El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 64 de 103

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El libro negro

El relato de Fishgoit (Yevpatoria)

Los alemanes llegaron a Yevpatoria el 31 de octubre de 1941. Tres días más tarde aparecieron los hombres de la Gestapo. En la noche del 5 de noviembre los alemanes interceptaron a diez judíos en plena calle y los nombraron miembros del Comité judío. Uno de ellos era mi amigo el doctor Berlinerblau. Al amanecer del día 6 se conoció la orden que establecía el censo obligatorio de la población judía de la ciudad. El anuncio aparecía pegado por todas las paredes e iba encabezado por una estrella de seis puntas. Seguidamente se estableció la norma de llevar similar estrella cosida a la espalda y se requirió entregar al Comité todas las joyas y el dinero. Cada judío podía quedarse apenas doscientos rublos. La orden concluía con las siguientes palabras: «El incumplimiento de lo aquí establecido será castigado con la pena de fusilamiento».

El 19 de noviembre se dictó la orden que establecía la evacuación fuera del territorio de Crimea de todos los judíos residentes en esa región. El punto de reunión fue establecido en la comandancia militar y, sorprendentemente, se les permitió cargar con todo lo que quisieran. Las llaves de sus apartamentos tenían que ser entregadas a los miembros del Comité judío. La fecha de la evacuación fue señalada para el día siguiente, el 20 de noviembre. Cuando salí a la calle aquella mañana el paisaje que me tocó presenciar era terrible. Las madres llevaban a sus hijos en brazos o de la mano, mientras se enjugaban las lágrimas. Sus maridos las seguían cargando enormes bultos. A los enfermos o paralíticos los transportaban en improvisadas parihuelas. Una joven avanzaba tirando de dos niños y gritaba con los ojos fuera de las órbitas: «Mirad a mis hijos: tienen las mismas manitas y los mismos piececitos que los vuestros. Ellos también quieren vivir». Toda aquella gente fue liquidada, después de padecer los más horribles tormentos y las vejaciones más repugnantes. Si conseguí escapar a la muerte entonces fue porque la víspera del día señalado para el censo unos amigos me trajeron un documento de identidad que me enviaba la doctora Neyman, una vieja conocida. Se trataba del documento de identidad de su hermana, quien había muerto en un bombardeo y me permitía pasar por caraira, y esconder así mi condición de judía. Provista de ese documento abandoné Yevpatoria con el propósito de llegar hasta Simferopol. Por el camino me vi obligada a pasar la noche en la aldea de Vladímirovka, pues cayó la noche y no podía continuar viaje. Una vecina de la aldea me acogió en su casa. En cuanto nos fuimos a la cama llegó un automóvil. Llamaron a la puerta. «Dicen que tienes a una Jude aquí, ¿es cierto?», le preguntó un alemán. Mi benefactora lo negó. El fragor de los coches andando de un lado a otro se prolongó durante toda la noche. Los alemanes buscaban judíos. Aquella noche el tiempo cambió de repente: nevó copiosamente y se levantó la ventisca. Salí a primera hora de la mañana y a duras penas conseguí llegar hasta la siguiente aldea. También allí conseguí una casa donde pasar la noche. El hijo de la dueña de la casa donde me alojé regresó desde Saki en plena noche y nos dijo que a las cinco de la tarde del día anterior habían fusilado a los judíos de aquella ciudad. Amaneció y emprendí camino nuevamente. La ventisca era tan fuerte que me tiró al suelo tres veces. El frío era insoportable y yo iba muy mal abrigada. Tardé tres días más en llegar a Simferopol. Allí los judíos habían sido liquidados un mes más tarde que en Yevpatoria. La población judía de Simferopol padeció saqueos «metódicos» o anárquicos. Sus verdugos irrumpían en sus casas, los golpeaban y arramblaban con todo lo que les apetecía. Cuando los encontraban guardando fila para comprar alimentos los dispersaban sin miramientos. El 10 de diciembre los alemanes detuvieron a todos los ciudadanos que habían violado el toque de queda —se les permitía circular por las calles hasta las cuatro de la tarde— y los encerraron en una sala de cine donde pasaron la noche tumbados en el suelo. A los judíos los ataron unos a otros de manera que tuvieran que permanecer de pie. Poco después llegó la orden de «evacuación» de los judíos. Durante tres días seguidos asistí al triste espectáculo de tanta gente marchando hacia la muerte. Un pobre viejecillo del patio vecino acudió a pedirnos consejo: ¿marchaba voluntariamente al campo de concentración o se resistía? Había escuchado decir que la orden no incluía a quienes superaran los ochenta años de edad. Le aconsejamos que se abstuviera de ir. Quise abrazar a aquel pobre anciano indefenso. La Gestapo se lo llevó dos días más tarde.

