El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 60 de 103

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El libro negro

Los alemanes en Kislovodsk

Moisei Samóilovich Évenson, el hombre que escribió este relato acerca de la ocupación alemana de Kislovodsk, cuenta ahora setenta y nueve años. Nacido en Kaunas, se vio obligado muy pronto a emigrar al extranjero. Durante años trabajó como periodista en Viena. Antes de concluir los estudios de filosofía a los que se había entregado con enorme pasión, Évenson regresó a la patria. Tenía veintiún años entonces.

A su regreso, pasó a trabajar con el célebre bibliógrafo e historiador de la literatura rusa S. A. Venguerov. También participó en los trabajos que condujeron a la publicación del diccionario de Brockhaus y Efron. A partir de 1892 Évenson desarrolló una intensa actividad periodística. Así, publicó una larga serie de breves artículos sobre temas filosóficos y cuestiones judías. Precisamente su condición de judío le valió la expulsión de San Petersburgo. Entonces se estableció en Kíev, donde encontró empleo en el diario Arte y vida.

[No obstante, tampoco en Kíev se le concedió el derecho de residencia, de manera que aun siendo ya un escritor capaz y padre de familia, se vio obligado a pasar muchos días y noches recluido en un club de ajedrez, uno de los pocos lugares a los que no acudía la policía a pedir la documentación de los que allí se encontraban.]

Más adelante, Moisei Samóilovich se vio obligado a trasladarse a Zhitomir, donde publicó el periódico Volyn del que era, en esencia, editor y único colaborador. El célebre escritor ucraniano Kotsiubinski colaboró esporádicamente con ese proyecto editorial.

El periódico Volyn acabó siendo cerrado por orden de la censura y Évenson regresó a Kíev donde continuó vagando de un lugar a otro.

Uno de sus hijos cayó a las afueras de Buchach en 1915 peleando contra los alemanes.

La revolución de 1917 acabó con las penurias padecidas por los judíos en Rusia.

La joven república luchaba implacablemente contra sus enemigos. Los imperialistas alemanes atacaron Ucrania con la pretensión de robar la libertad al pueblo ucraniano. A otro hijo de Evenson, abogado y ajedrecista, le quitaron la vida los enemigos de nuestro país en 1919. Evenson se mudó a Bakú. Allá trabajó hasta 1924 en el Comisariado Popular de Comercio Exterior. Tras su jubilación, se fue a vivir en el pequeño caserío Minutka, a tiro de piedra del balneario de Kislovodsk. [Allí contrajo segundas nupcias con una mujer rusa. Fue ella quien lo salvó de la muerte durante la ocupación alemana. Esa fue la vida que tuvo quien firma el relato que sigue.]

 

EL RELATO DE ÉVENSON

Los alemanes se abrieron paso hasta el Cáucaso del Norte sin previo aviso. Hasta entonces Kislovodsk había vivido como quien se encuentra en lo más hondo de la retaguardia. De hecho, la ciudad estaba llena de evacuados y refugiados venidos de otras regiones.

El 5 de agosto de 1942 se supo que los alemanes estaban a las puertas de Mineralnie Vody. Inmediatamente se puso en marcha la evacuación de las oficinas de gobierno y los sanatorios. Pero las carencias de medios de transporte eran notables. Encima, para ser evacuado se precisaba de un salvoconducto y la tramitación de estos documentos demoraba la salida.

Muchos intentaron escapar a Nalchik a pie, pero ya el 9 de agosto la vanguardia de las tropas alemanas ocupó posiciones en la carretera que conducía a esa ciudad.

Los primeros motociclistas alemanes llegaron a la ciudad el 14 de agosto. Inmediatamente después aparecieron las tropas motorizadas y armadas de fusiles de asalto y ametralladoras. La infantería tampoco se hizo esperar. Los coches en los que viajaban los mandos alemanes la seguían muy de cerca.

Muy pronto en las puertas de acceso a los sanatorios aparecieron avisos cuidadosamente impresos en los que se podía leer: «Ocupado por el Mando alemán. Acceso prohibido».

