El libro negro
El Diario de A. Yerushalmi, Siailiau (Shavli)
NOTA DE LOS EDITORES
El documento del que se podrá leer una parte importante a continuación constituye un fenómeno de veras excepcional. Llevar un diario en las condiciones del gueto era algo extremadamente difícil y, sobre todo, peligroso. Los alemanes podían descubrir en cualquier momento la ocupación secreta de su autor y ello habría conllevado la inmediata aniquilación tanto del diarista como de los cuadernos que devotamente guardara.
Yerushalmi consiguió sobrevivir a todas las masacres perpetradas por los alemanes. También sobrevivió su diario.
A. Yerushalmi era uno de los miembros del Judenrat. Luego, pertenecía al estrecho círculo de las personas mejor informadas del gueto, aquellas que conocían de antemano todo lo que tramaban los alemanes.
Inmediatamente después de ocupar cada ciudad los alemanes imponían leyes racistas, organizaban pogromos, creaban guetos y condenaban a decenas y cientos de miles de personas, desde recién nacidos hasta ancianos. Sin embargo, antes de asesinar a sus víctimas, los alemanes querían arrancarles todo aquello que pudieran aprovechar. Les expoliaron los objetos de valor y las propiedades. Los obligaron a realizar trabajos forzados. Para facilitar el expolio y la explotación de los judíos los alemanes crearon una institución que sirviera para generarles la ilusión de que se gobernaban a sí mismos. Ésa era la razón de ser del Judenrat, una institución que, por imposición alemana, integraban las personas más respetadas de la ciudad (rabinos, médicos, abogados, científicos). Entre sus funciones estaba la responsabilidad por el orden y la situación sanitaria del gueto, la distribución de comida a los más menesterosos y la ejecución de todas las leyes y disposiciones alemanas. Naturalmente, la renuncia a ocupar el cargo de miembro del Judenrat se castigaba con una muerte cruel e inmediata. Trabajando bajo una permanente amenaza de muerte, los miembros del Judenrat se veían obligados a ayudar a los verdugos y traicionar a su pueblo. Con todo, no fueron pocos los miembros del Judenrat que utilizaron su poder para luchar contra el terror alemán, alertaron a su gente de las acciones represivas alemanas o establecieron contacto con las organizaciones clandestinas del gueto y los partisanos.
Cuando los alemanes exigieron al Judenrat de Siailiau la entrega de cincuenta judíos del gueto para ser fusilados, los miembros del Judenrat se negaron unánimemente a hacerlo y se ofrecieron a sí mismos para la ejecución.
NOTA DE LOS EDITORES[72]
El documento del que se podrá leer una parte importante a continuación constituye un fenómeno de veras excepcional y tal vez hasta único. Llevar un diario en las condiciones del gueto, hacer anotaciones regulares en él, resultaba una tarea extraordinariamente compleja. Primero, porque el diarista se enfrentaba a un peligro constante: en caso de que su actividad fuera revelada tanto él como su trabajo serían aniquilados. Por otra parte, nadie disponía en el gueto de herramientas de escritura, escaseaba la luz, se carecía de cualquier atisbo de soledad que favoreciera la concentración y preservara en secreto el acto de escribir (varias familias convivían en cada habitación; las columnas de literas llegaban hasta los techos), no había tiempo ni fuerzas (cada mañana se salía a primera hora a realizar penosos trabajos: el resto del tiempo se dedicaba a la no menos agotadora búsqueda de algo que llevarse a la boca). Privados de todo contacto con el mundo exterior, los habitantes del gueto se alimentaban de rumores y de las mentiras que les contaban sus verdugos. En tales circunstancias, llevar un diario amenazaba ser una mera relación de muertes, cuando lo que menos deseaba quien vivía expuesto al terror fascista era pensar en la muerte que podía alcanzarlo en cualquier instante. Por último, resultaba muy atrevido pensar que el diario podría sobrevivir a su autor: todos estaban condenados, los registros eran masivos y constantes, los guetos solían terminar convertidos en amasijos de ruinas y aun en caso de que el autor consiguiera esconder el diario en algún lugar seguro, lo más probable es que se llevara ese secreto consigo a la tumba.
He ahí las razones de que tengamos que contentarnos con testimonios basados en recuerdos y no dispongamos de crónicas diarias.
Aquí nos encontramos con un caso de veras rarísimo. A saber, con que tanto el diario como su autor consiguieron sobrevivir. Y ello no constituye el único elemento que dota de valor al documento. A. Yerushalmi es un maestro de escuela con una larga experiencia. Su nivel cultural le permitió discernir entre los abundantes hechos de que era testigo y anotar los verdaderamente relevantes, narrarlos con la objetividad propia de un historiador, es decir, narrando con pasión la realidad, pero cuidándose de proferir cualquier grito de dolor. No estamos ante la acusación de un fiscal. Leemos el relato de un cronista. Con todo, es natural que el autor no olvidara que él mismo estaba condenado, como lo estaban sus seres queridos y todos los judíos que lo rodeaban. Sin embargo, nunca olvida que los hechos desnudos son capaces de estremecer la conciencia de los hombres más que los adjetivos o las acusaciones.
Pero tampoco ahí se agota el valor de este diario. A. Yerushalmi era uno de los miembros del Judenrat. Luego, pertenecía al estrecho círculo de las personas mejor informadas del gueto, mantenía relaciones constantes con los alemanes, tenía conocimiento de la situación general del gueto y conocía de antemano todo lo que tramaban los alemanes. Todo ello le permitía disponer de informaciones secretas que no eran de dominio público, entre otras ventajas.
Llegados a este punto, conviene explicar qué tipo de institución era el Judenrat.