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Abandoné Simferopol el 7 de enero. Entonces comencé a deambular de aldea en aldea. En todas ellas conocía nuevos testimonios de los horrorosos tormentos que había padecido la población. Pasé junto a pozos y zanjas repletos de judíos. En la granja agrícola Politotdiel conocí del noble comportamiento del grupo de personas que escondieron por turnos al zapatero Birembaum, vecino de Yevpatoria. Ellos fueron Kazis, responsable de la granja, el campesino Pavlichenko, a la postre unido a los partisanos, la enfermera Rúchenko, también de Yevpatoria, y la campesina Nina Lavréntievna Ilchenko.

Rúchenko acomodó a Birembaum en el apartamento de Ilchenko. Tenían un zulo bajo el suelo donde el zapatero se escondía cuando los alemanes practicaban redadas. En julio de 1943 Rúchenko se vio en peligro y decidió trasladarse a Yevpatoria. Allá alquiló una casa en las afueras de la ciudad a la que se llevó a Birembaum. Cavaron un escondite en el establo anejo a la casa que tenía una salida secreta al patio. El zapatero permaneció escondido en aquel agujero hasta que Crimea fue liberada por el Ejército Rojo. Birembaum lucha ahora con las tropas que lo salvaron.

Me había separado de mi hijo en Yevpatoria y desde entonces no tuve noticias de él. Cuando supe que se lo había visto vagando por la comarca de Fraidorf me dirigí allá inmediatamente. Inspeccioné las zanjas que contenían los cadáveres de tantos judíos y otros pacíficos ciudadanos. Había ropa ensangrentada por todas partes. También zapatos y galochas. El hedor era insoportable. Al llegar a la primera de las aldeas de la región me topé con un funeral. Daban sepultura a dieciocho marineros del Ejército Rojo. Los alemanes los habían descubierto escondidos en un henar y le prendieron fuego con ellos dentro. Todos murieron quemados. Todos los judíos que vivían y trabajaban en las granjas agrícolas habían sido aniquilados. Tan sólo encontré a unos pocos aún con vida en la granja agrícola Shaumian. Habían llegado allí desde las aldeas de montaña. Los fusilaron más tarde, ya en 1942. Pasé días enteros vagando por la estepa y alimentándome sólo de mazorcas de maíz heladas. En cuanto oscurecía me acercaba a las aldeas para pasar la noche. Cuando me preguntaban, decía que buscaba a mi hermana, huida de Yevpatoria con la llegada de los alemanes. Quise prolongar mi estancia en algunas aldeas, pero sus responsables me rechazaban pues en mi pasaporte no constaba el permiso de residencia que concedían los alemanes. No obstante, seguía adelante aun a sabiendas de que en alguna aldea alguien me reconocería y me haría acabar colgada de una horca o arrojada al fondo de un pozo. Iba de aldea en aldea preguntando por mi hijo… Todos mis esfuerzos por encontrarlo eran estériles. Llegué a estar tan desesperada que aullaba como una fiera y llamaba a gritos a mi hijo. En cierto sentido, me aliviaba hacerlo. Los alemanes comenzaron a dar caza a los judíos que habían huido a las aldeas. Cada vez que sabía de una de esas capturas corría a la aldea en cuestión a averiguar si se trataba de mi hijo. Sufrí la presunta ejecución de mi hijo decenas de veces. Cada vez que conocía que el detenido había conseguido acabar con su vida antes de ser ejecutado —algo que sucedía con mucha frecuencia— me ilusionaba pensar que se trataba de mi hijo. Ahora ya había dejado de soñar con que mi hijo se hubiera salvado. En cambio, ansiaba asegurarme de que no hubiera caído en las garras de los alemanes y padecido los tormentos que infligían a sus víctimas. Una mujer que sirvió de cocinera a un destacamento punitivo que operaba en Fraidorf me contó que durante doce días los gendarmes habían estado llevando judíos a la región. Todos acabaron fusilados y sus cadáveres arrojados a los pozos. A los niños les untaban veneno en los labios. Algunos adultos perdieron la razón y se arrojaban solos a los pozos. Durante largos días se pudieron escuchar lamentos y gritos que provenían del interior del pozo. Un granjero me mostró al perro que había pertenecido a un judío de Imansh asesinado por los gendarmes. Durante cinco días el perro no se apartó del pozo al que habían arrojado a su amo, a quien llamaba con aullidos que no cesaban ni de día ni de noche. En Munus los judíos y los tártaros fueron trasladados al sector ruso, donde había un profundo pozo. Allí los hicieron formar una columna de hileras de a tres. Las víctimas de la segunda hilera arrojaban al pozo a los de la primera cuando éstos recibían los disparos. Y así sucesivamente. Una joven que presenció aquel espectáculo, oculta en un desván, me lo narró con todo detalle.

