El Librero de Varsovia
Capítulo 5
Pawel llegó a Varsovia un domingo por la tarde, a tiempo de oír el repique de las campanas de la ciudad bajo el cielo invernal. Era un sonido hermoso y puro. El aire era claro, la atmósfera estaba en calma.
Después de la estancia en París, su ciudad le pareció pequeña y decente.
Se dirigió en primer lugar al apartamento de la familia en la calle Zielna, solo para que el patrón le informara de que se lo había alquilado a unos extraños. A continuación fue a ver a su hermano mayor, Jan, a Swietokrzyska. Justo antes de que Pawel se marchara a París, Jan se había unido a una mujer llamada Sara Nohler, una judía estudiante de medicina. El negocio de relojería le iba muy bien, su futuro parecía asegurado.
Estaba loco de alegría. Pawel se sentía inquieto por el reencuentro, temía que el fracaso total de su vida se evidenciara en el sombrío contraste entre él y su hermano.
Mientras subía la escalera que conducía al apartamento de Jan, Pawel se dijo con amargura que la vida pertenecía a los fuertes. La vida no tenía el menor sentido… Los depredadores de París, el anciano de Viena… Sí, hasta los raros momentos de compasión humana parecían ser la excepción, no la regla. En este estado de ánimo, le parecía prácticamente insoportable verse cara a cara con Jan, pero cuando su hermano abrió la puerta y le recibió con júbilo, Pawel se dio cuenta de que a Jan le importaba, y de que su autocompasión era algo execrable.
–¡Por fin en casa de nuevo! – exclamó Jan-. ¡Vamos, entra! Tienes que conocer a mi mujer y a mi hijo. ¡Sara! ¡Itsak! ¡Pronto, venid! ¡Un milagro!
Pawel compartió con ellos la comida, durante la cual habló poco, respondiendo a sus preguntas acerca de sus viajes de una forma tan sobria y escueta que ellos se sintieron incómodos y no siguieron preguntando. Él no les preguntó cómo les iba, puesto que era palpable la abundancia que les rodeaba. Se produjo una distracción salvadora cuando el niño, que apenas caminaba, cruzó tambaleándose sobre la alfombra hacia los brazos extendidos de su padre, cayéndose una y otra vez, chillando con alborozo por aquel juego divertido.
Aunque la conversación era forzada, a causa sin duda de los hoscos silencios de Pawel y del dolor no reconocido ni resuelto de su partida, años atrás, Jan trataba de mantener un tono ligero. En cierto momento exhibió con orgullo un piano nuevo marróndorado que tenía en el salón.
–Es un Bechstein -declaró-. Terriblemente caro. Pero los ingresos de Sara en la clínica han aumentado y mi negocio sigue prosperando.
Gracias a los relojes de cucú suizos, y a los de péndulo británicos: son muy populares.
Con Itsak en brazos, se sentó en el banco del piano y se puso a tocar.
Lo hacía de manera lenta, pero aceptable. – Chopin -dijo Pawel con voz ahogada.
–La Polonesa en Si -asintió Jan.
–¿Cuándo retomaste el piano?
Jan separó ambas manos del teclado y las levantó como en señal de rendición.
–Antes de que tú te fueras a París comencé a recibir lecciones. No se lo dije ni siquiera a papá y a mamá. – Se rió-. Por supuesto, Madame Zitovski me dijo que no había nada que hacer conmigo, que tenía los dedos como un recolector de nabos. Pero yo no renuncié. Ah, Pawel, Pawel, si Dios me hubiera dado unas manos como las tuyas, ahora sería concertista en…
No pudo continuar porque el pequeño se puso a aporrear las teclas.
Jan abrazó a su hijo, apretándolo con fuerza, y lo besó en las mejillas una y otra vez. Era evidente que Itsak era el niño bonito de la familia, rebosante del amor y la seguridad con que lo colmaban. Pawel se examinó las manos y se preguntó si había algo bueno que hubiera salido alguna vez de ellas.
Cuando Sara se llevó al niño para acostarlo, el rostro de Jan adquirió una expresión de seriedad. Con los ojos llenos de lágrimas, puso su mano rechoncha sobre el brazo de su hermano.
