasado, y ahora Pawel no sentía otra cosa que desagrado por los cuadros que otrora había amado. En efecto, ya ni siquiera Renoir, Degas y Monet, aquellos héroes gigantescos del pasado reciente, podían emocionarle. Que fueran genios no lo dudaba. Pero si Goudron tenía razón, se habían preocupado demasiado por la belleza, su visión de un mundo armonioso era el producto de unos ojos llenos de prejuicios y que jamás habían sido humillados, que jamás habían pasado hambre.

Salió con disgusto del Museo del Impresionismo, furioso interiormente contra la burguesía y los perritos falderos mimados a los que llamaban artistas.

En las galerías comerciales no le fue mejor. Allí todo era ambición, presunción y belleza artificiosa.

Cierto día, sin embargo, en que entró en una pequeña galería de Montmartre, se detuvo delante de un cuadro de Georges Rouault. Era una imagen de Cristo agonizante, clavado en la Cruz. No supo por qué le emocionó, pues había perdido ya la fe. Supuso que le evocaba imágenes de los campesinos de su niñez. Pero le intrigó, porque el artista había conseguido una síntesis entre una temática tradicional y una técnica revolucionaria. Era semiabstracto, pero en esencia no era una abstracción. Esto le resultaba inexplicable. Había un poder en aquella imagen que le hizo preguntarse si no se le habría pasado algo por alto en su aniquilación del pasado.

Obtuvo la dirección de Rouault de su marchante y le escribió. Vivía en Versalles. Por supuesto, Pawel fue franco con respecto a su posición.

Declaró que no creía en nada, pero que el cuadro de la Crucifixión le había impresionado. Preguntó a Rouault si pensaba que todos los grandes caminos de la tradición de la historia del arte estaban ahora cerrados, tal y como sostenían tantos teóricos. Y si no estaban cerrados,

¿cuál era el que debía seguir un joven pintor? ¿Debía él, Pawel, seguir el rumbo de la más absoluta abstracción, o quizás el del simbolismo, o bien optar por un realismo figurativo de nuevo cuño?

Rouault le contestó con una carta muy cortés. Se refería a la escena del arte actual con palabras críticas e insistía en que la confusión del arte moderno nacía de temas más profundos que las meras cuestiones de estilo. Concluía diciendo: «Un hombre solo puede crear con el material de aquello que ama».

Pawel le replicó con una breve nota: «¿Y si no ama nada?»

Pensando que aquella rudeza habría puesto punto final a su correspondencia, Pawel se sorprendió cuando, al cabo de una semana, recibió respuesta:

El hombre que no ama, aún no se conoce a sí mismo. En el interior de todo corazón hay una imagen del amor, por enterrada que esté. Hay que buscarla y encontrar por uno mismo el lenguaje que le es propio, las palabras que liberen el icono oculto.

«¿Cómo se hace eso?», contestó Pawel en una pequeña postal con un desnudo de Matisse.

Rouault replicó en una pequeña postal con el rosetón de la catedral de Chartres: «Sometiéndose uno a las fuerzas de la vida. Sufriendo.»

Pero esa idea era muy sombría. Pawel pensó que él ya había sufrido más que suficiente.

Escribió una respuesta en el reverso del anuncio de un salón de baile de desnudos, un cartel que había sustraído de un expositor con este propósito. «El sufrimiento no me ha enseñado a amar», puso. «Me ha enseñado a odiar.» Dobló el cartel, lo metió en un sobre grande y lo envió por correo, pensando:

Adiós para siempre, monsieur Rouault, ¡ahora no hay duda de que esto será una prueba irresistible para su tolerancia!

A lo largo de la semana siguiente Pawel sintió algunos remordimientos por lo que había hecho, reflexionando acerca de lo que le había escrito a Rouault. ¿Él odiaba, de verdad? Sí, a él le parecía que sí. Odiaba la presuntuosa indiferencia de las masas. Odiaba a aquellos que ocasionaban las guerras y que llenaban las calles de vidas marginales. Odiaba a los artistas de éxito que se ponían el mundo por montera con tan infalible talento para medrar personalmente. Odiaba a personas como la portera, y a Henri, el maestro pintor, y a los propietarios de galerías de arte, para lo cuales no había mayor dios que el dinero. Y a Photosphoros, que habría visto muy contento cómo se moría de hambre (estaba seguro) con tal de preservar la «pureza» de su modo de vivir. Se preguntaba incluso acerca de los motivos que impulsaban a Rouault. El odio, a medida que lo iba alimentando, se extendía como una niebla oscura. Solo Goudron quedaba exento. Solo él había demostrado estar libre de sucias motivaciones.

