El Librero de Varsovia
Daniil
Estarás luchando por los dos.
Eres un santo.
ANDRÉI [sorprendido]
¿Yo, un santo?
No sé qué es eso.
Vamos, dejemos el trabajo para otro día. La noche se acerca.
Los dos pintores descienden despacio, cada uno por un lado del andamio.
Entre tanto, el coro que antes casi no se oía ha aumentado un poco el volumen.
CORO
Aquel que habló misteriosamente a Moisés en el Monte Sinaí para decirle «Yo soy el que soy», hoy se manifiesta ante los discípulos en el Monte Tabor para revelarles a través de su persona el restablecimiento de la naturaleza humana en su esplendor original. Como testigos de esta gracia y partícipes de esta alegría, hizo resucitar a Moisés y a Elías, los precursores de la gloria y de la resurrección redentora que se ha hecho posible por la Cruz de Cristo.
Mientras siguen los cantos, los pintores salen cada uno por su lado del escenario.
Cuando David, uno de nuestros primeros padres en el Señor, predijo en espíritu que tu cuerpo se haría carne, estaba invitando a la creación entera a que se alegrara y gritara: «Oh, Salvador, Tabor y Hermón se regocijan en tu nombre», porque ascendiste a esta montaña con tus discípulos. Por medio de la Transfiguración devolviste su esplendor original a la naturaleza de Adán, por eso te alabamos y te decimos a ti, creador de todo, «¡Gloria a ti!»
El coro sigue cantando mientras la luz se desvanece, dejando solo iluminado el rostro radiante de Cristo, donde destacan sobre todo los rojos y los dorados.
Oh, Señor, hoy has manifestado en el monte de la Transfiguración la gloria de tu divinidad. Los discípulos han visto tus vestidos blancos como la luz, tu rostro brillante como el sol.
Incapaces de soportar tu resplandor,
han caído sobre su rostro y han oído una voz que daba testimonio desde el cielo:
«Este es mi Hijo amado, que viene al mundo
para salvar a la Humanidad».
Oscuridad.
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