El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 24 de 103

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El libro negro

[Chernovitsi bajo la ocupación germano-rumana

Las primeras unidades germano-rumanas irrumpieron por diversos puntos en Bucovina del norte el 4 de julio. Dos días más tarde ya habían alcanzado la ciudad de Chernovitsi. Una de las primeras disposiciones dictadas por la comandancia alemana colocó fuera de la ley a toda la población judía de Bucovina. Una inédita ola de pogromos se abatió sobre pueblos y aldeas. Así, por ejemplo, las cuatrocientas setenta familias judías que habitaban en la localidad de Gzudak fueron aniquiladas con la excepción de tres personas que consiguieron huir. En muchas aldeas no quedó ni un solo judío con vida. El número de judíos asesinados en Chernovitsi ascendió a seis mil.

El campesino rumano Korda Nicola, empleado en la fábrica de caucho Kadrom de Chernovitsi durante la guerra, ha contado que ninguno de los judíos de su aldea natal, Voloka, escapó con vida. No obstante, en algunas poblaciones hubo unos pocos judíos que se salvaron gracias a que sus vecinos los escondieron en sótanos y pajares.

Cuando los representantes de las autoridades civiles regresaron por fin a Bucovina, los escasos judíos que aún seguían con vida en la provincia fueron trasladados a la localidad de Storozhínets, unos, y a Bayukani, otros. Muy poco después todos fueron recluidos en los campos establecidos en ambas localidades, donde permanecieron durante unos días (once en el caso de Storozhínets), sometidos a todo tipo de vejaciones, hasta que los campos fueron desmantelados y los judíos enviados al gueto.

En la propia Chernovitsi, cuya población judía rondaba las sesenta mil personas, la gente era apresada en plena calle o sacada de sus casas para ser conducida a la comisaría. Desde allí salían después los detenidos vigilados por convoyes y en grupos de entre cincuenta y trescientas personas, a realizar diversos trabajos forzados. Las señoras rumanas llegadas a la ciudad en gran número para ocupar los apartamentos de los que habían desposeído a los judíos solían acudir a la policía donde les proporcionaban veinte o treinta detenidos para limpiar «las inmundicias que los bolcheviques habían dejado en sus apartamentos». Un numeroso grupo de judíos fue transferido a la comandancia alemana y destinados a la construcción de un puente sobre el río Prut. Muchos de ellos murieron arrastrados por las olas del bravo río, pero muchos más lo hicieron por culpa del trato inhumano que les dispensaron y el hambre que padecieron. Todas las tiendas de la ciudad estaban cerradas. Tan sólo las panaderías permanecían abiertas. Pero no vendían pan a judíos.

Entre las primeras disposiciones que adoptó el Banco nacional de Rumania después de la ocupación estuvo la orden de canje del dinero soviético de acuerdo con una tasa de cambio establecida al efecto. Sin embargo, cuando los judíos acudían a los puntos de canje, les retiraban todo el dinero que llevaban sin darles nada a cambio.

Cada mañana, cuando los judíos salían a trabajar, la policía los detenía en las calles, los golpeaba y sin reparar en la documentación que acreditaba la condición de empleados, los conducían a las comisarías. Sólo desde allí, acompañados por un convoy, les permitían dirigirse por fin a sus lugares de trabajo.

Pocas semanas después se emitió una orden que obligaba a todos los judíos a coser una «estrella de David» al lado izquierdo de la pechera de sus abrigos. En cierta forma, la presencia de esas estrellas colocaba a los judíos fuera de la ley. Inmediatamente se apreció un incremento de las agresiones, pues ahora los abusadores actuaban con total impunidad. Los judíos que salían a la calle sin portar la estrella o llevándola en el sitio inadecuado eran encerrados en campos de concentración… El general Galatescu, a la sazón gobernador de Bucovina, emitió además una orden complementaria que establecía el procedimiento de fijación de las estrellas a la ropa. Dicha orden, que encontró amplio eco en la prensa local, establecía la obligatoriedad de fijar la estrella por las seis puntas al lugar indicado, pues se había apreciado que algunos judíos no cosían toda la estrella a la ropa, lo que les permitía esconderla si así lo requería la situación.