En cuanto los alemanes llegaban a una ciudad comenzaban los pogromos y se imponían las leyes racistas. Aun antes del establecimiento de los guetos, ya los judíos que habían conseguido sobrevivir a los primeros pogromos se veían completamente aislados del resto de la población. Enseguida percibían que estaban sujetos a otro tipo de legislación o, más precisamente, a otro tipo de arbitrariedad. Los alemanes jamás manifestaban abiertamente su disposición a aniquilar a todos los judíos. Simplemente lo hacían, paso a paso. Sin embargo, antes de asesinar a sus víctimas, los alemanes querían arrancarles todo aquello que pudieran aprovechar: no sólo querían sus bienes; también querían aprovecharse de su trabajo. Fue por ello que en aras de facilitar el expolio y la explotación de los judíos los alemanes crearon una institución que sirviera para generarles la ilusión de que se gobernaban a sí mismos. Juntando a las personas más respetadas de la ciudad (rabinos, médicos, abogados, científicos, etc.) creaban el Judenrat (o Consejo judío) al que encargaban del orden y la situación sanitaria del gueto, la distribución de comida a los más menesterosos y la organización de los contingentes que salían a trabajar. En definitiva, lo responsabilizaban de la ejecución de todas las leyes y disposiciones alemanas. Naturalmente, la renuncia a ocupar el cargo de miembro del Judenrat se castigaba con la muerte, como también el incumplimiento de las responsabilidades que entrañaba el cargo. La situación de los miembros del Judenrat, por tanto, era de veras trágica. Trabajando bajo una permanente amenaza de muerte, los miembros del Judenrat se veían obligados a ayudar a los verdugos. Eran los intermediarios entre los alemanes y los habitantes del gueto; su labor consistía en trasladar a las víctimas las órdenes de los alemanes. Por todo ello el comportamiento de los miembros del Judenrat merece el más enérgico rechazo. Con todo, muchos miembros de los diversos Judenrat hicieron todo lo posible por aliviar la suerte de sus compañeros de infortunio y salvar de la muerte a ancianos, mujeres, niños y enfermos. No obstante, en las condiciones del gueto toda salvación equivalía a una mera prórroga.
Es menester recordar que los tormentos con que los alemanes martirizaban a los judíos no eran sólo físicos: también los sometían al terror, a la vez que les insuflaban esperanzas. Después de cada masacre, y en ocasiones antes de perpetrarlas, los alemanes aseguraban que se trataba de la última. Toda alusión al propósito fascista de aniquilar definitivamente a todos y cada uno de los judíos la negaban rotundamente y con asco e incluso amenazaban a quienes difundían «tan indignantes rumores». Por añadidura, las promesas de aliviar las condiciones de vida de los judíos eran constantes. A ello hay que añadir que al principio los judíos se negaban a aceptar la posibilidad de que millones de sus congéneres estuvieran condenados a muerte sin remedio o que la ocupación alemana de otros países amenazaba con borrar de la faz de la tierra a todo el pueblo judío. Todo ello conllevó a que el Judenrat de Siailiau se viera obligado a seguir aquella política en la que la mano derecha no tiene noticia de lo que hace la izquierda: cumplían las disposiciones alemanas, intentando proteger a la mayor cantidad posible de personas de las consecuencias de aquellas mismas disposiciones, es decir, de la muerte.
No obstante, sus esfuerzos fueron estériles y estaban llamados a serlo: nada podía hacer que a los alemanes les temblara la mano cuando se trataba de dar muerte a los judíos presos entre sus garras.
La muerte no asustaba a los miembros del Judenrat de Siailiau. Cuando los alemanes exigieron al Judenrat de Siailiau la entrega de cincuenta judíos del gueto para ser fusilados, los miembros del Judenrat se ofrecieron a sí mismos pero se negaron categóricamente a entregar a nadie. A. Yerushalmi fue uno de los hombres que tomó esa decisión sin vacilar.
EDITOR: O. SÁVICH
Breve exposición de los sucesos acaecidos entre el 28 de
junio y el 23 de noviembre de 1941
EL GUETO
Tan pronto como el 28 de junio de 1941, es decir, al día siguiente de que se produjera la ocupación de Siailiau (Shavli) por el ejército alemán los judíos fueron forzados a realizar trabajos pesados.
Los judíos eran arrojados fuera de las tiendas de alimentos, apartados de las aceras, salvajemente golpeados.
El lunes 30 de junio y el martes 1 de julio se produjeron arrestos masivos de judíos. Los alemanes irrumpían como bandidos en las casas de las familias judías y arrestaban a todo el que encontraban.
Los arrestos fueron acompañados del saqueo más salvaje. Cerca de un millar de judíos fueron arrestados en aquellas dos jornadas.
El sábado 5 de junio volvieron a producirse arrestos. Muchos de los que habían conseguido evadir a los alemanes durante las redadas anteriores cayeron ahora en sus garras. También en esta ocasión los bárbaros arramblaban con todos los objetos de valor y la ropa.
El 15 de agosto de 1941 comenzó el traslado forzoso al gueto.[73]
Se instituyeron varias comisiones encargadas del reasentamiento. Las comisiones estaban integradas por un presidente, varios miembros y, gracias a las gestiones del Judenrat, por un judío. Entre los miembros lituanos de las comisiones solía haber policías. Las comisiones examinaban los bienes de los reasentados. Se les permitía llevar consigo una cantidad limitada de enseres. Una vez que la comisión había establecido el valor de las posesiones de cada familia les entregaba la orden de trasladarse al distrito Kavkazki en un plazo de veinticuatro horas.
Los primeros reasentados fueron los residentes de la calle Vilénskaya. A ellos los siguieron los vecinos de la calle Tilzítskaya y así sucesivamente. Fue tal el número de personas reasentadas al distrito Kavkazki que la administración del gueto no sabía cómo acomodarlos. El distrito Kavkazki se asemejaba a una aldea víctima de un súbito incendio. Calles, patios y callejones se llenaron de bártulos y centenares de personas, la mayoría de ellas ancianos, mujeres, enfermos y niños. Todos se pasaban días y noches al raso. Sus lamentos y gritos eran ensordecedores. No había quien los socorriera. Cuando el distrito Kavkazki estuvo lleno a rebosar el Burgomaestre
Stankus[74] autorizó a reasentar judíos también en el distrito Trokai.
Inicialmente el sector del distrito Trokai elegido debía incluir una amplia sección de la calle Trókskaya, excluyendo los callejones Guinkunski, Padirski, Zhivchivski y Ezherski. Pero más tarde el área se hizo aún más estrecha y apenas quedaron dos casas de la calle Trokski dentro del perímetro del gueto. Muy pronto ese segundo distrito también estuvo lleno.
En las calles de ese distrito se vieron terribles escenas, similares a las que se habían visto ya en el distrito Kavkazki.
