El libro negro
Parte 5 Letonia
Parte 5
Letonia
Riga
I. LOS ALEMANES TOMAN LA CIUDAD
Los estallidos de las bombas en los alrededores de la estación de ferrocarriles y los pasos del Dviná oeste anunciaron la llegada de los alemanes a Riga. Desde las primeras horas de la ocupación decenas de bombarderos Junker y Heinkel volaron con estruendo sobre las calles y plazas de Riga. Lanzaban sus bombas desde gran altura para después volar en picado y ametrallar a los transeúntes. Aquel fuego era secundado por el de otras ametralladoras y fusiles apostados en algunos tejados y desvanes de la ciudad. En ellos se habían instalado los paracaidistas alemanes y los saboteadores que habían conseguido llegar a la ciudad. También los agentes de Hitler emboscados desde antes en Lituania, Letonia y Estonia dejaron saber de sí. Los fascistas intentaron volar puentes, tomar algunos edificios públicos y paralizar el movimiento en las principales redes de transporte.
[Una siniestra amenaza se cernió de repente sobre los judíos de Riga. Decenas de miles de octavillas arrojadas desde los aviones alemanes explicaban en detalle lo que les esperaba. En ellas se amenazaba con serios castigos a los rusos y letones que prestaran ayuda a los judíos para evacuar la ciudad. Entretanto, los judíos se agolpaban en las estaciones de ferrocarriles, se apretujaban en vagones de carga llenos hasta los topes, pasaban largas horas sentados en los andenes a la espera de trenes que los llevaran al este. Los operarios de las estaciones se esforzaban cuanto podían. Bajo el silbido de las balas y los estruendos de las explosiones, se encargaban de realizar las maniobras en vías y convoyes que permitían la continuación del tráfico ferroviario. Muchos judíos, perdida toda esperanza de hacer el viaje en tren, acababan por cargar sus bártulos en cualquier carreta y echaban a andar a pie en dirección al distante este. Todos los caminos se llenaron de refugiados. Los pilotos alemanes hacían fácil diana en las columnas de mujeres y niños.
Pero la evacuación se iba tornando más difícil a medida que transcurrían las horas.]
Las salidas de los convoyes militares y los trenes con los evacuados formaron descomunales atascos en las vías cercanas a las estaciones. Cada vez se hacía más difícil abandonar la ciudad debido a las múltiples emboscadas tendidas por los paracaidistas alemanes. Los ocupantes actuaban con tal impunidad que se pudo ver un destacamento de paracaidistas tomando tierra en la calle Brivibas, principal arteria de la ciudad. La superioridad numérica de las tropas alemanas en cuanto a efectivos, tanques y, sobre todo, aviones era más que evidente. Las unidades soviéticas se retiraban tras ofrecer fiera resistencia, retrasando cada vez más la línea de combate. [Apenas once mil judíos consiguieron ser evacuados de Riga.]
Al amanecer del 1 de julio ya los alemanes se habían apoderado definitivamente de la ciudad. Los primeros judíos que se tropezaron con ellos fueron atados a los tanques y sus cuerpos ensangrentados fueron paseados durante horas por las calles de la ciudad. Ese mediodía los judíos comenzaron a ser detenidos en casas y calles y conducidos a las sinagogas. [Con todo, fueron muchos los que no llegaron a los templos, pues los asesinaron por el camino.
Cuando los alemanes entendieron que ya había un número considerable de judíos encerrados en las sinagogas, convocaron a los vecinos de Riga a presenciar lo que definieron como un interesante espectáculo. Pero] ahí se encontraron con algo inesperado. Todas esas casas de culto se convirtieron en importantes focos de resistencia desde donde les llegaba el fuego cerrado de muchos fusiles y metralletas. Era más que evidente que los judíos parapetados tras los muros de las sinagogas estaban condenados, pues ya para entonces se habían concentrado en Riga nutridos batallones de infantería alemana y numerosos tanques. En varios casos los alemanes tuvieron que recurrir precisamente a los tanques para hacerse con el control de sinagogas. Los desiguales combates se prolongaron durante horas hasta que al final del día se pudieron ver largas columnas de humo y fuego alzándose sobre las casas de oración. Algunas de esas sinagogas fueron incendiadas por los atacantes alemanes, pero hubo otras que ardieron por decisión de los judíos parapetados en ellas, quienes prefirieron morir antes que rendirse y caer, así, en manos de sus verdugos. De todos los edificios en llamas salían los desesperados lamentos de mujeres y niños. El rabino Kilov continuó leyendo en voz alta las plegarias, mientras las ráfagas de ametralladora hacían añicos los muros de su sinagoga, la mayor de la ciudad. Un obrero del Combinado forestal llamado Abel disparó con su vieja escopeta de caza contra dos alemanes que intentaron entrar en su casa. Para reducirlo, un oficial alemán convocó a todo un pelotón. El objetivo era apresarlo vivo, pero no lo consiguieron. Abel peleó hasta la muerte. Se necesitaron dos compañías de soldados alemanas para tomar la sinagoga de la calle Gógolevskaya.
Algunos judíos recibieron a tiros a los alemanes que intentaron entrar en sus casas por la fuerza.
El judío Elkischek, doctor en filosofía por la Universidad de Viena y director de un colegio local, murió empuñando un arma.
Se han conservado muchos recuerdos de la valentía con que los judíos de Riga recibieron a sus verdugos. Dos hombres de las SS conducían a la sinagoga a una empleada de la Fábrica textil apellidada Ganstein. A pesar de que la empujaban a culatazos y la pinchaban con las bayonetas, la mujer avanzaba en silencio y apenas de tanto en tanto se la veía limpiarse la sangre de la cara. Al llegar a un cruce donde esperaban muchas mujeres letonas, Ganstein se zafó de los guardias y gritó:
—¡Observad bien a estas bestias! El gobierno soviético no les perdonará jamás lo que nos están haciendo. Cuando los nuestros vuelvan, contadles cuántos tormentos nos están infligiendo…
Los convoyes no la dejaron acabar y le dispararon [a quemarropa. Seguidamente dispararon varias ráfagas al aire para dispersar a la multitud.]
Ese mismo día un grupo de judíos protagonizó un desesperado intento de llegar hasta las unidades del Ejército Rojo que se batían en retirada. Abram Epstein, un estudiante de la Universidad de Riga, asumió el liderazgo del grupo. Su plan consistía en huir hacia los bosques y buscar una falla de seguridad en las líneas enemigas y aprovecharla para atravesar el frente de batalla hasta llegar a los nuestros. Trescientas mujeres y niños formaron una alargada columna escoltada por estudiantes armados. A pesar de tratarse de una masa importante de gente, los fugados consiguieron sortear los controles alemanes y escapar a las áreas rurales a través de los bosques. Con todo, fueron víctimas de un soplo y ello hizo que un batallón de infantería acompañado de varios tanques saliera a darles alcance.
Los alemanes alcanzaron la columna cuando ésta se encontraba ya a una distancia de quince kilómetros de Riga. Abram Epstein ordenó a su tropa, formada por unos sesenta jóvenes armados de ambos sexos, cubrir a la columna de mujeres y niños para facilitarles la huida. Un pequeño riachuelo, el Maza-Yugla, al este de Riga, fue establecido como emplazamiento del operativo de defensa. Sus márgenes fueron el escenario de los combates que libraron durante largas horas los estudiantes de Riga y la tropa invasora alemana. Ello facilitó la fuga a las mujeres y los niños, quienes atravesaron el bosque sirviéndose de senderos poco transitados y así alcanzaron la carretera de Madónskoye, donde aún resistía el Ejército Rojo. El destacamento de Abram Epstein fue exterminado casi al completo, incluyendo a su comandante, pero el combate que libraron junto al Maza-Yugla se cobró la vida de un centenar de alemanes y permitió que cientos de mujeres y niños se reunieran con las tropas soviéticas.
Cuantiosos fueron los esfuerzos que hicieron letones y rusos para ayudar a los judíos a escapar de una muerte inevitable. El estudiante Ilyá Abel mantuvo escondidos en su casa a varios de sus compañeros judíos durante varios días. El sacerdote Antonii brindó refugio en su parroquia a muchos judíos que así escaparon de los primeros pogromos. Otro sacerdote ayudó a escapar de la ciudad al ingeniero Lichter. Mas todos aquellos esfuerzos no fueron más que gotas en un mar de horror. Y en todo caso, la mayoría de los beneficiarios de esos actos acabaron cayendo en las garras de la Gestapo y compartieron idéntico destino con el resto de judíos de Riga.
2. CAE LA NOCHE SOBRE RIGA
La primera noche bajo ocupación alemana llegó por fin y los agentes fascistas emergieron de sótanos, desvanes y azoteas. Los «repatriados», es decir quienes emigraron a Alemania en 1940, reaparecieron de repente en la ciudad. Los alemanes los trajeron consigo para que les sirvieran de informantes, sabuesos, futuros comandantes de prisiones y campos de concentración. [También, sencillamente, como verdugos.] Y esos alemanes del Báltico no decepcionaron a sus amos. Ellos fueron los más desaforados entre todas las bestias hitlerianas; los más crueles entre los verdugos; los más miserables entre los agentes de policía y los guardianes de los campos.