La miseria crecía sin cesar entre la población judía. Apenas tenían para comer las míseras aportaciones que les hacían vecinos compasivos. El peligro de morir de inanición era alto… Los judíos eran obligados a trabajar sin remuneración. A algunos médicos se les permitió continuar ejerciendo su profesión, pero sólo cuando especificaban claramente en los rótulos de sus consultorios que allí visitaba un médico «judío». Los médicos judíos tenían terminantemente prohibido admitir en sus consultas a pacientes no judíos. Tampoco se permitía celebrar oficios en las sinagogas. De hecho, la principal sinagoga de la ciudad ardió a manos de los ocupantes germano-rumanos en cuanto tomaron Chernovitsi.

Toda la ciudad estaba llena de carteles que prevenían contra las «acciones de sabotaje de los bolcheviques». La medida represiva elegida para castigarlos era el fusilamiento de veinte judíos o cinco no judíos por cada acción de sabotaje. Las cárceles estaban repletas… El número de personas internadas en ellas a modo de rehenes era enorme. La mayoría de ellos no sobrevivió.

Entre los muchos detenidos que hacían las veces de rehenes se encontraban el Gran Rabino Mark y Gurmon, el Cantor principal de la sinagoga. Muy pronto los ocupantes instituyeron lo que llamaron Comité judío, cuya dirección recayó en el doctor Neiburg. Salvo pocas excepciones, el Comité fue integrado por conocidos líderes sionistas. Su función principal consistía en actuar como portavoz de los ocupantes en sus relaciones con la población judía. Lo único que el Comité pudo arrancar a los ocupantes fue la continuación de las actividades de cinco instituciones judías: el hospital, la casa de maternidad, el asilo de ancianos, el asilo de dementes y el hospicio. No obstante, todas ellas continuaron funcionando bajo condiciones muy gravosas.

Un decreto aprobado por las autoridades despojó a los judíos de la propiedad sobre bienes inmuebles. A partir de entonces, los propietarios judíos tenían que pagar alquiler por vivir en sus propias casas. Paralelamente, cualquier rumano a quien gustara el apartamento de un judío, podía ocuparlo sin más, quedándose de paso con todos los muebles y enseres domésticos.

La situación continuó sin cambios apreciables hasta el 10 de octubre de 1941, cuando los líderes del Comité recibieron la orden de comunicar la obligatoriedad de trasladarse al gueto instalado en una zona de la ciudad en la que residían los sectores más pobres de la población judía. A primera hora de la mañana del u de octubre se pudo ver a columnas de judíos avanzando cargados de bultos. Llevaban liados sobre sus espaldas ropa, sábanas y mantas. Algunos cargaban sus enseres en improvisadas carretillas o cochecitos para niños. Los ocupantes sacaron varios tanques a la calle para amedrentar a la población con el rugido de sus motores.

La instalación del gueto no estuvo precedida por orden explícita alguna. Fue sólo tres días más tarde que el diario de Bucarest Curentul publicó un breve suelto donde se informaba de que «las medidas necesarias» fueron adoptadas «en la forma más humana posible».

Amparándose en la ausencia de una orden oficial, muchos judíos intentaron permanecer en sus casas. No obstante, cuando a las 18 horas del n de octubre concluyó la construcción de la alta empalizada que rodeaba el gueto, los gendarmes fueron casa por casa y los condujeron a reunirse con los demás judíos. A modo de castigo, a los rezagados se les prohibió llevar nada consigo.

Las condiciones de alojamiento en el gueto eran sencillamente insoportables. Seis y hasta ocho familias se veían forzadas a compartir minúsculas habitaciones. Los accesos al gueto eran custodiados con celo y estaba prohibido abandonar su perímetro.

Dos días después del encierro, uno de los miembros del Comité comunicó una nueva orden de las autoridades, a saber, el traslado de todos los judíos de Bucovina, incluyendo Bucovina del sur, a la Transnistria, es decir, a la región ubicada entre los ríos Dniestr y Bug, ahora ocupada por los rumanos. En principio, el traslado se haría en convoyes ferroviarios, pero dado que muchas zonas carecían de enlaces con la red ferroviaria, y tampoco se disponía de otros medios de transporte, muchos judíos se vieron obligados a marchar a pie. Fue por ello que se recomendó a los desplazados llevar consigo sólo aquello con lo que pudieran cargar. Se nombró a un determinado número de responsables de grupo para la exitosa organización del «traslado».