Una vez superpoblados los dos distritos inicialmente propuestos para albergar el gueto se hizo imperioso encontrar aún otro. La elección recayó sobre el área de Kalniukas. Muy pronto se delimitaron las calles destinadas al gueto y se avisó a los vecinos de que debían prepararse para ser reasentados. Pero los vecinos de Kalniukas no estaban dispuestos a abandonar sus casas y ofrecieron una férrea resistencia a las intenciones alemanas. Así, enviaron una delegación al Gobierno civil alemán que acababa de ser establecido. Una circunstancia fortuita les ayudó en sus propósitos. A saber, que el propio Stankus tenía su casa allí. No se libró entonces de recibir una carta de los vecinos que temían al forzado desalojo: «Si regaláis Kalniukas a los judíos, que sea Stankus quien les ceda su casa en primer lugar».
El sábado 30 de agosto Stankus prometió a los representantes judíos la pronta entrega de Kalniukas, si bien les pidió abstenerse de divulgar su decisión. En las tarjetas azules ya se podía leer la inscripción: «Reasentar en Kalniukas». Y sin embargo el 1 de septiembre se conoció que los judíos no serían reasentados en Kalniukas. Ya en ese momento las autoridades civiles alemanas habían tomado las riendas del asunto.
Ese mismo día se presentó en la oficina del burgomaestre una delegación
integrada por el abogado Abramóvich, Kartun y Leibovich.[75] En un primer momento el burgomaestre se negó a recibirlos y los abordó en la antesala de su despacho para decirles: «¿Qué diablos queréis de mí? ¡Iros a preguntar a vuestro Judenrat!». Pero los delegados no se dejaron impresionar por aquel truco y acabaron por penetrar casi por la fuerza en el despacho del burgomaestre. Allí se produjo el siguiente intercambio: Delegados: Venimos a exigir el distrito de Kalniukas.
Burgomaestre: Eso es imposible.
Delegados: ¿Y dónde vamos a acomodarnos entonces?
Burgomaestre: Tendréis que apretaros o instalaros en cobertizos, mientras no lleguen los fríos. Después os buscaremos barracas.
Pero el burgomaestre sabía ya muy bien que las barracas jamás serían construidas. Mencionó los reasentamientos a Zhagare y les reprochó no haber aceptado esa propuesta desde el primer momento.
A partir de entonces había seis comisiones trabajando simultáneamente. Los hombres que las presidían estaban provistos de nuevas prerrogativas. Concretamente, podían establecer dónde se reasentaba cada judío, si en el gueto o en la «sinagoga», que era la palabra que se escribió en todos los documentos donde antes se podía leer Kalniukas. Ir a la «sinagoga» significaba ser reasentado a un oratorio o a un hospicio, cuyos inquilinos originales ya habían sido enviados a Zhagare para entonces. La primera comisión destacaba especialmente por la crueldad de Liuberski, su
presidente. Liuberski envió a muchos judíos a la «sinagoga»,[76] sabiendo perfectamente que ello equivalía a una muerte segura.
También las otras comisiones dispensaban un trato cada vez más severo a los judíos que procesaban. Los mecanismos de control se endurecieron, se disparó el ansia de rapiña y más de un millar de personas fueron enviadas a la «sinagoga».
Los reasentamientos comenzaron el 2 de septiembre. El oratorio y el hospicio quedaron atestados de gente en muy poco tiempo. Hombres, mujeres, ancianos y niños estaban hacinados en espacios minúsculos. No tenían dónde sentarse. Sus captores no les suministraban agua o comida, de manera que muy pronto padecieron sed y hambre. Los guardias no les permitían abandonar el encierro ni por un instante. M. Leibovich y A. Katz hicieron una visita al hospicio el miércoles 3 de septiembre. Ambos quedaron horrorizados ante el cuadro que allí se encontraron: rostros crispados por el pánico y los sufrimientos, brazos tendidos pidiendo socorro, gritos desesperados. «¡Salvadnos! —gritaban los infelices—. ¡No tenemos ni un trozo de pan ni una gota de agua! ¡Socorro!»
Ante aquel panorama, los miembros del Judenrat corrieron a ver a Stankus y le rogaron tuviera compasión de los arrestados. Este les prometió que aliviaría las condiciones que soportaban y envió a unos funcionarios a levantar un censo de los arrestados que especificara la edad, el sexo y el oficio de cada uno. Los funcionarios aseguraron que el propósito del censo era establecer la necesidad de espacio que generaría un reasentamiento de los encuestados.
El censo se llevó a cabo con una premura inusitada y sus resultados, recogidos en un listado impreso en dos copias, le fueron entregadas a Stankus en su despacho. Aunque la entrada a ese despacho apenas se franqueaba en circunstancias muy excepcionales, los miembros del Judenrat fueron testigos de la visita de conocidos verdugos a los que fue entregada una de las copias del censo. Entonces los miembros del Judenrat irrumpieron en el despacho y pegando puñetazos en la mesa le exigieron una respuesta clara a Stankus: «¿Qué destino espera a los judíos enviados a la “sinagoga”?», preguntaron.
Stankus estaba totalmente ebrio.
—¡No me hagáis preguntas! —mugió—. ¡Yo no sé nada! ¡Es algo que se hace en contra de mi voluntad!
Leibovich se acercó al hospicio el martes siguiente. Había un silencio sospechoso que confirmó sus temores. ¡Ya se los habían llevado a todos! Leibovich intentó entrar al hospicio, pero el celador le gritó: «¡Desaparece de aquí ahora mismo!».
Con todo, Leibovich alcanzó a ver cómo los verdugos se repartían los bienes judíos que habían quedado desparramados por allí.
Los miembros del Judenrat convencieron al encargado de asuntos judíos para trasladar al gueto tanto el oratorio como el orfanato. De hecho, éste accedió también a devolver algunos de los judíos llevados a Zhagare. Un espacioso edificio de la calle Trókskaya se eligió para acoger el orfanato. Seguidamente se hicieron todas las gestiones necesarias para trasladarlo allí. Los miembros del Judenrat estaban tan seguros de la próxima instalación del orfanato que a una judía llegada a Siailiau que no conseguía encontrar alojamiento en el gueto le aconsejaron dejar a sus tres hijos al cuidado de esa institución.