La comandancia alemana y sus muchas dependencias se hicieron con el centro de una ciudad que se llenó de proclamas dirigidas a la población. [En ellas se afirmaba que el ejército alemán sólo estaba en guerra contra la Dirección Política Estatal (GPU) y los judíos y se llamaba a la calma y al orden al resto de la población. Se animaba a los ciudadanos a guardar la calma y el orden: habría trabajo para todos. La proclama avisaba también de la disolución de las granjas colectivas y de la instauración de la libertad de comercio y el libre ejercicio de las profesiones liberales.] Se avisaba de que toda acción contraria a las fuerzas de ocupación sería castigada según las leyes vigentes en tiempos de guerra. Entre las acciones que serían consideradas como beligerantes se mencionaban la prestación de ayuda, o el apoyo manifiesto, a los partisanos, la renuencia a delatar a sus activistas, la difusión de rumores desfavorables a las acciones del ejército alemán o al desempeño de los mandos de las fuerzas de ocupación, así como cualquier acto de desobediencia a las órdenes impartidas por la comandancia alemana o las autoridades civiles.

Unos días más tarde apareció a la venta en Kislovodsk un diario publicado en Pyatigorsk, El Eco de Pyatigorsk. Se trataba de un libelo de apenas unas pocas páginas, cuya tercer parte ocupaban las más asquerosas invectivas contra los judíos y ridículos, por rotundamente falsos, ataques al poder soviético.

Cuando se produjo la ocupación Kislovodsk se había convertido en momentáneo refugio de un gran número de judíos evacuados del Donbass, Rostov y Crimea.

Una de las primeras disposiciones de las fuerzas de ocupación alemanas fue el nombramiento de Kochkarov como burgomaestre de la ciudad. Este dictó de inmediato una orden que establecía la obligatoriedad de entregar a las autoridades la totalidad de las armas guardadas en manos privadas, la confiscación de todos los bienes de propiedad de los sanatorios y el censo de «los judíos y las personas de ascendencia judía».

Benenson, un dentista judío muy popular en la ciudad, fue nombrado responsable del Comité judío instaurado por los alemanes.

Apenas dos días más tarde se conoció una nueva orden: los judíos quedaban obligados a coser a la pechera de sus ropas una estrella de seis puntas y color blanco. También fueron fijadas las dimensiones del distintivo: seis centímetros de diámetro.

A partir de entonces se pudo ver por las calles de Kislovodsk a personas marcadas con la señal de la muerte.

La ciudad carecía de reservas de combustible y queroseno. Los baños públicos fueron clausurados. El precio del jabón subió hasta los cuatrocientos rublos por una pastilla. Las escuelas, en cambio, fueron reabiertas y los maestros recibieron instrucciones de utilizar castigos corporales contra los niños revoltosos. Una orden que se negaron a cumplir… La escasez de medicamentos era insoportable. El desempleo creció exponencialmente.

Los alemanes anunciaron el establecimiento de un régimen cambiario obligatorio a razón de un marco por diez rublos.

Desprovista de medios de vida, la población comenzó a vender lo que tenía. Las tiendas de segunda mano proliferaron como setas. Al principio vendían la mercancía por el 25% de su valor real, pero la situación continuó degenerando y se llegó a vender objetos por el diez e incluso el 5% de su precio real. Los precios caían en picado, mientras los alemanes compraban como locos.

El centro de la ciudad se llenó de oficiales alemanes y soldados de todas las armas. Sus uniformes iban orlados con toda suerte de emblemas y charreteras. Sus mujeres se paseaban con finas medias de seda y zapatos de tacón alto. Todos los hombres y mujeres capaces de trabajar debían hacerlo dos días al mes para los alemanes. Muy pronto se anunció que ese ritmo debía incrementarse. Largas filas de estraperlistas tomaron muy pronto el camino de las remotas aldeas de montaña cargados de mercancía para vender. El precio de la harina era cada vez más alto; lo poco que se podía vender valía cada vez menos.