Con cada hora que pasaba la magnitud del pogromo crecía y se desbridaba. [104] También se desató el indiscriminado saqueo de las casas habitadas por judíos. Muy pronto comenzaron los arrestos en masa. Todo aquel que caía en sus manos era conducido a la prisión, la prefectura de policía o directamente al bosque Bikernieki.
[105] Seis mil judíos fueron arrestados esa sola noche.
El bosque Bikernieki ocupa un triste e inolvidable lugar en la historia de Letonia. Allí fueron fusilados cientos de participantes en el levantamiento revolucionario de 1905. Y fue allí también que tuvieron lugar las ejecuciones en masa de los luchadores por la Letonia soviética en los años de la Guerra Civil. Los huesos de dos generaciones sucesivas de luchadores y mártires reposan en el suelo de ese bosque, cual si se tratara de un macabro estrato geológico. Por último, ése fue el bosque elegido por los alemanes para el exterminio de decenas de miles de judíos —tanto de Riga como de muchos rincones de Europa occidental.
Los ocupantes gustaban superarse unos a otros cuando se trataba de idear y llevar a la práctica formas refinadas de exterminar a sus víctimas. Así, por ejemplo, el Sturmführer Kraus, oficial de la Sicherheitspolizei, desarrolló su método de ejecución favorito. Éste consistía en colocar a grupos de judíos en formación en el barrio de Moscú, cubrirles las caras con máscaras de Lenin y Stalin, entregar fusiles a chiquillos letones y ordenarles: «¡Disparad contra estos bolcheviques!». Cuando los chiquillos se negaban a entregarse a aquel juego macabro, Kraus agarraba a uno o dos de ellos, les cubría las caras con idénticas máscaras y los empujaba a la fila de condenados. Seguidamente un pelotón de las SS procedía a disparar contra el grupo. El Untersturmführer Bruns también tenía su propio método. En su caso se trataba de obligar a los judíos a cavar sus propias tumbas, pero no de cualquier manera. Mientras cavaban, Bruns los obligaba a tumbarse en las zanjas, se aseguraba con extrema meticulosidad que la estatura de la víctima se correspondiera con el largo de la tumba destinada a acoger su cadáver, algo que hacía con extremo celo, y sólo cuando se había convencido de la exacta correlación geométrica entre la zanja y la víctima, ejecutaba por fin al condenado.
Los judíos eran conducidos una y otra vez a la sede de la prefectura para un «censo laboral». Los verdugos rellenaban ciertos impresos; a algunos les medían la nariz, la frente y los pómulos, y se anotaban los datos con celo. Una vez acabado el trámite, los alemanes estallaban en carcajadas mientras arrojaban a la estufa los impresos recién cumplimentados y dictaban sentencia:
—¡Al bosque de Bikernieki!
[Un oficial de las SS mandó a buscar un barbero a medianoche. Cuando lo tuvo delante le mostró un grupo de ancianos judíos y le ordenó cortarles a cada uno la mitad de la barba. Hecho esto, dispuso que los judíos se arrancaran una manga de la camisa, se descalzaran un pie y comenzaran a bailar. Media hora más tarde se presentó en el lugar el comandante del destacamento de las SS, absolutamente ebrio, y anunció que pronunciaría una declaración de corte político. Su discurso fue largo y lleno de ideas inconexas, pero algo quedó claro: en su calidad de Sturmbannführer de las SS, jamás dejaría de luchar contra los judíos. Todo judío que cayera en sus manos, sostuvo, podía considerarse cadáver y disponerse a viajar al otro mundo para reunirse con sus ancestros. Seguidamente, y a modo de confirmación de sus palabras, desenfundó la pistola y disparó contra varios judíos, dándoles muerte instantánea.]
Cerca de tres mil judíos fueron «procesados» aquella noche en el censo llevado a cabo en la prefectura. Un millar de ellos salieron de allí hacia el bosque de Bikernieki, donde fueron ejecutados. Los demás quedaron detenidos en la prisión metropolitana.
Los alemanes encontraron un buen número de carteles y banderas en el patio de la sede del Comité central de la Organización Mundial de Ayuda a los Revolucionarios.
[106] El hallazgo les sugirió convocar a un grupo de judíos y obligarlos a escenificar una «manifestación» en la que debían cantar la Internacional y otras canciones de inspiración revolucionaria. Los verdugos obligaron a los «manifestantes» a pasearse por las calles, un gesto que buscaba granjearles el odio de la población. Pero la provocación que habían urdido acabó siendo un fiasco. A letones y rusos les repugnaba tomar parte en la acción de repudio que se esperaba de ellos. Entonces a los alemanes no les quedó más que poner en funcionamiento sus pistolas y metralletas: la «manifestación» acabó en un baño de sangre en plena vía pública.
Esa misma noche los oficiales del Regimiento de Granaderos de Württemberg-Baden montaron una juerga en el N.° 10 de la calle Mariínskaya. Varias decenas de muchachas judías fueron llevadas a la fuerza a esa orgía. Allí las obligaron a desnudarse completamente y bailar y cantar desnudas para disfrute de los alemanes. Muchas de aquellas desgraciadas jóvenes fueron salvajemente violadas y fusiladas después en el patio de la casa. El capitán Bach mostró un especial ingenio aquella noche cuando retiró los asientos de un par de sillas y los sustituyó por láminas de hojalata. Dos jóvenes estudiantes de la Universidad de Riga fueron atadas a esas sillas, que colocaron una frente a la otra. Debajo de ambas sillas Bach hizo colocar dos hornillos encendidos. La idea gustó horrores a los oficiales reunidos para la ocasión. Tanto fue así que se tomaron de las manos y formaron un danzante corro en torno a las dos jóvenes mártires. Las muchachas se retorcían de dolor, pero estaban atadas a las sillas de pies y manos y no podían escapar. Cuando comenzaron a pegar gritos, los alemanes les taparon las bocas con trapos.
3. LOS PRIMEROS DÍAS DE OCUPACIÓN
Los alemanes delegaron la mayor parte de los asuntos judíos en los fascistas alemanes del Báltico que regresaron a Riga acompañando a las tropas de ocupación. Desde antaño, esos canallas profesaban un odio salvaje hacia letones y judíos.
Ahora habían regresado revestidos del poder de las tropas de asalto y dotados de un poder y derechos ilimitados. En el pasado, Hans Mannskeit había ganado fama de esbirro en las comisarías de la policía de Riga. Cuando fue repatriado a Alemania en 1940 la población de la ciudad respiró aliviada. Ahora regresaba en las filas de la Gestapo investido del cargo de Investigador para asuntos judíos. Muchos alemanes del Báltico pasaron a ocupar cargos prominentes en la estructura local de la Gestapo. Entre ellos cabe mencionar al doctor Bernsdorf y a los contables Lorenzen, Schultz y Brasch. Muchos otros alemanes del Báltico regresados a Riga se destacaron en la comisión de atrocidades contra la población judía de la ciudad, aunque no ocuparan puestos de relevancia en la Gestapo.
Los saqueos y las redadas adquirían un ritmo frenético. Y fascistas hasta entonces disimulados, colaboracionistas a la manera de Quisling y nacionalistas de la peor ralea se destacaron muy particularmente en ambas empresas. Desde hacía muchos años en Letonia desarrollaba sus actividades una organización de
inspiración nacionalista y fascista, Perkonkrusts [107] , que hacía abundante uso de eslóganes antisemitas extraídos del vasto arsenal de los fascistas alemanes. Aunque Perkonkrusts fue desmantelada en 1940, sus pupilos se las apañaron para permanecer entre nosotros y esconder su verdadero rostro. Y fue sobre todo entre esos canallas que los ocupantes reclutaron a especialistas en el arte del pogromo capaces de servir a sus amos como los más fieles y convencidos vasallos.
Una orden expresa prohibía a los judíos acudir a comprar alimentos a las mismas tiendas que servían a letones y alemanes. [También se les prohibió todo trabajo «por su cuenta»: todos estaban sometidos a trabajos forzados.] También se les impuso la obligación de llevar una estrella de seis puntas cosida a la pechera (el «Escudo de David») y se les prohibió utilizar las aceras. Tan sólo podían desplazarse sobre el pavimento de las calles.
Los arrestos, las ejecuciones en masa y las sesiones de tortura se sucedían sin cesar. Un grupo de soldados de asalto subió al tejado de un edificio de cinco plantas en la calle Gertrudínskaya y comenzó a lanzar a niños judíos a la calle. Cierto funcionario que pasaba por allí les exigió abandonar aquel suplicio. Desde arriba le respondieron:
—Estamos trabajando en una investigación científica. Verificamos la infalibilidad de la Ley de gravitación universal.
[—Donnerwetter! —exclamó el funcionario. Y los animó enseguida—: ¡Muy bien dicho, señores! Continuad con vuestras investigaciones. La ciencia exige sacrificios.]
Un anciano sastre judío avanzaba por la calle Lachplesa, doblado bajo el peso de la máquina de coser que cargaba sobre sus hombros. Al verlo, unos oficiales alemanes que circulaban por la misma calle arrojaron su automóvil sobre él. El anciano consiguió apartarse a tiempo, esquivar el atropello y ponerse a buen recaudo detrás de un poste de telégrafos. Molestos por lo sucedido, los alemanes dieron la vuelta y organizaron una cacería en toda regla. Finalmente, consiguieron acorralar al anciano contra la pared de un quiosco de prensa, dejándole la acera como única vía de escape.