El traslado del orfanato a su nuevo emplazamiento estaba previsto para el mes de septiembre. Tan sólo quedaban pendientes algunos pequeños trámites burocráticos. Por fin llegó el día señalado, pero resultó que los trámites aún seguían pendientes. No obstante, hacia las siete de la tarde se corrió por todo el gueto el rumor de que el traslado ya se había producido. En efecto, poco después se supo con certeza que a las seis y treinta de la tarde de aquel día, el 6 de septiembre, había llegado un camión al orfanato. Los niños, el maestro Katz y el ama de llaves fueron conminados a subir al vehículo. No se les permitió llevar nada consigo. Ni siquiera les permitieron vestirse adecuadamente. El camión, escoltado por agentes de la policía política, partió sin demora y regresó muy poco después. Los cuarenta y tres niños acogidos en aquel momento por el orfanato fueron asesinados junto a su maestro Katz y el ama de llaves que cuidaba de ellos. Los Katzman, tres niños nacidos en Tsitavian, estaban entre ellos. Su madre había conseguido escapar a duras penas de la represión en Tsitavian y como carecía de alojamiento en el gueto, el Judenrat le aconsejó colocar a sus tres hijos en el orfanato. La mayor de sus hijos era una niña de una belleza tan extraordinaria que los salvajes de Tsitavian le perdonaron la vida. Pero su belleza no detuvo a los verdugos de Siailiau.
El domingo 7 de septiembre el gueto recibió la visita de una comisión presidida por el tristemente célebre Liuberski, quien se desempeñó como presidente de la primera comisión durante el reasentamiento en el gueto. La comisión levantó un nuevo censo y todo el mundo —jóvenes y viejos— acudió a registrar sus datos sin sospechar nada malo. Muchos de ellos se quitaban años cuando respondían a los encuestadores.
Pasaron unos días y todos se olvidaron del imprevisto censo. Y de repente, en torno al mediodía del 10 de septiembre, llegaron al gueto varios camiones cargados de policías. Primero rodearon el número 3 de la calle Padyrsiu y sacaron a la calle a varios de sus inquilinos: las ciudadanas Feinstein y Volkov, acompañadas de sus hijos, cuatro en total, la ciudadana Smilg y su bebé, el hojalatero Aleksándrovich y su mujer (los maridos de las otras mujeres se encontraban trabajando en la ciudad). Se los llevaron a todos. Seguidamente los policías se pasearon por el gueto con un listado. Buscaban fundamentalmente a ancianos y ancianas. Se los llevaron también. En no pocos casos cargaban a los jóvenes de las familias junto con los ancianos. Todo el proceso transcurrió con bastante rapidez —unas dos o tres horas— y resultó tan impactante que la gente fue incapaz de comprender qué estaba ocurriendo en realidad. Se dieron casos de hijos que acompañaron voluntariamente a sus padres, aunque ellos no aparecían en los listados. Los camiones salían del gueto cargados hasta los topes y regresaban vacíos al poco rato. Ello permitía deducir que los llevaban a algún punto cercano a Siailiau. Cuando Feinstein volvió del trabajo y supo que se habían llevado a su familia corrió a ver al Stabsleiter Schrader. La mujer de Feinstein disponía de una autorización especial, pero lo súbito de la aparición de los alemanes la desconcertó hasta tal punto que olvidó mostrarla. Feinstein intentó darles alcance. Recorrió varias decenas de kilómetros de la carretera que llevaba a Zhagare, supuesto destino de los evacuados, pero no encontró rastro alguno de los suyos. Ya entonces se hizo evidente que los habían conducido a un lugar desde el que no había retorno posible. Aquel día también se llevaron del gueto al maestro emérito Eliezer Goldstein, cuyo sesenta cumpleaños había celebrado seis años atrás el Instituto judío de Siailiau donde trabajó con tesón desde 1920. Se lo llevaron junto a su mujer. La maestra Taybele Schneider también fue detenida en aquella ocasión, como lo fue su anciano padre.
Al día siguiente, un jueves que amaneció lluvioso, los camiones comenzaron a llevarse a la gente desde las nueve de la mañana. Los verdugos iban de casa en casa buscando a los ancianos cuyos nombres constaban en sus listas. Muchos de los condenados se escondieron a tiempo y así salvaron la vida. Quien escribe estas líneas fue uno de ellos. Le avisaron con antelación y tuvo tiempo de echar a correr a través de las huertas junto a su mujer y sus hijos hasta encontrar una casa donde ocultarse. Más tarde consiguió que su nombre fuera borrado de la lista. Aquel día terrible se llevaron al profesor de música Moishe Kravets y a su mujer. Moishe impartió clases durante largos años en el viejo Instituto judío. Unas horas después de comenzada la ola de detenciones se corrió el rumor de que uno de los detenidos había vuelto al gueto y se escondía en una casa. El miembro del Judenrat M. Leibovich se dirigió inmediatamente a interrogarlo y así conoció de primera mano la horrible verdad: todos los detenidos habían sido conducidos al bosque de Bubi, donde los ejecutaban ante zanjas cavadas de antemano. El testigo había conseguido escapar de la zanja, a pesar de resultar herido de bala. Un segundo hombre consiguió escapar con vida de la matanza y nos confirmó más tarde las palabras del primero.
El 13 de diciembre se llevó a cabo un nuevo censo de los vecinos del gueto, acompañado de la entrega de los nuevos documentos de color amarillo. Una vez más Liuberski estaba al mando de los oficiales encargados del censo, de manera que todos los habitantes del gueto tuvieron que desfilar ante él. Liuberski decidía el destino de cada cual: a algunos les era entregado el documento de color amarillo, a otros se los destinaba a «salir del gueto». La gente se preparó de antemano para lo que les esperaba. Los ancianos corrieron a esconderse o disimularon la vejez tiñéndose el cabello, afeitándose las barbas o maquillándose las arrugas. Nunca como entonces afluyó la clientela a las barberías ni jamás habían visto los barberos a clientes semejantes: decrépitos ancianos, tullidos, gente desconsolada y desesperada. Con todo, no abundaron los que lograron engañar al encargado de la selección y fueron muchos los que salieron de la oficina para ser conducidos inmediatamente a la «sinagoga». Los colaboradores del Judenrat consiguieron «salvar» varios pasaportes «sospechosos». Burguin se destacó notablemente en esa tarea que consistía en recoger a los más ancianos los documentos de color azul que portaban, llevarlos disimuladamente a la mesa del registro y desde allí colarlos enseguida en la ventanilla donde terminaba el proceso. Ese procedimiento consiguió salvarle la vida a mucha gente. Con todo, el presidente de la mesa se percató muy pronto de que algo anormal estaba sucediendo y a la mañana siguiente se recrudecieron los controles. Burguin fue apartado del proceso y amenazado de tomar el camino a la «sinagoga». Tan sólo cuando la entrega de los nuevos pasaportes llegaba a su fin Burguin tuvo la suerte de recibir el suyo. Stankus llegó al gueto ese mismo día.
