El Librero de Varsovia
Capítulo 10
Pasaron varias semanas sin que Pawel viera a Haftmann. En cambio, Smokrev entraba en la librería con asiduidad, prodigando sonrisas con sus labios esculpidos y sus ojos de saurio. Se pasaba una hora o dos revolviendo entre las pilas de libros y siempre compraba algo, por lo general relacionado con el campo de las artes plásticas o literatura moderna comercial: un día un volumen con grabados sobre arquitectura vienesa, otro un ejemplar con biografías de compositores italianos de ópera, y así sucesivamente.
–Mi querido y joven amigo -proclamó el conde, con una voz tan alta y teatral que varios clientes levantaron la cabeza y dirigieron su atención hacia el mostrador, a la espera de oír algo interesante-. Mi querido, querido joven amigo, si llegase a escuchar los lamentos de angustia de las canciones de amor de Rossini, no dudaría nunca jamás de que la pasión es la divina locura que los dioses concedieron a sus hijos predilectos.
Pawel soportaba todo aquello por el dinero de Smokrev, que le permitía obtener combustible para la caldera. El invierno había llegado con toda su crudeza, y el carbón del sótano menguaba con demasiada rapidez. Se desprendió también de dos de los cuadros de paisajes del apartamento, que vendió por una parte de lo que él consideraba que valían. El dinero de esta venta le permitió comprar las sobras que las personas desesperadas le traían para que las tasase.
Las nuevas adquisiciones le llegaron de la mano de una pequeña mujer que se presentó un día sin previo aviso, abriendo la puerta principal de la librería de forma tan violenta que, al golpear contra el paragüero, los cristales vibraron y las campanillas oscilaron peligrosamente. Asomó la cabeza dentro de la tienda, frunció el ceño a Pawel y volvió a salir, para regresar al cabo de un momento empujando una carretilla. Mientras se esforzaba por pasar la rueda por encima del pequeño badén, sin dejar de mascullar imprecaciones en voz baja, Pawel examinaba aquella aparición. Tendría unos cincuenta años, iba vestida con harapos, con los pies envueltos en ropa de fieltro atada con un cordel de cáñamo. Llevaba el pelo, corto y gris, cubierto con un pañuelo negro decorado con motivos de amapolas.
Aunque Pawel, desde luego, no la había visto nunca, le resultaba misteriosamente familiar.
¡Baba Yaga!, pensó alarmado, y se concedió una vaga sonrisa.
Acudieron a su mente con pasmosa claridad recuerdos de los cuentos infantiles que la criada Ludmila le contara en Zakopane.
«Tienes que ser bueno, Pawelek, o si no vendrá la bruja Baba Yaga y te cogerá. Se pasa el día y la noche volando en medio del aire tormentoso en busca de niños a los que llevarse, pero ella solo puede ver a los que son malos. Vuela muy lejos, escrutando el mundo con sus penetrantes ojos en busca de tales niños. Ay de aquel al que la bruja encuentra, pues se lo lleva consigo a su terrible casa, erigida sobre cuatro patas de gallina gigantescas y con el techo cubierto con el cabello de sus víctimas humanas. Luego hace una sopa con el niño y se lo come.»
Todo ello, mientras la abuela bordaba con hilo y aguja un floreado tapete de encaje para el sofá del salón, sonriéndose y lanzando una mirada al pequeño Pawel. Y el dulce Pawel, Pawel el guapín, volvía de puntillas a la despensa, donde volvía a dejar en el tarro de loza el caramelo de jengibre que había sustraído.
Baba Yaga empujó la carretilla a través del suelo de la librería y la detuvo junto al mostrador. Sus ojos eran un enigma de amenazas oscuras y cínicas.
–Usted compra libros -espetó con voz áspera, en tono exclamativo, más que interrogativo.
Pawel asintió con la cabeza.
Escrutándole con ojos desconfiados, apartó el sucio retal de lona que tapaba el cargamento, dejando ver un buen montón de ejemplares.
Mientras él repasaba los títulos uno por uno, ella permanecía de pie a su lado, resollando y salpicando de nieve los papeles del escritorio.
La mayor parte de los libros eran de muy pobre calidad. Pero había algunos ejemplares interesantes: una historia de Polonia bajo el dominio de Rusia, un libro de cocina, una colección de obras completas de Goethe. Le hizo una oferta por todos, y ella la aceptó. Cogiendo el dinero sin decir gracias, se volvió con su carretilla por donde había venido y cerró la puerta de golpe al salir.
Pawel sabía de sobra que era un error comprar mercancía para la que no hubiera demanda. Tenía pensado comprar algo de carbón extra
en el mercado negro, pero sucumbió tontamente al atractivo de todo lo ruso, que tanto le interesaba últimamente. No había mucha gente que perdiera el tiempo leyendo libros de cocina en aquellas circunstancias, y en cuanto a Goethe, muy pocos se sentían muy interesados por la literatura alemana, aunque había una posibilidad de que fuera el caso de Haftmann.
Abrió al azar uno de los ejemplares de Goethe y dio con el siguiente pasaje:
¿Quién cabalga hasta tan tarde en la noche y el viento? Es el padre con su hijo, es el escritor con su dolor…
Haftmann seguía sin dar señales de vida. Smokrev, por el contrario, se dejaba ver cada vez más. A mediados de diciembre, compró una colección entera de obras de Shakespeare.
–No me gusta la mentalidad inglesa -dijo el conde-. Me resulta misteriosamente parecida a la alemana. No se parece en nada a la nuestra. Nosotros, los eslavos…
Fue apagándosele la voz al comprobar que el librero no le prestaba la más mínima atención.
–¿Sabe lo que es usted? – blandió el dedo ante Pawel-. Es como una escultura griega, grande y hermosa. Como un Hermes. Espléndido…
pero frío como la piedra.
Smokrev sonrió y se quedó observando su reacción.
–Una observación de lo más acertada -dijo Pawel sin un atisbo de emoción-. Estoy hecho de piedra. Piedra por fuera, piedra por dentro.
No pierda el tiempo.
A Smokrev se le borró la sonrisa del rostro.
–Me hace sentir siempre como si fuera un intruso inoportuno -dijo con voz susurrante y acalorada-. Francamente, no me parece la mejor estrategia para un comerciante.
