El Librero de Varsovia
Frente para la Restitución de Polonia
FRENTE PARA LA RESTITUCIÓN
DE POLONIA
–¿Es esto verdad? – Ya te lo he dicho… ¡es verdad! – ¿Cómo puedes saberlo? – Lo sé. Créeme, lo sé. – Me parece demasiado fantasioso, no puede ser verdad. ¿Y qué quieres que haga con esto? Si lo cuelgo en la librería, soy hombre muerto. – No te pido que hagas una cosa tan estúpida. Lo que me interesa es tu prensa, tenemos que hacer copias. Pawel sacudió la cabeza. – No. – Cada hora que pasa se derrama más sangre inocente, ¿y tú dices que no? – No podríamos evitar que nos cogieran. La prensa es muy ruidosa. Además, lleva tres años en
el sótano. Tiene piezas oxidadas. No sé si la tinta aún servirá. ¿Y de dónde sacaría el papel? – ¿No tienes papel? – dijo Bronek consternado.
–Bueno, tengo un paquete de papel de escribir a máquina escondido, pero quería reservármelo.
–¡Maldita sea! – exclamó Bronek, dando un golpe sobre la mesa-.
¿Para qué estás reservándotelo?
–Había pensado escribir algunas cosas -murmuró Pawel. Su hermano se quedó mirándolo, sin poder decir nada. Pawel se ablandó.
–Me quedaré un centenar de hojas, y tú puedes quedarte con el resto.
Bronek le agarró del brazo.
–Dios te bendiga -dijo en un susurro.
–En cuanto a la prensa offset, está desajustada.
Y entonces, impulsado más por vergüenza que por patriotismo, dijo: «Tengo una cosa que puede que te sea útil. Ven.»
En un rincón del sótano, debajo de una lona carcomida, encontraron una antigua prensa mecánica manual. El carro negro esmaltado estaba en buen estado, pero los rodillos empezaban a oxidarse. Pawel la limpió con un trapo. Accionó la rueda, el engranaje se puso en funcionamiento, y los rodillos se activaron casi sin hacer ruido.
–Es lenta, pero segura -dijo, como si no creyera en sus propias palabras.
–Es perfecta.
De una caja de madera envuelta en un hule Pawel sacó un paquete de papel, que dejó en un banco de trabajo junto a la prensa. Contó cien hojas, que separó.
–Estas me las quedo, el resto son tuyas. Tengo la esperanza de que lo que yo escriba en mi parte del papel ayude a tantas personas como lo que escribas tú en la tuya.
–¿Qué piensas escribir, para que ayude a la gente?
–No lo sé.
–Eres todo un enigma, hermanito -dijo Bronek, sacudiendo la cabeza.
–Bueno, vamos a colocar los tipos. Es domingo, no nos molestará nadie.
Mientras trabajaban codo con codo, Pawel se preguntaba si informar a Bronek o no acerca del fugitivo del ático… Por una parte deseaba demostrar que no era menos que los más valientes, y que también él era capaz de proporcionar refugio. Pero decidió no decir nada. La personalidad de Bronek y la opción que había tomado por la clandestinidad le abocaban casi con toda seguridad a un final fatal. Si le capturaban, lo mejor sería que supiera lo menos posible. Por otro lado, si lo cogían y confesaba haber impreso las copias en Casa Sofía, el final sería el mismo. Con todo, no mencionó a David Schäfer.
Una vez los tipos correctamente dispuestos, Pawel instaló la bandeja en la prensa y dejó a Bronek imprimiendo. Al volver horas más tarde al sótano, encontró a su hermano exhausto.
–¡He impreso un millar de copias! – masculló Bronek-. De ocho mil novecientas. Pensar que con esa prensa grande de ahí estaría todo el trabajo hecho en dos horas…
–Sí, y nosotros estaríamos en el cuartel general de la Gestapo antes de acabar el día.
Bronek trabajaba día y noche. De vez en cuando contaba con la ayuda de ciertas figuras anónimas que se colaban deslizándose por el tobogán de la carbonera, y que se marchaban por esta misma abertura.
Pawel previno a David de que había gente en la casa, entrando y saliendo a todas horas. Debía extremar por tanto las precauciones para
no dejarse ver y evitar hacer el menor ruido.
–¿Son personas peligrosas, pan Tarnowski?
–No son alemanes, ni colaboracionistas. Trabajan para la resistencia. Pero en estos momentos hay que contar con que nadie es de fiar, y cuando digo nadie quiero decir nadie.
