El Librero de Varsovia
A mi nieto Pawel Kasimir Tarnowski
Sostuvo un rato entre las manos el cuadrado de tela doblada, y luego lo desplegó. Dentro había un gran medallón de plata prendido en una cinta blanca y carmesí. En el metal estaban grabadas las palabras:
+ GUÍANOS, SEÑOR +
Encima de estas palabras había una imagen de un ángel. Giró el medallón:
+ SABIDURÍA +
Sobre la inscripción había una imagen de Nuestra Señora de Czstochowa.
Se despertó muy temprano, próximo el amanecer. Las calles estaban silenciosas. David se movió en el colchón junto a la estufa de leña, pero no se despertó. La luz estaba cortada. Pawel se puso un traje de calle y se metió la medalla en el bolsillo de la chaqueta. Caminando a tientas en la penumbra, bajó a la librería y se sentó a la mesa del escritorio. A la luz de una vela, escribió:
Archivo en una caja de lata.
Lo tachó y volvió a empezar:
Mi querida…
Después de alguna vacilación, la dirigió a Elzbieta, pero eso no le pareció muy exacto. ¿A quién le escribía, entonces? Mi querida Kahlia… No, esto también era inexacto.
Mi querida Sofía…
Negó con la cabeza y lo tachó también. Tras unos minutos de concentración, se inclinó sobre el escritorio y caligrafió lo siguiente: Nota a mí mismo.
Pawel: Anoche tuve entre las manos el legado de mi abuelo, cuya palabra se pagó gracias a incontables martirios a lo largo de casi dos milenios. Mientras lo sostenía y rezaba, ofrecí mi corazón totalmente a Dios. Se me presentó entonces ante mí la imagen de David Schäfer, cuya bondad vi, y también lo amado que es a los ojos de Dios. También vi (aunque no podría decir cómo ni en qué lenguaje lo comprendí) que él es una palabra de amor, si bien un amor imperfecto, como lo es todo
amor humano; una palabra que me ha sido dicha por alguna razón que aún no puedo comprender.
Mientras depositaba mi anhelo de amor humano en el altar de Dios, sentí que un fuego me tocaba el corazón. Un fuego que me quemaba, como si me muriera. Pero supe que en ese
morir estaba naciendo.
Esta es mi última aportación a los archivos. Ya no necesito estos espejos, pues estoy
rodeado de puertas y ventanas.
Levantó la vista, al oír ruido arriba, en la cocina. David estaba preparándose su frugal desayuno. Tenía que ir a alimentar el fuego del horno, ya acabaría la carta más tarde.
David recogió los platos de la mesa y trajo vasos de té para ambos.
Se sentó en el borde de la silla,
esperando a que Pawel le mirara.
–Pawel, ¿estás enfadado por algo?
–¿Enfadado?
–Sí, tú estás enfadado conmigo.
–No, yo no estoy enfadado contigo.
–Llevas toda la mañana rehuyendo mi mirada. No me has dirigido la palabra. He vuelto a ofenderte en algo, una vez más.
–He estado pensando en muchas cosas. Discúlpame, no había pretendido excluirte.
–Te he molestado en algo.
–No me has molestado en nada.
–Pawel, entre nosotros hay muchas diferencias culturales. A veces no me doy cuenta.
–No es nada que tú hayas hecho.
–¿Mis costumbres, quizá?
–No, nada.
–Yo sé que hay algo, soy capaz de leer en el corazón de las personas.
–Ah, ¿sí? – Pawel se sonrió.
–¡Sí que lo soy!
–Te creo.
–No, tú no me crees, eso también lo leo en tus ojos.
–Entonces, lee por favor en mis ojos el pasaje donde dice que tú no tienes ninguna culpa de nada de nada.
–Sí, ya lo he leído, pero hay algo más. Su significado permanece oculto para mí.
Ambos bebieron un sorbo de té.