Ya en los primeros días de ocupación el Comité judío recibió un encargo de las autoridades: debía reunir y entregarles cincuenta abrigos de hombre y otros tantos de mujer, igual número de pares de zapatos, manteles, etc. Seguidamente se les ordenó entregar también relojes y joyas. Y muy poco después el Consejo recibió la orden de enviar judíos a trabajar en la limpieza de las plazas de la ciudad y faenar en la agricultura. Por si fuera poco, no se los proveyó de herramientas para realizar ninguno de los trabajos encomendados.

El 7 de septiembre la comandancia dictó una nueva orden: «Con el propósito de poblar algunas áreas de Ucrania, se ordena a todos los judíos y personas de origen judío, exceptuando a los mestizos, presentarse el día 9 de septiembre en el área de carga de la estación de ferrocarriles. Todos han de traer consigo las llaves de sus casas a las que previamente atarán etiquetas donde se consigne la dirección y los apellidos de los dueños. Cada reasentado podrá llevar consigo equipaje que no supere los veinte kilogramos».

Fueron muchos los que comprendieron que el cumplimiento de aquella orden equivalía a la muerte. Algunos prefirieron ingerir una dosis de veneno. Así lo hicieron el doctor Vilenski y su esposa. La doctora Bugáyevskaya también prefirió

acabar con su vida. El doctor Faynberg, su esposa y su hija se cortaron las venas.[44]

Cerca de dos mil judíos se agolparon el 9 de septiembre junto a la estación de ferrocarriles. Pasaban junto a hombres de la Gestapo provistos de cestas en las que recogían las llaves que habían requerido. El anciano profesor Baumgoltz, el escritor Bergman y su esposa, los doctores Chatzkin, Merenes, Shwartzman o el dentista Benenson y su familia estaban entre ellos. Cuando se les permitió abordar el convoy, los hombres de la Gestapo les exigieron desprenderse de los objetos y provisiones que cargaban consigo. Algunos preguntaron tímidamente: «¿Tampoco podemos llevar ropa de recambio para los niños?». Entretanto, continuaban subiendo a los vagones. Un automóvil aparcó junto al andén. Traía a nueve niñas judías de corta edad. Las traían del orfanato. La gente se asustó y comenzó a hacer preguntas:

—¿Por qué enviáis a estas niñas tan pequeñas? —inquirieron algunos a gritos.

Un oficial de la Gestapo respondió en ruso:

—Si no las matamos ahora, mañana se convertirán en bolcheviques.

El convoy se puso en marcha a la una de la tarde. Los guardias viajaban en un vagón de primera clase. Poco después de haber dejado atrás la estación de Mineralnie Vody el tren se detuvo en medio del campo. Armados de binoculares, los alemanes estudiaron el paisaje. No les pareció un sitio apropiado. Entonces el convoy dio marcha atrás y regresó a Mineralnie Vody para tomar una vía muerta que conducía a la fábrica de vidrio.

—Fuera todos —ordenaron los alemanes.

[Debilitada por el hambre y la ansiedad, Deborah Reznik cayó por la puerta trasera del vagón sobre unos matorrales.]

Los judíos bajaron del tren.

—Entregadnos todas las joyas que llevéis encima —ordenaron los alemanes.

Todos se despojaron de los colgantes, anillos y relojes y los depositaron en las gorras que les presentaban los guardias. Transcurrieron diez minutos de espera hasta que llegó el vehículo en el que viajaban los mandos alemanes. Una orden terminante: desvestirse hasta quedar en ropa interior. Ahí comenzaron los gritos y las carreras. Los guardias empujaron a la multitud hasta una profunda trinchera antitanque cavada a un kilómetro de la fábrica de vidrio.

Los niños eran llevados de la mano. Había varios automóviles que corrían por el descampado y desde los que disparaban contra quienes pretendían huir.

La masacre se prolongó toda una noche. Ya de madrugada, llegaron varios camiones desde Essentukí.

Mil ochocientos judíos de Kislovodsk fueron asesinados allí. Desde Essentukí se les sumaron otros quinientos siete adultos y millar y medio de niños y ancianos de ambos sexos. Todos estaban muertos cuando asomaron las primeras luces del alba.