—¿Qué haces? ¿Cómo te atreves a subir a la acera? ¿Cómo osas violar las leyes del Imperio? —le espetaron los hombres de Hitler, mientras lo arrastraban hacia el pavimento, aporreándolo. El cuerpo ensangrentado del anciano acabó cayendo desplomado. La letona Petrunia Salazas, testigo de aquel salvaje espectáculo, se le acercó con una jarra de agua. Quería lavarle la cara y darle de beber. Un alemán la interceptó antes de que llegara a él, le arrancó la jarra de las manos y le arrojó el agua a la cara. Después la golpeó con la fusta que empuñaba y la amenazó con matarla a tiros si no se marchaba inmediatamente, lo que ella hizo. Dos horas más tarde el anciano falleció en medio de la calle Lachplesa, junto al quiosco de prensa.
La cruel violencia de aquellos días no iba dirigida sólo contra los judíos. Todos los sospechosos de simpatizar con el poder soviético padecieron sus rigores. [Los judíos eran fusilados por ser judíos. A los letones, en cambio, se los ejecutaba principalmente debido a sus simpatías por el gobierno soviético. A los ojos de los verdugos, ambas circunstancias igualaban a sus víctimas.] El 3 de julio los carceleros sacaron a cincuenta parejas de detenidos al patio de la prisión de Riga. Cada pareja la conformaban un judío y un letón atados espalda contra espalda. La letona Elvira Damber y el judío Yakov Abeshauz formaban la primera de esas parejas.
—Querías igualdad, ¿no es cierto? —les dijo el Untersturmführer que dirigía las ejecuciones—. ¡Ahora la tendréis!
Seguidamente los cien letones y judíos atados de manera tan peculiar fueron fusilados. Cada bala atravesaba los dos cuerpos sujetos por las cuerdas, de manera que la sangre judía y la sangre letona formaban un solo charco sobre el suelo del patio de la prisión.
Las terribles circunstancias de la muerte de Lina Gotschalk, una joven de apenas diecinueve años, han quedado guardadas en la memoria de los vecinos de Riga. Lina fue detenida cuando caminaba por la calle Elizavétskaya y conducida a un apartamento donde un grupo de alemanes se estaba corriendo una juerga. Su aparición originó una disputa entre los juerguistas: no conseguían ponerse de acuerdo en cómo matarla. La joven dominaba el alemán, de manera que asistía en silencio a una discusión en la que se estaba decidiendo el cruel final que la esperaba. Por fin sus verdugos llegaron a un acuerdo: le destrozarían todos los huesos hasta pulverizarlos. Tomada la decisión, la metieron en un saco y comenzaron a golpearla con las baquetas de sus fusiles. La golpiza se prolongó durante dos horas. La joven murió mucho antes, pero sus verdugos continuaron astillando sus huesos uno a uno. Cuando se dieron por satisfechos, ordenaron arrojar el deforme montón de carne que antes fue la joven Lina Gotschalk en el bulevar donde se alza el Teatro de la Ópera.
Unos días más tarde los alemanes implementaron la orden que establecía el reclutamiento forzoso de los judíos como fuerza de trabajo. El Obergrupenführer Drexler, Comisario general de Letonia, y el Gebietskommissar Witroch ordenaron poner en manos judías todos los trabajos pesados y sucios. También se crearon muchos trabajos completamente innecesarios para ellos.
El Teniente Kraus y el Sonderführer Drawe tenían a su cargo el departamento judío de la Bolsa de trabajo. Ambos gozaban martirizando a sus víctimas. El primer trabajo encargado a los judíos consistió en la limpieza de las ruinas ocasionadas por los bombardeos. Para ello fue seleccionado un batallón de jóvenes a los que se impusieron condiciones de trabajo extremadamente penosas. Así, por ejemplo, los alemanes requerían que en las parihuelas que utilizaba cada pareja de trabajadores se cargaran entre ciento treinta y ciento sesenta kilogramos de piedras y ladrillos. [Quienes caían exhaustos recibían una lluvia de porrazos que, en no pocos casos, los llevaba a la muerte.]
Como regla, la jornada laboral comenzaba con una golpiza y acababa con una ejecución. La mayor parte de los castigos se debía al incumplimiento de las normas relativas a la correcta disposición de la estrella amarilla. Al principio, se estableció que ésta debía ir cosida en la parte izquierda de la pechera. Pero poco después se dictó una nueva orden cambiando al lado derecho el asiento del distintivo. Más adelante, se ordenó llevar la estrella en la espalda. Pero muy poco después se dispuso llevar una en la pechera y otra en la espalda. Y ahí no acabó la cosa, pues las normas continuaron sufriendo variaciones: en algún momento los alemanes recuperaron la idea original, después la intermedia y así sucesivamente. Cada mañana los judíos se preguntaban dónde correspondía llevar la estrella, o ambas estrellas, y así los alemanes encontraban «infractores» a diario y estos recibían las consabidas golpizas.
Los alemanes obligaban a arrancar las piedras que constituían los cimientos de los edificios en ruina. Por consiguiente, día sí y día también se producían derrumbes que sepultaban a decenas de personas.
Varios centenares de judíos de Riga perdieron la vida mientras trabajaban en los yacimientos de turba de Olaine.
Los alemanes nombraron al barón Emden, un alemán del Báltico, Gebietskommissar del distrito Elgava (Mitava). Le llamaban El Rey de Zemgale, porque se daba la circunstancia de que había poseído amplias tierras en aquella comarca. Emden se comportaba como un auténtico déspota y mostraba una insaciable sed de poder. Se tiene información de numerosas «cacerías» y «redadas» contra los judíos que organizó. También se dispone de información acerca de sus cómplices en una de esas «cacerías». Ellos son el capitán Zukurs, el mayor Aráis, el prefecto de la ciudad de Riga Stiglitz, el Untersturmfükrer Jáger, los hermanos Bruns, alemanes del Báltico ambos, y el Gruppenführer Kopitz.
El mencionado grupo acudió en una ocasión al director del yacimiento de turba y le exigió la entrega de doscientos judíos. El director protestó alegando que una merma tan cuantiosa de la fuerza de trabajo con que contaba afectaría muy gravemente los planes de entrega que tenía asignados, pero el Gebietskommissar no estaba dispuesto a ceder. Con todo, también él se vio obligado a hacer concesiones: sólo recibió mujeres y niños. La «cacería» no tardó en comenzar. Separados en grupos de entre diez y quince individuos, a los condenados se les explicaba que su única esperanza de salvación dependía de que fueran capaces de atravesar el campo que tenían delante y alcanzar el bosque en menos de ocho minutos. En caso contrario serían ejecutados como castigo por su debilidad. El sonido de un silbato marcaba el momento de la estampida. Al escucharlo, los grupos de mujeres y niños corrían campo a través para alcanzar los primeros árboles del bosque distante. La carrera estaba salpicada de obstáculos: zanjas, cráteres y macizos de arbustos. Los alemanes retenían a las jaurías de perros de caza, mientras vigilaban el cronómetro. En cuanto éste marcaba por fin los ocho minutos soltaban a los perros. Buena parte de los infelices eran alcanzados por los perros cuando aún corrían por el campo o se habían atascado en los arbustos. Se trataba de perros adiestrados con esmero para lanzarse al cuello de las víctimas, matarlas y seguir corriendo en busca de otra presa. Con todo, algunos perros se limitaban a inmovilizar a sus presas en el suelo hasta que acudía su amo y les pegaba un tiro.
Cuando concluía la macabra matanza de quienes no alcanzaron el abrigo del bosque daba comienzo la batida. Transcurría ésta de acuerdo a los más severos cánones de la montería, es decir, mediante largos rodeos, cercos cerrados y hábiles emboscadas. Los perros husmeaban entre los árboles en busca de las enloquecidas mujeres, quienes, al verse descubiertas, corrían despavoridas hacia el emplazamiento donde las esperaban El Rey de Zemgale y sus amigos. Bastaba que irrumpieran en el descampado al que las conducían los perros para que los «cazadores» dispararan a una sus escopetas de dos cañones.
En Riga los asesinatos de judíos se sucedían a diario. [Cientos de personas eran fusiladas al volver del trabajo; cientos eran fusiladas cuando salían a trabajar. Eran muchos los que preferían vivir ocultos en sótanos y pasar hambre en ellos, antes que correr el riesgo de tropezarse en la calle con un fascista.] Se recuerda especialmente la fecha del 15 de julio, cuando fueron fusiladas mil personas, y el 23 del mismo mes, aniversario de la inclusión de Letonia en la Unión Soviética, cuando más de dos mil personas cayeron bajo las balas fascistas. Los alemanes hostigaban a los judíos hasta después de muertos: una orden especial prohibía aceptar cadáveres de judíos en las morgues. Se vieron cadáveres de judíos tirados durante siete días en las calles de Riga.