Un anciano se quedó rezagado cuando lo conducían al borde del pozo. El agente de la Gestapo que conducía el convoy lo mató a culatazos.

A las afueras de Nikoláye tuve ocasión de ver el cadáver helado de un anciano judío abandonado sobre un montón de nieve. Según me dijeron se trataba de un afortunado que consiguió escapar de las garras de los alemanes. En Kori me contaron la tragedia que vivieron tres jóvenes hermanos, de ocho, diez y once años. Todos consiguieron escapar cuando sus padres eran conducidos al pozo donde les esperaba la muerte. Era otoño entonces y cuando llegó el invierno con sus intensas heladas los muchachos se vieron obligados a volver a Kori en busca de un refugio. Al llegar a la casa donde habían vivido desde que nacieron se encontraron con que ahora la ocupaban sus nuevos dueños. Los chicos esperaron afuera durante largo rato. No suplicaron nada; tampoco lloraron. A última hora del día se los llevaron a Fraidorf donde los asesinaron.

Un día encontré en la estepa un manojo de folios. Uno de ellos contenía el discurso pronunciado por el camarada Kalinin con motivo del Nuevo año. Así pude conocer los éxitos militares del Ejército Rojo. Por si ello fuera poco, el discurso me hizo sentir persona otra vez, pues percibí que se dirigía a mí personalmente al leer sus primeras palabras: «Queridos hermanos y hermanas». En aquel instante me pareció ver cómo nuestro poderoso Ejército Rojo avanzaba hacia mí. A la cabeza de las tropas marchaba el camarada Stalin. Me guardé dos de aquellos folios y, más animada, seguí avanzando por la estepa. La espesa niebla me hizo perder el rumbo. Era consciente de que pasar la noche a la intemperie me hacía correr el riesgo de morir de frío o ser capturada por los policías que patrullaban la zona. Permanecí un rato inmóvil, intentando descubrir hacia dónde debía dirigir mis pasos. Desenfundé el cuchillo, lista para cortarme las venas si la situación lo requería. Entonces escuché unos ladridos que llegaban desde la distancia. Tomé esa dirección y al poco rato llegué a una aldea. Para cuando llegué a Krasni Pajar, que ésa era la aldea, la niebla se había disipado algo. Llamé a la puerta de una cabaña y rogué me dejaran entrar a pasar la noche. Me permitieron pasar. Más tarde entablamos conversación y los anfitriones aceptaron que me quedara un tiempo con ellos. A cambio, debía servir de niñera a su hijo y entregarles algún objeto de valor. Les ofrecí mi reloj y aceptaron brindarme alojamiento y comida, aunque aclararon que antes necesitaban conseguir la autorización del responsable de la aldea. A la mañana siguiente conocí a Iván Nazárovich Novogrebelski, el responsable de marras. A pesar de que le informé de que no me había registrado en el censo realizado por los alemanes, no se opuso a que me quedara en la aldea. Supe desde el primer momento que Iván Nazárovich era uno de los nuestros. A partir de entonces comencé a frecuentar su casa. También su mujer, Vera Yegórovna, resultó ser una persona de trato muy agradable. Ellos me contaron cómo los alemanes saqueaban a la población, confiscaban el ganado y las aves de corral, establecían impuestos abusivos y, encima, pegaban a la gente sin piedad. Los castigos corporales se habían convertido en algo habitual. Conocí a una mujer que tuvo que estarse un mes entero tumbada boca abajo por culpa de los golpes que había recibido en la espalda. También los envíos masivos de jóvenes a Alemania se habían hecho más frecuentes.

