El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 42 de 59

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El Librero de Varsovia

Conde Boleslaw Smokrev Cámara de Cultura del Reich

Oficina Polaca de Enlace, Varsovia

Al día siguiente se presentó Haftmann.

–Buenos días, Tarnowski -dijo con afabilidad.

Pawel le dirigió un escueto asentimiento a modo de saludo. Como de costumbre, Haftmann pasó revista a los anaqueles de forma sistemática, tras esperar a que los clientes se marcharan. Una vez vacío el establecimiento, giró sobre sus tobillos y dijo:

–¿Tiene hoy algún título que recomendarme?

–Nie! – replicó Pawel con aspereza en polaco.

Haftmann se acercó hasta el mostrador y preguntó con expresión circunspecta:

–¿Hay algún problema?

–Su socio, el conde Smokrev. Él es el problema. ¿Por qué me lo ha enviado aquí?

–¡Smokrev! – exclamó Haftmann, con una mueca de desagrado-. Yo no le he enviado a ese parásito. Habrá dado con usted por casualidad, supongo. A veces trabaja para nosotros, es coleccionista. ¿Le ha comprado algo?

–Algunos libros sobre arte.

–Propio de él, lo que yo le decía. Su visita no tenía ninguna significación particular. Pero es un tipo viperino, por lo que le sugiero no granjearse su enemistad.

–¿Qué le hace pensar que yo pudiera haber hecho tal cosa?

–La expresión de su rostro… Ese rostro suyo tan peligrosamente transparente en el que se trasluce todo en todo momento. Me atrevería a decir que siente usted desprecio por esa persona, y puede estar seguro de que él también se ha dado cuenta. ¿No es capaz usted de un mínimo de sutileza?

Pawel miró la tarjeta del conde, que estaba todavía encima del escritorio, y en un arranque la rompió en pedazos.

Haftmann levantó los ojos hacia el techo.

–Muy teatral, Herr Tarnowski. Le felicito por esos gestos suyos tan impresionantes.

Pawel se sentó con la respiración alterada y los ojos que se le salían de las orbitas. Sus dedos, nerviosos, se pusieron a revolver los papeles que había sobre el escritorio.

–¿Qué es eso? – dijo Haftmann.

Pawel vio abierto delante de él el tercer acto de Andréi Rubliov. Se puso pálido de golpe, y Haftmann lo advirtió.

El alemán volvió el montón de hojas. Pawel balbució que era un manuscrito sin valor obra de un dramaturgo polaco desconocido.

–¿Y quién es este tal Andréi Rubliov? El nombre no es polaco.

–Es el protagonista de la obra.

Haftmann hojeó el haz de páginas, hasta dar con la del título.

–Lo ha escrito usted.

Pawel rezongó.

–No tiene ningún valor. Una ilusión vana, déjelo donde está.

Haftmann retrocedió un paso y adoptó una expresión más formal.

–Me gustaría leerlo.

–No, no está acabado. Es solo un primer borrador.

–Lo leeré -dijo Haftmann con firmeza, aferrando el legajo entre los dedos.

–Nie!

–Tak!

–Nein!!

–Ja!!

Los ojos de Haftmann eran de súbito puro hielo, y sus dedos acero.

–Explíqueme, señor benefactor venido de lejos -dijo Pawel con tono feroz-, ¡explíqueme por qué insiste tanto en leer mi obra!

La última palabra la pronunció a gritos.

Haftmann prorrumpió en una carcajada y soltó los papeles.

–De verdad, Tarnowski, ¡es usted un muermo! ¡Tan enfático! ¡Tan intenso! ¡Es usted como tomarse una sobredosis de la droga de la seriedad! Hay en este mundo diez mil dramaturgos intentando desesperadamente que alguien se digne leer sus estúpidas obritas. Y

usted hace lo imposible por evitar que nadie lea la suya.

–No está escrita para un público. La escribí para mi propia meditación.

El alemán se quitó la gorra. En un súbito arranque de buenos modales, pidió permiso para sentarse en la desvencijada silla junto a la mesa de restauración de libros, a un par de pasos del escritorio.

–Perdóneme, Pawel Tarnowski -dijo con media sonrisa-.

Comprenda mis momentos de esquizofrenia profesional. El comandante Haftmann salió a la superficie por un momento. No volverá a pasar.

–Eso me tranquiliza.

–Créame, por favor. Pero su escrito me interesa muchísimo, de verdad. Recuerde que, primero y antes que nada, soy profesor de literatura. Quizá hasta podría serle de alguna utilidad, tal vez si aceptara algún consejo estilístico. ¿Por qué no pensar que un día yo mismo pudiera traducírselo al alemán? Todo es posible, y otras cosas también, pero tendría que leerlo primero, si es que voy a brindarle alguna ayuda.

–En realidad, yo no le he pedido que me ayude.

–Ciertamente. Sin embargo, usted nunca rechaza la ayuda que yo le ofrezco en otras cuestiones, ¿verdad? – Estas marcadas palabras las pronunció con un tono de exquisita cortesía.