Muy pronto los alemanes emprendieron los preparativos para el exterminio definitivo de los judíos. El primer paso para ello consistía en reunirlos en un mismo lugar y aislarlos del resto de la población. El destino del reasentamiento fue el distrito de Moscú, a las afueras de la ciudad —los mismos terrenos donde estuvo emplazado el gueto judío durante el Medioevo. Naturalmente, no cabe imaginar que los alemanes se guiaran por consideraciones de índole histórica. La explicación es mucho más sencilla. A saber, que dicho distrito es la zona más deprimida de la ciudad [y se encuentra a poca distancia del bosque de Bikernieki, tradicional escenario de las ejecuciones en masa].
Los alemanes comenzaron por nombrar un Consejo de la Comunidad judía de Riga, que sirviera como interlocutor entre los judíos y las autoridades. El doctor Shleter, un judío de Viena que se había desempeñado en el pasado como Consejero de Estado en Austria, fue nombrado su presidente. La integraron, además, los abogados Mintz y Mijaíl Ilyashev, el doctor Rudolf Blumenfeld, el antiguo director de la fábrica textil Kaufer y el contable Blumenau, entre otros.
[Ya desde los primeros días se hizo evidente que la nueva directiva era impotente para mejorar las condiciones de vida de los judíos. Las raciones de alimentos fueron recortadas drásticamente: los judíos recibían cien gramos de un sucedáneo de pan al día, lo que equivalía a la mitad de lo que tenía asignado el resto de la población. Además, tenían terminantemente prohibido viajar a las áreas rurales a comprar alimentos. El hambre comenzó a cundir entre la población judía. Aislados del mundo debido a la prohibición de utilizar los servicios de correos, los judíos de Riga esperaban con temor lo que les depararía el destino.]
4. EL GUETO
Los fascistas estaban impacientes por reasentar a los judíos. [A algunos les concedieron apenas entre dos y tres horas para la mudanza.] Sus muebles y demás bienes los alemanes se los quedaban para sí.
[El área destinada al reasentamiento era muy pequeña y los judíos no dejaban de llegar. El 21 de octubre se publicó la orden del Comisario general que establecía la creación del gueto, a la vez que imponía a los judíos nuevas y onerosas limitaciones. A partir de ese momento los judíos de Riga quedaban sujetos a las atroces leyes de Núremberg y las célebres adiciones a ésta debidas a Goebbels. Según la diáfana expresión de los artífices de esas «leyes», los judíos dejaban de ser sujetos de una sociedad para convertirse en objetos de una política racial.]
La orden del Comisario general prohibía a los judíos abandonar el recinto cercado por la alambrada. Las empresas que utilizaban mano de obra judía eran responsables de conducir a sus trabajadores debidamente custodiados, tanto en el matinal viaje de ida como en el vespertino de vuelta al gueto. La población local tenía terminantemente prohibido entablar conversación con los judíos e, incluso, acercarse al perímetro cercado por la alambrada.
El distrito de Moscú fue encerrado por una doble tapia coronada de alambre de espino. En la noche del 24 de octubre se instaló la posta alemana junto a la puerta instalada deprisa. [En ese instante entraban al gueto los últimos judíos reasentados. Una enorme trampa se cerró en torno a los judíos de Riga.]
Los reasentados vivían en constante tensión. Cada mañana se veía salir a miles de personas al trabajo guardadas por feroces convoyes. Directores de las fábricas, contratistas y oficiales alemanes utilizaban abundantemente la fuerza de trabajo esclava. El Teniente Kraus, encargado de los asuntos judíos en la Bolsa de trabajo, jamás denegaba las peticiones que recibía. Un cartel colgado a las puertas del gueto avisaba de su disponibilidad: «Se ofrecen judíos a cambio de una remuneración. Oferta válida también para unidades militares».
Los judíos que regresaban de trabajar eran sometidos a diario a un minucioso cacheo antes de acceder al gueto. En uno de esos registros los guardias encontraron el bocadillo que llevaba el estudiante Kremer: el joven fue fusilado allí mismo. [Entretanto, en el gueto el hambre era cada vez más acuciante y eran muchos los que caían desplomados en las calles debido a la inanición.
El Consejo judío tomaba cuanta medida podía para mejorar las condiciones de vida de los vecinos del gueto.]
Por su parte, los médicos del gueto se afanaron para evitar la aparición de epidemias, a pesar de la extrema depauperación de las condiciones de vida y las condiciones de insalubridad (téngase en cuenta que los alemanes prohibieron la evacuación de los desechos del perímetro cerrado). En el gueto funcionaban consultorios médicos, un hospicio para huérfanos y un comedor para ancianos y minusválidos.
El 27 de noviembre los alemanes informaron al Consejo de la decisión de separar a los «especialistas» del resto de vecinos del gueto [, incluyendo a sus propios familiares]. El 28 de noviembre comenzó la construcción de una tapia que dividía el gueto en dos zonas. Así quedó constituido el llamado «pequeño gueto» que albergó a los cerca de tres mil hombres aptos para el trabajo. Separados del resto de judíos por una cerca de alambre de espino, ya no veían más a sus mujeres e hijos. El comportamiento burlón de los guardias no dejaba lugar a dudas: la catástrofe era inminente.
[El 29 de noviembre el Sturmbanführer Brasch convocó al Consejo judío en pleno. Los recibió con una insolencia particularmente notable y un gran alarde de sinceridad. Les informó sin rodeos que la jefatura había decidido liquidar a una parte de los judíos de Riga debido a la sobrepoblación del gueto. Entretanto, del Consejo se requería participar en esa operación y asistir a los alemanes en la selección de las personas que serían ejecutadas. Concretamente, se le encargaba la confección de listas de ancianos, enfermos, delincuentes y otras personas cuya presencia en el gueto la junta considerara indeseable.
Tras escuchar en silencio las palabras del verdugo, los miembros del Consejo intercambiaron miradas y dejaron caer la cabeza. Sabían que toda discusión sería estéril, que ningún argumento conseguiría hacer cambiar de idea a los alemanes. Los miembros del Consejo se conocían tan bien unos a otros que las breves miradas que intercambiaron les bastaron para tomar una decisión conjunta. El doctor Blumenfeld fue el encargado de comunicarla a Brasch: —Este Consejo no entregará a un solo judío para que sea ejecutado. Soy médico y he dedicado toda mi vida a la curación de los enfermos, no a buscarles la muerte. Es evidente que tenemos concepciones muy distintas sobre el valor de la vida humana, como distintos son los conceptos que tenemos sobre a quién considerar un delincuente. En nuestra opinión, los verdaderos delincuentes se encuentran fuera de las alambradas del gueto…
Brasch interrumpió a Blumenfeld y echó de su despacho a los miembros del Consejo.
Aun cuando los asistentes a esa reunión mantuvieron el más estricto silencio sobre lo conversado allí, muy pronto en el gueto se supo la horrible noticia.]
El 29 de noviembre el [108] Obergrupenführer Jeckeln, comandante en jefe de todas las fuerzas policiales de la región del Ostland envió una comunicación a empresas e instituciones avisándoles del cese de las actividades laborales de los judíos hasta nuevo aviso. Las puertas del gueto permanecieron cerradas el 30 de noviembre. Los convoyes que acudieron en busca de trabajadores se marcharon vacíos. Todos los preparativos indicaban la inminencia de extraordinarios acontecimientos.
5. LA AKTION
La Aktion contra los judíos del gueto de Riga tuvo lugar los días 30 de noviembre y 1 de diciembre de 1941 —es decir, cinco semanas después de la constitución del gueto. La Aktion dio comienzo con la orden de formar a todos los hombres en la calle Ludzas. Nadie sabía a qué atenerse, pues corrían rumores contradictorios. [Algunos hombres ocultaron a sus familias temiendo una ejecución en masa. Algunas mujeres se vistieron de hombres e intentaron pasar desapercibidas en las columnas de trabajadores en la confianza de que ello podía salvarlas.] Muy pronto los hombres fueron trasladados: algunos al «pequeño gueto»; otros al campo de concentración de Salaspils. A las seis de la tarde los verdugos procedieron al desalojo de las mujeres, los ancianos y los niños. La policía había tomado el distrito Moscú. Los enfermos eran ejecutados en sus propias casas; a las madres con prole numerosa las dejaban con apenas un par de niños: los demás eran tiroteados sin compasión. Todos los trescientos ancianos alojados en el asilo fueron asesinados sin excepción. Idéntica suerte corrieron los enfermos ingresados en el hospital del gueto. Los gritos de los condenados que le veían el rostro a la muerte se oían por todas partes. Las mujeres y los niños desalojados esperaban su suerte en las calles vigilados por policías. La espera fue larga, pues se prolongó hasta el amanecer del día siguiente. Ateridos y temblorosos, tuvieron que presenciar el sangriento espectáculo que transcurría ante sus ojos. Con las primeras luces del alba los alemanes formaron columnas de entre doscientas y trescientas personas que echaron a andar hacia el este vigiladas por idéntico número de convoyes.