–Tengo malas noticias que darte, Pawel. Lamento tener que decirte que papá murió el pasado noviembre. El corazón se le había debilitado mucho por los años pasados en la cárcel. Ya no está con nosotros, nuestro querido padre.
Pawel no sintió nada… Estaba como entumecido, vacío.
–¿Y mamá? – preguntó.
–No está bien. Ha estado enferma todo el invierno, y ahora está viviendo con la tía Irma, en Mazowiecki. Pronto iremos a verla. Pronto.
Después de secarse los ojos, continuó.
–Hay otra cosa más. Estuvimos meses intentando dar contigo.
Siento decirte que también el tío Tadeusz murió, pero me siento feliz de informarte que te dejó su negocio.
Y así quedó decidido cómo sería el resto de su vida. El tío Tadeusz había rescatado a papá y a mamá muchas veces en el pasado, y ahora rescataba también a su hijo, aun más allá de las puertas de la muerte.
Y eso que al parecer siempre había sido un cascarrabias. Decenios antes, él y papá habían llegado a Varsovia procedentes de su finca en decadencia, al sur de Cracovia, papá para trabajar en un bufete de abogados y Tadeusz para abrir una librería. La biblioteca familiar sirvió de punto de partida para esta empresa, que obtuvo una reputación excelente en los años sucesivos. Pero con el declive de su propietario vino también el del negocio. Tadeusz se convirtió en todo un
«personaje», uno de esos miles de tenderos singulares y demócratas hechos a sí mismos, que consideraban Varsovia el centro del mundo. Se pasaba el día sentado en una silla de brazos junto a la puerta principal, y cada vez que sonaba la campanilla anunciando la llegada de un cliente, le obstaculizaba el paso cruzando su bastón a la altura de los tobillos antes de permitirles la entrada. Si tenía las manos sucias, le invitaba a lavárselas en la palangana con agua que había junto a la puerta. Si se negaba, no entraba.
Cuando Jan llevó a Pawel a la librería, en la Ciudad Vieja, encontraron el bastón del tío junto a la puerta, metido en el paragüero.
Era de madera de cerezo, con un mango de marfil con la forma del águila blanca de Polonia. Ambos se quedaron mirándolo confusos.
Tadeusz había pegado a gente con aquel bastón. No con fuerza… un golpe seco en la pantorrilla o en el muslo. Algunos le habían sabido entender, y a los clientes fieles la tradición de lavarse las manos les parecía bastante divertida. Tadeusz insistía siempre en que eran unos privilegiados al tener la oportunidad de leer los libros extraídos de la
biblioteca de un noble. Se había granjeado muchos enemigos y conservaba muy pocos amigos. Su actitud no nacía de una falta de amabilidad, ni había nada personal en sus nimias tiranías, sencillamente era el monarca de aquel reino en miniatura.
En sus últimos años, mientras el mundo exterior caía en el tormento y la locura, gritando por encima de incontables crímenes antiguos y de los que acechaban, Tadeusz se paseaba en zapatillas arrastrando los pies por toda la tienda, se encaramaba a lo alto de la escalera de tijera en busca de oscuros títulos y se dormía en la silla mientras los pilluelos del barrio le robaban zlotys y caramelos de menta del mostrador. Hasta que finalmente, como un rey que parte hacia el exilio, se marchó.
La herencia de Pawel resultó ser una colección de unos pocos miles de libros que no mucha gente quería, y un pequeño número de iconos.
El nombre del negocio era un engorro. No pudo evitar una mueca al ver las doradas letras de madera sobre la puerta del establecimiento: Dom Madrosci («Casa de la Sabiduría»). Ya había olvidado lo mucho que le disgustaban aquellas palabras.
Tan pretenciosas. Tan propias del tono arrogante típico de la clase alta polaca. Si Tadeusz hubiera tenido un mínimo de sabiduría a la hora de tratar con las personas, no habría elegido un nombre tan irónico para su negocio. Claro que, ¿quién era él para juzgarle por su fracaso en las relaciones humanas?
Una de las primeras cosas que hizo como propietario fue quitar aquel rótulo y reemplazarlo por otro más discreto, jugando con la palabra griega que significa sabiduría: sofía.
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