La Navidad se presentó a renglón seguido de un desangelado Adviento. David Schäfer observaba sin hacer comentario alguno los humildes objetos con que Pawel iba llenando el apartamento para intentar darle un carácter festivo al aquel día. Las lamparillas puestas ante los iconos, el tapete bordado sobre la mesa de la cocina, los
candelabros de plata ya deslucida… Aunque no se sumaba a las oraciones cristianas, inclinaba la cabeza al oírlas. Y compartió con avidez el escuálido ganso que apareció como por milagro el 24 de diciembre, traído a toda prisa por Masha. No hubo tiempo para charlas, pero le dio a Pawel un maternal beso en la mejilla y le obligó a aceptar el raquítico despojo. Él y David se lo comieron, acompañado con nabos, una cebolla arrugada, salvia, y una tarta que hizo Pawel con harina de cebada, nuez moscada, huevos y uvas pasas. Ambos estuvieron de acuerdo en que aquel había sido el más exquisito banquete que jamás hubieran probado. La pregunta de si se había elaborado o no a la manera kosher no llegó a plantearse. David se fue al desván a hora temprana, y cuando Pawel subió más tarde para darle las buenas noches se encontró al muchacho de pie, de cara a la pared del fondo de la habitación, balanceándose y con el manto de oraciones cubriéndole la cabeza, mientras de su garganta emanaban unos gemidos rítmicos. No se dio cuenta de que había alguien observándole.
Sin decir nada, Pawel dio media vuelta y se marchó.
Hacia Año Nuevo, estaba verdaderamente escamado por la ausencia de Haftmann. ¿Le habrían trasladado, o asesinado? ¿Se había olvidado de Casa Sofía? Tal vez su pieza teatral era tan mala que Haftmann estaba sencillamente fastidiado y sus buenos modales le impedían enfrentarse con el autor cara a cara.
Smokrev había desaparecido también durante las fiestas de Navidad, y esto sí que preocupaba a Pawel, por cuanto el conde se había convertido en su principal fuente de ingresos. Pronto se quedó sin dinero, hasta el punto de que se vio obligado a rechazar algunos libros excelentes. Peor que eso: no tardaría mucho en volver a quedarse sin combustible.
Smokrev se presentó a finales de enero.
Pawel fue el primero en hablar.
–Perdone que le pregunte, señor conde, ¿no sabrá qué ha sido del Doktor Haftmann?
–¡Haftmann! – volvió los ojos al techo-. ¡Valiente idiota! ¿Lo conoce?
–Sí -dijo Pawel con cautela-. Es cliente de la librería, aunque no muy asiduo.
Se arrepintió al instante de haber hablado, por temor a haber divulgado una información que pudiera ser peligrosa.
–¿Ah? ¿Y qué tipo de libros le gustan a nuestro querido Doktor?
–Suele comprar viejos libros alemanes, por lo general. Ficción pura, Bildungsroman.
–Ah, ya.
Smokrev esperaba, con cara de aburrido.
–Ssí… -tartamudeó Pawel-. Es profesor… de literatura.
–Era profesor de literatura.
Smokrev formó una nubecita de vapor al exhalar el aire.
–Aquí dentro hace un frío espantoso. ¿Es que tiene apagada la calefacción?
–Nos queda poco combustible.
–¿Nos?
–Una forma de hablar. Tengo la caldera al mínimo. Es soportable.
–¡Insoportable, querrá decir! Había venido con la esperanza de hacer algunas adquisiciones esta mañana. Pero encuentro que sus estanterías, aunque repletas, se están quedando un poco vacías en términos de calidad.
–Es difícil conseguir una reposición adecuada de los títulos.
–Quizá tendría algunos objets d’art que aún no me ha enseñado.
–No tengo ninguno en venta.
–Sin duda debe de tener una colección privada. – Lanzó una ojeada hacia la trastienda, y a continuación alzó la vista al techo-. Vive usted en el apartamento de encima, supongo.
–Sí.
–Me gustaría mucho ver su colección. Recordará que le dije que soy coleccionista de iconos.
–Tengo un Bonelli.
–Un pintor de flores más bien gris, si recuerdo bien -dijo Smokrev sin entusiasmo.
–Tiene calidad. Me pasé tres semanas sin comer en París para poder comprarlo. El marchante me lo vendió como una ganga, me dijo que Bonelli no era uno de los impresionistas principales, pero que tenía un lugar en la historia del arte.
–Está bien, déjeme que lo vea.
Pawel subió al apartamento y regresó al cabo de poco, cargando con el cuadro como si fuera un objeto de valor incalculable. Smokrev lo inspeccionó con desagrado.
–Ayunó usted exactamente dos semanas y seis días más de lo necesario. Estas fiori son horrorosas. No creo que pueda siquiera llamarse a esto impresionista con propiedad. No me interesan este tipo de cosas.
–Pues el galerista me dijo que…
–Los galeristas le dirán lo que ellos quieran. En fin, ¿no tiene iconos? Estaría dispuesto a ofrecerle un precio excelente.
–Podría quedarse con el Bonelli por unos pocos…
Smokrev abrió los brazos levantando las manos e hizo ademán de marcharse. Se ajustó los guantes sobre los dedos, que tenía llenos de anillos relucientes.
Pawel sentía el frío que se le clavaba entre las costillas, y sabía que tenía la nariz enrojecida. Según la tradición, los sagrados iconos solo pueden transmitirse de generación en generación, o bien regalarse. Por otra parte, ¿acaso la más alta ley de la caridad no proveía en tales situaciones?
–Tengo algunos iconos.
–Bien, pues no pierda tiempo, soy un hombre muy ocupado.
–Si quisiera esperar un momento, le traeré mi colección.
–Preferiría subir con usted. Me resultaría, cómo decirlo, menos formal. – Soltó una risa nerviosa.
–Lo lamento, pero mi apartamento no reúne condiciones. Es exiguo, y está infestado de parásitos. – De parásitos metafísicos, añadió en silencio-. No puedo ofrecer mi hospitalidad a un caballero en su presente estado, me sentiría avergonzado.
El escrupuloso Smokrev arrugó la nariz.
–¿Puedo sentarme al menos?
Pawel acercó la silla con antebrazos y respaldo redondo a la altura de su escritorio y pidió al conde que esperara hasta que él volviera con los iconos.
Arriba, en su dormitorio, envolvió con cuidado las imágenes con retales de ropa de fieltro. La operación le resultaba dolorosa. Era una sensación no muy diferente a la de separarse de los hijos o, para ser
más exactos, a la de vender a la propia madre. En este caso, era algo así como vender una reliquia al demonio. ¡Pero aquel frío! ¡El hambre! Al final pudo más la caridad, y decidió enseñarle la colección entera. Así Smokrev podría elegir el que mejor se acomodase a sus gustos.
Al conde se le cortó la respiración al verlos.
–¡Ocho! ¡Tiene ocho, y casi todos excepcionales! Esto es un verdadero descubrimiento.
Mientras examinaba los iconos, la voz de Smokrev perdió su deje de frivolidad, y por un momento se tomó un hombre piadoso.
–Qué belleza -jadeaba-. Este pequeño icono ruso de San Serafin es extraordinario. La Madre de Dios Hodighirtria, «la que indica el camino», del siglo XVII, griego ciertamente, no ruso. ¡Muy bueno! Un Elías, del Antiguo Testamento, también griego. Le seré sincero: este es bastante raro. San José con dos palomas. Humm. No está mal, pero es polaco, y con demasiadas influencias del Renacimiento. Un ángel.