Rodeados de hombres de la Gestapo, los miembros del Consejo judío, y entre ellos el rabino principal de Riga, el rabino Zak, esperaban frente a la sede de su organización. El doctor Blumenfeld consiguió susurrar unas palabras a Abram Rozental cuando éste pasó junto a ellos: —Nuestras horas están contadas —le dijo—. Tal vez usted llegue a vivir días más luminosos. Si así fuera, le ruego que transmita a los nuestros que morimos imbuidos de la fe en la perdurabilidad inexorable de nuestro pueblo. Sepa que mientras estamos esperando que nos lleven al paredón —de ello no nos cabe la menor duda—, aquí al lado, a la luz de una lámpara de queroseno está escribiendo las últimas líneas de sus memoria s el célebre profesor e historiador Dubnov, cual si se tratara de un escriba de la antigüedad. Él está convencido de que esas memorias llegarán a las manos de algún lector en el futuro.
El alemán Johann Siebert, un verdugo muy instruido que había cursado estudios en la Universidad de Heidelberg, era uno de los comandantes del gueto. Precisamente a esa casa de estudios solía acudir periódicamente Semión Márkovich Dubnov, invitado a dictar conferencias sobre la historia antigua de Oriente e historia general del pueblo judío. El destino quiso que estudiante y profesor coincidieran en las calles del gueto, uno en calidad de todopoderoso comandante y cruel verdugo; el otro como un prisionero condenado a muerte. Siebert reconoció enseguida a su antiguo profesor y no perdía ocasión de ofender y humillar a aquel anciano octogenario.
—En el pasado cometí la estupidez de asistir a vuestras conferencias, profesor — le dijo en una ocasión—. Recuerdo que usted solía exponer el credo humanista y asegurarnos que pronto habría triunfado en todo el mundo. También recuerdo sus críticas a los antisemitas y cómo nos aseguraba que el siglo XX sería el de la emancipación definitiva de los judíos. Pues, debo decirle que casi adivinó lo que vendría, porque fíjese que ayer estuve en el bosque Bikernieki, donde asistí a la ejecución de cuatrocientos ochenta prisioneros rusos. Y ¿sabe una cosa? También fue fusilado un número idéntico de judíos. Puede felicitarse por su sagacidad, Dubnov. Ya os habéis igualado a los rusos, ¿qué le parece?
—¿Cuántos judíos dice que fueron fusilados ayer? —le preguntó a su vez el anciano profesor.
—Cuatrocientos ochenta.
—Gracias por el dato, pues resulta muy relevante para el libro en el que me encuentro trabajando —concluyó Dubnov.
El autor de la Historia universal de los judíos llevó un diario hasta el último día de su vida, una crónica de la vida en el gueto de Riga. Los cuadernos llenos de su letra apretada eran sacados en secreto del gueto y puestos a buen recaudo en manos de unos letones. A días de hoy, los cuadernos del profesor Dubnov no han podido ser recuperados. Sus custodios fueron detenidos por los alemanes.
Dubnov abandonó su casa a empujones. Dos alemanes lo flanqueaban. Su semblante era el de quien sabe que ha cumplido hasta el final el deber contraído con sus pueblo. Se detuvo un instante y miró en derredor: los copos de nieve caían sobre la calle por la que cientos de mujeres y niños caminaban hacia la muerte, bajo la atenta mirada de los hombres de las SS. Los dientes de Johan Siebert castañetearon mientras sus labios dibujaban una mueca burlona. Dubnov quiso decirle algo, pero sonaron las ráfagas… Y se desplomó, ya muerto.
Los testigos de las ejecuciones en masa en el gueto de Riga sostienen que todo lo que ocurrió allí respondía a un metódico plan diseñado de antemano con todo detalle.
[Los cuerpos de quienes caían dentro de los límites del gueto permanecían tirados en las calles. En cambio, en cuanto las columnas de condenados abandonaban el recinto cercado por las alambradas, se les aproximaban numerosos carros y carretas. Los guardias disparaban sin piedad contra los rezagados o los niños que se quejaban a gritos y sus cadáveres eran cargados rápidamente en los vehículos que acompañaban a los condenados.
Brasch se hallaba apostado junto a las puertas del gueto, desde donde disparaba con su pistola contra los judíos conducidos a ejecutar. Lo hacía en total calma tomándose su tiempo para elegir a las víctimas y hacer diana en ellas. Izidor Berel, uno de los miembros del «pelotón de orden público» formado por judíos del gueto, se le acercó.
—¿Por qué se comporta así, señor Brasch? —le preguntó—. ¿Acaso me dirá que disparar a placer sobre personas indefensas es una muestra de la cultura alemana?
En los tiempos del dictador Úlmanis, Berel había servido en la policía letona, donde alcanzó un alto puesto. Por ello, cuando lo reclutaron para el «pelotón de orden público» del gueto se le ordenó vestir uniforme de policía con los correspondientes distintivos que acreditaban su rango. Brasch ostentaba un rango inferior al de Berel, de manera que se vio obligado a responderle en atención al protocolo del cuerpo policial: —Nuestra actuación se corresponde plenamente con las instrucciones recibidas —explicó—. Debemos garantizar que las columnas lleguen al destino indicado según el gráfico establecido y es por ello que eliminamos a todos aquellos elementos que puedan atentar contra la velocidad de la marcha. Fíenselo usted mismo; ¿acaso cree que aquella anciana, la que lleva el abrigo de color lila, conseguirá mantener el ritmo necesario? —preguntó, mientras apuntaba a la anciana y la abatía de un tiro.
Todos los verdugos se comportaban con idéntica calma y obediencia al método establecido. Si algo les preocupaba era el peligro de que se produjeran retrasos que afectaran el calendario previsto para finalizar la «operación». Tan sólo en una ocasión se vio a Brasch perdiendo los papeles. Ello ocurrió cuando el ingeniero Wolfse apartó de repente de la columna y le propinó una bofetada. Brasch descargó sobre él todos los cartuchos de su pistola. Fue también la única ocasión en que se le vio derrochar balas.]
Los responsables de la Aktion se llevaron una sorpresa al constatar el elevado número de huérfanos que vivían en el gueto. Ello los llevó a formar un batallón exclusivo para ellos: seiscientos niños y niñas. Doscientos policías de la Ordungspolizei se ocuparon de escoltarlos. Por el camino se entretenían en lanzar a los niños al aire y dispararles mientras volaban al suelo.
Cuando una de las columnas pasó junto a una iglesia de la secta rusa de los viejos creyentes, una decena de éstos, guiados por su pastor, se postraron al borde del camino y entonaron himnos religiosos. Los policías intentaron apartarlos, pero el sacerdote protestó:
—Dejadnos elevar nuestras plegarias a Dios —les dijo con firmeza—. No es a personas normales que conducís a la muerte: ¡es a mártires! [Pronto estos mártires comparecerán ante el Altísimo y le contarán todo lo que ocurre en este mundo dominado por el pecado. Ojalá lleven también nuestras plegarias a los pies del Señor.]
Las ejecuciones en masa provocaron una gran indignación entre los obreros de la fábrica de caucho Kvadrat. A modo de protesta, organizaron una jornada de paro que provocó la intervención de la gendarmería. La situación degeneró en enfrentamientos armados. Muchos obreros murieron como consecuencia de los desiguales combates.
Ocho enormes zanjas esperaban a los condenados en el bosque Bikernieki. Apenas llegar a la linde del bosque los judíos recibían la orden de desnudarse. Las botas tenían que ser colocadas a un lado; las galochas, a otro. Hombres de las SS empujaban a los condenados hacia las zanjas a culatazos. Allí los esperaba el barón Sievers, un alemán del Báltico, quien los asesinaba disparándoles breves ráfagas. Dos ayudantes asistían al barón Sievers. Su trabajo consistía en cambiar los cargadores a las metralletas por turnos y alcanzarlas al verdugo. Cubierto de sangre de los pies a la cabeza, Sievers se negó durante horas a ser sustituido. Más tarde se lo oyó ufanarse de haber dado muerte a tres millares de judíos aquel 1 de diciembre. [Había un equipo de camarógrafos haciendo girar con fuerza las manivelas de sus cámaras. También fotógrafos que iban de un lado a otro tomando instantáneas. Muchos hombres de las SS tomaban fotografías de aficionado con sus cámaras Leica.]
Los alemanes idearon muchas formas de humillar a sus víctimas. Así, por ejemplo, seleccionaron a todos los ancianos con barbas largas y les ordenaron desnudarse. Después los dividieron en dos grupos, les dieron un balón y les ordenaron jugar al fútbol sobre la nieve. Camarógrafos y fotógrafos registraban en sus aparatos la horrible escena.
El frío se cebaba con las víctimas y a una de ellas le dio un ataque de nervios. Al grito desesperado que brotó de su garganta lo siguió una escena de histeria colectiva. Pero la voz de Málkina se escuchó por encima del griterío:
—¿Por qué lloráis, judíos? —preguntó—. ¿Acaso esperáis conmover a estos monstruos con vuestras lágrimas? ¡Silenció! ¡Mostremos nuestro orgullo! [¡Somos judíos! ¡Somos judíos soviéticos!]
E inmediatamente se hizo silencio en todo el bosque. Un silencio que fue roto por las ráfagas.
[Un alemán se acercó a la columna de condenados que esperaban su turno para morir y les dijo en tono burlón: —¿Por qué os habéis callado? Apenas os quedan unos instantes de vida. ¡Aprovechadlos! Canten alguna cosa.
