El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 34 de 59

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El Librero de Varsovia

Teófanes

Por fin oímos la dulce campana de la humildad.

De acuerdo, quédate también.

Claro que será una humillación para ti tener algo que aprender, siendo tu talento tan portentoso.

Te ofrezco otra cosa más especial. Serás insustituible, necesario para nuestra causa.

DANIIL

¡Espléndido! ¿Cuándo empiezo?

TEÓFANES

Inmediatamente:

prepararás los pigmentos, y una vez hecho esto limpiarás los pinceles,

y después de eso fregarás el suelo.

Estoy convencido de que todo lo harás

como corresponde a un verdadero genio.

Teófanes se aleja hacia la derecha, encorvado sobre su bastón y arrastrando los pies. Daniil está hecho una furia. Resopla y se queda cruzado de brazos de modo melodramático.

ANDRÉI

Daniil, lo siento.

Daniil se sacude de encima la mano de Andréi y sale haciendo el máximo ruido posible con los pies. A esto le sigue durante unos pocos segundos el sonido apenas audible de una música bellísima. Andréi se ha quedado solo en el escenario. Ahora mira a derecha e izquierda.

Música que no suena. Fuego en los huesos.

Se vuelve de cara a la pintura del rostro de Cristo en el ábside central.

El dorado es gloria, el rojo es dolor, el azul es sabiduría, el blanco es pureza.

Todos se mueven juntos en el baile que es certeza. Todos inhalan belleza [inhalando]. Todos exhalan sabiduría [exhalando].

Se oye el breve canto de una alondra.

¡Un pájaro nocturno!

Se vuelve en todas direcciones, como buscando algo.

¡Kahlia!

Silencio.

El camino nace de los sueños y al morir vuelve a ser un sueño.

Lo único que queda es el ahora,

el instante en que el alma prefiere llorar más allá de su espacio y de su tiempo.

De cada alma humana nace una palabra, o se le arranca antes de nacer.

Luego vive durante cierto tiempo y va con ella hacia la tumba.

[Señalando el mural con aspavientos] Pero he aquí una palabra que habla en todas las lenguas del hombre.

La bella melodía de antes vuelve a sonar ahora; apenas se oye, pero va subiendo de volumen poco a poco.

Es la canción que resuena a través de los siglos y que escuchan todos los niños de la tierra.

«Oíd, pequeños, oíd», canta.

«Oíd. El gran misterio no es solo un prodigio plasmado en la pared.

Está dentro, dentro de todos nosotros.»

[Mirándose las manos] Ay, no estoy seguro. ¿Sería mejor quizá ser un artista de la azada?

Esta carne ha nacido para el yugo.

No sirvo para nada.

Soy tan pobre.

Música. Las luces se apagan, iluminando solo en medio de la oscuridad la imagen del rostro de Cristo.

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