El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 38 de 59

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El Librero de Varsovia

Escena Tercera

Es de noche. Andréi duerme sobre un colchón al pie del andamio.

Teófanes está pintando en lo más alto, con una lamparilla de aceite y varias velas encendidas por iluminación. Trabaja durante treinta segundos de cara a la pared y de espaldas al público. Tararea la melodía del canto de la Transfiguración que acaba de escucharse.

De repente, Andréi lanza un grito, se despierta y se incorpora un poco. Dejando de pintar por un momento, Teófanes lo mira desde arriba.

TEÓFANES

¿Qué sucede? Pobrecillo, ¿acaso ha cruzado por tu cabeza y al galope un caballo rojo?

Andréi está aturdido. Se frota la cabeza y se sienta frente al público.

ANDRÉI [con vehemencia]

Un sueño.

He visto un árbol,

la zarza ardiente que relucía con el fuego de Dios.

Todos los seres humanos se acercaban para verla, para tocarla y capturar el misterio.

Todos deseaban poseer a Dios.

Deseaban tenerlo sujeto

para no ser poseídos por él.

Le arrancaban las hojas,

lo cortaban en trozos que luego separaban,

hasta que yacía sobre el suelo, desnudo y roto, con la savia rezumando por las sombras de la tierra.

Andréi dirige la mirada hacia arriba, donde está Teófanes.

Y entonces aparecía nuestro amigo Nikon con una túnica de luz. Se arrodillaba junto a mí y me consolaba con la mirada. Y me decía: VOZ DE NIKON

He aquí a los hijos del hombre que habrá en el tiempo que queda.

He aquí a las generaciones que existirán antes del fin.

ANDRÉI «¿Se acerca ya el final?», le preguntaba yo.

VOZ DE NIKON Está muy cerca, aunque a veces se aleja y luego se vuelve a acercar. Queda poco. Antes del fin, la gente de esa época será

irreconocible. Cuando se acerque el advenimiento del Anticristo, las pasiones obnubilarán las mentes. Imperarán el deshonor y la injusticia y el mundo iniciará su agonía, aunque muy pocos verán su causa. El aspecto de la gente habrá cambiado, y será imposible distinguir a los hombres de las mujeres. Esta gente será muy cruel. El amor desaparecerá y reinará el miedo. El engaño y la codicia infectarán a casi todos. La lujuria de todo tipo florecerá y el asesinato de los inocentes se extenderá por todo el mundo; su sangre será como un segundo diluvio. Serán escasos los pastores de verdad. ¡Ay de aquellos que permanezcan en la tierra en esos días, porque perderán del todo la fe! Y por mucho que caminen errantes hacia oriente u occidente, apenas encontrarán a alguien que sepa pronunciar una palabra de la sagrada sabiduría. Y aunque llegaran a escuchar alguna, tampoco la creerían, y aunque la creyeran, tampoco les importaría. Los profetas serán asesinados en las esquinas mientras los niños los observan, y los falsos profetas serán exaltados mientras los mercaderes siguen con sus negocios, ajenos a todo. Los ancianos y las mujeres se esconderán, conscientes de lo que pasa, porque ya lo han visto antes. Y muchos, perturbados por esta conmoción, querrán oír más alto los sonidos de sus musas, como en una pantalla mágica de imágenes y mentiras. Estos infelices vivirán cómodamente sus vidas, ignorantes del engaño del Gran Mentiroso. Borrachos de poder, drogados por el conocimiento, volarán por el aire como pájaros y descenderán hasta el fondo del mar como peces. Querrán cambiar la naturaleza. Harán pedazos la materia y por no encontrar a Dios dirán que nunca ha existido.

TEÓFANES ¿Te ha dicho algo más?

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