Rouault no le contestaba, y Pawel asumió con amargura que se había desentendido de él lavándose las manos, como todas las buenas personas religiosas.

–¡Cristianos! – exclamó con desprecio.

Pero entonces, para su asombro, Pawel recibió una larga carta de él. Rouault le pedía disculpas por su silencio. Había estado muy enfermo, y todavía estaba recuperándose. Había rezado por Pawel, y había ofrecido a Dios su enfermedad por él.

¿Sabes, Pawel, que aunque no nos hayamos visto nunca en persona, me parece como si te conociera muy bien? Yo también he experimentado esa angustia que sientes. Tienes que venir a Versalles y conocer a mi esposa y a mis hijos, y a algunos amigos nuestros.

Maritain es un filósofo católico ex ateo. Su esposa, Raisa, es también filósofa, y mística. Es rusa, una judía que se ha convertido a Cristo.

Pawel se vio inundado de emociones en conflicto. A pesar de su aversión de siempre a las relaciones sociales, sintió un repentino anhelo por conocer a aquellas personas singulares. Pero no se decidía a abandonar la ciudad. ¿No existía el peligro de sentirse tan impresionado, verse tan seducido por el círculo de Versalles como para volver a sus anticuados puntos de vista? ¿Debía ahora apartarse de su

búsqueda heroica y solitaria de un nuevo lenguaje que le fuera propio?

Discutía consigo mismo, decantándose ora por un lado, ora por otro.

Resultó curioso que Goudron le telefoneara desde Argel en el momento mismo en que estaba a punto de abandonarlo todo y marcharse al encuentro de Rouault y los Maritain. El escritor escuchó con paciencia mientras Pawel le contaba los detalles del intercambio epistolar. Luego, adoptando un tono racional, respondió a las ideas del artista con gran elocuencia, sentido del humor y sutileza. Aseguró a Pawel que el nuevo humanismo era superior al llamado humanismo cristiano de Rouault, dominado en realidad por un dios tiránico y cruel al que jamás se conseguía aplacar. Le dijo que Rouault era un fanático religioso, demasiado influido por Léon Bloy y los Maritain. Sería un error ir a Versalles, le dijo.

–Además, tengo excelentes noticias para ti, querido amigo mío, noticias que te convencerán de que no es el momento de dejar que nada te distraiga de tu camino. Debes perseverar en la dirección que has tomado. Acabo de cerrar las negociaciones para montar una exposición de tu obra en la misma galería en la que exponen Picasso y Braque.

Aquellas eran noticias verdaderamente emocionantes, aunque experimentara ante ellas un sentimiento depresivo que se alternaba con la desesperación, por cuanto Pawel tenía muy pocas cosas que mostrar, al cabo de todos aquellos meses de trabajo, y ninguna de ellas original…, en fin, a excepción de la visión de Zakopane, pero naturalmente, esta era una pieza sin valor, que no conducía a ninguna parte.

Escribió a Rouault, explicándole que por el momento no estaba en disposición de viajar, que debía preparar una muestra de su obra, a celebrar en el otoño del año siguiente.

«Tal vez nos conozcamos algún día», concluía. «Quizá a usted y a sus amigos les guste asistir a la inauguración.»

Secretamente, se sentía complacido por el hecho de poder ofrecer una invitación tan solemne, de encontrarse de pronto aparentemente en un nivel de igualdad con él, y posiblemente de superioridad, ya que,

¿acaso no formaba parte Rouault de los restos de un mundo agonizante, y no era Pawel un precursor del nuevo que nacía? Pero, cosa extraña, Rouault pareció complacerse ante la buena fortuna de

Pawel y contestó diciéndole que estaría encantado de asistir. Y así, aquella curiosa correspondencia, un diálogo entre un creyente y un no creyente, continuó durante los meses sucesivos. En su siguiente carta, Rouault le escribió:

Querido Paul, la imagen del Cristo rechazado es la más difícil de pintar de todas. El artista tiene que evitar el efectismo melodramático.

