El libro negro
El sacerdote católico Bronyus Paukstis
Paukstis, un hombre alto y corpulento de unos cuarenta años, nos invitó a su despacho en la antiquísima iglesia de la Trinidad de Kaunas y allí nos hizo el detallado relato de las actividades dirigidas a salvar la vida a muchos judíos que realizó bajo la ocupación alemana.
Paukstis estableció contacto con cierto monje conocido como Brolyukas [116] , quien lo proveía de pasaportes para uso de los judíos. En muchas ocasiones Paukstis tuvo que pagar de su propio bolsillo los quinientos marcos que costaba cada pasaporte falso.
En su calidad de sacerdote, Paukstis expedía certificados de nacimiento a nombre de los niños que lograban ser sacados del gueto y se ocupaba personalmente de encontrarles cobijo. Precisamente mientras se hallaba ocupado en la búsqueda de una familia que acogiera a la cuarta niña judía que salvaba —una niña apellidada Vizgardínskaya—, recibió el aviso de que la Gestapo estaba haciendo preguntas sobre él…
—¿Qué podía hacer? —relata Paukstis—. Dejé un aviso en la iglesia de que había marchado a visitar a unos colegas en el sacerdocio y me subí a un tren que me llevó a la aldea donde había instalado a las «hijitas» judías. La Gestapo se creyó que había salido de viaje por cuestiones eclesiásticas y dejó de interesarse por mí.
Paukstis emitió un total de ciento veinte certificados de nacimiento para niños judíos.
Pero no se limitó a ayudar a los niños. Veinticinco adultos permanecieron escondidos en su iglesia. Entre las personas que salvó personalmente o aquellas que ayudó indirectamente se encuentran el doctor Tarf, el abogado Levitan, Rashel Rosenzweig, hija de Grodzenski, el superior de la Yeshiva de Slobodá, Kisenískaya, el jurista Abram Golub y su familia, Kapit y otros.
Cuando alguna de las personas que había salvado de la muerte caía de repente en manos de la Gestapo, Paukstis buscaba la manera de sobornar a sus captores, algo en lo que tuvo éxito en muchas ocasiones.
—Tal vez os parezca que ayudé a mucha gente —nos dijo Paukstis—, pero en realidad no dejo de pensar en cuánto más podría haber hecho si hubiera tenido el don para comprender muchas cuestiones de índole práctica.
Paukstis nos mostró una carta que recibió de Rashel Rosenztveig, a quien salvó de la muerte y ahora estudia en la Universidad de Kaunas.
La carta está escrita en lengua lituana, pero traduciré siquiera sus primeras líneas.
«¡Querido padre! Permítame que le llame así: padre. ¿Acaso no se comportó usted conmigo como lo habría hecho un padre con su hija? ¿Acaso no me brindó cobijo cuando acudí a usted siendo tan desgraciada? Sin hacerme preguntas ni pedirme nada a cambio, como si todo estuviera claro entre nosotros, me dijo: “Conmigo encontrarás la paz de espíritu que buscas, hija mía; quédate un tiempo aquí a mi lado…”»
Es una larga carta. Y está escrita con amor, a la vez que con respeto. Toda ella sirve de sobrado testimonio de que aún bajo las terribles condiciones impuestas a la Lituania soviética por los fascistas hubo mucha gente generosa y honesta que cumplió su deber humanitario con serenidad, como si hacerlo fuera la cosa más
natural del mundo.[117]
GIRSH OSHEROVICH
TRADUCCIÓN DEL HEBREO: M. A. SHAMBADAL]