Encantador, encantador. ¿El arcángel Gabriel? No, ¡es Rafael!
¡Fabuloso, yo adoro a Rafael!
Y así sucesivamente.
Al llegar al antiguo icono con el San Miguel del Apocalipsis, se echó un poco hacia atrás.
–Como obra artística, es quizá la mejor de todas las que tiene aquí.
Dios, qué atiborrado está del simbolismo de aquella visión de pesadilla.
Detesto a San Juan. Demasiado efímero. Demasiado castigo divino.
Aaagh, es como si me reprendiera con la mirada. Y mire esta pobre serpiente, retorciéndose como una anguila en torno a la lanza. – Rió con acritud-. Un selectivo ejercicio de la virtud del amor cristiano, no cabe duda. Siempre he pensado que al pobre ángel Lucifer se le ha difamado injustamente. – Pawel le observaba con fijeza -. Sí, Tarnowski, ya lo sé, el viejo enemigo de la humanidad y todo eso.
Depende de quién cuente la historia, por supuesto. Pero él es un ángel de luz, y yo creo que puede ser quien nos guíe hacia el Ser de Luz, el Cristo de nuestra era, Aquel que reparará toda escisión y reconciliará los opuestos que nos han atormentado a lo largo de nuestra prolongada y trágica historia. ¿No está de acuerdo conmigo?
Pawel le miraba con el ceño fruncido y sin decir nada.
–No, supongo que no. Es usted un buen chico, pero completamente modelado por un entorno social limitado, dominado por la Iglesia y su propaganda criminal y represora. Esa visión del mundo es la causante de las guerras.
Pawel trató de balbucear una réplica, pero su interlocutor prosiguió:
–No tendría sentido seguir discutiendo sobre esto sin que antes haya leído a Swedenborg y los teosofistas, en especial a Madame Blavatsky.
Y también al doctor Jung… un hombre brillante. Tiene un cierto temperamento místico, y sus raíces son gnósticas, afines a nuestra causa.
–¿Su causa?
–La regeneración de Occidente mediante el retorno a lo espontáneo y a los poderes primigenios.
Pawel estaba atónito ante el destello mesiánico que veía en los ojos de aquel hombre. Aquel petimetre, aquel roué internacional, era simplemente patético, pero aquello era nuevo para él. De pronto le acometió el deseo de retirar el ofrecimiento de sus iconos.
Smokrev sacó una gruesa billetera y extrajo algunos billetes. Una suma suficiente como para poder vivir de ella durante meses. Pawel pensó en el combustible y la comida que podría obtener con aquel dinero, y también en la capacidad para comprar libros y reabastecer las estanterías. Y, sobre todo, serviría para desviar una buena suma hacia las manos de los hambrientos. Acabó con el tormento de la indecisión al recordar a los niños a los que había visto mendigando por la calle.
–¿Con cuál se queda, señor conde?
–¿Con cuál? Oh, creo que no me ha entendido. Esta suma -dijo depositando los billetes encima de la mesa- basta para pujar por la colección entera. No me parece una oferta irrazonable. Casi podría considerarse incluso generosa, teniendo en cuenta la época y la situación en que se han cruzado nuestros caminos.
A Pawel se le congestionó el rostro. Estaba a punto de rechazar la oferta cuando Smokrev concluyó:
–O todo, o nada.
A Pawel le entraron ganas de dar rienda suelta a su rabia impotente, pero ante sus ojos se sucedían los rostros de los niños de la calle, de David Schäfer, de la señora Lewicki, de la bruja Baba Yaga, y los de muchos otros. Finalmente dijo sin más:
–Lléveselos.
Smokrev se mostró alborozado.
–¡Maravilloso! ¡Maravilloso! ¡Mi querido Príncipe Negro!
–¿Qué me ha llamado? – dijo Pawel con voz grave. Smokrev se rió.
–¿Pero es que Goudron no le dijo nunca cómo lo llamaba?
–No.
–Yo no llegué a conocerlo a usted personalmente, pero lo vi un par de veces en medio de los salones atestados de gente. Goudron organizaba tantos salones y fiestas, con cientos de personas ridículas de toda clase… Las coleccionaba, ¿sabe? Y les ponía sobrenombres a todas. Aquella cortesana comunista, Madame Kortovsky, era el Globo Rojo, y a Francoeur, el editor católico, le llamaba la Mantis Religiosa.
Picasso era el Minotauro, y usted el Príncipe Negro.
Pawel notó cómo el calor le subía a las mejillas y se le contraía el estómago.
–Tengo trabajo -masculló.
Smokrev se marchó con su tesoro envuelto en trapos y dejando tras de sí un reguero de sonrisas de satisfacción.
Durante los días siguientes, Pawel hubo de hacer frente a un continuado sentimiento de odio hacia Smokrev, convencido como estaba de que este le había robado y pisoteado. Con el fin de pensar en otra cosa, escribió algunas páginas más para su obra, sobre el primer encuentro de Andréi Rubliov con el monje Nikon y más tarde con Teófanes el Griego. Le parecía que no había llegado hasta el fondo del misterio de la kenosis, el vaciamiento de atributos divinos por parte de Cristo para hacerse hombre; o al menos que, dado su limitado talento como escritor, no lo había sabido expresar de forma apropiada a través del diálogo. Decidió entregar las revisiones a Haftmann para que las incluyera en el manuscrito.
Le causaba extrañeza que el recuerdo del padre Photosphoros no dejara de acudir a su mente. Ahora le parecía que Photosphoros no había pretendido herir al joven jardinero polaco, que de hecho no lo había menospreciado. Con toda probabilidad, su arranque había sido totalmente impersonal. El viejo sacerdote estaba desencantado por los desastres que se abatían sobre Rusia, y sabía que muy pocas personas más allá de sus fronteras llegaban a comprender algo del alma rusa.
Pawel recordaba que el monasterio del monje había sido incendiado, y sus compañeros muertos por los bolcheviques. Su salud no era buena, tenía artritis y sufría de fuertes dolores físicos. Un hombre amargado y desconsolado, que había luchado por preservar la pureza de su tradición. No quería que nadie se presentara allí movido por un capricho y decidiera, como había hecho Pawel, hacerse iconógrafo.
Aquello era suelo santo, y Pawel lo había hollado ingenuamente sin quitarse los zapatos.
«Yo estaba tan desesperado, tenía tal necesidad de aliento», se dijo Pawel. «Pero ¿qué era lo que Dios me decía a través de aquel anciano?
¿Quería que aprendiera algo acerca de mí mismo, demostrarme que prefería la aprobación de los demás y el consuelo antes que la salvación?»
Era un pensamiento difícil de aceptar. No le dio muchas vueltas.
A la semana siguiente se produjo el regreso de Haftmann.