Tan pronto como a la mañana siguiente se forzó a los judíos a entregar todo el oro, joyas o moneda extranjera que aún conservaran. La negativa a cumplir la orden se castigaba con la muerte. Ese mismo día cruzaron Chernovitsi numerosos grupos de judíos trasladados desde otras regiones a su lugar de destino. Al día siguiente se pusieron en movimiento los desplazados de la propia Chernovitsi. Largas columnas de personas hundidas física y espiritualmente, sobre las que ya planeaba la sombra de la muerte, tomaron el camino de la estación desde donde partían los trenes de carga. Reporteros de la prensa alemana y rumana tomaron fotos de aquel «acontecimiento» y celebraron en sus periódicos «la sabia solución del problema judío» adoptada en Bucovina.

Los primeros trenes partieron el 14 de octubre de 1941. Al día siguiente, el 15 de octubre, partió un segundo grupo de desplazados. Esa misma noche el doctor Trajan Popovici, a la sazón burgomaestre de la ciudad de Chernovitsi, se presentó en la sede del Comité judío para anunciar que de acuerdo con las órdenes que acababa de recibir desde Bucarest, se autorizaba la permanencia de unos pocos miles de judíos en Chernovitsi. Cumpliendo órdenes del burgomaestre, el Comité elaboró un listado de judíos haciendo constar sus edades y profesiones. Finalmente, unos diecisiete mil consiguieron permanecer en la ciudad. Entre ellos había representantes de las más diversas profesiones, como también los mayores de sesenta años, las mujeres con embarazos superiores a los seis meses, las madres con niños de pecho, los pensionistas del estado y los oficiales de la reserva.

En la mayoría de los casos, las autorizaciones para permanecer en Chernovitsi se compraban a cambio de sumas astronómicas. En cambio, aquellos que no podían pagar por quedarse en la ciudad eran evacuados aun cuando les correspondiera, por su profesión u otra razón cualquiera, permanecer en Chernovitsi.

Así, el hospital judío, por ejemplo, había contado siempre con enfermeras de Besarabia cuya experiencia oscilaba entre los diez y los veinte años. Cuando los ocupantes instituyeron el gueto, el hospital estaba lleno a rebosar. Había enfermos ocupando todos los pasillos; los había hasta en el patio.

La ocupación provocó que varias ciudadanas de Chernovitsi sustituyeran a las enfermeras profesionales. Entre ellas había incluso algunas «damas de sociedad» entregadas de pronto a ese oficio para atender a sus propios familiares enfermos.

Cuando se planteó la necesidad de obtener autorizaciones para el ejercicio de la enfermería, casi todas las ciudadanas de Chernovitsi las obtuvieron. No sucedió lo mismo con las comunistas oriundas de Besarabia. No fueron consideradas dignas de ese favor.

¿Qué suerte corrieron los judíos que se quedaron en la ciudad? El restablecimiento del comercio y la industria era una de las tareas prioritarias de las autoridades rumanas. Con ese propósito y buscando atraer a los rumanos al ejercicio del comercio, se emitió un decreto que eximía del servicio en el ejército a todos los rumanos de Chernovitsi que dirigieran empresas comerciales. Como es natural, la apetitosa carnada atrajo a muchos y en poco tiempo la ciudad se llenó de establecimientos comerciales. La mayoría de ellos eran establecimientos que antes habían pertenecido a judíos, pero ahora estaban cerrados debido a que éstos habían sido privados del derecho de propiedad de sus negocios. Otro tanto ocurrió con la industria: todas las fábricas que pertenecían a judíos fueron declaradas propiedad del Estado para, seguidamente, ser entregadas en arriendo a precios ridículos. Naturalmente, los beneficiarios de los arriendos eran ciudadanos rumanos. Sin embargo, los bisoños industriales rumanos no eran capaces de poner en marcha las fábricas que les cayeron en suerte sin el concurso de especialistas y obreros calificados. Y tan sólo entre la población judía podían encontrar a los profesionales necesarios. He ahí la razón por la que se permitió a los hombres de negocios rumanos mantener en sus puestos a «sus» judíos.