Conscientes de los peligros que los acechaban y afectados severamente por el hambre, muchos de los vecinos del gueto buscaban la manera de escapar a las zonas rurales. Para ello debían hacerse contratar por algún granjero y recibir la aprobación del responsable de asuntos judíos, quien estampaba su firma en los contratos y añadía una serie de condiciones, como la obligación de vigilar a los empleados judíos que pesaba sobre la parte contratante, la de entregarlos a la policía ante el menor requerimiento de sus agentes, etc.
Todos los contratos debían ser ratificados por el Arbeitsamt. Y tan sólo cuando los judíos acogidos a esa fórmula consiguieron arrancar a la burocracia todos los documentos necesarios, cargaron todos sus bienes y enseres en carretas y marcharon a las distantes aldeas donde se les esperaba. Y, sin embargo, apenas transcurridos unos pocos días desde el traslado el jefe regional ordenó a los virsaitis —los responsables de las aldeas— desalojar a todos los judíos llegados a sus aldeas. El autor de estas líneas fue uno de quienes marcharon a las áreas rurales. Tras firmar un contrato con el campesino lonas Alexandras, cargó todos sus bártulos y realizó el penoso traslado hasta la aldea. Salió el 18 de septiembre y ya el día 23 se emitió la orden de desalojar las aldeas, aunque el sargento mayor la retuvo hasta el día siguiente. El autor de estas líneas intentó conseguir una prórroga, siquiera de veinticuatro horas. Pero todos sus ruegos resultaron estériles y no tuvo más remedio que viajar inmediatamente, aunque ello le supuso dejar abandonados en la aldea muchos de sus bienes. Lo poco que consiguió traerse de vuelta a la ciudad después de regreso tan repentino se le ordenó dejarlo en la policía para una «inspección». Todo lo que dejó allí desapareció en unas pocas horas. Los policías se lo habían robado. Similar suerte padecieron todos los judíos que intentaron salvar la vida yéndose a las áreas rurales. Todos regresaron «libres» de sus posesiones.
EXTRACTOS DEL DIARIO
4 de febrero de 1943. La oficina de empleo (Arbeitsamt) exigió para mañana doscientos hombres. También anunció que se incrementará el número de trabajadores destinados al aeródromo.
En una reunión conjunta del Judenrat y su Comisión de empleo nos preguntamos de dónde sacar la fuerza laboral que nos requerían. Nos resultó imposible llega a alguna conclusión. Fue inevitable que nos preguntáramos qué había sido de los cuatrocientos ochenta hombres que habían trabajado en los yacimientos de turba durante el verano. A día de hoy trabajan cien personas en la turba, cien más en el aeródromo, ochenta y cinco en el campo de concentración de Linkaichiai, cincuenta en los ferrocarriles y veinte más en Strala, lo que arroja un total de trescientas cincuenta y cinco personas. ¿Dónde se habían metido los más de cien trabajadores desaparecidos? Por lo visto, todos habían quedado lisiados de una u otra manera. La mayoría desarrolló patologías coronarias, otros sufrían de hernias y el resto padecían de gangrena, forunculosis u otros males. En cuanto a las mujeres, la mitad de las involucradas en los trabajos forzados vieron interrumpidos sus ciclos menstruales y padecieron diversos tipos de inflamaciones a consecuencia de ello.
6 de febrero de 1943. Los hechos se suceden con velocidad de cinematógrafo. El día de la liberación está pronto. A la vez, los peligros arrecian.
El Gebietskommissar preguntó a Idlezis, el apoderado lituano en la Comisión de empleo del judenrat, si no le parecía que los judíos nos hemos vuelto un poco insolentes últimamente.
22 de febrero de 1943. El Sargento Mayor Velkstis detuvo ayer a un judío que andaba por la acera cerca del puesto de control instalado a las puertas del gueto. Le pegó una bronca y le dijo: «Por lo visto os creéis que seréis liberados si los rusos se acercan a la ciudad, ¿no es cierto? Os equivocáis de medio a medio: jamás llegaréis vivos hasta entonces, porque os habremos aniquilado antes».
19 de marzo de 1943. Hay casi doscientos trabajadores judíos contratados en la
fábrica de pieles.[77] De repente, se recibe una orden del Gebietskommissar: despedir a una parte de ellos por supuesta violación de las normas laborales. Costó mucho conseguir que se revocara la orden. Con todo, el capataz Zipel recorrió todos los departamentos escrutando los rostros de los trabajadores como si quisiera descubrir a los más débiles para echarlos.
27 de marzo de 1943. Un testigo presencial del fusilamiento que se produjo el 23 de marzo en la prisión nos contó que una judía a la que se disponían a ejecutar junto a su hijo ofreció una fuerte resistencia. Ambos fueron arrojados a la zanja, pero la mujer salió de un salto. Entonces la empujaron nuevamente a la zanja y la acribillaron a balazos.
29 de abril de 1943. Apertura provisional de la Escuela popular del gueto. Tendrá su sede en los dieciocho metros cuadrados de balcones con que cuenta la sinagoga del distrito Trokai. El horario de clases será de las 9.00 a las 16.00 horas.
En total acogerá a noventa alumnos agrupados en cuatro clases que recibirán entre una hora y media y dos horas de lecciones cada día.
Otra escuela abrió sus puertas el 5 de julio en el distrito Kavkazki. También en este caso tiene su sede en una sinagoga y dispone de veinte metros cuadrados. Las clases transcurren entre las 7.00 y las 20.00 horas. Son siete clases en las que hay repartidos doscientos niños.
La escuela es el resultado de una iniciativa conjunta de dos miembros del Judenrat, A. Geler y el secretario A. Yerushalmi.
Es menester anotar que a pesar de las difíciles condiciones de vida en el gueto, los chiquillos acuden a la escuela llenos de alegría, estudian a fondo sus lecciones y prestan una atención ejemplar a sus maestros. Son treinta y cinco o cuarenta niños sentados, y a veces de pie, reunidos en un estrecho espacio. Y aun así reina un silencio absoluto en la clase. Un silencio que no oculta, sin embargo, que el gueto ha cobrado vida con estas dos escuelas.