–¿Cómo podré pedirle que me perdone? Ni una palabra desde antes de diciembre, y ahora me presento sin ninguna excusa.
–¿Ninguna, por pequeña que sea?
–Tan solo que mis deberes me han obligado a viajar continuamente.
Las cosas no van bien. Tuve que reconcomerme mientras algunos de mis descerebrados compatriotas quemaban quinientos cuadros considerados degenerados en las Tullerías de París. Conseguí salvar algunos matisses y van goghs… Esos idiotas de la Cámara de Cultura no son capaces de distinguir el genio de la frivolidad. – Haftmann suspiró-. ¿Iba usted a pedirme su manuscrito…?
–Sí, en efecto.
–El manuscrito está en buenas manos.
Pawel le ofreció las páginas del nuevo diálogo.
–He hecho algunos cambios. ¿Tendrían la amabilidad de añadir esto al texto? Espero que no sea demasiado tarde. Haftmann frunció los labios y cogió las hojas.
–No, no es demasiado tarde -dijo con expresión distraída, o incómoda. Se guardó los papeles en el maletín.
–Doktor, ¿ha leído mi pieza?
–Me falta poco para acabar de leerla. Le ruego que tenga todavía un poco de paciencia. No tiene idea de lo ocupado que he estado. Leí el primer acto en París, el segundo en Amsterdam, y así he estado. Mi secretaria está en ello, está mecanografiando el Acto Primero.
–Comprendo. – El rostro de Pawel no pudo disimular una caída en la melancolía-. ¿No podría decirme qué opinión le merece?
–Me parece rica en ideas -dijo Haftmann, haciendo una pausa-. Hay algunos pasajes encantadores…
–Veo que duda.
–Le falta claridad, coherencia. La estructura temática es confusa.
Hay un problema con la arquitectura de la obra. Es usted sobre todo un poeta, más que un literato intelectual.
–Ya veo que no le ha gustado.
–Yo no he dicho eso. Me ha gustado bastante, sí. No obstante, no me ha entusiasmado la simplicidad de su ritmo, que se resentiría al ser traducido. Y también lamento tener que decir que en el fondo usted no ha comprendido el alma rusa.
–¿Por qué lo dice?
Haftmann se rió, sacudiendo la cabeza. Se acercó en un par de zancadas hasta un anaquel, cogió un libro y regresó junto al escritorio de Pawel. Tras calarse sus gafas de leer de montura de metal, el comandante profesor pasó las páginas hasta detenerse en un pasaje.
Sonrió con complicidad consigo mismo.
–El idiota, de Dostoievski. ¿Lo ha leído?
–Aún no. Siempre lo he tenido en mente, pero…
–Pues tiene que leerlo. Aquí es donde encontrará lo que es el alma rusa. El protagonista es un loco santo, el príncipe Mishkin, que se relaciona con los círculos de la burguesía y la baja nobleza de la Rusia zarista. Allá donde va, proclama que la belleza salvará el mundo, y al
final demuestra que la belleza por sí sola no puede salvar a nadie, ni siquiera al propio Mishkin, un verdadero asimilado a Cristo.
–No consigo ver adónde quiere ir a parar.
–Aún no he acabado. – La sonrisa de Haftmann se hacía más amplia a medida que pasaba las páginas-. Mire qué curioso, aquí al final de la novela, cuando este sabio inocente, este trasunto de Cristo, estalla en el más virulento ataque contra el catolicismo… su casa espiritual, la de usted. Dostoievski hizo lo mismo en Los hermanos Karamázov. ¿Ha leído el pasaje del Gran Inquisidor? ¿No? Debería.
Verá cómo sus horizontes se amplían de una forma extraordinaria. Es tan perspicaz, y tan deliciosamente repleto de malicia contra su adorado Papa… Esta es la Rusia de verdad.
–Tal vez haya malinterpretado la intención de Dostoievski…
–Léalo usted mismo y verá.
–Aunque lo que dice fuera cierto, eso solo demostraría que ningún hombre escapa por completo a sus orígenes.
Haftmann apretó los labios.
–Sí, buena observación. Pero de doble filo.
–¿Y qué me dice de Soloviev? Tan grande como Dostoievski, y en cambio amó a la Iglesia universal, a pesar de sus defectos. Él también era ruso. ¿Acaso no representa también a la Rusia de verdad?
Haftmann se encogió de hombros, pensativo.
–Touché. Usted tiene que leer a Dostoievski y yo tengo que leer a Soloviev.
Pawel se inclinó hacia delante, insistiendo en su posición.
–Doktor, ¿solo por sus fracasos se define el alma de un pueblo?
–¿A qué se refiere?
–Por mucho que un hombre cruce fronteras, lleva siempre consigo su país natal. ¿Podríamos aplicar este principio también a su país natal?
Haftmann se quedó mirando a Pawel durante unos segundos, hasta descartar con un gesto la cuestión.
–¡Ah, los rusos, los rusos! No hay nadie como ellos, tan llenos de pasiones contradictorias. Debería comprender que detrás de todo ruso, aun del más sereno e instruido, hay un bárbaro deseando salir al
descubierto, mostrar su aspecto más escabroso, lanzarse a gritos contra el enemigo… tanto si es consciente de ello como si no.
–Lo mismo es aplicable a muchos otros pueblos y razas.
–Y a usted, ¿por qué le gustan tanto? ¿Por qué tanto esfuerzo para publicar a Soloviev? ¿Por qué ha ambientado su obra en Rusia?
Por extraño que le resultara, Pawel nunca se había molestado demasiado en plantearse tales cuestiones. Se había dejado vencer, sencillamente, por una atracción a la que se había entregado de forma apasionada.
–No sabría decírselo con seguridad -repuso al fin.
–¿No sabría? ¿Acaso los rusos no se han portado con Polonia igual de mal que nosotros? ¿A qué viene esa idealización de su conquistador?
–No es ninguna idealización.
–Llámelo romanticismo, entonces.
Pawel no tenía una respuesta inmediata a eso.
–No ha contestado a mi pregunta -le instó Haftmann.
–Me siento intrigado por ellos -dijo Pawel, mirando al vacío-. Su experiencia es larga y amarga.
–¿Y eso qué tiene de intrigante?
Pero contestar a esa pregunta habría sido revelar demasiado.
Mi querido DoktorComandante, pues porque mi propia experiencia es amarga.
Cuando Haftmann se dio cuenta de que no iba a obtener respuesta a su pregunta, sacudió la cabeza de un lado a otro y dijo:
–Usted no los conoce. Su pieza es una obra escrita por un joven polaco que jamás ha estado en Rusia.
–Los rusos son eslavos. Yo soy eslavo.
–Sí, usted es eslavo, según se mire. Porque la pobre Polonia sufre de un corazón escindido. Usted pertenece al misterioso Oriente y también a Occidente. Por lo que no pertenece ni a uno ni a otro.