Tiene que arrastrar al observador a la angustia interior de Jesús, que es equiparable a la noche oscura del alma. Pocos pueden abordar este tema libres de prejuicio. Más de un cristiano, al mirar, ve un viejo cliché, un mensaje religioso al que dar su asentimiento… ni más, ni menos. Pero si lo observa con ojos claros, podrá ver la majestad de un Dios que sufre con nosotros y en nosotros. Cristo está siempre con nosotros. Sufre la angustia hasta el fin del mundo.

Por desgracia, el ateo, al mirar mi Jesús crucificado, solo ve la muerte de Dios. ¿Y tú, Paul? ¿Tú también crees que Dios ha muerto?

¡Ay, mi joven pintor, somos nosotros los que no estamos vivos! El corazón del hombre moderno se ha vuelto frío. Mi más profundo anhelo es el de pintar algún día la faz de Cristo con tal autenticidad que hasta el corazón más endurecido se convierta ante ella. Pero como dijo Fra Angelico una vez: para pintar las cosas de Cristo, uno tiene que vivir con Cristo. De modo que el artista tiene que estar dispuesto a ser crucificado si es que quiere pintar una imagen como ésa.

Herido por la crítica a los no creyentes, Pawel replicó: Monsieur, ¿acaso no basta con desear, como yo deseo, pintar una imagen del Hombre? Si un artista tuviera que crear un rostro humano, con toda su belleza y su nobleza irradiando a través de sus más espantosas heridas, ¿no sería esto un logro igual de grande, acaso mayor? ¿Habría alguien que pudiera, después de haber visto una imagen así, volver a hacer daño a otro ser humano?

Goudron regresó de África y no tardó en adaptarse de nuevo a su rutina de escribir y asistir a fiestas, que Pawel eludía casi siempre.

«¡Tengo que trabajar!», proclamaba con solemnidad. Con una lentitud desesperante, los cuadros empezaron a llenar las paredes del estudio.

Se impuso a sí mismo un ritmo de uno por semana. Trabajaba llevado por una frustración rabiosa, rabia contra sus propias limitaciones técnicas y contra las limitaciones de la intuición creativa que, según

creía, le habían infligido las mentiras de la Vieja Europa, especialmente la educación católica. Pintó NotreDame ardiendo bajo una lluvia de bombas. Pintó un baile de etiqueta en el que se había congregado la pequeña burguesía, personas que llevaban medallas de guerra en el pecho y cadenas en los tobillos, y de ojos taimados, codiciosos, sin vida.

Representó con expresivo realismo a Henri, el maestro pintor, desnudo y corpulento sobre un escenario, rodeado de estudiantes que le abucheaban, con los ojos enloquecidos por la humillación. También a la portera como la Medusa. A Photosphoros como a un fariseo en medio del Sanedrín. Y escenas de degradación, pero no las señoritas de la noche de Toulouse Lautrec, sino los desesperados ojos de las prostitutas sifilíticas.

–Formidable! – le decía Goudron-. Estás abriéndote paso hacia tu propio lenguaje. ¡Esto sí que es original, por fin!

En sus cartas a Rouault, Pawel le describía su nuevo trabajo con todo detalle. Un tono de tristeza llenaba las respuestas, pero no a causa de la temática misma, por cuanto también Rouault pintaba la condición humana en toda su integridad, incluidas las prostitutas. No, a él le preocupaba otra cosa.

Cuando uno expone esta desesperación moral a los ojos del mundo, no debe olvidar la dignidad humana, hasta en la mayor degradación.

Querido Paul, el artista debe siempre preguntarse a sí mismo: ¿estoy pintando la superficie tan solo, o estoy revelando el alma eterna de lo representado? Sin ello, no hacemos otra cosa que añadir desesperación.

Pasamos a ser, también nosotros, de los que se aprovechan meramente de las prostitutas; peor, puesto que no les pagamos.

Causó una gran impresión en Pawel la profundidad de la compasión de aquel hombre, una empatía que parecía en contradicción con lo que había dicho Goudron acerca de la fría y tiránica religiosidad del artista. Le entraron más ganas de conocerle que nunca. Pero una vez más se retuvo.

