El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 59 de 103

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El libro negro

En Stávropol

El 5 de mayo de 1943 regresé a Stávropol, mi ciudad natal, ya liberada por el Ejército Rojo. Los alemanes habían asesinado a toda mi familia: a mi anciano padre, a mi madre, a mi hermano, su mujer, sus hijos y mis cuatro hermanas y sus hijos, ente los que había criaturas de pocos meses de edad.

Inmediatamente después de ocupar la ciudad los alemanes instituyeron un Comité judío para la protección de los intereses de la población judía. Seguidamente realizaron un censo de los judíos residentes en Stávropol.

Una semana más tarde los alemanes ordenaron a los judíos reunirse en la plaza frente a la estación de ferrocarriles para ser evacuados. Se los autorizaba a llevar consigo hasta treinta kilogramos de peso per cápita y se avisó que la evacuación se realizaría «a zonas menos pobladas». Todas las personas que acudieron a la plaza fueron subidas a vehículos fabricados para la ocasión y gaseadas. La Gestapo se quedó todas sus pertenencias.

Dos días más tarde, el 14 de agosto de 1942, los alemanes convocaron a los judíos que aún vivían en la ciudad para entregarles los brazaletes que debían portar a modo de identificación. Todos los judíos se presentaron en el lugar indicado, donde la Gestapo los retuvo hasta altas horas de la tarde. Al caer la noche les dijeron que esperaran a la mañana siguiente y entonces podrían volver a sus casas. Los desnudaron con las primeras luces del alba, los subieron a las cámaras de gas móviles y se los llevaron fuera de la ciudad.

Seguidamente los soldados y oficiales de la Gestapo revolvieron los apartamentos de los judíos para cobrarse su botín.

Quiero decir algunas cosas acerca de mi madre. Parió siete hijos; ya tenía bisnietos. Pasó enferma los dos últimos años de su vida. Apenas salía de casa, siempre pegada a los fogones. Sus nietos no se cansaban de traerle flores. Se la veía rodeada de ellos; débil, pero feliz. La vieron avanzar hacia la sede de la Gestapo. Envuelta en su ajado chubasquero, iba algo encorvada, el cabello cano oculto bajo un pañuelo oscuro. ¡Qué horrible, qué vacío debió ser el corazón de quien condujo a la tumba a una mujer como aquélla!

Todos mis parientes llevaban la más pacífica de las existencias. Arreglaban relojes, cosían vestidos, remendaban zapatos. Los niños iban al colegio y faenaban en el campo.

Liza, la mayor de las hijas de una de mis hermanas, era una chica fuerte y hermosa. Una deportista nata. Durante los primeros días de ocupación los soldados alemanes solían importunarla en la calle con todo tipo de groserías. Cada vez prorrumpía en sollozos cuando volvía a casa: así era aquella orgullosa muchacha soviética. Más tarde la mataron.

Como también quitaron la vida al menor de mis sobrinos, un chico de apenas diez meses de edad. En un primer momento, los alemanes dijeron que sólo debían presentarse las personas mayores de ocho años, pero después dijeron a las mujeres congregadas que trajeran a todos sus hijos y así también ellos «eran censados». Los asesinaron a todos.

Otra de mis hermanas prefirió no llevar consigo a una de sus hijas y la dejó al cuidado de los vecinos. La Gestapo tuvo noticia de ello y envió a un grupo de sus hombres a capturarlas. Toda una noche aquellos hombres armados buscaron a la niña sin éxito. A la mañana siguiente, y a pesar de las advertencias de nuestros vecinos, mi sobrina acudió por su propio pie a la Gestapo: «Quiero estar con mamá», dijo. También ella fue asesinada.

TESTIMONIO DE A. NANKIN

EDITOR: ILYÁ EHRENBURG