Pawel frunció el ceño, sopesando la validez de la tesis del alemán.
–Tiene razón, Doktor, en que nunca he estado en Rusia, aunque he conocido a algunos exiliados rusos. ¿Puedo hacerle una pregunta?
Haftmann asintió con circunspección.
–Ja.
–¿Le parece posible que la posición de Polonia sea única? ¿Es posible que nosotros, pertenecientes tanto a Oriente como a Occidente, pero sin estar aprisionados por ninguno de los dos, seamos capaces de trascender las fronteras de las naciones y las culturas, y ser capaces así de ver más allá? Tal vez estemos más capacitados para ver la arquitectura del alma, que es común a toda la humanidad.
Haftmann frunció los labios.
–¿La arquitectura del alma? Es posible. Sin embargo, no veo muchas pruebas de ello en su obra. No se orienta a la política, ni tampoco asimila realmente el progreso en materia de sexualidad.
Donde más flojea es en la falta de enjundia. No es que no tenga muchos pensamientos sustanciosos, no es eso. Pero le falta sentir la carne y la sangre. Esa Kahlia, por ejemplo, no es más que el concepto que usted tiene de un pájaro de fuego ruso, de una etérea princesa de las hadas…
Demasiado cohibida… Demasiado simbólica, y los símbolos demasiado obvios…
–Pero es el personaje central de…
–Oh, sí, lo entiendo perfectamente, es la idea central… Y así lo que hace es obligar al pobre público a aguantar sentado una dosis demasiado cargada de abstracciones, por las que pretende que pasemos. Esa no es la función del arte.
–No pretendía realizar una obra de arte, Doktor. Ni buscaba un público. Creo que se trataba tan solo de dar salida a algunas cuestiones de mi vida interior en las que pienso constantemente. Al darles forma, he sido capaz de examinarlas con sentidos diferentes a los del intelecto.
–Conforme. Eso es legítimo. Pero ¿es entonces una obra de auténtica literatura?
–No lo sé.
–Y quizá tampoco le importa -esbozó Haftmann una sonrisa paternal.
–Quizá.
–Y por cierto, Tarnowski -le regañó, índice en alto-, ¡me engañó usted!
–¿Yo le engañé?
–El elemento invasión. Usted me dijo que no había nada de esto en la obra, y en cambio este elemento aparece con toda su fuerza. Podría
dar lugar a malas interpretaciones. Imagínese, sustituya a los tártaros por los teutones, y ahí tenemos un ataque contra el programa de pacificación del Reich.
–No era esa mi intención. Yo solamente…
–Sí, sí, por supuesto. Pero volviendo a la cuestión del arte: en mi opinión, ha escrito una obra primitiva, pero a la que le falta deseo.
Tiene que hacer de Kahlia una mujer de verdad. Rubliov debería hacerle el amor.
Pawel se echó hacia atrás.
–¡Ustedes los modernos! – dijo con irritación-. ¿Eso es lo único que entienden? Creen que para que un hombre sea real tiene que traicionar sus votos, abandonar un monasterio o engañar a su esposa. ¡Entonces sí que es un tipo real, de carne y hueso!
–No -sofocó Haftmann la risa-. No es eso lo que he querido decir.
Simplemente quería sugerirle que su Rubliov es un soñador, y con ello hará que la mayoría de las personas a las que querría llegar pierdan el interés. Esas personas que son de carne y hueso. ¿Correcto?
–¿Y eso por qué? No lo entiendo.
–Durante mucho tiempo el mundo ha estado repleto de jóvenes románticos e idealistas que piensan que sus destellos de intuición creativa son manifestaciones directas de alguna musa divina. Cuando esas ensoñaciones suyas no son más que antojos, estados de ánimo, pasiones innombrables y mal dirigidas. Y cuando el espíritu romántico pierde fuerza y los sueños palidecen, tienen que volver a enardecerse mediante dosis cada vez más fuertes de los estímulos más poderosos.
–¿Insinúa que yo soy uno de esos?
–No exactamente. Solo deseo prevenirle de que el romanticismo, en cualquiera de sus formas, representa una distorsión de la realidad.
Pawel no pudo evitar apreciar una enorme ironía en un comentario como aquel, viniendo de un hombre que a él le parecía caracterizado como un personaje wagneriano.
–Lo que me gustaría dejarle bien grabado es esto: que a pesar de haber leído solo un fragmento de su obra, he detectado un tufillo muy intenso a idealismo romántico; que ha idealizado a los rusos, y tal vez haya idealizado también la vida misma. Esto es algo que me preocupa.
Sinceramente asombrado, Pawel se preguntaba por qué a un comandante nazi le importaba lo más mínimo un rasgo como aquel en un súbdito de un país conquistado, en un hombre sin ningún poder, como él.
–¿Y por qué le preocupa?
La pregunta pareció turbar a Haftmann, que no respondió enseguida. Al cabo frunció el entrecejo y dijo:
–Tenga cuidado con esos jóvenes idealistas llenos de energía, se lo digo de verdad. La mayoría de ellos acaba mal, y esto se lo digo por experiencia, por cuanto Alemania ha producido legiones durante más de un siglo; la mayoría de ellos acaba volviéndose hacia las drogas o hacia los poderes más irracionales. Empiezan elucubrando abstracciones y acaban con montañas de cadáveres. – Haftmann desvió la mirada-. Están sucediendo cosas terribles. Yo… -Miró al suelo y frunció los labios-. No hablemos de eso. Baste decir que la guerra es algo brutal. Volvamos al arte.
–Doktor, sigo necesitando una explicación por su parte. ¿Cómo puedo hacer que mi Kahlia sea una mujer de carne y hueso, como usted dice?
–Hágala más parecida a Masha, y si es necesario haga a Masha más parecida a Kahlia. Por cierto, me gusta esa Masha tan terrenal. Ella sí es real. Kahlia es una abstracción. Necesita pasión, Pawel. Se lo repito: me preocupa usted. Sus pasiones están todas encerradas en su cabeza.
Pawel se sentía confuso, alternaba un sentimiento de halago por la atención que le dispensaban con otro de estar sufriendo una afrenta por la franqueza directa del análisis del comandante.
–¿No son reales las abstracciones, Doktor? Y esas grandes abstracciones que son la Verdad, ¿no son en cierto modo más reales que muchos de nuestros actos como personas de carne y hueso?
Haftmann se encogió de hombros.
–Yo he intentado presentar a Andréi como a un hombre real. Está enamorado de Masha. Anhela ser un padre de carne y hueso.
–Ah, sí -admitió Haftmann-, había algo de eso en el primer acto,
¿verdad? Claro que si la obra entera hubiera sido nueve décimas partes de pasión y una décima parte de abstracciones, y no al revés… -
Rompió de pronto en una sonora carcajada-. Espere, ¡había olvidado sus torrentes de ardorosa simiente!