Sospechaba que si aquellas personas de Versalles llegaban a conocerle, penetrarían al instante en sus tinieblas, pero sin capacidad ninguna para disiparlas. Se asomarían a su alma de la misma manera en que Rouault se asomaba al alma de las rameras y los payasos de circo. Se convertiría en objeto de discusión, o simplemente en objeto a

secas. Siendo su admirable compasión puramente abstracta, lo mirarían como un material fresco para sus piadosas reflexiones. No le cabía duda de que lo tratarían con una cierta corrección caritativa, pero no le pedirían que volviera. A Pawel le parecía que, si eso pasaba, sus tinieblas no harían sino aumentar. No podía arriesgarse. Sabía que no sobreviviría a una experiencia semejante.

Aun así, seguía deseando proseguir el diálogo. En un intercambio de notas final, Pawel afirmaba que en el momento de la historia en que se encontraban era necesario derribar el edificio mismo del lenguaje con el fin de penetrar hasta los fundamentos del significado. Destruyendo, proclamaba, se abría paso a una nueva edad dorada de la creatividad.

Rouault le contestó:

Cuidado, Paul. Aléjate de esa seductora vía de pensamiento. El lenguaje, y para ti y para mí

esto significa el lenguaje visual, debe purificarse, no destruirse. Si pierdes el simbolismo,

perderás tu manera de conocer las cosas. Si destruyes los símbolos, destruyes los conceptos.

Hay otro peligro. Si corrompemos los símbolos, los conceptos se corrompen también, y

entonces perdemos la capacidad para comprender las cosas tal como son, y nos hacemos

vulnerables a la deformación de nuestra percepción y de nuestras acciones.

Una vez más, Rouault instaba a Pawel a que fuera a Versalles.

Enterado de ello, Goudron le dijo a Pawel que le sería mucho más beneficioso conocer a los expresionistas alemanes. Poco después partieron hacia Berlín, donde asistieron a una exposición privada de los grandes pintores de aquella escuela, tales como Beckmann, Kirchner y Dix, que ya entonces sufrían las burlas de los nacionalsocialistas. En sus cuadros no parecía que destruyeran ni corrompieran los símbolos, sino que más bien los reordenaban de acuerdo con criterios nuevos y perturbadores.

Goudron y Pawel fueron al estudio de Beckmann, donde le vieron trabajar en un mural titulado Partida. Estaba lleno de una mitología personal y de escenas de tortura: un hombre desnudo con las manos

cortadas, atado a una columna; una mujer que gritaba y deambulaba por los salones de la locura, denunciando un antiguo crimen anónimo y advirtiendo de otro por llegar. A Pawel le pareció grotesco, pero obra del más puro genio. En el panel central, un rey con la mirada perdida en el océano se aprestaba a partir. Era el Kafka de lo visual.

Después de dejar el estudio de Beckmann, Goudron llevó a Pawel a un barrio de la ciudad en que la vida nocturna seguía las tendencias de vanguardia. Al entrar en un club subterráneo, Pawel se sorprendió al ver hombres medio desnudos bailando en la pista. Apartó la mirada.

Las personas sentadas en la mesa vecina saludaron a Goudron como si fueran viejos amigos. Uno de ellos, un hombre muy delgado de unos ochenta años, vestido con una chaqueta de terciopelo rosa, le dijo:

–Ami, estoy peleándome en mi última novela con el concepto de desnudez.

–¿No estamos todos en lo mismo, Heinrich? – repuso Goudron, provocando risas entre las personas de las mesas contiguas.

–No, no, hablo en serio. – El alemán hizo un gesto en dirección a los jóvenes que se contorsionaban en la pista de baile-. ¿Es lujuria, o son manifestaciones simbólicas del subconsciente?

–Lujuria, Heinrich. Sin la menor duda.

–Ach! ¡Vosotros los franceses! Os corre demasiado Proust por las venas. Bueno, el caso es que yo digo que la desnudez es siempre un símbolo subconsciente de estados metafisicos.

–¿Metafisicos? Yo más bien diría físicos.

–¡No, no! ¡Escúchame! La desnudez es la forma artística originaria, la dramatización del Paraíso Perdido que surge de la memoria racial.

–Vete a buscar un balneario nudista, Heinrich, y deja de filosofar.

–Es vulnerabilidad existencial, ¿sabes?, y siempre que… Goudron, entonces, le dio la espalda.