También ha sido un éxito la idea de involucrar a los chicos en el trabajo en las huertas. Divididos en grupos se han ocupado del cultivo de las huertas del Judenrat. Ahora están cosechando las primeras hortalizas, además de ocuparse de la vigilancia de las huertas. Chicos de apenas doce años se sienten ya adultos y cumplen sus obligaciones como si verdaderamente lo fueran.
4 de mayo de 1943. Al gueto de Siailiau le ha tocado vivir un día muy duro hoy. Ya antes de la hora de comer dos de los policías apostados junto a las puertas del gueto dejaron saber que habían recibido instrucciones de extremar la vigilancia sobre todo aquel que entrara o saliera del perímetro. A la hora de la comida uno de los hombres que trabajaban en la oficina del Gebietskommissar, apellidado Papen, encontró de repente a Zisel Schwartz de visita en la casa de un lituano. «¿Qué haces tú aquí?», le preguntó. «Vine a comer algo», le respondió el judío. Papen anotó su apellido y le preguntó dónde trabajaba. Schwartz le dijo que formaba parte de un contingente de hombres que cargaban camiones de patatas destinadas al campo de concentración de Bachiuni.
Papen se apareció algo más tarde en el gueto. Vino acompañado del
Gebietskommissar[78] y del tristemente célebre Schreiver. Ordenaron registrar a los hombres que volvían del trabajo. Los policías Strupkus y Yurgatavichus se encargaban de los cacheos. El segundo se comportaba con la más soez brutalidad.
Centenares de personas atravesaron la puerta del gueto ubicado en el distrito Kavkazki. Todos fueron minuciosamente cacheados y a quince de ellos les encontraron objetos de contrabando: trozos de pan, patatas, alguna pieza de carne, tabaco, etc. Los «culpables» fueron obligados a arrodillarse y después los condujeron a la prisión. Tan sólo dos chicuelos a quienes pillaron con unas patatas escaparon de la prisión, si bien el Gebietskommissar recomendó a los miembros del Judenrat presentes que los zurraran bien zurrados. Los niños se quedaron en el gueto, pero el Gebietskommissar no olvidó interesarse unos días después por si habían sido zurrados como era debido.
Al abandonar el gueto del distrito Kavkazki los visitantes se dirigieron al gueto del distrito Trokai, donde hicieron llamar a todos los trabajadores empleados en la carga de patatas. Todos ellos fueron puestos en libertad más tarde. Todos menos Schwartz.
Una vez concluyeron esa segunda visita, los alemanes acudieron a dar un «glorioso recibimiento» a los trabajadores que volvían del aeródromo. De entre los trescientos veintinueve, siete traían consigo objetos de contrabando. También ellos fueron puestos de rodillas a esperar el término del cacheo y llevados después a la prisión. En total fueron veintitrés las personas arrestadas y encarceladas aquel día.
6 de mayo de 1943. A primera hora de la mañana todos los habitantes del gueto de Trokai fueron convocados a presenciar una ejecución. A las diez toda la población adulta se había reunido a las puertas del gueto. Todos fueron obligados a acudir, con la excepción de los niños.
La gente esperaba en silencio junto a la verja la llegada de los «invitados».
Hacia las once de la mañana apareció por fin un vehículo en el que llegaron el Stabsleiter Bub, Papen, Braun —uno de los jefes de la gendarmería—, Spakaukas — traductor de la gendarmería— y Kroll, de las SD. Detrás del vehículo venían cuatro policías armados de ametralladoras y entre los dos grupos llegó Bezalel, el condenado, a quien traían esposado. Su paso era firme y había una sonrisa dibujada en su rostro. ¿Sería que confiaba en ser indultado en el último minuto?
El condenado fue conducido al pie de una horca donde lo esperaban dos
verdugos[79] y un médico. Mazowiecki pidió que le quitaran las esposas, pero su ruego fue denegado. Pidió entonces que le permitieran despedirse de su esposa y de su hijo: también eso se lo negaron. Entonces les dijo: «Cuidad de mi mujer y mi hijo. Decidles que sean fuertes». Hizo aun una última petición: que su abrigo fuera donado a un pobre. Después, ya con la soga al cuello y sin perder la sonrisa, se permitió hacer una leve inclinación de cabeza a sus conciudadanos y les dijo: «Abogaré dignamente por todos vosotros en el cielo».
En ese instante la mesa que lo sostenía fue arrancada de golpe, se estiró la soga y su cuerpo fue agitado por las últimas convulsiones. Cientos de gargantas dejaron escapar al unísono un lamento desesperado y decenas de mujeres cayeron desmayadas. El hermano del mártir lloraba a gritos no lejos de allí.
A las once y diez el médico se encaramó a la mesa, buscó el pulso al condenado, intentó descubrir los latidos de su corazón y acabó por anunciar: «Está muerto».
Los alemanes se marcharon, pero antes Bub ordenó que el cuerpo se dejara colgando de la horca hasta el mediodía y que tan sólo los sepultureros y algún miembro del Judenrat acudieran a darle sepultura.
Y así se hizo. A las doce del día se descolgó el cuerpo de la horca, el cadáver fue acomodado en un ataúd y enterrado con el mayor sigilo. La postrera sonrisa aún seguía dibujada en el rostro del mártir.
8 de mayo de 1943. Ha llegado una orden que concierne a los arrestados, cuyo número ya asciende a veintisiete. Mañana saldrán de la prisión y serán traídos al gueto a las diez de la mañana para someterlos a escarnio público. Los hombres recibirán quince azotes; las mujeres, diez. Tal es el castigo que recibirán quienes se atrevieron a intentar cruzar las puertas del gueto llevando escondidos un trozo de pan, algunas patatas o unos pocos huevos.
AVISO
A propuesta del Gebietskommissar se da a conocer lo siguiente:
El domingo 9 de mayo serán puestas en libertad las personas detenidas por intentar ingresar alimentos al gueto el día 4 del mes corriente. Todas ellas serán sometidas a castigos corporales en la plaza ubicada al fondo del número 1 de la calle Gelgaud (en el patio del inmueble) a las diez de la mañana y en presencia de autoridades. Se ordena a los residentes en el gueto acudir a presenciar el castigo.