[Cuando Deborah Reznik salió por fin de los matorrales en los que había caído parecía haber perdido la razón.

Vagó sin rumbo durante varios días y sobrevivió de milagro. Tal vez la salvó su apariencia: no parecía judía.

El anciano Fingerut también sobrevivió a aquella matanza.]

Los alemanes preservaron la vida a unos pocos zapateros y sastres judíos de Kislovodsk. Cuando se vieron obligados a abandonar la ciudad ante el empuje del Ejército Rojo los fusilaron a todos.

Unos pocos consiguieron salvar la vida. Sheveliova, empleada de un instituto de Leningrado, consiguió salvar a tres niños judíos que hizo pasar por sus sobrinos. El personal de la Escuela de Medicina la ayudó a esconder a los pequeños. El doctor Gluzman y sus dos hijas, de ocho y quince años, sobrevivieron también. Zhovytaya, una mujer rusa, dio cobijo en su casa a una joven judía y a su hijo de pocos meses de edad.

[Unos pocos judíos salvaron la vida gracias a que se escondieron en cuevas.]

Hacía muy buen tiempo y pronto corrieron rumores de que los ocupantes se disponían a revitalizar el balneario, que ahora sólo estaría destinado a clientes alemanes. Por consiguiente, todos los pobladores rusos serían deportados.

El 6 de noviembre partió hacia Alemania un convoy cargado de jóvenes.

La carestía no hacía más que crecer. La tensión era extrema. Se hablaba en susurros de los fusilamientos en masa: todos escuchábamos las descargas que se sucedían noche tras noche.

En diciembre nos llegaron vagos rumores acerca de la situación en Stalingrado. Cada vez eran más numerosos los grupos de prisioneros de guerra que llegaban a Kislovodsk. La aviación soviética bombardeó Pyatigorsk. El ardor de los ocupantes se apagaba paulatinamente. Sus rostros se tornaron sombríos.

Acusado de malversación, el burgomaestre Kochkarov fue destituido fulminantemente. Su puesto lo ocupó cierto Tópchikov. Se taló un gran número de pinos en vísperas de la Navidad, pero los alemanes no mostraron un talante precisamente navideño. La evacuación de las fuerzas ocupantes dio comienzo muy pronto.

Los días 4 y 5 de enero los alemanes organizaron masivas redadas en busca de judíos y comunistas. Un aviso colgado en todas las calles de la ciudad sostenía que los rumores de evacuación de Kislovodsk eran falsos y que se fusilaría a todo aquel que los propagara.

En los primeros días de enero se escucharon las primeras explosiones. El tejido vial ferroviario y la estación de ferrocarriles que recibía los convoyes de carga estuvieron entre los primeros objetivos. Los registros se sucedían sin cesar. El 10 de enero los alemanes desaparecieron de repente. Tal precipitación salvó muchas vidas. Los alemanes se dejaron en la estación de ferrocarriles muchos barriles de col agria, cajas de vino y sacos de sal. Después se descubrió que el vino estaba contaminado. También la sal contenía algún tipo de veneno, aunque por suerte las amas de casa descubrieron rápidamente que cuando se la utilizaba en la cocina la sopa se recubría de una nata verdosa. Ello evitó que se produjeran muchos envenenamientos.

El 10 de enero no quedaba ni un solo alemán en Kislovodsk. El Ejército Rojo entró en la ciudad. Entonces dio comienzo la exhumación de los cadáveres de todas las personas asesinadas y torturadas por los ocupantes.

En una trinchera antitanque se encontraron seis mil trescientos cadáveres de ciudadanos soviéticos salvajemente asesinados. En Mashuk-Gorá, a las afueras de Pyatigorsk se recuperaron trescientos cadáveres de rusos. Otro millar de cadáveres

fue ubicado en Koltsogorá, Kislovodsk.[45]

Todas las atrocidades cometidas por los alemanes en Kislovodsk, Pyatigork y Essentukí respondieron a un plan metódico llevado a cabo con la mayor serenidad.

EDITOR: VIKTOR SHKLOVSKI