El anciano le espetó, encolerizado:

–¡Pretender hablar contigo, Goudron, es como meter los pies en alquitrán!

Sus palabras se las llevaron los primeros compases de una nueva pieza musical que la orquesta había empezado a tocar a todo volumen.

La música era obsesiva. Penetraba en el interior de la fortaleza misma del yo.

–Esto está compuesto por mi amigo Kurt -gritó Goudron a Pawel-.

Kurt Weill.

Por toda la sala había personas vestidas con trajes muy elaborados.

Había muchas parejas bailando. En las mesas, las parejas, de aspecto elegante y muy bien vestidas, se besaban sin ningún comedimiento.

Eran todos hombres.

–Qué sitio tan raro -comentó Pawel mientras la música terminaba.

Goudron se rió.

–Solo al principio. Yo me siento en mi medio.

–¿En su medio? – murmuró Pawel, abriendo desmesuradamente los ojos.

–No tienes por qué hacerte el ingenuo -dijo Goudron-. Es encantador por tu parte, pero ya es tarde para eso.

Rodeó con el brazo a Pawel por los hombros, al tiempo que hacía chasquear los dedos para pedir bebida. El camarero trajo absenta verde, y Pawel se quedó mirando fijamente el interior de su copa, como si hubieran sacado aquel líquido esmeralda de una ciénaga.

Goudron se bebió la copa de un trago, y luego otra. Pawel dio un sorbo a la suya, apreciando un sabor que detestó y le gustó a un tiempo.

–Ah, mi inocente amargadito -le sonrió Goudron mirándolo a los ojos-. Bébetelo hasta las heces. ¡Bebe y te coronaremos Prince de Beauté!

Luego cogió el rostro de Pawel entre sus manos y le besó en los labios.

Pawel echó la cabeza hacia atrás de golpe, mirándole con espanto.

–Ven aquí -rió Goudron-. Si lo que quieres es otro.

–Nn… no -balbució Pawel.

Se quitó de encima a Goudron con torpeza y se levantó. La multitud rugió de risa, disfrutando ante la humillación sufrida por Goudron.

Pawel fue tambaleándose hasta la salida y se marchó apresuradamente del club.

Aguantándose apenas las lágrimas, estuvo dando tumbos por las calles de Berlín durante toda la noche. Le invadía un ataque de odio hacia sí mismo, y en tal estado encontró otro puente más desde el que arrojarse, un abismo abierto sobre el río Spree. Pero la ira le salvó. En un instante vio la estrategia que había seguido Goudron durante todo

ese año. Había dejado que Pawel construyera todo aquel inmenso respeto y amor hacia él, aquella dependencia con respecto a él, para que todo se revelara al final como una calculada seducción sexual.

Pawel utilizó el billete de vuelta para regresar a París. Goudron no fue en el vuelo, tal vez porque prefería evitar a Pawel, tal vez porque deseaba ahogar su humillación en los placeres berlineses. Al aterrizar en el aeropuerto de París, cogió un taxi al Château des Brouillards y se apresuró a recoger la ropa con la que había llegado allí un año atrás.

Fue a mirar en el estudio y sintió por sus cuadros un aborrecimiento tan intenso que dejó de importarle lo que pudiera ser de ellos. Después de todo, eran creación de Goudron. Que se los quedara él como pago por su hospitalidad. Dudó ante la visión de Zakopane, pero decidió dejarla también, pues era demasiado grande para cargar con ella. Se llevó tan solo la pequeña pintura de unas flores que había comprado con su sueldo de jardinero.

Mientras despojaba su dormitorio de las cosas que eran inequívocamente de su propiedad, Pawel dio con las cartas de Rouault.

Al reflexionar sobre ellas, consideró la posibilidad de ir a Versalles, pero estaba seguro de que en presencia de aquellos místicos católicos no sentiría otra cosa que vergüenza. Su fondo de oscuridad quedaría de manifiesto con toda crudeza. Se vería doblemente hundido. Arrojó violentamente las cartas a la chimenea del salón y las quemó.

–Volveré a mi país natal -declaró mientras contemplaba cómo las llamas devoraban aquellas palabras inútiles-. Ya no pertenezco allí, pero menos aún aquí. En realidad, no soy de ninguna parte. Al menos, en Varsovia podré volver a empezar.

