El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 14 de 59

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El Librero de Varsovia

Zona de Residencia Judíos Entrada Prohibida

ZONA DE RESIDENCIA JUDÍOS

ENTRADA PROHIBIDA

Un barrendero acababa de echar un cubo de agua sobre un charco de sangre, y se disponía a barrerlo

hacia la alcantarilla con una escoba.

–Jan, ya me he enterado. ¿Puedo hacer algo?

–La policía no puede hacer nada, yo no puedo hacer nada, nadie puede hacer nada. Esperad aquí. Puede que los hayan metido en el gueto y que sus ángeles velen por ellos más allá de esa entrada. He mandado muchos mensajes a través de desconocidos, y paquetes con comida y dinero. Rezo por que les lleguen. Si es que están ahí…

Permanecieron juntos vigilando. Jan no lo miró.

–¿Vendes libros a los alemanes? – dijo con tono grave.

–Sí.

–Por Dios, ¿qué clase de hombre eres tú?

–La clase de hombre que cree que la verdad es capaz de transformar hasta los corazones más endurecidos.

A pesar de haberlas pronunciado él mismo, sabía que aquellas palabras salieron de su boca flojas y ahogadas, y que sonaban apenas como la justificación de un hombre débil. Jan se limitó a dedicarle una mirada de desprecio, y volvió los ojos de nuevo hacia la entrada. El silencio se hizo insoportable, hasta que Pawel se marchó a toda prisa, haciendo esfuerzos por no correr.

David Schäfer estaba absorto en plena tarea de catalogación cuando Pawel le subió la comida aquella noche. Dejó la bandeja junto al chico y volvió a bajar a la librería sin decir palabra.

Intentó encolar el lomo gastado de un diccionario encuadernado en piel, pero hizo un desastre y acabó por dejarlo para mejor ocasión.

Palabras. Montañas de palabras, ninguna de las cuales era capaz de mantener a raya a los voraces perros de la guerra. Incapaz de trabajar, se quedó mirando el laberinto de anaqueles con libros en la penumbra.

El rechazo de Jan se le había alojado en el corazón como una lanza.

Permaneció así, sentado, inmóvil, durante casi una hora, con la cabeza apoyada en las manos. Intentaba volverse de piedra, pero no

podía. El inmenso peso de la soledad lo aplastaba y le comprimía los pensamientos, los sentimientos, la carne misma, hasta convertirlo todo en un desecho de pura angustia.

¿Qué clase de hombre eres tú? ¿Qué clase de hombre eres tú? El tono de desdén se hacía cada vez más insoportable a cada repetición de aquella pregunta imposible de contestar.

«¿Qué clase de hombre soy? Te lo voy a decir, Jan, escucha. Soy un cobarde. Soy un fracasado en la vida. No valgo nada como ser humano, ya no digamos como hombre. No soy nada. Soy menos que nada, puesto que la condición de la nada es simple y limpia.»

Soledad, soledad, la soledad sin fin. Las palabras de crítica siempre habían conseguido desmoronarle, porque nunca había habido una réplica que le dijera lo que era, que pronunciara su verdadero nombre o que sonriera ante su rostro oculto. No había en su interior fundamentos sólidos, sobre los que pudiera haber construido un edificio asertivo en el amor compartido. Sin esposa, sin amada, sin amigos, tan solo con una familia que nunca lo había comprendido.

¿Qué era él? Todos los mensajes que había recibido sobre sí mismo eran contradictorios. Giraban en cadencia cíclicamente, negándose el uno al otro sin fin. ¿Qué clase de hombre era? ¿Un extraterrestre, un loco, un héroe, un mutante, un peregrino, un niño tullido, un aspirante a santo, un pecador depravado? Por encima de todo, era un enano que excavaba en las oscuras galerías de las minas literarias, en busca de filones brillantes. Era un conservador de sueños. Sí, el último archivero de historias fútiles.

No habría alegría para él, ni vínculos indestructibles, ni el amor más puro, ni el abrazo más dulce. Ni poemas, ni los nombres que nacen del cariño. Ni sentido.

Ahora todas las certidumbres se venían abajo. Primero habían sido las insinuaciones de las ratas, que le habían roído hasta el núcleo de la razón. Las ratas se habían transformado en osos rugientes con las fauces abiertas y los ojos rojos clavándosele desde el peso de la noche.

Luego habían surgido monstruos envalentonados que se enseñoreaban de su mente. Le hacían muecas de desprecio. Le decían cosas oscuras y desesperanzadas, mentiras, mentiras, oh sí, él ya sabía que eran

mentiras, pero las mentiras eran la sombra que proyecta la verdad, ¿o no?

No existe el amor para ti, le decían. Eres una aberración destinada a la destrucción.