En respuesta] la voz profunda de un anciano entonó de pronto la Internacional. Al principio, la secundaron otras pocas voces, pero muy pronto el himno fue cantado a coro. Ese episodio lo guardó para la posteridad la costurera Frida Frid, la única judía que sobrevivió a aquella jornada en el bosque Bikernieki. El relato de las circunstancias en que salvó la vida y los tres años que pasó vagabundeando por las aldeas de Letonia podría constituir el argumento de un libro entero.
«Nuestra columna fue dividida en grupos —recuerda Frida Frid—, y nos ordenaron desvestirnos. Me quedé en ropa interior, pero me daba vergüenza. Había hombres por todos lados y yo estaba allí en bragas. Entonces agarré mi bata de trabajo y me la coloqué por encima. Tenía mucho frío y metí las manos en los bolsillos de la bata intentando entrar en calor. Al hacerlo descubrí que guardaba un papel en uno de los bolsillos: era el título que acreditaba mi graduación en la Escuela de corte y costura con magníficas calificaciones. Hacía quince años que lo guardaba sin saber por qué y ahí me dije: “Dios mío, tal vez ese trozo de papel sea mi salvación”. Entonces me aparté de golpe de la columna y me abalancé sobre un alemán que parecía ser el jefe.
»—Señor oficial —me dirigí a él en alemán—, ¿por qué habríais de matarme? Yo quiero trabajar. No me matéis. No le miento, mire: aquí puede ver mi título. Vea ese documento.
»El alemán me empujó violentamente y rodé por los suelos. Intenté incorporarme, pero entonces me propinó una patada y me gritó:»
»—No me molestes con tus papeluchos. ¡Vete a enseñarle a Stalin esos documentos!
»Volví a unirme a la columna. Recuerdo que comencé a tirarme de los pelos y me arranqué un mechón sin sentir dolor alguno. Entretanto, los alemanes nos iban empujando hacia la zanja golpeándonos con las culatas de sus fusiles. Me volví hacia otro policía, le insistí en mi profesión de costurera y mi deseo de trabajar, le mostré el título, pero nadie parecía dispuesto a escucharme. Por fin me llegó el turno de acercarme a la zanja. A ambos lados de ella se alzaban sendos árboles. Un último sendero conducía hasta ella. Ya en ese punto la gente avanzaba una a una hacia el precipicio y caían en él. Tan sólo se escuchaban los disparos de metralleta: ra-ta-ta, ra-ta-ta…
»“¿Acaso esto es el fin? —me pregunté—. Dentro de unos pocos minutos ya estaré muerta, no veré más el sol, no volveré a respirar aire puro. ¿Cómo puede ser esto posible? Tengo mis documentos en regla, he trabajado honradamente durante toda mi vida, jamás he tenido una sola queja de un cliente. ¿Cómo es que estos alemanes no me lo tienen en cuenta? ¡No quiero morir! ¡No quiero morir!” Y con esa idea fija en mi mente eché a correr hacia el oficial que dirigía la ejecución y le grité:»
»—¿Por qué me hacéis esto? Soy una buena especialista. Échele un vistazo a mis documentos… Soy una especialista…
»El alemán me propinó un fuerte golpe en la cabeza con su pistola y caí al pie de la zanja. Me pegué a la tierra e intenté permanecer absolutamente inmóvil. Media hora más tarde escucho que alguien grita en alemán: “¡Juntad todas las botas aquí!” Ya entonces me había arrastrado imperceptiblemente, alejándome de la zanja. Entreabrí un ojo y vi que tenía una bota pegada a la cara. Inmediatamente después comenzaron a lloverme zapatos. Por lo visto el color gris de la bata de hule que llevaba se había fundido con el color de las botas sirviéndome de camuflaje. Ahora, cubierta por una montaña de zapatos sentía menos frío. Tan sólo el lado derecho de mi cuerpo permanecía helado. Podía intentar cubrirlo de zapatos, pero temí romper el equilibrio de la montaña de botas que me cubría y acabar siendo descubierta. Permanecí tumbada sobre aquel terreno helado hasta el anochecer.
»Los disparos se sucedían a muy poca distancia de mi escondite y podía escuchar los últimos lamentos de los condenados, los gritos de dolor de los heridos que eran arrojados vivos a la fosa común. Algunos morían insultando a sus verdugos; las últimas palabras de algunos otros eran para sus seres queridos; otros más recitaban plegarias a voz en grito. También había madres que en el último instante pedían permiso para arropar a sus hijos para evitar que se resfriaran. ¡Y yo allí, escuchando todo aquello! Desde mi escondite escuché un par de veces la voz de mi hermano; también escuché las últimas palabras de mis vecinas… En aquellos breves instantes creí volverme loca.
»Cuando cayó la noche, cesaron los disparos. Tras dejar una pequeña guardia al cuidado de los zapatos, el grueso de los alemanes se fue a dormir. Unos pocos intercambiaron algunas frases a apenas tres metros de mí, mientras fumaban un pitillo. Podía escuchar sus voces alegres, satisfechas: “¡Hoy sí que nos hemos ganado el pan con el sudor de la frente!”. “¡Sí, hemos tenido un gran día!” “Y todavía quedan muchos allá así que nos queda otra jornada de las buenas”. “Pues nada, hasta mañana”. “¡Que tengas dulces sueños!” “¡De esos no me faltan jamás!”…
«Decidí arrastrarme fuera de la montaña de zapatos. Lo primero era encontrar algo de ropa, así que me arrastré hasta otro bulto vecino donde los verdugos habían arrojado la ropa de hombre. No tenía tiempo que perder, así que me hice con unos pantalones y una chaqueta. La cabeza me la envolví en un pañuelo que me sirviera de abrigo. Cuando terminaba de vestirme me llegó desde la zanja el lamento de un niño: “Mamá, tengo frío”, se quejaba. “Por qué no te mueves, mamá”. “Que sea lo que Dios quiera, pero tengo que salvar a esa criatura”, me dije. Pero los alemanes se me adelantaron. Dos de los guardias se acercaron a la zanja, buscaron al dueño de aquella vocecita y lo mataron a bayonetazos. Uno de los alemanes dijo: “Todavía no ha nacido nadie capaz de escapar vivo de nosotros”.
»Comprendí que tenía que aprovechar la oscuridad de la noche para escapar de aquel horrible lugar. El problema era que había guardias por todas partes y podrían descubrirme cuando resaltara sobre el blanco cegador de la nieve. En ese instante recordé la película La guerra de Finlandia, en la que aparecían soldados camuflados en batas blancas que les permitían pasar desapercibidos cuando se movían sobre superficies nevadas. No lejos de mí había un montón de sábanas que muchas madres utilizaron para traer envueltos a sus hijos más pequeños…
»Allí encontré una manta, me envolví en ella y me arrastré tan lejos como pude…»
En el gueto, los judíos que habían sobrevivido a la matanza esperaban la continuación del pogromo. Con todo, la situación parecía retornar a la calma. Sólo muy de tanto en tanto se escuchaban los lamentos de algún herido que convocaba la rápida presencia de un policía. Entonces resonaba un solitario disparo, cuyo eco repetían los muros de las casas, y se restablecía el silencio. Nadie se ocupaba de retirar los cadáveres ni se conocieron nuevas órdenes, más allá de la que mandaba avisar a la policía de la localización de los heridos. Los alemanes daban el tiro de gracia a todo herido que encontraban.
Tan sólo al quinto día llegó la orden de dar sepultura a los cadáveres. Una enorme fosa común fue cavada en el viejo cementerio judío, inserto en los límites del gueto. Se vio a un médico llevar a la fosa a su mujer y sus dos hijos. Algunos enterraron allí a todos los miembros de su familia, personas de varias generaciones a las que los unían diversos grados de parentesco.
6. LOS «DEPORTADOS» DEL GUETO
Transcurrida una semana desde la primera Aktion, se anunció la deportación de todos los judíos que quedaban en el «Gran gueto» de Riga. Con todo, nadie sabía a ciencia cierta qué entendían los alemanes por deportación. Los alemanes explicaron que la «deportación» difería esencialmente de la «evacuación». Dijeron que si el concepto de «evacuación» presuponía el traslado a un nuevo emplazamiento, la «deportación», en cambio, sólo implicaba el desalojo del lugar ocupado… Por lo tanto, nadie sabía si los «deportados» iban a ser alojados en algún sitio…
La noche del 9 de diciembre la temperatura era de veinte grados bajo cero. Esa noche los judíos del gueto recibieron la orden de prepararse para la «deportación». Desde las siete de la tarde y hasta el amanecer del día siguiente la gente se agolpaba en las calles bajo una helada descomunal. Antes los alemanes se habían ocupado de saquear las casas y desposeer a sus habitantes de todas las piezas de abrigo. Fueron muchos los ancianos y ancianas que murieron de frío aquella noche. Las columnas de «deportados» echaron a andar, estrechamente vigiladas, con las primeras luces del alba. En una vía muerta de la estación de ferrocarriles de Shkirotava los esperaban convoyes ferroviarios que no estaban enganchados a locomotoras. Los «deportados» fueron obligados a subir a vagones de carga. Y desde esos mismos vagones eran sacados en grupos más tarde para ser conducidos al bosque Bikernieki, donde los alemanes disparaban sobre ellos con ametralladoras. Ese día fue exterminado un total de doce mil personas.