El rostro del muchacho permanecía concentrado, como si sopesara el valor de aquella observación.
–¿Nadie? – Nadie. – Pienso que eso es una afirmación general que no deja espacio para las distinciones. – ¿Qué? – medio rió Pawel. –
Usted, pan Tarnowski, es una persona en quien se puede confiar. –
Pawel se encogió de hombros. – No estés tan seguro. – Estoy seguro -
dijo el chico con voz grave, con una expresión a la vez profunda e inescrutable.
9 de octubre de 1942
Kahlia:
¿Por qué me resulta tan difícil escribirte esta noche? El sonido de los disparos ha ido disminuyendo hasta hacerse el silencio. Solo se oye el tictac del reloj de pared junto al busto de Paderewski. Mi escritorio se ha convertido en un paisaje completo por sí mismo. En cada uno de sus niveles hay secretos ocultos. En el sótano hay héroes afanosos, que planean furtivamente una revolución de ratones. Allá arriba, en el ático, hay una presencia extraordinaria, un ascua ardiente colocada en un lecho de libros mohosos. No entiendo por qué esta casa no arde en llamas. Que un ser humano tan joven, tan vital, busque la sabiduría es para mí un gran enigma.
David Schäfer me ha dicho una cosa esta mañana. «Entre nosotros hay un dicho: el
hombre que no tiene nada es el hombre que lo tiene todo.» ¡Vaya una frase difícil! ¿Quién es este sabio? ¿Y por qué ha venido a parar a mis manos? A mí, de entre todas las
personas posibles… ¡un hombre aquejado de introversión y de un temperamento hipersensible!
Le tengo miedo. Aunque su presencia, de una forma misteriosa y sin precedentes, ha traído un poco de felicidad a la celda de mi prisión.
¡Qué absurdo! Cuando se vaya, la oscuridad será aún mayor que antes.
Quizá es por eso por lo que me inspira temor. Pero también he acabado sintiendo afecto hacia él. Un caso clásico de transferencia, por supuesto.
El paria despreciado, el solitario que sufre, el desposeído… Le miro y veo (¡oh, la más extraña de las imágenes ilusorias!) mi propio rostro.
No me atrevo a utilizar la palabra amor. Es un término que disimula nuestra búsqueda egoísta de alivio de la soledad. Pero ¿por qué siento los mismos sentimientos que sentí una vez, y que todavía siento, por ti, Kahlia? Es una pasión muda. No se trata de un impulso de naturaleza carnal, como los deseos furtivos de mi famoso escritor.
¡Oh, que no sea eso!
¡No debo sentir nada! ¡No puedo! Hace demasiados años que renuncié a mi corazón. ¡Soy una piedra!
El lenguaje es un don, dice. Y también una desgracia, respondo yo en silencio. Tan candoroso rostro no podría soportar la expresión de esta verdad. Un puente es una promesa de comunicación, pero puede ser demolido tan fácilmente, acrecentando la crudeza del aislamiento…
Él intenta de forma reiterada tender un puente sobre el vacío enseñándome palabras en yiddish o en hebreo. De esta misma noche:
«Mi talit y mi yarmulke son todo lo que me queda». Y me explica que el primero es su chal para las plegarias, y el segundo el solideo.
Yo le respondo: «No tienes nada. Así pues, lo tienes todo».
Su rostro se ensombrece, y permanece en silencio. Entonces veo con desnudez el perenne
problema del hombre. Aun en una persona tan dotada como es este joven prodigio, las
convicciones de un gran intelecto no consiguen necesariamente transformar el corazón.
Bronek terminó el trabajo al amanecer del miércoles.
–Pawel, tienes que ir a ver a Jan -dijo cuando se marchaba-. Anoche alguien me dijo que habían arrestado a Sara y a Itsak.
Y se fue cargado con un paquete de carteles ilegales.
Después de cerrar la librería temprano, Pawel se encaminó a la calle Swietokrzyska. La tienda de Jan estaba cerrada, y las cortinas de
las ventanas del piso superior echadas. En el apartamento no había nadie. Al bajar la calle, a media manzana, una anciana que vendía cazuelas de metal abolladas sentada en una caja de madera le informó:
–Pan Tarnowski se ha ido a la entrada principal del gueto a buscar a su mujer y a su hijo.
Encontró a su hermano plantado a cinco metros de la alambrada, estirando el cuello y mirando de un lado para otro. En el poste junto a la entrada había un cartel que decía:
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