Pawel apretó los labios y bajó la mirada.

–Vamos, vamos, comprendo que no quiera prestarme su manuscrito. ¿No tiene ninguna otra copia?

–No. No pude obtener papel carbón, y tengo muy pocos folios.

–Yo puedo ayudarle en eso. Mañana mismo encargaré una entrega de papel para Sofía. Haga con él lo que quiera.

–Un detalle excesivo, Doktor Haftmann.

–Y tranquilícese, no tiene por qué prestarme el manuscrito original, aunque el ofrecimiento sigue en pie, si deseara contar con un duplicado.

Mi secretaria podría pasarlo a máquina en pocos días. Es muy eficiente.

–Es muy generoso de su parte, pero de momento…

–Por supuesto. Lo entiendo. Por cierto, ¿no será quizá de carácter político, su pieza?

–Tiene un enfoque espiritual, y trata de algunas cuestiones estéticas.

Está ambientada en la Rusia medieval.

–¿Lejos de territorio prusiano?

–Sí.

–¿Una alegoría sobre alguna invasión bárbara?

–No es una alegoría.

–Muy bien. Bueno, tendría que marcharme. Y lamento haber caído antes en alter animus. Por favor, no se lo tome a mal. No volverá a suceder.

–Los dos hemos estado sometidos a una gran tensión -masculló Pawel.

Siguió con la mirada a Haftmann hasta la puerta.

–Doktor, ¿me permitiría hacerle una pregunta, franca y directa?

–Nuestra relación se sustenta en una franqueza mutua por la que ambos pagaríamos un alto precio en caso de que fuéramos descubiertos. Espero que algún día llegue a confiar en mí. No soy lo que parezco. Por favor, pregúnteme lo que quiera con toda libertad.

–¿Es verdad que las SS se llevan a la gente a los campos de reasentamiento solo para matarlos? Se oyen rumores que dicen que ustedes están gaseando e incinerando a grandes cantidades de población civil.

Haftmann frunció el entrecejo.

–¡Qué ideas tan fantasiosas! Yo no me siento especialmente orgulloso de mis compatriotas de las SS y la Gestapo, algunos se comportan con una gran brutalidad, y se han producido muertes e injusticias, pero en general esos rumores son sencillamente falsos.

Hemos implantado un sistema de comunidades de trabajo por toda Polonia, Alemania y Bielorrusia. Le concedo que no deja de ser una forma de explotación, pero no es ni más ni menos que la conducta habitual de las naciones conquistadoras durante el breve período de tiempo que sucede a la ocupación. La situación no tardará en normalizarse. ¡Grandes cantidades de civiles asesinados! Eso es producto de imaginaciones exacerbadas. Yo lo llamaría paranoia. O

propaganda difundida por la Resistencia. Buenas noches, Tarnowski.

–Buenas noches, Doktor.

Pawel cerró con llave en cuanto se hubo marchado, y se sentó tras el escritorio. El miedo, la gratitud y el resentimiento se sucedían en su interior. Exhaló un ruidoso suspiro.

–Un detalle excesivo, mi querido Doktor -murmuró-. No sabe cuánto se lo agradezco. Sí, ¡cómo no agradecerles que vayan a tardar tan poco en normalizar la situación! Gracias por aliviarnos nuestra paranoia.

La boca se le retorció en una mueca de amargura. Recogió el haz de hojas de su obra y lo ocultó bajo la caja de latón del cajón inferior.

–Ha sido una estupidez por tu parte, Pawel -se dijo a sí mismo-, has ido demasiado lejos con él. Tienes que andarte con mucho cuidado en todo esto.

Al día siguiente un repartidor dejó un paquete en el lado de dentro de la puerta. Envuelto en papel verde y atado con un cordel rojo, y estampado con una esvástica púrpura, contenía quinientas hojas de papel de buena calidad. Dentro había también una bolsa con un frasco de schnaps, tres libras de té chino y una nota: Pan Tarnowski:

He estado dándole vueltas toda la noche a mi desliz de ayer.

Considero de una amabilidad

extrema por su parte que me disculpara tan pronto. Le ruego por favor acepte estos pequeños

detalles como muestra de mi respeto y gratitud por su esfuerzo.

Cada uno a su callada manera,

tanto usted como yo intentamos restaurar el orden en el mundo. Sé que es imposible que

llegue usted a confiar en mí del todo. Al fin y al cabo, yo voy ataviado con el siniestro

uniforme de combate del conquistador. Pero ansío el momento futuro en que deje de verme

como un peligro mortal.

Cordialmente,

Dr. Kurt Haftmann

Haftmann volvió al cabo de una semana, y Pawel le dio las gracias por los obsequios. ¿Sería factible que le hiciera una copia de Andréi Rubliov? Haftmann accedió con afabilidad. ¿Sería una molestia pedirle al profesor un comentario crítico, cualquier cosa en realidad que pudiera aportar una mejora artística? Haftmann accedió también gustoso.

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