El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 29 de 59

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El Librero de Varsovia

Daniil

Esta lección es cada vez más rara. Volvamos a los hechos.

El cristianismo ha fracasado.

NIKON [con tristeza]

Y si así piensas, ¿por qué te quedas?

DANIIL [a la defensiva]

Porque tengo lo suficiente para que un joven como yo desarrolle su talento.

NIKON [suspirando]

Permanece sentado. Te contaré algo sobre las mujeres.

En una ocasión acudí a mi maestro, san Sergio,

el fundador de este monasterio.

Yo era muy joven entonces, y creía que la perfección era fruto de mi voluntad.

Estaba convencido de que la santidad era solo para los fuertes.

Tenía un secreto orgullo oculto en mi alma,

un gusano que me roía por dentro.

«Padre, una pregunta», supliqué a san Sergio un día.

«Padre, decidme qué debo hacer para ser perfecto.

Rezo ocho horas al día,

como solo una vez, mi ropa es la más humilde

y he dado a los pobres cuanto poseía.

A pesar de todo esto, me preocupa no ser perfecto.»

Sergio me dijo que todo lo que había hecho era bueno, pero que aún no había comprendido lo que era la perfección.

«Ve -me dijo-. Ve y sueña con los profundos sueños de Dios.

Él te enseñará.»

Obedecí y me fui a dormir.

Tuve un sueño en el que el Salvador venía hasta mí, se arrodillaba junto a mi lecho y empezaba a escribir con los dedos en el polvo.

«Nikon -me dijo-, haces bien, pero aún no has alcanzado la perfección de dos mujeres casadas que viven en la aldea.»

Cuando desperté, bajé hasta la aldea, que estaba a media jornada de camino.

Y allí encontré a dos mujeres de las que no salía

una sola palabra temeraria,

y que vivían con humildad, paciencia y caridad, santificando sus actos por medio de la oración

y soportando el mal humor de sus maridos.

Fue allí donde aprendí lo que es la humildad.

Los novicios se miran mutuamente durante unos segundos. De repente, Nikon da una palmada como rompiendo un hechizo y continúa.

Pero dejemos ya de hablar de las mujeres, las criaturas más benditas de Dios, no sea que acabemos perdiendo nuestro propio equilibrio y echemos a correr por el bosque como locos borrachos de vértigo en busca de aldeas.

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