Pawel se ruborizó.
Las carcajadas de Haftmann se sucedían incontenibles, y como Pawel no había sido hasta entonces testigo de tal comportamiento por parte del siempre digno comandante, se sintió como un completo idiota, y más que eso, como un idiota puesto públicamente al desnudo. Cuando Haftmann se hubo calmado, dijo con una sonrisa:
–Sí, sí, los torrentes esos suyos. No está mal… es terrenal, seminal.
Retiro lo dicho acerca de sus pasiones. Hay un hombre carnal en su interior, después de todo. ¡Dentro de ese ratón de biblioteca hay una fiera salvaje!
–La obra no es sobre mí -replicó Pawel con indignación.
–Oh, sí que lo es.
–No, no. Andréi es un hombre muy carnal, en gran medida, pero también muy espiritual. ¿Cómo es que no es capaz de verlo? Por eso tiene tanta significación su búsqueda de Kahlia.
–No hay que subestimar nunca el poder de la represión -dijo Haftmann para sí, divertido.
–Y al final de la obra no puede distinguir a Masha de Kahlia, ¿no es así? Masha es Kahlia. Así es como queda establecida mi tesis, ¡que el espíritu y la materia se entremezclan y penetran entre sí! La transfiguración del cosmos. La Creación es algo sagrado y lleno de luz.
El matrimonio puede ser santo, y el celibato puede ser santo. Cada uno de ellos puede ser una vía de amor. Cada uno, una pasión.
–Aún no he llegado al final de la obra. Tendría que apresurarme y volver a casa para leerlo.
Hizo ademán de levantarse, pero Pawel se había entregado a un ejercicio de abrirse nada propio de él.
–Así que ya lo ve, Doktor -dijo con tono enfático-, no se trata tanto de pasiones físicas, cuanto de anhelos del alma.
–Sí, pero ¿tomamos conciencia de esos anhelos a pesar de las pasiones, o más bien a través de ellas?
–No sé qué quiere decir con esa pregunta. Lo único que yo deseaba expresar en mi obra es que, puesto que la creación es sagrada, debemos amar. Debemos amar a toda la humanidad.
–Un sentimiento admirable. Permítame que le pregunte, ¿nos ama usted también a nosotros? ¿Ama a los alemanes? Pawel guardó silencio y desvió la mirada.
–Es muy fácil amar a la humanidad en abstracto -dijo Haftmann, observándole con curiosidad-. Amar a una persona individual es algo diferente por completo.
–En abstracto, como individuos concretos, todos son seres humanos.
–Seres humanos, sí, eso sí. Pero los seres humanos abstractos quedan siempre a una distancia prudencial.
–La distancia aporta objetividad. Cuando veo a esos hombres por las calles cargando un peso insoportable, contemplo sus caras y me digo: ahí está mi padre.
Pawel se quedó callado, sorprendido por las palabras que habían salido de su boca. Qué extraño, pensó, que haya cosas que solo nos damos cuenta de que las sabemos cuando las decimos en voz alta.
Haftmann no parecía muy convencido.
–¿A eso lo llama objetividad? A mí me ha sonado muy subjetivo.
Pawel continuó.
–Y esas mujeres hambrientas que entran en mi librería, para mí son como si fueran mi madre. Y en sus caras de viejas veo a las hijas que aún no tengo. En el pasado está escrito el futuro, y en el futuro veo el pasado. Y veo a mi esposa…
–Que tampoco tiene. Ahí es donde voy, Andréi… perdón, Pawel, nunca se verá libre de esa sensibilidad tan doliente hasta que no ame a una mujer real, en cuerpo y alma.
–Pero el amor es amor. Es una capacidad del alma, no solo el acto carnal. Cualquier perro puede engendrar cachorrillos. Uno puede engendrar un alma sin…
–Esa cuestión ya me supera -dijo Haftmann, visiblemente hastiado del rumbo que tomaba la conversación-. De una cosa estoy seguro: no hay placer en esta vida tan poderoso como el momento de éxtasis que tanto usted como yo, como nuestro canino amigo, poseemos en común, y que todos, hombres y animales, tenemos en tan alta estima.
Entregado a un regocijo privado ante su propio ingenio, Haftmann se reía entre dientes mientras Pawel, reducido al silencio, fijaba la mirada en la superficie del escritorio.
Sacudiendo la cabeza, Haftmann adoptó un tono meditativo para decir:
–¿Sabe? Mientras leía su obra, más de una vez me llamó la atención el hecho de que la sensibilidad que muestra en ella, que podría ser su mayor baza, aunque por desarrollar, sea visual.
¿Ha pensado alguna vez en probar con la pintura?
Pawel balbució:
–Sí, yo…
–Pero volvemos a lo mismo -le interrumpió Haftmann-, Polonia nunca ha sido una tierra que produjera grandes artistas plásticos.
–¿Qué me dice de los cuadros de Varsovia de Canaletto? – aventuró Pawel sin convicción.
–Era veneciano, la quintaesencia del turista italiano dieciochesco.
No, Polonia jamás dará grandes pintores. Grandes músicos, sí. Pero aquí no habrá nunca un Louvre, una Alte Pinakothek, un Palazzo Pitti, ningún museo depositario de algún genio autóctono.
Haftmann asentía con gesto sabio, mientras Pawel se esforzaba con denuedo y en vano por encontrar un solo nombre famoso que contradijera aquella aseveración. Haftmann prosiguió.
–En la quema de las Tullerías solo vi un cuadro polaco. Una obra encantadora, primitiva, vigorosa.
–¿Quién era el artista?
Haftmann se encogió de hombros.
–No estaba firmada. Su título, Zakopane, y el espíritu de la cultura popular de Galitzia que penetraba la obra confirmaban su identidad polaca. – Exhaló un suspiro-. Por desgracia ya no existe. Desapareció en forma de humo. Solo pude salvar unos pocos cuadros, y naturalmente se dio prioridad a las pinturas francesas.
–Ese cuadro polaco… -balbució Pawel-, ¿de qué trataba?
–¿Cuál era su temática? Representaba una cabaña en la montaña, un oso mirando un estanque de peces, un caballero luchando contra un dragón, ángeles que caían del cielo. – Hizo chasquear la lengua-. Una pena.
Haftmann se marchó. Cuando por fin fue capaz de moverse, Pawel subió pesadamente al apartamento. Anonadado, incapaz de dar crédito, acosado por una tormenta de incertidumbres, se preguntaba si
su cuadro habría permanecido expuesto siquiera por breve tiempo en un museo. ¿El Louvre? ¿El Petit Palais? ¿Tal vez incluso en el Museo Nacional de Versalles? Si este último era el caso, entonces era posible que Monsieur Rouault lo hubiera visto. Los recuerdos de su antiguo diálogo y del cuadro destruido se fusionaban en una oleada de la más negra angustia.
