El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 6 de 59

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El Librero de Varsovia

Capítulo 3

Otros sueños, otros recuerdos. El de un hombre delgado, pálido como un cadáver, llegando a lo lejos con mamá, Babscia, el abuelo y el tío Tadeusz. El hombre se detenía al vislumbrar la casa con una mirada de vago reconocimiento, con los ojos como cuencos y la boca torcida, apretando los labios.

Y Jan y Bronek que corrían camino abajo y se abalanzaban sobre él riendo y gritando, papá, papá, papá, y todos, mayores y niños, temblaban de emoción. Y papá que se arrodillaba para abrazar a sus hijos, y papá que gemía.

Solo Pawel se quedó atrás, con la cara contraída y mirándose los pies.

–Ven, Pawelek -le llamó mamá-. Es papá. Ven a darle un beso.

Pawel dio media vuelta y echó a correr tan rápido como pudo hacia la colina, a lo más espeso del bosque. Cuando pasó junto al estanque empezaron a saltársele las lágrimas, sus pies resbalaron con las cerezas negras que había esparcidas y cayó al suelo. Escondió la cara entre los puños y gritó. Siguió gritando hasta que le dolió la garganta y pudo vomitar de su alma el olor a aguardiente de cerezas, aunque enseguida volvió a sentir arcadas.

Unas manos lo agarraron y lo elevaron. Él no dejaba de revolverse y dar patadas. Otras manos le quitaron los puños de la cara, y entonces vio que quien le sujetaba era el hombre pálido y delgado, al que le temblaba la barbilla, mal afeitada, y derramaba desde lo más profundo de sus ojos una tristeza más oscura que la noche.

–Oooh, oooh, mi Pawelek -le tranquilizó mamá, tomando al niño de las manos de papá y abrazándole bien fuerte-. ¿A qué viene esto? ¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?

–No me conoce -dijo papá en tono mortecino y dándose la vuelta.

–Está asustado -rió el tío abuelo, que acababa de llegar balanceándose desde el granero-. Anoche hubo lobos aullando.

–Pero si anoche no aulló ningún lobo -replicó Jan.

–Estabas dormido -le gruñó el tío abuelo- y no pudiste oírlos.

Y la vida volvió a la normalidad. En la ciudad no había osos.

Tampoco lobos. La pesadilla iba y venía. Casi todos los días papá se sentaba en la cocina y se quedaba mirando la pared o leyendo los periódicos. Jan y Bronek lo obligaban a ejercer de papá, lo hacían sonreír y lo arrastraban al parque

o al zoo. Pero Pawel no permitía que papá lo tocase, y solo lo miraba a escondidas.

Empezó el colegio. Tenía miedo de los compañeros que le intimidaban, del rugido de los coches en la calle, del profesor que le golpeaba los nudillos con una vara de madera siempre que olvidaba que estaba en clase y dejaba que sus ojos salieran volando más allá de la ventana, como una golondrina que busca cobijo entre las nubes.

Aprendió a leer y a escribir. Empezó a leer libros, igual que Jan y Bronek. Prefería estar solo, o descansar por la noche en el salón en brazos de mamá.

–No le caigo bien -le murmuró una vez papá a mamá cuando ya se había dormido.

–Lo que pasa es que no te conoce -contestó mamá-. Un día te conocerá y te querrá.

–Me querrá… -empezó a decir papá, desconectado de todo y clavando los ojos en la pared.

Pasó un año más y papá se puso bien. Aunque seguía siendo muy delgado, ahora ya podía jugar con los dos mayores, a los que rodeaba con los brazos, apretándoles las caras contra sus músculos. Con el tiempo, Pawel se dejó aupar en los hombros de papá cuando iban al parque o a misa. Era algo que le daba mucho miedo, ya que podía dejarlo caer, y entonces quedaría aplastado sobre la acera lo mismo que un huevo; luego todos notarían el olor a podrido y tendrían que barrerlo con una escoba para arrojarlo al fuego, donde se quemaban las hojas de los castaños en otoño. Pero papá nunca lo dejó caer.

Tampoco llegaron a dirigirse la palabra jamás, aunque a veces papá se lo quedaba mirando, y él también miraba a papá.

Papá empezó a trabajar como escribiente en un despacho de abogados. Había más comida, y también muchas celebraciones llenas de alegría. A veces, Pawel reía, y cuando eso ocurría todos comentaban el hecho, lo acariciaban, lo arrullaban con cariño y eran felices. Hasta papá sonreía, y desde el otro extremo de la habitación ofrecía a Pawel la mano, suplicándole con los ojos para que se acercara a él. Pero nunca lo hacía. Se marchaba a su cuarto y se ponía a leer un libro bajo la protección de las sábanas.

Aprendió entonces que hay silencios que otorgan poder a las personas. Había quien se movía en torno a él lo mismo que un río rodeando una isla. Otros preferían no acercarse. Y aunque también servía de atracción para otros, que se le acercaban como queriendo meterse dentro, lo cierto es que al final también renunciaban.

Cuando tenía ocho años pasó un verano estupendo en Zakopane.

Allí tuvo una aventura maravillosa con el abuelo. Entraron los dos en una cueva muy grande, armados con una espada, con la excusa de matar al dragón que habitaba en lo más profundo de la caverna. Pasó mucho miedo, pero sobrevivieron. A partir de entonces empezó a llamar al abuelo «JaJa», lo cual hacía que el abuelo se sintiera muy contento. Antes de terminar el verano, el tío abuelo murió, atragantado con un hueso de pollo.

–Es lo mejor que podía pasar -oyó Pawel decir a Babscia en un susurro dirigido al abuelo, mientras se alejaban de la tumba.

–Era mi hermano -contestó el abuelo-. No siempre fue así.

–Hasta que se convirtió en lo que era.

–Lo destruía todo, todo.

Y por primera vez en su vida, Pawel vio a un hombre viejo y fuerte hundiéndose y sollozando sin poder contenerse.

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