El libro negro
Tálnoye
Cualquiera que se haya paseado a lo largo de la línea del ferrocarril que transcurre sobre un terreno elevado junto a la ciudad de Tálnoye habrá podido observar el solitario edificio del matadero, ubicado en la ladera de una colina a las afueras de la ciudad. Fue en ese edificio que ocurrió la tragedia que se abatió sobre la ciudad de Tálnoye: la masacre perpetrada por los alemanes contra muchos miles de inocentes. Situada en la región de Kíev, más de la mitad de la población de Tálnoye la constituían judíos. De todos ellos, tan sólo uno salió con vida: el carnicero Yulin, empleado del matadero metropolitano.
El 19 de septiembre de 1941 el comandante alemán al mando de la ciudad ordenó censar a todos los judíos residentes en Tálnoye. Cuando los judíos acudieron a la plaza de la comandancia para ser censados, se les informó que serían enviados por grupos a la ciudad de Umán. Los ancianos incapaces de trabajar fueron apartados y conducidos al cine y al club obrero: un día después todos fueron fusilados.
A pocos kilómetros de la ciudad, en medio del bosque Kulbida, se encuentra la población de Belashki. Fue precisamente allí donde obligaron a detener la marcha al grupo de judíos de Tálnoye y masacraron a más de un millar de personas disparándoles con ametralladoras.
La ucraniana María Fiódorovna Rosenfeld, de soltera Moskalenko, quien trabaja actualmente como contable jefe y adjunta al secretario del Comité del Komsomol en Tálnoye, estaba casada con un judío. Todas las rusas y ucranianas casadas con judíos y que tenían hijos con ellos fueron encerradas en tres apartamentos de un mismo edificio, junto a unos pocos ancianos. Cerca de un centenar de personas esperaban la hora de la muerte recluidas en unas pocas habitaciones minúsculas.
Al alba del 17 de abril de 1942, [día del cumpleaños de Hitler], cuando los relojes marcaban las cinco de la mañana, los involuntarios inquilinos de los tres apartamentos fueron conducidos al patio. Los alemanes arrancaron a los hijos de padres judíos de manos de las madres. Los hijos del matrimonio Moskalenko-Rosenfeld contaban cinco años, el varón, y tres años, su hermanita. Los alemanes habían concebido un castigo para aquellas madres mucho más refinado que la ejecución. Todos los niños fueron subidos a un camión arrojándolos como si se tratara de leños. Después se los llevaron a aquel sitio horrible y maldito, junto al matadero que se divisa cuando uno se pasea por el terreno elevado por el que transcurre la línea del ferrocarril. Allí fueron ejecutados a tiros. A las madres las dejaron con vida: los alemanes sabían que el mazazo recibido les impediría recuperarse jamás.
El fotógrafo Pogoretski, ruso, estaba casado con una judía. Su mujer y el hijo de ambos fueron ejecutados. A Pogoretski no le quitaron la vida. Los partisanos consiguieron dar muerte al responsable de la aldea Glíbochka, un colaborador de los alemanes. Al día siguiente los alemanes ejecutaron a todos los miembros de dos familias judías, los Sigalovski y los Jersonski. El cadáver de una mujer judía apellidada Rátushnaya estuvo expuesto largo tiempo frente a la sede de la comandancia alemana. Del cuello le colgaba una botella vacía: Rátushnaya tenía el encargo de llevar la leche a un alemán, pero a éste le pareció que la leche no era lo suficientemente espesa. Los SS tenían un método para matar a los niños judíos: los levantaban sujetándolos por el cabello y les disparaban en la oreja. A un niño enfermo de tina un SS intentó levantarlo tirándole de la oreja. No lo consiguió y el niño cayó al suelo. Entonces el SS le arrancó los pantalones y le destrozó los genitales a patadas. «¡A ver si ahora consigues reproducirte, judío!», le gritó, mientras sus camaradas reían.
VLADIMIR LIDIN