Un día me atrevía a visitar en secreto a mis amigos de Yevpatoria, los mismos que me habían provisto del pasaporte. Aproveché el viaje para hacerme con una dosis de morfina. Mi situación en la aldea se tornaba cada vez más difícil. En mi última visita a Yevpatoria una vecina me contó que mi hijo había marchado a Crimea en febrero con el propósito de cruzar la línea del frente. Aquella noticia me descargó del enorme peso que cargaba sobre mis hombros. Al regresar a la aldea, decidí pasarme antes por la casa de Novogrebelski, quien me invitó a pasar la noche con ellos. Esa noche me confió un secreto que tenía muy bien guardado: poseía un aparato de radio. Y no sólo eso: en la aldea operaba una organización clandestina a la que pertenecían el propio Novogrebelski, su hermano, un antiguo partisano apellidado Súslov que ahora trabajaba como contable, la esposa de Novogrebelski, su suegra, su cuñado, la campesina Oxana Nikitich y otras tres personas de una aldea vecina. Novogrebelski me propuso traducir [al alemán] los partes de guerra que transmitía la radio soviética. Una vez traducidos, Súslov se encargaba de reproducirlos y los otros miembros de la organización los repartían por las aldeas de la comarca. Me hacía feliz poder colaborar haciendo un trabajo tan pequeño, pero que dotaba de un sentido a mi existencia. También me ocupaba de traducir al ruso los folletos que nuestros aviones dejaban caer sobre los territorios ocupados y que iban destinados a los alemanes. Súslov también se encargaba de reproducirlos.

Pero aquello no duró mucho tiempo. A principios de septiembre la aldea recibió la visita de unos inspectores llegados de Yevpatoria. Venían a revisar la documentación de todos los vecinos y me reconocieron. Unos días más tarde huí de la aldea. Novogrebelski me proporcionó un certificado que me acreditaba como trabajadora. Me uní a dos mujeres que habían sido evacuadas a la aldea por los alemanes y ahora se disponían a viajar a Ucrania. Ambas tenían pasaportes. Nos costó horrores atravesar el Perekop. Conseguimos llegar Rubánovka, un pueblo de la región de Zaparozhie, donde encontré a un grupo de ex prisioneros de guerra que habían escapado de un campo de concentración e intentaban alcanzar la línea del frente…

El destino me deparaba una gran alegría. Después de la liberación supe que mi hijo había consiguió escapar a Nalchik, donde estudió. Me dijeron que en 1943 fue visto en el Frente Sur, donde peleaba con el rango de teniente. Desconozco si aún continúa con vida, pues no he recibido noticias suyas. Pero la sola idea de que consiguió evitar un bochornoso cautiverio y se unió a la lucha por la liberación de la patria constituye un motivo de enorme felicidad para mí.

1944

EDITOR: A. DERMAN