¡Que todo tenga que serme arrebatado!, se lamentó.
Más tarde, aquella misma noche, después de que David Schäfer se hubiera ido al desván, la angustia que Pawel había conseguido mantener encerrada dentro de sí durante unas horas irrumpió, liberada. Sentado en el borde de la cama, con el rostro hundido en las manos, Pawel lloró como no había llorado desde que era un niño.
–Nada de lo que hago vale nada -sollozaba-, ¡hasta esa obra de teatro! ¡Esa estúpida obra de teatro!
Las escenas de la pieza pasaban por su mente una y otra vez, revelándose como meditaciones insustanciales disfrazadas con los ropajes del arte. Escena tras escena, aburridas, rimbombantes.
–El arte, el arte -gemía, mientras veía las llamas devorar su único cuadro bueno, y veía también expandirse las fronteras de su ceguera.
–Un desperdicio -concluyó en un susurro-. Todo lo que toco se convierte en desperdicio.
Desconsolado por el cuadro perdido, o en realidad por la vida que había perdido y que podía haber tenido, Pawel fue incapaz de hacer nada durante días. Cerró la librería y salió a deambular por las calles, convirtiéndose en un espectador de los muchos dramas que en ellas se desarrollaban, recopilando más material para engrosar su archivo de historias banales, toda una enorme acusación contra el destino, o la providencia, o cualquiera que fuera el principio rector que dominaba las vidas de todos. Presenció incontables torrentes de contactos entre seres humanos que se cruzaban sin ejercer ninguna mutua influencia, sin sufrir interferencia alguna. Ni polacos ni alemanes percibían su presencia, pasaban junto a él como si fuera inmaterial, como si lo atravesaran. Iba a todas partes sin ningún tipo de temor, pues ya no le amenazaba la posibilidad de una muerte violenta y repentina.
No estaba sin embargo tan seducido por pensamientos en torno a la muerte como para suscitar por voluntad propia el interés entre los alemanes. Obedecía las normas de los ocupantes, regresaba ala librería todas las tardes antes del toque de queda y no hablaba con nadie. Se limitaba a recorrer la ciudad, tal y como había hecho durante las caminatas sin rumbo de su juventud, esperando algo que no tenía nombre, un mensaje de lo alto tal vez, una señal que, como la nieve, cayera de las manos de los ángeles.
Al tercer día, al cruzar las vías férreas principales en su camino hacia el este, por la calle Chmielna, reparó en el cartel de una calle: Zielna. Dobló por ella y siguió caminando hasta la manzana en que había vivido de pequeño. Por el lado izquierdo de la calle Zielna todas las bocacalles estaban cerradas mediante verjas o altas barricadas, y todas las ventanas de las casas de vecinos tapiadas. Al darse cuenta de que había llegado al límite del gueto judío, y de que la casa de su niñez estaba justo al otro lado de la calle del mismo, se paró unos minutos a meditar sobre aquel nuevo golpe del destino. ¿Qué fuerza había determinado que él naciera en el lado derecho, el bueno, del muro? Un soldado alemán de guardia junto a una de las verjas del gueto le hizo un gesto con el fusil para que continuara su camino.
Lanzó apenas una somera mirada a las ventanas del apartamento en que había vivido antes de llegar al final de la calle Zielna, y giró a la derecha, por Krolewska. La calle estaba aún dañada por el bombardeo de tres años atrás. Varios edificios habían desaparecido. En las aceras había montañas de escombros, sobre todo cascotes de ladrillos y cemento, que los trabajadores polacos cargaban en camiones, vigilados por soldados armados. Un niño de unos diez años se escabulló pasando junto a Pawel, con el fragmento de un madero en las manos y una expresión de frenesí en la mirada. Al verlo, los soldados se pusieron a darle voces mientras apuntaban con sus armas. El niño se metió disparado en un callejón, y no pareció que los alemanes tuvieran demasiado interés en perseguirle.
Pawel cruzó la calle en dirección a los Jardines Sajones. También aquí los daños eran considerables. Había grandes grietas en los paseos, en muchos lugares había desaparecido el adoquinado. Todo el terreno estaba lleno de los cráteres originados por las bombas. Varios de los
gigantescos y viejos castaños estaban astillados, algunos derribados.
Estos últimos habían sido completamente despojados de sus ramas más pequeñas.
Al llegar a un rincón del parque que quedaba algo oculto, se tropezó con un grupo de personas que trataban de derribar un árbol seco. Había quedado colgado en el borde de un cráter, con la mitad de las raíces al desnudo, inclinado de tal manera que permitía a ocho hombres agarrarse al tronco. En silencio, con la determinación marcada en los ojos, tiraban de él haciendo que se balanceara arriba y abajo una y otra vez, mientras el ángulo de inclinación iba cayendo poco a poco. Finalmente, haciendo un ruido como de tela al rasgarse, las raíces del árbol se desprendieron de la tierra, y el tronco golpeó contra el suelo con un ruido sordo. Los hombres se pusieron al instante a cortar las ramas más gruesas con pequeñas hachas y sierras de carpintero. Las mujeres se abalanzaron blandiendo cuchillos de cocina para cortar las ramitas más menudas, que ataban formando haces y ocultaban bajo los abrigos de sus hijos. Al cabo de diez minutos, el árbol no era más que un tocón, la gente se había dispersado en todas direcciones y Pawel se encontró solo.
Con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, el ceño fruncido, se quedó un rato mirando fijamente el lugar.
–Lo han despedazado buscando los secretos de la vida -susurró-, sin encontrar ninguno, después de haberlo matado.
Exhalando un suspiro, se puso en movimiento y miró a su alrededor, tomando plena conciencia del paisaje que le rodeaba.
–¿Nos culpas a nosotros? Es una tierra helada -dijo-. Aquí no hay secreto de la vida por ninguna parte. Mera supervivencia.
Se puso en cuclillas para inspeccionar las raíces. Qué extraño, pensó, que aquel árbol fuese casi de su misma edad; él habría podido pasar corriendo de niño junto al arbolito, haber tocado sus tiernos brotes, frotado su tronco aterciopelado, arrancado una hoja otoñal de él. Recordó aquellos días en que venía con mamá, Jan y Bronek a pasear por las alamedas de los jardines, a estirarse en el césped junto a los parterres de flores, mirando libros de pintores, aspirando el perfume de los rosales mientras mamá hablaba apaciblemente con
otras madres en un banco cercano y daba a Jan, a Bronek o a Pawel una ciruela o una rodaja de salchichón.
Un rayo de sol se abría paso ahora por entre el cielo encapotado de la ciudad. Iluminó el parque, barriéndolo con su luz, y pasó de largo.