8 de mayo de 1943
10 de mayo de 1943. A las 10.30 de la mañana de ayer los representantes de las
autoridades —concretamente el funcionario de la [80] Preisüberwachungsstelle Papen
y el sustituto del Stabsleiter, Gaberman (responsable de las escuelas de la región de Siailiau)— se presentaron en la prisión y ordenaron sacar a los detenidos. Todos fueron conducidos bajo estrecha vigilancia hasta la mencionada plaza (más bien un patio) en el gueto Kavkazki. Allí les obligaron a tumbarse en el suelo en filas de a cuatro y procedieron a golpearlos con porras de gomas, a razón de diez porrazos a cada uno. En el último instante los miembros del Judenrat arrancaron a los representantes de la autoridad un indulto en favor de las ocho mujeres y los hombres enfermos, así como una reducción de la pena infligida al resto.
12 de mayo de 1943. Yurgatavichus cacheó hoy meticulosamente a todos los que entraban al gueto. Detuvo a una mujer y la obligó a arrodillarse. Más tarde aceptó dejarla marchar a cambio de media botella de vodka. Otra mujer fue descubierta pasando de contrabando una botella de leche. Yurgatavichus la obligó a bebérsela allí mismo.
19 de mayo de 1943. Hoy se produjo otra gran redada contra el contrabando de alimentos. El Gebietskommissar Schreiver y Papen aparcaron de repente a poca distancia de la puerta de acceso al gueto del distrito Kavkazki y la emprendieron con los habituales cacheos. Schreiver se ocupaba personalmente de los cacheos, escrutaba cada palmo de tela. Diez personas fueron arrestadas como resultado de su celo. Entre ellas, un niño de catorce años. Todos los detenidos fueron obligados a permanecer de rodillas mientras se prolongaba la operación. Después fueron llevados a la prisión. ¿Cuáles eran sus delitos? Véaselos a continuación, a partir del listado de los objetos que les fueron confiscados: 2,8 kg de guisantes; 1 kg de macarrones; 0,5 kg de morcilla; 0,5 kg de mantequilla; 2 huevos; 0,25 kg de carne cocida; 1 kg de pan; 0,25 kg de acedera; 1 kg de pan seco, y 1,5 kg de patatas.
21 de mayo de 1943. Ayer algunos representantes del Judenrat acudieron al Regierungsrat para mantener un encuentro con Bub y Papen. Les presentaron el listado de alimentos confiscados que anoté más arriba y les describieron los tormentos que se estaba infligiendo a los detenidos. Las condiciones de los detenidos, tanto de los hombres como de las mujeres, eran extremadamente penosas. Quienes fueron detenidos llevando la mayor parte de los alimentos estaban siendo sometidos a un régimen de trabajo brutal con jornadas de trabajo que se prolongaban desde las 7 de la mañana hasta la medianoche. Ello, cuando apenas recibían cien gramos de pan al día como único alimento. ¿Cómo iban a soportar jornadas tan extensas si apenas tenían qué comer?
El Regierungsrat prometió dejarlos en libertad. El Stabsleiter Bub, por su parte, hizo notar que la gravedad de su situación se debía al hallazgo de mantequilla entre los alimentos. Aseguró que de no haber sido por eso, todos habrían podido marcharse a casa sin problemas. En todo caso, los dejarían en libertad, pero antes serían azotados debidamente, a diferencia de lo que había estado haciendo hasta entonces. Esta vez los amarrarían a bancos y los azotarían «con todas las de la ley».
Nos llegan noticias de Vilnius. La vigilancia en las puertas del gueto se ha recrudecido notablemente. Ahora son judíos los encargados de cachear a quienes regresan del trabajo, mientras los guardias alemanes vigilan de cerca el proceso. Se dio un caso en que los alemanes detectaron alimentos de contrabando escondidos por alguien que ya había superado el cacheo de los judíos. Los seis judíos que desempeñaban esa labor aquel día fueron fusilados de inmediato.
22 de mayo de 1943. Los miembros del Judenrat M. Leibovich y A. Katz acudieron hoy a la oficina del Gebietskommissar. Allí les esperaba Papen para informarles que los detenidos serían llevados al gueto Kavkazki el domingo 23. Les dijo que se había elegido ese gueto porque la mayoría de los detenidos vivía allí y que serían sometidos a un castigo público en el jardín de la calle Gelgaud. Aclaró que esta vez los azotes serían aplicados con toda severidad y que tanto el supervisor de la comandancia como su asistente acudirían a asegurarse de que así fuera.
Los representantes del gueto solicitaron se les permitiera intercambiar unas palabras con el supervisor. Creían poder interceder por los detenidos y conseguir que se aliviaran los castigos que les esperaban.
El supervisor los recibió y declaró a voz en grito que los «perros y los cerdos» que se atrevían a intentar colar embutidos de contrabando en el gueto merecían los castigos más severos. Ante la observación hecha por los representantes del Judenrat en relación con que algunos de ellos apenas llevaban consigo trozos de pan o patatas, el supervisor les aseguró que la próxima vez «toda esa gente iría a parar a un lugar bien distinto».
ORDEN OFICIAL
A propuesta del Gebietskommissar se da a conocer lo siguiente:
El domingo 23 del mes corriente todas las personas detenidas por intentar ingresar alimentos al gueto el día 19 del mes corriente saldrán de la prisión y serán sometidas a castigos corporales en el jardín ubicado en el número 1 de la calle Gelgaud en el gueto del distrito Kavkazki. Se ordena a los residentes en el gueto acudir a presenciar el castigo.
Siailiau, 22 de mayo de 1943
23 de mayo de 1943. A las diez de la mañana de hoy los diez detenidos fueron conducidos hasta las puertas del gueto del distrito Kavkazki. Llegaron acompañados por Velkstis (antiguo jefe de la guardia del gueto) y otro policía.
Allí se vieron obligados a esperar durante una hora y cuarto, mientras Velkstis agitaba la porra sobre sus cabezas y les gritaba: «Vais a recibir una buena por haber intentado entrar tocino de contrabando y por bolcheviques». Inquieto, se acercaba de tanto en tanto a los guardias judíos, los provocaba y se mofaba de ellos. Les repitió varias veces esta amenaza: «Si a los alemanes les van bien las cosas, puede que os dejen vivir vuestras miserables vidas. Pero si les fuera mal, os van a liquidar a todos. Yo mismo y otros como yo nos ocuparemos de hacerlo, porque si no os matamos seréis vosotros quienes vendréis a buscar venganza más tarde».
