El libro negro
Yo fui adoptada por la familia Lukinski (Declaración de Polina Ausker-Lukínskaya)
Yo fui adoptada por la familia Lukinski (Declaración de
Polina Ausker-Lukínskaya)
El 21 de julio de 1941 salí de Minsk, donde cursaba el segundo curso en el Instituto de medicina, y me dirigí a Borisov, donde vivían mis padres. Quería despedirme de ellos antes de marchar al campamento de pioneros donde me disponía a trabajar durante todo el verano. Tenía previsto marchar de Borisov el día 23, pero no pude hacerlo. El 22 de junio la radio informó del ataque alemán contra nuestra Patria.
Los alemanes llegaron a Borisov en los primeros días de julio. [No me dio tiempo a evacuar la ciudad. Asustada por los relatos de las atrocidades que cometían los ocupantes, permanecí encerrada en casa durante dos semanas.] Los alemanes iban de casa en casa interesándose por la nacionalidad de sus inquilinos y confiscándoles sus mejores posesiones. El 25 de julio comenzó la instalación del gueto. Toda la población judía de la ciudad fue obligada a abandonar sus casas y trasladarse a un sector de las afueras de la ciudad rodeado de alambradas [del que antes fueron evacuados los rusos.
Se nos prohibió todo contacto con el mundo exterior. En todas las calles y puertas de acceso al gueto los alemanes colgaron anuncios en los que se leía: «Restringido el paso a los judíos». Cada paso que dábamos era controlado por los guardias que vigilaban el perímetro del gueto y por la policía interna del mismo. Para abandonar el gueto se requerían pases especiales.
Toda la población del gueto estaba obligada a llevar distintivos cosidos a las partes anterior y posterior de sus ropas. Éstos eran de un color amarillo muy vivo. La ausencia del distintivo o el mero hecho de llevarlo cubierto con un pañuelo se castigaban con el fusilamiento.
Se dictó también una orden dirigida a los rusos. «En caso de encontrarse en la calle con un judío, se debe cruzar a la acera contraria. Se prohíbe todo intercambio de saludos u objetos entre rusos y judíos», establecía. El incumplimiento de esa disposición acarreaba idéntico castigo para rusos y judíos: el fusilamiento.]
Los días transcurrían más o menos de la siguiente forma… Todas las personas aptas para trabajar estaban obligadas a presentarse en la plaza central del gueto a las ocho de la mañana. Allí los dividían en grupos y se los llevaban al trabajo vigilados por convoyes. Ninguno de los judíos que salían a trabajar por las mañanas tenía la certeza de regresar vivo al gueto. La ración diaria consistía en ciento cincuenta gramos de pan. El hambre se adueñó de todos. El hambre, las infernales condiciones de trabajo y el hacinamiento provocaron la rápida aparición de enfermedades infecciosas. No había medicamentos para tratar a los enfermos. Las muertes se sucedían sin cesar.
Los alemanes ordenaron entregar toda la ropa de abrigo que conservaban los judíos del gueto: abrigos de piel, botas de fieltro, chaquetas, guantes, etc. Después exigieron la entrega de todos los objetos de oro y plata. Amenazaron con fusilar a quinientas personas si no recibían todas las piezas de abrigo y a un millar en caso de reticencia a entregar el oro. Poco después exigieron también la entrega de la ropa de lana: calzones de punto, camisetas, jerséis… Cuando hubieron obtenido todo lo que exigían, nos impusieron una contribución de trescientos mil rublos.
Muy poco después dio comienzo el exterminio en masa de los judíos.