Contemplando con odio el esplendor cultural del château, gritó:

–¿Qué soy?

Miró hacia un espejo y vio el rostro distorsionado de un hombre colérico. Un hombre más bien apuesto, un caparazón hermoso que albergaba una masa retorcida de contradicciones y autoengaños. Odió el rostro que veía ante sí, y comprobó que se hacía más odioso cuanto más lo odiaba.

–Príncipe de Belleza -gruñó-. Él te conocía mejor de lo que tú mismo te conocías. Bien, ¡pues nunca más! Me voy. Volveré al país de los muertos y me haré de piedra. Sí, soy un hombre de piedra. Nunca

más permitiré que otra persona vuelva a ver en mi interior ni me toque.

Y se marchó así hacia la estación de SaintLazare con la intención de subirse al primer tren que partiera con destino a Polonia. La idea de coger la ruta directa que pasaba por Berlín le revolvió el estómago, y más si ello significaba tener que esperar un día más, así que sacó un billete para el tren de Viena, que salía en menos de una hora.

Esperaba encontrar un enlace en Viena con destino a Varsovia, pero al llegar comprobó que no tenía dinero suficiente para la última etapa del viaje. Si no quería tener que cruzar los Cárpatos a pie, tendría que encontrar rápidamente un empleo. Para su desesperación, la experiencia de París volvía a repetirse. Había muy pocos trabajos disponibles. Estaba decidido a lavar platos en un restaurante con tal de que lo emplearan, pero había un montón de gente dándose codazos para conseguir cualquier trabajo. Las pagas eran extremadamente bajas; las horas, nunca las suficientes como para poder comprar el billete. Se gastó el último dinero que le quedaba en comida. Anduvo y anduvo, buscando ayuda por todas partes. Ya la había encontrado una vez, tal vez le llegara de nuevo. Quería rezar, pero no podía. Al final, cuando no podía más de hambre, gritó:

–¡Dios… si es que hay Dios, te suplico que me ayudes! ¡Pero no al precio de la degradación! ¡Ya no lo soporto más!

Al cabo de unas horas, Pawel entraba en el Kunsthistorisches Museum. Allí vio ocho cuadros de Brueghel, entre ellos La parábola de los ciegos y Boda campesina. Parado delante del primero, veía su rostro en cada una de las almas que caían al abismo. Tampoco la alegre escena de la boda consiguió levantarle el ánimo, por cuanto no encontró su rostro en ella. Por el contrario, veía aquello que él nunca tendría, lo que nunca sería.

Entonces dio con una obra de un artista anónimo de finales del siglo XIX, El juicio final. No entendía cómo era posible que no hubiera oído hablar nunca de aquel cuadro, pues era obvio que se trataba de una obra de arte. La imagen no era tan compleja ni estaba tan poblada de personajes grotescos como el famoso cuadro de El Bosco de igual título.

No, su poder resultaba magnificado por su simplicidad. El artista había representado la segunda venida de Cristo como el retorno del Señor a

un mundo devorado por el mal. En la mitad superior, un orden divino luminoso desciende a un campo de energía demoníaca y abominación universal. Las personas van dando tumbos a través del paisaje desolado, incapaces de elevar la mirada a la luz. Ya no pueden ver, ya no pueden creer. Piensan que la ruina es el balance final de la realidad.

Él lo veía en sus rostros, la desesperación, el miedo, la terrible soledad.

La soledad del Apocalipsis. Y en aquellos rostros vio el suyo propio.

Pawel rompió a llorar delante del cuadro. Tenía la impresión de que el artista había captado su propia experiencia a la perfección. ¿Cómo lo había logrado? ¿También él había sentido lo mismo que Pawel? ¿Había estado alguna vez en la misma situación en la que estaba Pawel ahora?

Él había dejado de creer en Cristo. Pero en aquella escena fantástica, junto a los ángeles y los demonios que luchaban entre sí sobre las almas de los hombres, vio desnudado todo el drama de su vida interior. Sí, era un mundo sin esperanza, pero la desesperación era conjurada misteriosamente por la magia del arte. Encontrar sus tinieblas interiores encarnadas en forma de pintura era como salir de ellas por un momento y, en cierto sentido, trascenderlas. Ser dueño de la alucinación era, al fin y al cabo, situarse por encima de ella.