–Pawel, tú quieres que me vaya. Ya es hora de que me vaya.
–Eso no se me ha pasado por el pensamiento.
–Soy una amenaza constante para tu vida. Esta es la verdad.
–Eso es verdad desde el momento en que llegaste. Pero también has supuesto una gran ayuda para mí.
–Pero ahora ya he acabado mi trabajo, así que es hora de que me vaya.
–El trabajo está acabado, sí, pero tú puedes quedarte todo el tiempo que quieras.
–No es que quiera irme, pero siento en mi alma que mi presencia aquí es una gran carga para ti.
Pawel negó con la cabeza, incapaz de responder. ¿Cómo podían las palabras explicar nada de lo que significaba aquel regalo? ¿Cómo podía traducirse el fuego a la lengua de los hombres? Si yo te dijera, David, que estoy muriendo por tu causa, y que también estoy naciendo por tu causa, ¿podrías entenderlo?
–Soy yo el que es una carga -dijo Pawel con calma-, no tú, mi querido amigo.
David se quedó atónito ante esta declaración, mientras observaba a quien la había proferido ir al fregadero de la cocina y refrescarse la cara con agua fría.
–¿Has contemplado la posibilidad de que una persona pueda servir a otra por medios no visibles?
–Sí, Pawel, creo que eso puede pasar. – Y luego, pensándolo un poco más, añadió-: Sí, sin duda así sucede.
–Me alegro de que lo entiendas.
–Yo no he dicho que lo haya entendido. Solo he dicho que creo que así sucede. ¿Por qué sucede así?
–Eso tendrás que preguntárselo a algún sabio.
–Ahora me has mirado. Hasta ahora no lo habías hecho.
–¿Qué quieres decir? Yo te miro con frecuencia.
–Pero ha sido con la mirada que me dirigía a veces mi padre.
–Oh.
–¿Soy como un hijo para ti, Pawel?
–Sí, un poco sí, como un hijo.
–¿Y un amigo?
–Sí, eso también.
–Pero un amigo más joven que dice cosas infantiles.
–A veces sí. Pero veo al hombre en el que estás convirtiéndote. Un buen hombre que me acompañará en mis paseos por la orilla del Vístula, cuando esta guerra haya acabado, diciéndome cosas sabias y corrigiendo mi pobre filosofía.
David sonrió.
–Ahora veo que no estás enfadado conmigo.
–Deberías haberme creído desde el principio, yo no estoy enfadado contigo. Nunca lo he estado.
Frunciendo el ceño, más perplejo que nunca, David dijo:
–Pero esa cosa sigue ahí… en tu corazón, puedo verlo. Sigue presente.
–Algún día, alguna mañana de primavera, cuando los invasores se hayan ido, caminaremos bajo el sol por la orilla del río, y entonces hablaremos de esa cosa.
–¿Se trata de algo que te genera infelicidad?
–Sí.
–¿Es una cosa sitra ahra?
–En parte es buena y en parte es una herida infligida por lo sitra ahra.
–Esa herida, ¿te duele?
–Sí, me duele.
–¿Es algo así como una piedra en el corazón? ¿Como en la historia del príncipe?
–Sí, eso es.
–¿No puedes arrancar la piedra y arrojarla bien lejos?
–Eres muy joven, David.
–A veces el joven ve cosas que el viejo no ve.
–Es más frecuente que sea el viejo el que ve cosas que el joven no ve.
David se quedó mirando a Pawel unos segundos.
–¿Quieres que baje a barrer la librería?
–Esa es una buena idea.
Pawel se quedó solo, mirando por la ventana, a través de la cual la luz del sol volvía más temprano a cada día que pasaba. La primavera no estaba lejos. Le pareció en aquellos momentos que podía mirar muy por encima de los confines de Casa Sofía, por encima del perfil urbano roto de la Ciudad Vieja, y que, mientras el horizonte maltrecho de Varsovia menguaba, se abría ante él la línea de la curvatura terrestre.