Por un momento había aparecido un destello en el suelo, junto a las raíces desnudas. Una moneda tal vez. Pawel metió la mano entre la maraña de terminaciones retorcidas e intentó extraer el pedazo de metal. No se movió. El suelo estaba congelado. Con una esquirla de piedra, cavó en la tierra hasta sacar el metal a la luz.
Cuando lo desenterró, no supo al principio qué era. Una pequeña escultura o algo así. Lo volvió del derecho y vio que se trataba de un diminuto caballero luchando contra un dragón.
Al volver a Casa Sofía subió las escaleras del apartamento sin ver nada, aferrando la pequeña escultura como si fuera un ascua ardiendo caída del espacio. Aquel objeto brillaba de tal forma a la luz de sus recuerdos, su redescubrimiento había sido tan inexplicable, que Pawel sintió la conmoción que emana de un misterio insondable. No podía pensar, no podía hablar. Al entrar en la cocina encontró un tazón de sopa enfriándose en la mesa. Le habían zurcido y lavado los calcetines, puestos a secar sobre el radiador. Colgado de una percha tenía el chaquetón, en cuyo bolsillo superior encontró una nota escrita en yiddish, con su traducción al polaco:
Mi querido anfitrión:
El extraño y el residente han encontrado morada en su refugio. El huérfano se regocija. Los ángeles profieren gritos de alborozo. Con todos mis respetos,
D. Schäfer.
El 2 de febrero fue a visitar, por primera vez desde hacía muchos años, el convento de las Hermanas de la Visitación. Había unas pocas personas sentadas en los bancos, mientras un viejo sacerdote oficiaba la misa con voz débil. En el momento de la homilía, le costó aclararse la voz.
–Mis queridas Hermanas, mis hermanos y hermanas en Cristo, cae la noche, cada vez más hondo, en nuestra amada tierra. Se han suspendido las deportaciones a gran escala, pero sigue desapareciendo gente. No solo los judíos… una tercera parte de nuestros sacerdotes y seminaristas han desaparecido, miles de ellos, y si Dios no pone remedio, la mayoría no sobrevivirá a esta guerra…
Se le quebró la voz y no pudo continuar. Acabó de oficiar la misa con voz temblorosa, las monjas cantaron hasta el final sus hermosos cánticos y la congregación se apresuró a marcharse después de la Comunión, con la esperanza de que las palabras del sacerdote no hubieran llegado a oídos de ningún confidente.
De los seglares presentes, solo Pawel y una mujer se quedaron rezando. La sagrada Hostia le quemaba en el pecho. El tiempo parecía estirarse, y detenerse por completo, hasta que la celadora hizo sonar una pequeña campanilla y acompañó fuera a los dos visitantes que quedaban.
Había empezado a caminar con paso lento por la calle Krakowski cuando la mujer le alcanzó. Era la señora Lewicki.
–Pan Tarnowski, tengo que hablar con usted. He rezado por usted en acción de gracias en la misa de esta mañana. – La mujer le cogió de la mano-. Mi esposo se ha curado. Es un milagro. La medicina le ha ayudado mucho, le alivió los sufrimientos, su cuerpo se recuperó. ¡El hombre pone de su parte y Dios de la suya!
Rebuscó en un bolso de tela y sacó un paquete envuelto en papel de periódico.
–Tenía intención de dar dos hogazas de pan a las hermanas para agradecerles sus oraciones. Pero luego le he visto cuando ha pasado a comulgar y le he guardado una.
–Es muy amable de su parte, no tiene por qué -murmuró él.
–Tampoco usted tenía por qué volver aquel día, con el dinero de más por los libros. Cuando vino a traerme el dinero fue como si lo estuviera soñando. Solo un minuto antes, estaba al límite de mis fuerzas, rezando de rodillas, suplicando un milagro. Estaba desesperada. Seguía rezando porque era lo único que sabía hacer. «El cielo guarda silencio», pensaba. «El cielo guarda silencio, y el mal se adueña del mundo. Acabará venciendo.» Entonces llamó usted. Con
aquello ya podía comprar medicinas. Y ahora mi marido vive y trabaja. Podemos volver a comer. Se lo agradezco.
–No me lo agradezca a mí. Yo he hecho muy poco, nada. ¿Usted cree que el mal se adueña del mundo?
–¿Cómo puede preguntarlo? Mire a su alrededor.
–Es desolador, es verdad. Pero a veces me pregunto si no será una cuestión de pasar pruebas. Sí, las pruebas son cada vez mayores. El mal no puede crecer. De vez en cuando se le permite que aflore. Y nosotros sufrimos y morimos, y luego vuelve la vida, y el mal retrocede y regresa a las sombras.
La mujer rompió en lágrimas.
–Mi hijo no ha vuelto. ¿Dónde está? ¿Dónde?
Pawel le tocó el brazo.
–No pierda la esperanza, pani.
–Ya lo sé, ya lo sé. Hay que ser valientes. Con Dios todo es posible.
–Sí, todo. Muchas cosas que se han perdido, volveremos a encontrarlas.
–Cosas, sí, y personas -suspiró ella-. Sobre todo las personas.
–Y las señales también -murmuró él-. Y los símbolos, para que no se pierda el lenguaje. Mensajes que caen como la nieve.
Ella le miraba sin comprender. Se secó los ojos y le cogió ambas manos entre las suyas.
–Es usted un joven tan bueno… Necesita una esposa que cuide de usted. Conozco una chica encantadora, la sobrina de mi cuñada…
–Gracias, pani Lewicki -dijo Pawel como si acabara de despertar-, pero en las circunstancias actuales me sería imposible mantener esposa e hijos. Cuando acabe la guerra, a lo mejor…
Ella le dio unas palmaditas en las manos.
–Un joven tan bueno… -suspiró-. Desde luego, la sobrina de mi cuñada no es más que una granjera. Usted es un caballero. Tendría que casarse con una chica con clase, con educación. Había tantas señoritas en la universidad que hubieran podido ser una buena esposa para usted… Yo limpiaba las habitaciones de la sección de música. Me acuerdo de una… tan amable, tan inteligente, con tanto talento. Era la hija del profesor de piano. A veces daba clases también allí, y solía tocar en los recitales. Se llamaba Elzbieta. ¿La conocía? Debería
acordarse de una joven con un vestido de terciopelo verde oscuro, con el cuello blanco bordado… mmm, tan bonita…
Pawel asintió con la cabeza.
La expresión de los ojos de la señora Lewicki se ensombreció de pronto con rústico rencor.
–El día en que vinieron a detener a los profesores, ¡oh, nunca olvidaré aquel día espantoso!, la agarraron de su larga trenza dorada, como se lo digo, y la arrojaron al camión, junto con todos los demás, como si fuera una bolsa de basura. No pude dormir durante una semana.
Al volver a llenársele los ojos de lágrimas, no vio a Pawel Tarnowski alejándose a toda prisa calle abajo.
–Kahlia -musitaba-. ¡Kahlia!
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