En ese momento, un guarda del museo agarró a Pawel por el brazo y se dispuso a sacarlo fuera, por cuanto estaba llorando en voz alta, de forma incontrolable. Entonces una mano le cogió por el otro brazo, y una voz discutió con el guarda. Cuando Pawel dejó de llorar y se frotó los ojos, levantó la vista y descubrió que el guarda se había ido, y que un hombre muy viejo y encorvado le sostenía por el brazo y le miraba con expresión amistosa.

Iba impecablemente vestido con un traje elegante, llevaba un distinguido sombrero de fieltro y se mantenía erguido gracias a un bastón. Tenía la cara más arrugada que Pawel hubiera visto jamás, con la piel muy oscura, enmarcada por un cabello y un bigote blancos.

–Joven, ¿le ha turbado a usted este cuadro? – le preguntó con cortesía.

–Sí. No -repuso Pawel.

–Una curiosa respuesta.

–Ha liberado una pena dentro de mí.

–Ah, entonces ha cumplido muy bien su cometido.

–¿Quién es usted?

–¿Yo? Nadie. Pero a un empleado de correos le está permitido amar el arte. ¿También es usted amante del arte? – Sí, soy amante del arte.

El anciano asintió en dirección a El juicio final y dijo:

–Nunca jamás en toda mi larga existencia había visto a nadie llorar delante de un cuadro. No puede hacérsele a un artista un cumplido más grande y sincero.

–Si pudiera encontrar al hombre que lo pintó -dijo Pawel-, le daría las gracias. Porque me parece que nadie podría haber pintado una escena como ésta sin haber experimentado lo que representa. Ha dejado un mensaje para todos aquellos que han estado en la misma situación en la que él estuvo una vez.

–Sí -dijo el hombre pensativo-. Sí, creo que es cierto lo que dice.

–Me pregunto quién sería el artista. Si está vivo, y dónde vive.

¿Tuvo éxito en la vida? ¿Fue feliz?

–Dígame, para usted, ¿cuál sería ese mensaje?

–Algo más que mera mitología cristiana. Está tratando de decir que incluso cuando todo parece perdido, es posible la ayuda.

–Sí, ha captado usted sus palabras a través de los años. Pero ha oído solo una parte del mensaje.

En ese momento dio unas palmadas a Pawel en el hombro y añadió:

«Es deber del hombre viejo recordar al hombre joven que debe ser cauteloso a la hora de llamar a algo mitología».

–Yo creo que somos unos locos si esperamos que la ayuda nos venga del cielo -replicó Pawel.

–Ah, juventud, juventud -suspiró el anciano-. ¿Querrá disculparme, por favor? Desearía atender ciertos asuntos, pero no tardaré mucho.

¿Tendría la bondad de aceptar mi invitación a cenar?

Pawel reaccionó con recelo.

–He perdido a mi esposa hace poco -dijo el anciano-. No tuvimos la dicha de tener hijos. Le estaría agradecido si me brindara un poco de compañía.

Cuando regresó el rescatador de Pawel, le acompañó hasta un taxi que esperaba en la calle. El anciano dio instrucciones al conductor para que les llevara hasta un restaurante cercano a la estación de tren, donde invitó a Pawel a una cena suntuosa. No hizo ningún intento por

entablar conversación, y al final del ágape se levantó y le dio la mano.

Pawel se la estrechó y le dio las gracias por su amabilidad.

–Tengo que irme -dijo el anciano-. No creo que volvamos a vernos.

No sé nada de usted, salvo que ha pasado por un gran sufrimiento.

Pienso que hará usted un gran bien en su paso por el mundo. No pierda la esperanza. Encuentre el camino de vuelta a casa.

Cuando se había marchado, Pawel descubrió que había dejado un sobre encima de la mesa. Dentro había dinero suficiente para varias comidas y para un billete a Varsovia. Y también una nota sin firmar, en la que estaba escrito:

Mi querido amigo:

Le agradezco mucho que haya llorado delante de mi cuadro. He esperado más de cincuenta años un cumplido como ese. Lo pinté cuando era tan joven como usted, durante un período de tinieblas interiores, una época en la que creía que no había amor en el mundo. A partir de entonces no pude pintar nada más. Dios le acompañe en su viaje. Hay amor en el mundo. Verá como lo encuentra.

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