Todos los judíos residentes en aldeas y caseríos fueron asesinados. A las seis de la mañana del 20 de octubre la policía cercó el gueto de Borisov. Desde mi alojamiento, en el centro del gueto podía escuchar los gritos de los adultos y los llantos de las criaturas. Sacaban a la gente por la fuerza, la subían a los camiones y la conducían al «trabajo», es decir, al lugar de la ejecución. A las cuatro de la mañana del 20 de octubre se llevaron a mi padre, a mi madre y otros de mis seres queridos. Pude escuchar los gritos desesperados de mi madre pidiendo socorro… ¿Qué podía hacer yo? Oculta con mis hermanos de once y quince años en una buhardilla, fui testigo de cómo se los llevaban a todos a ejecutar. La masacre se prolongó durante tres días. Los verdugos hicieron todo lo posible por disimular que estaban perpetrando una ejecución en masa. Así, prohibieron la circulación por las calles que rodeaban el gueto y dieron tres días libres a los empleados en la peletería contigua al perímetro del gueto. Camiones cargados de judíos salían del gueto sin cesar y regresaban trayendo las pertenencias de las víctimas. Toda escapatoria era imposible, pues las calles estaban llenas de policías que disparaban como locos cuando sospechaban de cualquier conato de fuga.
Desde la buhardilla escuché las voces de los alemanes rebuscando en nuestra casa y cargando con todo lo que les apetecía. Su estado de embriaguez resultaba evidente. También escuché los gritos desesperados de una joven a la que habían dado alcance cuando intentaba escapar. La sometieron a torturas insoportables. [«¡Soy rusa!», gritaba la muchacha. Pero de nada le sirvió, porque la mataron igualmente.]
Al tercer día la policía irrumpió de repente en la buhardilla donde habíamos permanecido ocultos. Tras obligarnos a tumbarnos en el suelo con los brazos extendidos, nos sometieron a un rápido cacheo y se incautaron del dinero y los objetos de valor que llevábamos. Después nos reunieron con un grupo de otras sesenta personas y nos llevaron a ejecutar. Algunos resultaron estar demasiado enfermos como para poder andar al paso necesario: fueron fusilados en plena calle.
Nos llevaron al aeródromo de Razuvaevka, a unos dos o tres kilómetros de la ciudad. Ese era el lugar de la ejecución: se advertía que la tierra estaba removida en algunos puntos y hollada por los pasos de centenares de personas. Alcancé a ver algunas cabezas cubiertas a medio de tierra. Allí nos obligaron a desnudarnos, nos proveyeron de palas y nos ordenaron cavar una zanja. Los documentos y fotografías personales que llevábamos fueron destruidos minuciosamente. Teníamos que cavar a toda prisa. Toda muestra de flaqueza era castigada a culatazos. Yo me iba quedando rezagada, porque tenía que cavar por mí y por mi hermano pequeño, lo que me valió recibir varios golpes. A cierta distancia, unos alemanes tomaban fotografías entre carcajadas.
Cuando las zanjas estuvieron listas, nos obligaron a colocarnos frente a ellas. Comprendí que se disponían a dispararnos por la espalda. Situado en un extremo de la hilera de condenados, era la que más cerca estaba de los alemanes. Entre ellos estaba un austríaco que me conocía, pues antes había trabajado fregando suelos en su unidad militar. Busqué su mirada y el hombre, al reconocerme, me saludó con la mano. Eché a correr hacia él, desoyendo las protestas de los policías. Kovalevski, el jefe de la policía, me preguntó mi apellido, pero el austríaco [le aseguró que yo era rusa y] me llevó hasta su automóvil. Cuando el coche se puso en marcha de camino a Minsk escuché el tableteo de las ametralladoras. Masacraban a inocentes. En apenas
tres días fueron exterminados más de diez mil judíos.[114]
A unos veinte kilómetros de Minsk, mi benefactor me hizo bajar del automóvil y me despidió diciendo: «¡Sálvate como puedas!». Esa primera noche la pasé a la intemperie, estremeciéndome cada vez que escuchaba algún ruido. «¿Adónde diablos voy a ir?», me preguntaba. Cuando amaneció me encaminé hacia Minsk, ciudad donde había vivido dos años en el pasado y tenía conocidos y parientes. Encontré a Minsk en ruinas, especialmente el centro de la ciudad. Como carecía de documentos de identidad, me fui directamente al gueto. Allí conté todo lo que había visto en Borisov. Tras pasar un día en la ciudad, decidí seguir camino hacia el este. Quería llegar hasta la línea del frente y unirme a los nuestros.