Cada judío que obtenía autorización para permanecer en Chernovitsi podía hacerlo junto a su familia, es decir, su esposa, sus hijos menores de edad y, en algunos casos, sus padres. Todos los demás judíos fueron desalojados de la ciudad en movimientos sucesivos. La evacuación se prolongó hasta mediados de noviembre, cuando las dificultades en el transporte obligaron a detenerla. Ello provocó que unos cinco mil judíos permanecieran en Chernovitsi sin tener autorización para ello. Se trataba, por una parte, de quienes se habían escondido para evitar la expatriación y, por otra, de minusválidos incapaces de moverse por sí mismos.

Quienes obtuvieron las codiciadas autorizaciones fueron autorizados a abandonar el perímetro del gueto y regresar a sus casas, previamente saqueadas. Una comisión de control encargada de velar por el proceso de otorgamiento de las autorizaciones fue creada con toda celeridad. La comisión, presidida por el gobernador, se reunía a deliberar en la gran sala del Ayuntamiento y en sus sesiones participaban representantes de las autoridades civiles y militares, así como altos cargos de la policía secreta. La Comisión anuló y retiró buen número de autorizaciones, alegando que habían sido otorgadas sin base. Sus beneficiarios eran enviados inmediatamente a la Transnistria. Pareja suerte corrieron aquellos cuyos nombres constaban en las «listas negras» de la policía secreta.

Aun antes de que concluyera la revisión de las autorizaciones concedidas, se estableció la realización de un nuevo censo de los judíos que permanecían viviendo en Chernovitsi, incluyendo aquellos que lo hacían sin autorización oficial. Estos últimos recibirían después unas autorizaciones distintas y firmadas por el burgomaestre Trajan Popovici, en lugar de por el gobernador. De ahí que fueran conocidas como «permisos de Popovici». De acuerdo con los resultados arrojados por el segundo censo, en Chernovitsi residían cerca de veintiún mil judíos de los cuales unos dieciséis mil lo hacían con autorizaciones firmadas por Galatescu y en torno a cinco mil provistos de «permisos de Popovici». La supresión del gueto de Chernovitsi no respondió en lo absoluto a razones nobles, sino que fue el resultado de una disposición de la Dirección de sanidad, que temía que el gueto se convirtiera en un foco de epidemias.

A lo largo de dos años y medio, los censos se sucedían sin parar y siempre acarreaban más hostigamiento y persecuciones. Cada judío tenía que estar provisto de un gran número de certificados y documentos de identidad. En Bucarest fue creado un departamento especial para asuntos judíos, cuyo director gozaba de las mismas prerrogativas que un ministro del gobierno rumano. Es menester recordar que todos aquellos documentos se vendían a precios desorbitados. Las constantes solicitudes de renovación o expedición de documentos debían ir acompañadas de incontables sellos: todo ello no perseguía más objetivo que la recaudación de más dinero. Por si ello fuera poco, los documentos expedidos a judíos eran gravados con sobretasas.

No obstante, aun provistos de todos los documentos requeridos los judíos no podían trabajar por cuenta propia, a excepción de los médicos. Muchos centenares de judíos eran obligados a trabajar sin remuneración en diversas instituciones militares y civiles; en ocasiones estos trabajadores forzados tenían incluso que pagar a sus capataces para conseguir de éstos un trato siquiera medianamente humano.

Los comerciantes e industriales debían obedecer una regla que establecía la prohibición de dar trabajo a un judío sin la preceptiva autorización de la Bolsa de trabajo. Se requería toda una farragosa serie de trámites para obtener la autorización de marras y, sobre todo, demostrar que el judío en cuestión resultaba absolutamente «insustituible», pues ningún rumano podía ocupar su puesto. Aun después de cumplido ese último trámite, se requería el «vale» de la policía secreta. Por añadidura, cada judío que ocupaba un puesto de trabajo como obrero o funcionario debía tener un «doble», es decir, alguien a quien enseñar rápidamente los secretos de su oficio, de manera que pudiera sustituirlo en un breve plazo. Todos los judíos en edad militar (de diecinueve a cincuenta y cinco años) estaban obligados a aportar una suerte de impuesto militar que oscilaba entre los dos mil y los doce mil lei. Los hombres que no habían sido empleados en la industria eran enviados a remotos confines del país, donde eran obligados a trabajar y a proveerse ellos mismos el sustento y la ropa.