La destrucción se había abatido sobre todos, pero el paso del sol y la luna seguían constantes, las estaciones y las mareas continuaban cumpliendo con sus tareas, e incluso en las islas de vida diseminadas entre los fuegos del odio, los árboles plegaban y desplegaban sus efímeras gamas de color, dando así testimonio de muerte y renacer. Sus hojas ondeantes le decían adiós, aunque él no sabía adónde iba.
Elevándose sobre las ciudades de la noche por toda la ancha tierra, sabía que debería descender de nuevo entre las personas del mundo, pues él era una de ellas.
Permanecía inmóvil, mientras observaba la luz del sol derramarse por el suelo de la cocina hacia él. Rezó implorando gracia. Pidió sabiduría.
Aquel momento le recordó los viejos domingos que había conocido mucho tiempo antes de la guerra, antes de que papá se marchara. Su padre y su madre se levantaban temprano y le cogían de la mano, uno a cada lado, y se iban caminando por la ciudad dormida a la primera misa de la mañana, mientras doblaban las campanas del convento anunciando el alba.
–Papá -decía él-, ¿las campanas están alegres?
–Oh, sí, muy alegres.
–¿Por qué están alegres?
–Porque no se preguntan a sí mismas si están tristes. Porque están contentas de ser campanas.
Papá era sabio.
Acabado el oficio, las hermanas cantaban: Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam, y mamá despertaba a Pawel de su
sueño inducido por la gloria y el incienso. A veces papá lo llevaba a casa subido a los hombros, gritando a los gatos y a las ardillas:
–¡Escuchad, escuchad, criaturas todas! Inclinaos ante el joven príncipe Pawel Kasimir, heredero de todos los títulos de los Tarnowski, depositario de todas las fortunas familiares.
Y Pawel cabalgaba a hombros de su padre, agarrándose con un brazo alrededor de la frente de papá y sosteniendo en la otra mano el avioncito rojo de cuatro alas y con la hélice girando al viento, mientras él imitaba el ruido de un motor con los labios, lo que hacía reír a mamá y a papá.
Papá le apretaba con ternura los tobillos, y volvían a casa bajo los castaños, a comer huevos, salchichas y chocolate en el salón. Después, mamá desplegaba la costura en el regazo y papá leía el periódico. Pawel se estiraba sobre la alfombra rosada, a la luz del sol que entraba a través de los cristales emplomados de las ventanas. Se entretenía viendo avanzar los cuadrados de luz sobre la alfombra. Besaba los angelitos de papel y escuchaba los sonidos de una habitación en la que no faltaba nadie.
Abajo, en la librería, encontró a David barriendo el suelo.
–Un padre en los reinos del alma -dijo Pawel-. Eso es lo que me gustaría ser para ti. ¿Me dejas que lo sea?
–Sí, Pawel -dijo David en un tono de tranquila deliberación-. Eso sería muy bueno.
Como si estuvieran al borde de una separación radical, se miraban el uno al otro sin hablar, penetrando en una dimensión que a ambos les parecía totalmente por descubrir. Este sentimiento de estar adentrándose en un misterio insondable no era en modo alguno amedrentador; tampoco estaba impregnado de emoción. Era un momento de una perfecta quietud. Finalmente, dijo el chico:
–Es un don bendito ser un hijo en los reinos del alma. ¿Puedo serlo, para ti?
–Sí -asintió Pawel.
–Es algo que podemos mantener vivo entre los dos.
–Es posible. Eso era de lo que yo dudaba.
–La duda ha generado oscuridad. Miedo. Lo vi en tu interior.
Arrancaremos la piedra y la arrojaremos al río.
El sol de la mañana alcanzó un ángulo en que llenó la tienda de luz.
En aquel momento, la puerta de la calle giró lentamente sobre sus goznes hasta abrirse de par en par.
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