Después de superar innumerables obstáculos, llegué a Smolensk el día en que se celebraba el aniversario de la Revolución de Octubre. No conocía a nadie en la ciudad. De pie en medio del puente que cruza el río Dniépr, me preguntaba dónde podría encontrar cobijo. Caía la noche y comprendí que no me quedaba otra que ir a pasar la noche al gueto de Smolensk, ubicado en Sadki. Ya para entonces el frente se había movido muy lejos al este y mis fuerzas se habían agotado. Decidí quedarme un tiempo en Smolensk. Pero no podía hacerlo en la propia ciudad, donde me exponía a ser descubierta, así que busqué cobijo en los suburbios. Alguien me dijo que acudiera a Serebrianka, a cuatro kilómetros de Smolensk, donde aún vivían los Morozov, una familia judía que no se había trasladado al gueto. En efecto, pude pasar la noche con ellos, pero no mucho más. Los Morozov se habían atraído la vigilancia de un intérprete de alemán que trabajaba en el aserradero y no podían correr riesgos. Me aconsejaron pedir ayuda a una familia rusa, los Lukinski. Acudí a ellos, les conté mi historia y me acogieron en su casa.
Los Lukinski ponían en riesgo sus propias vidas al ofrecerme refugio, pero eso no los detuvo: me trataron como a una hija.
[Necesitaba documentos de identidad con toda urgencia. Los Lukinski me presentaron a varias jóvenes rusas y una de ellas, Pechkúrova, aceptó acudir a la oficina de pasaportes y gestionarme uno a nombre de su amiga Olga Vasílievna Jrápova. A partir de entonces pude comenzar una nueva vida con nuevos nombre y apellido. Ya provista de documentación pude encontrar un empleo. Me habitué rápidamente a mi nueva familia y muy pronto los Lukinski ocuparon el lugar de mis padres, asesinados por los alemanes.]
Los Morozov fueron detenidos el 10 de noviembre. Antes, los Lukinski consiguieron llevarse a sus hijos y esconderlos en un lugar seguro. Los alemanes fusilaron a los Morozov. En la primavera de 1942 los habitantes del gueto de Smolensk corrieron la misma suerte que los del gueto de Borisov. Dos mil personas
fueron ejecutadas.[115] Los fascistas buscaron afanosamente a todos los judíos que intentaban escapar al castigo [escondidos tras apellidos rusos]. Cuando encontraban a alguno lo fusilaban junto a los rusos que lo habían cobijado. Los Lukinski estaban muy preocupados por mí. La Gestapo estaba practicando detenciones y ejecuciones por todas partes.
Mis depresiones eran frecuentes, pero siempre E. P. Lukinski, mi nuevo padre, se ocupaba de insuflarme la fe en la llegada del Ejército Rojo y el consiguiente fin del yugo fascista. Leíamos las octavillas que dejaban caer los aviones soviéticos y por medio de ellas conocíamos de los avances del Ejército Rojo. Alimentábamos la esperanza en una pronta liberación. Los alemanes se llevaban a todos los jóvenes a cavar trincheras o a trabajar en Alemania. [Cada policía que pasaba cerca de nuestra casa hacía que mi corazón diera un vuelco, pero la suerte me sonrió y alcancé a vivir hasta que nos llegó la hora de la liberación de la mano de nuestro poderoso Ejército Rojo. Con todo, los últimos días de la ocupación fueron especialmente duros. Tuve que ser ingresada en el hospital y en cuanto me dieron el alta] nos fuimos todos a los bosques, porque los alemanes estaban quemando las casas, a medida que se retiraban.
Éramos muchos los que vagábamos por los bosques hablando en susurros para evitar ser descubiertos por el enemigo. El 24 de septiembre volaron sobre nuestras cabezas los proyectiles disparados por la artillería soviética. Los saludamos con entusiastas aplausos. El 25 de septiembre de 1943 vimos al primer soldado soviético en labores de reconocimiento. Me lo comí a besos con los ojos llenos de lágrimas.
[OLGA YEVGUÉNIEVNA LUKÍNSKAYA Y POLINA MÁRKOVNA AUSKER]
EDITOR: V. ILIENKOV