El Librero de Varsovia
Kahlia
Hermanito mío, no conoces ni tu propio corazón.
ANDRÉI
Entonces, enséñame lo que sepas de él.
KAHLIA
Yo no he venido a despertar las llamas de Eros si no es en el seno de un vínculo sagrado. Es el amor entre un ser y otro ser lo que canto. En la belleza de este cuerpo masculino y esta gracia femenina es donde dialogan las almas. Pero tú todavía no has aprendido ese lenguaje.
Estás dormido.
ANDRÉI [pellizcándose]
¡Ay! ¡Te aseguro que estoy bastante despierto! Tengo los ojos abiertos. Esta lengua no deja de moverse. Este corazón salta de cima en cima.
KAHLIA
Duermes, duermes, y tu corazón duerme también.
Un día vendré a despertarte bajo un árbol, mi pequeño, mi hermano.
Allí donde te concibió tu madre, justo allí donde dio a luz y te concibió, allí iré a despertarte, porque el amor es más poderoso que la muerte, y es el amor más implacable que Sheol.
Su resplandor es un resplandor de fuego, una llama que viene del mismo Señor.
Ella cruza el escenario y Andréi la sigue a cierta distancia, pero dudando en cada paso. La mujer se vuelve y le habla.
Tú que has llegado hasta mi jardín y has escuchado mi voz, date prisa y vete, mi amado.
Corre como un cervatillo por los montes de las balsameras. Escucha bien y luego sigue tu camino, porque ya nunca volverás a verme así.
La mujer sale bailando por la izquierda del escenario.
ANDRÉI [paralizado, llamándola desesperadamente]
Vuelve, amor mío,
muéstrame tu rostro
ya que tu voz es dulce
y hermosa tu cara.
Se oye el canto persistente de la alondra. Andréi se sienta junto al arroyo. Empieza a soplar el viento y un perro ladra a lo lejos.
«Escucha bien y luego sigue tu camino», ha dicho. «Ya nunca volverás a verme así», ha dicho.
¡Ah, qué poco me gusta el sabor de la contradicción!
Ahora se levanta y empieza a pasear por el escenario.
¿Dónde podré encontrarla?
Ella, a quien mi corazón tanto ama.
Se ha ido ya dejándome un rastro de plumas de añil en las manos, y yo, lo mismo que un ciego, siento la noche entre mis dedos [avanza como a tientas] buscando el mensaje que ha dejado en el viento. Vuelvo a caer en mi sueño. Y lloro, como llorarán mientras duermen los niños que sueñan con volar, y así, igual que los padres que aran la tierra estéril, nada puedo hacer, más que llorar.
Se vuelve a oír el canto de la alondra. Andréi se vuelve y lo escucha con atención.
Kahlia, ¿cómo es que no he de volver a verte más, si tú misma has dicho que vendrás a despertarme bajo un árbol? ¿Debo entonces conformarme con una larga y terrible soledad hasta que llegue ese día?
De nuevo canta la alondra.
Y si debo seguir mi camino, ¿cómo voy a saber cuál es?
Andréi, en el centro del escenario, se sitúa de cara al público y alza la cabeza lo mismo que un ciego.
¿Será entonces que habré de permanecer siempre ciego…? ¿Seré un peregrino que besa y que vaga en solitario aunque no esté solo?
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