El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 56 de 59

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El Librero de Varsovia

Capítulo 20

Después de hacerle bajar las escaleras a patadas, lo convirtieron en uno más de los que formaban los torrentes humanos que convergían en la estación del ferrocarril. Aquellas personas, acosadas y amedrentadas, habían llegado arrastrándose por las calles, tirando de sus hijos pequeños o empujando carretones cargados con sus mayores o con baúles tambaleantes. En el Umschlagplatz, baúles y muertos les eran arrebatados, y amontonados para su posterior clasificación.

Siguiendo el flujo de uno de estos torrentes humanos, Pawel pasó por delante de Haftmann, que inspeccionaba todos aquellos pertrechos en busca de algún tesoro cultural. En un fugaz instante de vaga esperanza, gritó:

–¡Doktor!

Pero el alemán levantó la mirada para ver tan solo un rostro exhausto que pasaba de largo, indistinguible en la marea de números y nombres, carentes por completo de significado. Haftmann se dio la vuelta.

Junto con miles de otras personas, a Pawel lo cargaron en un tren mercancías.

En su vagón eran doscientos.

Era imposible sentarse. El cubo que servía de letrina en un rincón estaba ya a rebosar. El hedor del terror era asfixiante.

Los ferroviarios pasaban por el andén y se detenían a encender un cigarrillo. A través de una rendija entre los tablones, Pawel podía ver sus rojas mejillas redondas y los gestos rituales del campesinado al intercambiar las bromas de rigor.

–Problemas en la línea de Byalistok -dijo uno-. Estos no verán Treblinka.

–¿Adónde los llevan?

–A Ovicim.

–¿Cracovia ya sabe que les llegan invitados inesperados a comer?

Los ferroviarios volvieron finalmente a su olvido en la historia a medida que el vagón, tras un fuerte tirón, arrancaba y avanzaba con estrépito, entre los gruñidos y los gritos de su cargamento. Lo peor era el llanto de los bebés y los niños. Y las discusiones. Las quejas y

lamentos. A veces se hacía un completo silencio, aunque nunca duraba mucho. El frío y el mal olor lo dominaban todo. La gente trataba de maniobrar para acercarse lo más posible al respiradero del techo.

Viejos y mujeres se desmayaban, pero no podían caer al suelo a causa de la compresión de los cuerpos, que se mantenían derechos los unos a los otros. Las familias que habían quedado separadas gritaban en voz alta los nombres de los demás, tratando de averiguar si algún ser querido iba en el mismo furgón de carga.

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