Esa situación se prolongó hasta el mes de junio de 1942, cuando el Gobernador general Marinescu, consiguió el cese del burgomaestre Popovici. Inmediatamente después del cese, se dictó una orden que establecía el envío a Transnistria de todos los judíos provistos de permisos de estancia firmados por Popovici. Paralelamente, se dispuso el desplazamiento de todos aquellos que habían visto suspendidas sus autorizaciones para trabajar, así como de los inválidos que no pudieron integrarse a los batallones de trabajo. En total, seis mil judíos fueron forzados a abandonar la ciudad en junio de 1942.

Ese mismo año llegó a Chernovitsi un pequeño grupo de refugiados judíos polacos. Eran unas sesenta u ochenta personas en total. A pesar de que en aquel entonces los ciudadanos polacos estuvieron, primero, bajo la protección de Chile y, después, de Suiza, Marinescu entregó a los alemanes el grupo de refugiados. Todos fueron enviados de vuelta a Polonia sin dilación. La violencia de aquella repatriación fue tal, que un funcionario de policía que acompañó a los refugiados hasta la frontera con Polonia manifestó que jamás había sido testigo de un trato tan cruel hacia seres humanos. Si alguna vez volvieran a encomendarle otra misión de esa naturaleza, llegó a afirmar, preferiría quitarse la vida antes que llevarla a cabo.

Con todo, en agosto de 1942 aún permanecían en Chernovitsi unos dieciséis mil judíos. Entretanto, las disposiciones que limitaban sus actividades se sucedían una tras otra. Así, por ejemplo, se les prohibió salir a la calle entre la una de la tarde y las diez de la mañana del día siguiente. Los obreros recibieron autorizaciones especiales que apenas les permitían ir a trabajar y volver inmediatamente a casa. Tampoco se permitió a los judíos abandonar el perímetro de la ciudad. En abril de 1942 se creó un Comité judío cuya función no era otra que asegurarse del debido cumplimiento de las órdenes de las autoridades.

Una de las funciones del Comité consistía en la organización de los batallones de trabajo integrados por judíos. También se encargaba de recaudar las múltiples contribuciones impuestas a los judíos. En la primavera de 1943 fue nombrado un nuevo Gobernador general de Chernovitsi. Dragalina, como se apellidaba, ocupa uno de los diez primeros lugares entre los criminales de guerra recogidos en la lista elaborada por el Gobierno soviético. Su llegada al cargo coincidió con el momento en que ya se sabía que Alemania tenía perdida la guerra y, por lo tanto, se acercaba la hora de pagar por los crímenes cometidos. Tan sólo esa circunstancia impidió que Dragalina estrechara aún más el cerco sobre los judíos. De hecho, en una de las visitas que realizó a los campos de concentración, liberó a algunos de los judíos que habían ido a parar a los campos por su negativa a llevar la estrella de seis puntas cosida a la ropa. Más tarde, en enero de 1944, Dragalina revocó la obligatoriedad de portar los brazaletes amarillos.

A medida que la línea del frente se acercaba decididamente a Bucovina en marzo de 1944, creció el temor a que los alemanes destruyeran la ciudad y aniquilaran a los judíos, como ya habían hecho en todas las otras ciudades ucranianas de las que se veían forzados a retirarse. Dragalina prometió evacuar a todos los judíos, aunque en realidad se limitó a extender unos pocos salvoconductos, casi todos destinados a los empleados del Comité. No obstante, cuando el Ejército Rojo consiguió cruzar el río Dniestr, el 24 de marzo, varios centenares de familias judías consiguieron escapar de la ciudad aprovechándose del pánico reinante. Ese mismo día el mando de la ciudad pasó a manos de los alemanes. La avanzadilla del Ejército Rojo llegó a las puertas de Chernovitsi el 26 de marzo y después de tres días de feroces combates, los alemanes se vieron obligados a ceder sus posiciones sin haber tenido ocasión de ensañarse con la población… En general, la ciudad no sufrió graves destrozos. Los alemanes quemaron dos fábricas, la central de teléfonos, la comisaría de policía y dos edificios de viviendas ubicados en el centro. La víspera de su retirada, incendiaron también la residencia del arzobispo, una acción con la que pretendían desatar excesos contra los judíos. Sin embargo, el celador de la residencia consiguió sofocar a tiempo las llamas e identificar a los culpables.

Durante la ocupación germano-rumana, en Chernovitsi actuaba una organización comunista ilegal compuesta por unos ochenta militantes: judíos, polacos y ucranianos.

TESTIMONIO DE E. GROSBERG

EDITOR: L. GOLDBERG]