Unos días más tarde las autoridades anunciaron a bombo y platillo la celebración de la liquidación del gueto de Riga. Soldados alemanes de diferentes armas participaron de aquella jornada festiva, acompañados de alemanes vestidos de civil, policías, gendarmes, delincuentes y fascistas letones, es decir, la plebe con ínfulas nacionalistas. La fiesta se prolongó durante horas. Los niños eran manteados y disparados en el aire; jóvenes desnudas eran obligadas a jugar a voleibol y las integrantes del equipo perdedor eran fusiladas antes de comenzar el siguiente partido… El Untersturmführer Jáger dirigía la macabra celebración. Se lo conocía por su acreditada antigüedad en el partido nazi, pues fue uno de los encargados de planificar el putsch de Munich, junto a Hitler.
Al término de la fiesta, la población del gueto quedó reducida a tres mil ochocientas personas, de las que trescientas eran mujeres y unas pocas decenas, niños. Sin embargo, dos días más tarde el gueto de Riga comenzó a llenarse de nuevo. Desde Alemania, llegó el primer tren cargado de judíos.
7. LOS JUDÍOS LLEGADOS DE ALEMANIA
Resulta difícil encontrar una razón para que Riga se convirtiera en el cementerio de tantos judíos alemanes. No obstante, un día en que se encontraba totalmente ebrio, el Untersturmführer Migge, ayudante del comandante del gueto, se franqueó con sus compañeros de juerga y explicó a su manera el porqué del traslado de judíos alemanes a Letonia. Los alemanes no querían matarlos en casa, dijo, entonces los nombres de los verdugos habrían sido conocidos por un círculo de personas demasiado amplio.
Por otra parte, al delegar parte de las ejecuciones en los nacionalistas letones que servían en el campo de concentración, conseguían involucrar en los crímenes a un buen número de estos traidores letones y compartirlos con ellos, algo que resultaba de enorme utilidad toda vez que los alemanes contaban con su apoyo en el futuro.
Los alemanes organizaron el traslado de esos judíos a la muerte cuidándose de que las víctimas desconocieran la suerte que les esperaba hasta el último instante. Con ese propósito, les convencieron de que el viaje respondía a los fines de la colonización alemana de los países del Este y les aseguraron que Alemania continuaba considerando a los judíos alemanes como conciudadanos, pero estimaba conveniente deportarlos al Ostland. Sentadas esas premisas, se les recomendó cargar con todo aquello que pudieran necesitar en sus nuevos lugares de residencia. En el bolsillo de uno de los judíos alemanes asesinados en el gueto de Riga —un vecino de Berlín— se encontraron las siguientes instrucciones para la evacuación:
Berlín, Cuarto distrito, 11 de enero de 1942.
A la atención del Sr. Albert Israel Unger y Sra.
Por disposición de las autoridades, vuestra salida está prevista para el 19 de enero de 1942. Dicha disposición lo abarca a Ud., a su señora y a todos los miembros solteros de su núcleo familiar incluidos en vuestra declaración de bienes.
A mediodía del 17 de enero de 1942 vuestro domicilio será sellado por la autoridad competente. Por lo tanto, a esa hora Usted deberá tener listo para el viaje tanto su equipaje mayor como su equipaje de mano. Usted deberá entregar al funcionario encargado del caso las llaves de Vuestro domicilio y, si procede, las de las habitaciones de éste. Seguidamente, el funcionario lo acompañará a la comisaría de policía que corresponda a su dirección de residencia, llevando Usted consigo tanto el equipaje mayor como el de mano. El equipaje mayor quedará en la comisaría, desde donde nuestro servicio de equipajes lo llevará en camiones destinados al efecto al punto de concentración sito en el N.° 7/8 de la calle Lowetzov.
Una vez entregado el equipaje mayor en la comisaría, Usted se dirigirá, portando consigo el equipaje de mano, hasta el punto de concentración sito en la sinagoga de la calle Lowetzov (utilice la entrada habilitada en la calle Jagow). Podrá desplazarse hasta allí utilizando los medios habituales de transporte.
Mientras permanezca en el punto de concentración, así como durante el traslado en ferrocarril, Vuestra manutención correrá por nuestra cuenta. No obstante, no estaría de más que lleve consigo en su equipaje de mano las provisiones que guarde en casa, especialmente las que le permitan garantizar, al menos, una cena.
Tanto en el punto de concentración como durante el viaje se le prestarán servicios médicos y se le proveerá de alimentos.
En folio anexo encontrará instrucciones adicionales, a modo de recordatorio, que le resultarán de utilidad.
Lo instamos a atender esas instrucciones con el máximo celo y a prepararse para el viaje con serenidad y, a la vez, con responsabilidad.
… Los trenes llegaban al andén de la estación de Riga. Allí los recibía el Obersturmführer Krauze o algún otro alto funcionario del Comisariado general. En todos los casos el oficial alemán mostraba una amplia sonrisa y felicitaba efusivamente al responsable del convoy por el exitoso arribo al nuevo lugar de residencia. Tras intercambiar unas cuantas frases amables, el alemán anunciaba en tono compungido que debido a un imprevisto se le había presentado cierto problema con el transporte y no había recibido todos los autobuses necesarios para el traslado. Debido a ello rogaba al responsable del convoy que le hiciera el favor de separar en dos grupos a los recién llegados. Uno de ellos estaría formado por los hombres y las mujeres más saludables, quienes se verían obligados a salvar a pie los tres kilómetros que los separaban del punto de destino. En cambio, ancianos, niños y las mujeres más débiles harían el viaje cómodamente instalados en autobuses.
La subida a los autobuses transcurría con el máximo orden. Policías y gendarmes regalaban sus sonrisas más cálidas, ayudaban a ancianos y mujeres mientras bromeaban con ellos y alzaban a los niños con cuidado para entregarlos a sus madres.
Los hombres marchaban a pie hasta el distrito de Moscú, donde los esperaban los apartamentos vacíos de los judíos de Riga. Las mujeres, los ancianos y los niños eran conducidos al bosque Bikernieki. Allá el trato que les dispensaban cambiaba bruscamente. Al bajar de los autobuses les esperaban hileras de policías y gendarmes, como antes en la estación. Pero aquí no sonreían ni se mostraban galantes. [Éstos pegaban culatazos a todo aquel que tenían a su alcance; a algunos les disparaban sin más.] Seguidamente les ordenaban desvestirse, les indicaban dónde colocar la ropa y los empujaban hacia enormes zanjas…
Algunos convoyes eran llevados directamente al bosque Bikernieki. De otros eran seleccionadas las personas que parecían aptas para el trabajo. Muy pronto el «Gran gueto» volvió a colmarse de judíos. Estos venían de Berlín, Colonia, Dusseldorf,
Praga, Viena y otras ciudades de Europa.[109]
La llegada de los primeros judíos alemanes alargó la vida del gueto de Riga en un año. En la práctica, existían dos guetos. Uno, el mayor, destinado a los judíos alemanes; otro, el menor, destinado a los judíos de Riga. Una tapia cubierta de alambre de espino separaba ambos sectores. El Obersturmführer Krauze era el comandante del gueto. Ello le daba derecho a juzgar y fusilar a quien estimara conveniente. Del exterminio sistemático de los judíos estaba encargado el
Standartenführer [110] Lange, jefe de la policía en Letonia, a quien en Alemania conocían como el «doctor del antisemitismo».
La prohibición de dar a luz era una más de las que pesaban sobre los vecinos del gueto. Un día llegó a oídos de Krauze que Klara Kaufman, judía llegada de Alemania, se había puesto de parto. Krauze ordenó trasladarla inmediatamente al hospital. Una hora después del parto los alemanes condujeron a varios centenares de personas ante el edificio del hospital. Impecablemente vestido con su uniforme de gala, Krauze los vio congregarse desde el balcón. Cuando estuvieron todos hizo una señal a su ayudante, el sargento de caballería Kabnello. Este salió entonces al portal con el bebé en brazos y lo levantó para que la multitud pudiera admirarlo. Seguidamente, sujetó a la criatura por los pies, tomó impulso y le estrelló la cabeza contra un escalón. Kabnello se tomó unos instantes para limpiar con un impoluto pañuelo blanco la sangre que le había salpicado la cara y las manos. Después sacó del edificio a la parturienta y al padre de la criatura. Ambos fueron fusilados junto al cuerpecito sin vida de su benjamín. Así fue anunciado en el gueto el nacimiento de un nuevo vecino. [Entretanto, fuera de los límites del gueto los alemanes desarrollaron una activa campaña a favor de la «preservación de la pureza de la raza». Con todo, los alemanes se vieron necesitados de hacer muchas concesiones en ese aspecto. Así, por ejemplo, el interés que tenían en atraerse el favor de los antiguos oficiales del ejército de Letonia y los altos cargos del gobierno burgués de Ulmanis les obligó a permitir que éstos sacaran del gueto a sus esposas judías. No obstante, muy pronto todas ellas recibieron citaciones a la comisaría para ser dadas de alta en el registro de direcciones. Allí fueron recibidas por el asesor especial para asuntos judíos Fritz Steiniger, quien las interrogó detenidamente y por separado sobre sus ancestros, su estado de salud, etc. Cada una de las visitantes abandonó la oficina de Steiniger con el encargo de acudir a la clínica del doctor Krastyni provistas de los honorarios requeridos para una estancia de dos semanas en ella. Todas fueron esterilizadas de acuerdo con lo establecido por las «Leyes de Núremberg» y bajo el atento escrutinio de galenos alemanes.]
8. EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE
SALASPILS[111]
Un año más tarde los alemanes desalojaron el gueto instalado en la capital de Ostland y trasladaron a sus vecinos del gueto al campo de concentración de Salaspils.
Otro campo, el de Kaiserwald,[112] hacía las veces de estación de tránsito para quienes iban a Salaspils. Nadie conseguía saltarse una estancia en aquel lugar horrible. Su comandante era el Sturmbannführer Sauer, un notorio criminal alemán. [Sauer dio una vuelta de tuerca más a los registros a que eran sometidos habitualmente los prisioneros que arribaban a los campos. Así, quienes llegaban a Kaiserwald eran sometidos a un peculiar «régimen» de dos días, que consistía en alimentarlos exclusivamente con aceite de castor. Ello se hacía para descubrir los diamantes o monedas que hubieran ingerido antes del traslado.]
Los alemanes traían de Alemania «criminales de tercer grado», es decir, delincuentes que habían cumplido la mitad de sus penas y demostrado su fidelidad al nacionalsocialismo, para que se desempeñaran como encargados de los barracones del campo.
En el campo de Salaspils los alemanes llevaban a cabo un proceso metódico e inexorable de exterminio. Los barracones fueron sometidos a diversas «desinfecciones» que acababan con centenares de personas gaseadas. Sus cadáveres eran enterrados en los barrancos de los alrededores. Miles de personas se veían obligadas a realizar insoportables trabajos forzados.
Otras muchas personas perdieron la vida en los centros «científicos» alemanes que operaban en Riga. A saber, el Instituto de higiene y el Instituto de medicina animal. En ambos establecimientos verdugos titulados desarrollaban y optimizaban la ciencia de la muerte. A un grupo de judíos, entre quienes estaba el profesor asociado de la Sorbona Schneider, los alemanes les abrieron las venas con el propósito de estudiar el comportamiento de hormonas y glándulas en circunstancias de desangramiento total. Uno de los especialistas que trabajaban en estas instituciones redactó un sesudo informe científico acerca del desarrollo histórico de los métodos de asfixia por ahorcamiento. En el curso de su investigación, estudió en detalle los diversos tipos de sogas y nudos, según su eficacia. Sus «trabajos científicos» se cobraron la vida de treinta y cinco judíos.
Con la llegada de 1944, la línea del frente se acercaba más y más a las repúblicas del Báltico y los hitlerianos acometieron a toda prisa la conclusión de su criminal carnicería. Las matanzas se sucedían una tras otra. Al final, los últimos prisioneros de los campos fueron subidos a bordo de un vapor y llevados a Zemgale, donde los fusilaron a todos.
Léase esta nota insertada el 28 de agosto de 1944 en un diario alemán publicado en Riga. En ella se da cuenta de la captura de unos judíos que habían conseguido sobrevivir por puro milagro a las ejecuciones en masa.
Neutralizada una banda judía
La policía secreta y las fuerzas de la SD en Letonia nos han hecho llegar la siguiente información.
Como resultado de las investigaciones realizadas el pasado 24 de agosto se consiguió neutralizar a una banda integrada por seis judíos y una judía. Todos ellos se ocultaban en un apartamento del edificio marcado con el número 15 de la calle Plovúchaya, en Riga. Los judíos tenían en su poder revólveres con los que abrieron fuego contra los agentes del orden. Como resultado de los disparos, uno de los agentes resultó herido de muerte. Dos de los judíos ofrecieron resistencia y fueron liquidados por los policías, mientras los otros intentaban escapar a través de los edificios contiguos. Ello obligó a montar inmediatamente un severo dispositivo de vigilancia en toda la zona. En él participaron tanto agentes de la policía, como gendarmes y patrullas de las SS. Todos los edificios sospechosos fueron registrados desde los sótanos hasta los tejados. Ello permitió detener a los demás integrantes de la banda judía, tras un nuevo intercambio de disparos entre policías y judíos.
La operación se saldó también con la detención de la letona Anna Polis, quien escondía en su apartamento a los judíos y les proporcionaba alimentos. Naturalmente, recibirá el castigo que merece. Otros vecinos del N.° 15 de la calle Plovúchaya fueron igualmente detenidos.
Todos los arrestados, tanto los judíos como sus encubridores, serán juzgados en cuanto concluya la investigación en marcha.
En el enfrentamiento que tuvo lugar ese día en la calle Plovúchaya perdieron la vida el doctor Lipmánovich, Grumman, Manke, Blum y Berkovich, entre otros. Anna Polis, la mujer que les brindaba cobijo, fue fusilada dos días más tarde. Sin embargo, a apenas dos calles de allí, la maestra Elvira Ronis y su anciana madre escondieron a un grupo de judíos durante medio año y consiguieron salvarles las vidas hasta la
llegada del Ejército Rojo. El letón Janis Lipke[113] ocultó a más de treinta judíos en una granja y los condujo después hasta el otro lado de la línea del frente.
Tres días después de la expulsión de los judíos alemanes, Riga acogió la manifestación de turno. Esa misma mañana se avisó a los vecinos del desfile de unidades del Cuerpo de fusileros del ejército letón previsto para las dos de la tarde. Los soldados marcharían por las calles como acto previo a su deslocalización a otro punto del frente. Cientos de habitantes de Riga cargados de flores salieron a despedirlos a su paso por la arteria principal de la ciudad, la calle Brivibas.
Una banda militar amenizó la marcha. Todos esperaban ansiosos la aparición de las tropas. De repente la multitud vio aparecer a un pequeño grupo de manifestantes, sesenta o setenta personas que avanzaban desde el río Dviná occidental. La escasa columna de manifestantes venía encabezada por un abanderado. Lo seguían muchos hombres vestidos con los trajes rayados que llevaban los prisioneros. En sus pechos, la estrella amarilla de seis puntas; en sus espaldas, un número impreso con grandes caracteres. La mortal palidez de aquellos hombres permitía adivinar que hacía mucho tiempo que no se exponían a los rayos del sol; algunos tenían cicatrices y cardenales en la cara; otros avanzaban cojeando, adoloridos. En un primer momento pareció que no eran seres humanos marchando sobre el asfalto de la calle Brivibas, sino los espectros de tanta gente martirizada y asesinada; espectros que acababan de abandonar las infernales fosas comunes para recibir a los combatientes del Ejército Rojo.
Y es que, en efecto, aquella columna de manifestantes estaba integrada por personas que habían estado tumbadas en las fosas comunes, personas que consiguieron arrastrarse desde debajo de los cuerpos de sus padres e hijos y después vivieron tres años enteros sometidos al hostigamiento de sus perseguidores. Sólo ellos habían conseguido burlarlos y sobrevivir.
Algunos antiguos residentes del gueto de Riga se encontraban entre ellos.
Eran los únicos representantes de los cuarenta y cinco mil judíos de Riga asesinados por los fascistas.
Los vecinos de Riga bajaron la cabeza al paso de aquella magra columna de manifestantes. Los generales y almirantes que esperaban al pie del obelisco de la libertad les rindieron honores militares. Y en aquella plaza atestada de gente se hizo de repente un silencio impresionante.
Pronto aparecieron en perfecta formación los batallones del cuerpo letón. La multitud cubría de flores a oficiales y soldados. [De pronto alguien gritó en yiddish desde la multitud: —¿Eres tú, Meyer?
—¡Yo mismo! —respondió un soldado.]
Y entonces] una joven de semblante pálido y un anciano de larga barba salieron de entre los espectadores y se abalanzaron sobre el sargento Moren para cubrirlo de besos y abrazos. ¡Aquel sargento con dos medallas en su pecho, un joven que había salvado combate a combate el largo camino entre Narofominsk y Riga, acababa de encontrarse con su hermana y su padre! Y juntos los tres se pasearon por las calles de la festiva Riga, marchando entre las filas del Ejército Rojo.
Una hora más tarde tuve ocasión de reunirme en uno de los tantos apartamentos vacíos de la calle Gertrudínskaya con las personas que se habían manifestados llevando los uniformes a rayas. De sus labios escuché el relato acerca del exterminio de decenas de miles de judíos.
Muchos judíos de Riga acudieron a la calle Gertrudínskaya aquella tarde con sus fusiles y metralletas en bandolera. Eran soldados, sargentos y oficiales del Ejército Rojo. Acudían en busca de noticias sobre sus familiares y amigos. Casi todos ellos recibieron las mismas respuestas: «asesinado en la primera “Aktion”»; «se suicidó»; «murió a consecuencia de las torturas de la Gestapo»… Escuchados los veredictos, los combatientes se ajustaban con fuerza las correas de sus armas y repetían uno tras otro:
—Les haremos pagar por cada una de esas muertes: ¡por todas y cada una de ellas!
AUTOR: CAPITÁN E. GETJMAN