El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 74 de 103

Páginas del PDF

El libro negro

El destino de los judíos de Telshiai

La población judía de Telshiai rondaba los tres mil quinientos judíos al estallido de la guerra. Cuando los alemanes fueron expulsados por fin apenas quedábamos cuatro hombres, unas sesenta mujeres y ocho niños. Nosotras somos dos de las mujeres milagrosamente salvadas de la muerte y queremos relatar los tormentos que padecieron nuestros hermanos y hermanas.

Cuando los alemanes hubieron consumado la ocupación de Telshiai ordenaron a todos los judíos salir de sus casas con las manos vacías. La considerable multitud así reunida fue conducida hasta un lago. Había ametralladoras por todas partes y eso hizo que todos creyeran que los conducían hacia una matanza. El rabino Bloch decía a quienes lloraban: «Confiad en Dios». Estuvimos esperando varias horas de pie a poca distancia del lago. Después los hombres fueron separados de las mujeres y los niños. A las mujeres se les permitió volver a casa. A los hombres se los llevaron en dirección desconocida. Más tarde supimos que los habían llevado a los campos de concentración de Rainiai, Veshvenai y Giruliai, donde los ejecutaron en masa.

Al volver a sus casas, las mujeres se las encontraron revueltas: todas habían sido saqueadas con destructiva violencia.

Al día siguiente fuimos reasentadas en el gueto establecido junto al lago Mastis. Su área abarcaba algunas manzanas ubicadas entre las calles Maschio y Zhuves. De un lado estaba el lago; del otro, la alambrada; de un tercero, el muro de la comandancia de prisiones.

Las mujeres y los niños ocupábamos pequeñas casas desprovistas de muebles. Solíamos acomodarnos entre veinte y treinta personas en cada casa. No se nos suministraban alimentos ni leña. Desde el primer momento el comandante del gueto nos obligó a entregarle todo el dinero, las piezas de oro y las joyas. A cambio nos prometió que conservaríamos la vida. En otoño comenzaron a morir de frío e inanición los más débiles. Los demás sabíamos que nos esperaba idéntico destino e incluso la ejecución, porque los alemanes perpetraban ejecuciones en masa con gran asiduidad.

Con todo, pronto nos percatamos de que los alemanes se proponían utilizarnos para realizar trabajos agrícolas antes de matarnos. Así, fuimos distribuidas por granjas privadas o colectivas de la zona donde se nos ponía a disposición de sus encargados. Los granjeros pagaban tres rublos por cada judío, un dinero supuestamente destinado a la manutención de los judíos del gueto. En realidad los alemanes se quedaban el dinero para sí.

Algunas mujeres fueron trasladadas a campos de concentración donde había hombres. Uno de esos campos, el de Rainiai estaba ubicado muy cerca de la hacienda propiedad del célebre tenor lituano Petrauskas. El bosque que rodeaba la hacienda se convirtió en testigo de muchas ejecuciones en masa. Antes de cada una de las ejecuciones el comandante del campo ofrecía la posibilidad de pagarle una contribución y comprar así la vida de los condenados. En realidad aquélla no era más que una vía para conseguir una breve prórroga, que no solía sobrepasar un día.

Los condenados eran obligados a cavar sus propias tumbas, mientras sus verdugos se emborrachaban con vodka. Contamos con los detalles precisos de uno de los fusilamientos. Son éstos: el primer ejecutado fue el obrero forestal Fogelman; el segundo fue el contable Joseph Wye, un ciudadano norteamericano. Wye había viajado desde los Estados Unidos a visitar a sus hermanas y fue sorprendido por el estallido de la guerra. El médico Zaks estaba enfermo y eso obligó a los verdugos a llevarlo cargado hasta la zanja. Lo asesinaron junto a su mujer, su hijo y su padre, un anciano nonagenario. Allí mismo fueron fusilados nuestro vecino Talpis, el director de banco Levin, la anciana Volpert, la familia del electricista Gilis —es decir, el propio Gilis, su mujer y los dos hijos de ambos—, la familia Krenkel, la familia del pintor Shavel, la familia de una de nosotras —Masiulis— y otras diez personas cuyos nombres desconocemos.

También conocimos el siguiente suceso. Cuando los alemanes estaban perpetrando la cuarta ejecución en masa comenzó a llover de pronto con mucha fuerza. Los alemanes no querían mojarse, de manera que decidieron posponer la matanza para el día siguiente.

Un judío cuyo nombre lamentamos desconocer gritó a sus verdugos: «¡Nuestra sangre salpica estos árboles, pero la vuestra correrá abundante por las calles de las ciudades de la maldita Alemania!».

Había unos diez mil judíos viviendo en las áreas rurales de la región. Cuando los alemanes hubieron acabado con la vida de los residentes en las ciudades dirigieron sus esfuerzos hacia esos judíos, incluidos los que habían encontrado trabajo en las granjas agrícolas. Las vejaciones que acompañaban los fusilamientos se tornaban cada vez más horribles. Los condenados eran obligados a desnudarse y a tenderse en el fondo de las zanjas. Desde allí observaban cómo sus verdugos les arrojaban granadas. Los niños eran arrojados a las zanjas a patadas, culatazos o tras ser ensartados por las bayonetas. Los verdugos inventaron un «divertido pasatiempo». Este consistía en atar a los judíos uno detrás de otro y obligarlos a correr en círculos durante horas, mientras pegaban a los rezagados. Más adelante también los obligaban a interrumpir la carrera a una orden y tumbarse al suelo, mientras que otra orden les hacía incorporarse y continuar la carrera.

La última ejecución en masa tuvo lugar en la víspera de la Navidad de 1943. Para ese entonces tanto el gueto como los campos de concentración estaban prácticamente vacíos: vecinos y presos habían sido asesinados. Por eso los alemanes se dirigieron a las áreas rurales y comenzaron a buscar granja por granja con la excusa de un censo. El 24 de diciembre trajeron a Rainiai a muchas mujeres con niños en brazos. Otras fueron asesinadas antes de llegar a la ciudad. Todas ellas sabían qué les esperaba, de manera que algunas intentaron escapar arrastrándose por debajo de la alambrada que rodeaba el campo de concentración.

Con todo, no fueron muchas las que consiguieron salvarse de esa manera. Muchas madres con sus hijos en brazos vagaron por los bosques en pleno invierno. Fue inevitable que muchas perdieran el rumbo y murieran heladas. Meses más tarde, al llegar la primavera, se descubrieron muchos cadáveres de mujeres abrazadas a niños pequeños también muertos.

A nosotras dos nos cobijó un campesino en su granja. Allí esperamos la llegada del Ejército Rojo.

EDITOR: O. SÁVICH