Sabía que aquellos pensamientos eran imaginaciones distorsionadas causadas por el hambre y la angustia psíquica, por el exceso de soledad y por el miedo permanente. Pero eso no los silenciaba.

Su exterior biológico era perfecto, pero su mente estaba deformada.

¿Cómo podría repararse alguna vez esta lesión fundamental? Ese vacío de la falta de amor en el centro exacto de su corazón, ¿podría aliviarse alguna vez mediante una mirada, una caricia, un abrazo? ¿Quién estaría deseoso de abrazarle? Oh, había muchos, muchos que le habían deseado, que habían deseado sobre todo convertirlo en su objet d’art maleable. Pero ninguno de ellos lo había conocido, y ninguno de ellos, si es que de verdad llegaba a conocerlo, querría abrazarle. ¿Quién podía derretir la piedra?

–Es muy difícil -dijo en voz alta-. A un hombre le resulta muy difícil creer que Dios le ama si no ha conocido antes el amor por otro ser humano.

¿Por qué decía esto? ¿Y a quién?

A su mente acudió por un instante la imagen del fugitivo, allá arriba, en el ático. Un rostro que irradiaba consuelo… Aquella calidez, aquella franqueza, aquella belleza. ¿Belleza? ¡Pero qué estaba diciendo! Alejó aquel pensamiento de sí. No había consuelo posible para un hombre como él. No… su ración diaria consistiría siempre en bandejas de frío plomo.

Veía en esos momentos todas sus debilidades con una cruda claridad. Contó uno por uno sus fracasos: el desencanto de su padre, el triste paso por la universidad, el monasterio que no lo aceptó. Los ojos de Picasso como ágatas negras analizándolo y considerándolo carente de valor. Las legiones de propietarios de galerías de arte que le mintieron y los que le dijeron la verdad, de las dos maneras dolía. Y

luego el hombre santo ruso, el starets que no lo tomó por discípulo. Los ojos del maestro pintor francés, los ojos de los estudiantes. El escritor que solo buscaba una aventura, que no se habría detenido a mirarlo dos veces de no haberlo encontrado atractivo. Y por último Kahlia, que

lo había mirado una vez, brevemente, para dejarlo sin volver la vista atrás.

Por un momento, su conciencia de la propia identidad se vio sacudida por completo y él se sintió incorpóreo, como si fuera una conciencia separada, a la deriva en un universo carente de orientación, sin fuerza gravitacional de ninguna clase. Agachándose hasta llegar con la cara a las rodillas, se puso a hablar en susurros, a alguien, a quien fuera, sin saber a quién. ¿Le hablaba quizás al padre Andréi? No, incluso él se había marchado.

El dolor se abrió como un absceso y comenzó a supurar:

–¿Por qué nunca he sabido para qué estoy hecho? – exclamó.

Se levantó de un salto y se puso a deambular por delante de los anaqueles, por los pasillos a un lado y a otro de las estanterías centrales.

–¡Ah, mi padre! ¡Mi padre! ¡Me diste la vida pero no me dijiste cómo vivir!

El silencio no contenía respuestas.

–¿Por qué siempre he estado tan solo?

Sollozaba sin hacer ruido.

–Oh Dios, tú me diste ansia de amar. Y luego me dices que no puedo tener amor.

Respiraba con vehemente agitación:

–¡No te oigo! ¿Por qué no me hablas?

Disparos.

–¿Por qué hay solo dos opciones: o esta soledad interminable o la degradación? Quiero morir. Quiero vivir. Quiero estar solo. Quiero amar.

¿Amar? ¿Amar a quién?

¿Se refería a una mujer real, a un hombre real? Pero ¿qué era lo real y lo irreal? ¿Los símbolos mezclados en su interior, que lo condenaban al eterno aislamiento bajo una capa de oscuridad? ¿La marca de una garra de oso en la carne?

–Cerezas podridas -balbució.

El oso loco de lujuria separando las extremidades entrelazadas del niño bajo las ciegas estrellas, abriendo las fauces sobre su pecho, devorándolo hasta lo más íntimo, tocando con las zarpas, en su interior,

sus cuerdas más recónditas, el niño con la boca tapada, sus pulmones alzándose en busca de aire.

–Amor… -jadeó al fin, con la mirada fija en las paredes como si acabaran de liberarlo de la prisión, solo para encontrarse en una celda más grande.

Trató de apartar al oso, pero estaba encerrado en su interior. Se debatía, se peleaba con él, una pesadilla, una vieja pesadilla, él ya lo sabía, mientras cada pelo del pecho cubierto de sudor del oso, su peso aplastante, su frenético jadeo, aunaban el dolor con un placer indeseado, y los gritos infantiles eran ahogados más y más profundamente en el fondo de las aguas del silencio.

Apoyado contra un anaquel, con los ojos parpadeantes, Pawel trataba de recobrar el aliento y de reprimir el grito que le nacía en la garganta.

Entonces, y puesto que solo un sueño más potente era capaz de disipar al oso, el rostro de David Schäfer surgió de nuevo en su mente.

Los ojos del muchacho, muy abiertos, eran oscuros, poderosos, su presencia era la pupila dilatada del universo, y alargaba el brazo hacia Pawel con la mano abierta, susurrando: Tú eres un árbol de vida para mí.

–¡Un árbol de vida! – exclamó Pawel-. ¿Yo? Sería más prudente por tu parte mantenerte alejado de mí, porque no siempre he sido una persona tan amable, y podría volver a las andadas.

Pero eso era un horror demasiado profundo, eso era convertirse en oso él también.

–¡Mentira! ¡Mentira! – jadeaba.

Pero a una mentira tan poderosa solo podían hacer frente dos manos cálidas que cogían la suya, con la más profunda gratitud en los ojos, con el amor que brillaba en ellos…

Todo ruido y movimiento cesó al instante.

¿Amor? ¿Había existido un indicio de amor en los ojos del chico?

Pawel se sentó en el suelo con la cabeza colgando.

¿Amor hacia él? ¿Amor procedente de un alma totalmente extraña, que no lo conocía, que no podía conocerlo?

Invadido por una ansiedad creciente, y furioso por la imposibilidad de tal consuelo, se puso a hablar en voz baja a las paredes de su celda.

–Oh, Dios, ¿cómo podría amar con la pureza que exiges cuando este peso que llevo dentro de mí me arrastra hacia el desastre? Me siento atraído por él, te lo confieso, y no puedo romper el dominio que tiene sobre mí.

Chirrido de neumáticos. Voces.

–¿Qué puedo hacer? Apartarlo de mí por la fuerza, sacarlo de mi casa, eso sería lo mismo que matarlo. Acabarían con él de inmediato.

Nuevos disparos.

–¿Por qué me has hecho esto?

Se puso de pie de un salto y comenzó a pasearse de nuevo.

Frotándose la cara, levantando las manos y dejándolas caer, recorriendo la librería de arriba abajo, cada vez más deprisa, oía sombras que susurraban acusaciones contra él, fuerzas que aplastaban el fino caparazón de su mente.

Se golpeó el pecho con el puño. Le dolió. Volvió a golpeárselo, con más fuerza.

–¡Odio mi corazón! ¡Lo odio! – gritó.

El viento batía la ventana.

–¡Mátamelo! ¡Arráncamelo de dentro!

Pero su corazón no se movió de su lugar, injuriado por su propia mano.

Bocinazos. El apagado fragor de una explosión al otro lado de la ciudad. Hombres dando voces por la calle. Infames maldiciones en alemán. Culatas de fusil aporreando una puerta. El gemido de una mujer. El chillido de un niño.

Él era incapaz de detener aquello, estaba indefenso, solo, sin armas de ninguna clase.

Contempló el laberinto de libros con una mueca de desagrado.

¡Literatura! Literatura… ¡Las olimpiadas de los gnomos de jardín!

¡Una cháchara de enajenados! Dio un paso al frente y de un manotazo tiró al suelo toda una fila de libros. Repitió el gesto con otra estantería, y luego con otra más. Totalmente desbocado, se puso a arrojar libros por toda la tienda a diestro y siniestro, derribando anaqueles, pateando los montones de palabras de un lado para otro. Millones y millones de palabras inútiles, palabras que se amontonaban para formar cadenas

enteras de engaños ilusorios, palabras que lo prometían todo y que no daban nada.

Jadeando ruidosamente, cerrando y abriendo los puños, se quedó contemplando el desastre, riendo entre sollozos y mascullando imprecaciones. Luego se arrastró al piso de arriba, hasta el dormitorio.

Miró una vez hacia el rincón donde estaba el icono, para apartar la vista enseguida.

Se tumbó en la cama, se tapó con una manta y se hizo un ovillo. Por primera vez desde los años en que perdiera la fe, no rezó. Permaneció horas estirado, con la mirada fija en el pozo negro de la existencia, escuchando los sonidos de la ciudad vulnerada, atento a cada grito sin respuesta, a cada silbido de bala, convencido de que cada uno de ellos señalaba la muerte de un alma. El oso se daba el gran banquete, con la sangre goteándole de las fauces abiertas. Con todo, Pawel siguió aferrándose al último resto de voluntad y luchó. Si quería devorarlo, tendría al menos que pagar un alto precio. Entre tanto, cerraría los ojos, aunque solo fuera un momento.

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