El vehículo que traía al Gebietskommissar llegó al gueto a las once y cuarto de la mañana. En él viajaban Schreiver, Lipker, Braun y un fascista lituano.
Los detenidos fueron llevados al jardín del número 1 de la calle Gelgaud. Velkstis y otro policía los escoltaron. Previamente habían instalado una mesa en el medio del jardín. Los residentes del gueto se agolpaban en torno a ella.
En el último momento, Leibovich y A. Katz, miembros del Judenrat, intentaron arrancar el perdón para L., un niño de pocos años detenido por esconder un caramelo. El perdón fue concedido.
La sesión de castigo dio comienzo por fin. Pero antes A. Katz tuvo que pronunciar un breve discurso a los convocados para recordarles la existencia de una rígida cuota de alimentos que consistía en cien gramos diarios para quienes no trabajaran y doscientos para quienes sí lo hicieran: la entrada de alimentos al gueto por encima de esa norma estaba terminantemente prohibida. Seguidamente los arrestados fueron conducidos uno a uno hasta la mesa, despojados de los abrigos quienes los llevaran, y golpeados con porras de goma por los policías.
A Velkstis le supo a poco el castigo establecido y en más de una ocasión se propasó golpeando a las víctimas repetidamente con extrema violencia.
26 de mayo de 1943. Preocupa la situación en Bachiunai. Trescientas veinte personas trabajan allá en los yacimientos de turba. Pero muchos de ellos están enfermos o débiles y no deberían estar haciendo ese trabajo. En realidad son unos doscientos los que trabajan en la turba, mientras el resto se ocupa de labores administrativas o del mantenimiento de las herramientas. Con todo, últimamente apenas se consiguen formar seis brigadas de veinte hombres cada una. No hay con quién formar una séptima.
Ello genera constantes roces entre el responsable de los yacimientos y los miembros del Judenrat. El primero sostiene que con trescientos veinte hombres dedicados a esos trabajos tendría que formar a diario ocho o por lo menos siete brigadas y que así se lo exige la oficina del Gebietskommissar. El Judenrat, por su parte, insiste en que debe conformarse con seis brigadas. Sería mucho más sencillo declarar abiertamente que de esos trescientos veinte hombres hay varias decenas que carecen de fuerzas para trabajar en la turba y que sería mejor devolverlos al gueto. Pero en el Judenrat temen admitirlo. En primer lugar, porque ello podría traer consigo la exigencia de sustituir a los enfermos por trabajadores sanos. ¿Dónde los encontraríamos? Y lo peor: todos sabemos que en el gueto es muy peligroso estar enfermo o débil.
28 de mayo de 1943. Hace poco entre la población lituana de Kaunas se distribuyeron impresos con el siguiente texto: «En vista a la preparación de una Aktion contra los judíos llamamos a todos los genuinos patriotas lituanos a abstenerse de tomar parte en ella o las siguientes, porque hacerlo mancillaría el buen nombre de los lituanos». El texto llevaba la firma del Comité para la recuperación de la independencia de Lituania.
Un trabajador lituano pasó una copia a un obrero judío y este último hizo llegar el documento al miembro del Judenrat Liftser.
2 de junio de 1943. En la página 5 de un extenso documento de diez pliegos sobre la cuestión judía entregado a las autoridades alemanas por el partido de los nacionalistas lituanos se puede leer lo siguiente: «A los batallones lituanos se les están asignando misiones que constituyen una humillación para Lituania y los soldados lituanos (por ejemplo, se les encarga el fusilamiento de judíos y civiles bielorrusos). Encima, cuando los oficiales lituanos se niegan a aceptar tales misiones es a ellos a quienes amenazan con el fusilamiento. Por otra parte, durante las ejecuciones las cámaras fotográficas y cinematográficas presentes sólo registran a los soldados y oficiales lituanos, mientras evitan registrar la presencia de alemanes…»
20 de junio de 1943. Boyer, el secretario de la organización fascista, pasó las vacaciones en Alemania y le tocó padecer las incursiones aéreas de los bombarderos ingleses y norteamericanos. Volvió muy alterado y sólo habla de cobrarse venganza castigando a los judíos. Le dijo a uno de los trabajadores judíos que cuando acudió hace unos días a comer en la casa de cierto general, éste manifestó que a su juicio había demasiados judíos en el gueto y le parecía razonable eliminar a unos cuantos.
30 de junio de 1943 [81] . Kroll y Gef, dos agentes del SD, exigieron información adicional sobre los residentes en el gueto y pusieron especial énfasis en que el informe los divida en cuatro categorías distintas:
1. Hombres y mujeres menores de trece años.
2. Ocupados en trabajos de especial relevancia para el ejército alemán. 3. Alojados en barracas dentro del territorio del gueto. 4. Limitados en su capacidad para trabajar.
A esas cuatro categorías el Judenrat debe añadir aún una quinta, a saber, una «columna de reserva», en la que se incluiría a quienes no trabajan o lo hacen sólo a tiempo parcial. Esta categoría debe contener a las madres con hijos pequeños, los ancianos y las personas que trabajan en el aeródromo dos o tres veces por semana.
Los hombres de la SD se negaron a aceptar que esa columna fuera formada por un millar de mujeres y exigieron sumar al listado unas quinientas personas más, incluidas quienes trabajan hasta tres o cuatro veces a la semana. Ello significa que los enfermos, los adolescentes, los niños y las madres con hijos pequeños también tendrán que trabajar. Con todo, tampoco eso sería tan terrible si se lo compara con tantas otras ideas terribles que nos sugiere la visita de agentes de la SD…
9 de julio de 1943. En la edición del diario Ateitis marcada con el N.° 154 aparece un artículo del Brigadenführer de las SA A. Lenzen, Gebietskommissar de Kauenland, región de Kaunas. La pieza se titula «Los siervos de los judíos» y en ella se lee lo que sigue: «Desafortunadamente, todavía hoy la huellas de las zarpas de Israel marcan las tierras de Kaunas y sus alrededores. Basta siquiera observar las calles de la ciudad por las que avanzan de vuelta al gueto las columnas de trabajadores judíos. Uno se percata entonces de cosas de veras increíbles. Yo mismo tuve ocasión de presenciar hace pocos días cómo una elegante señora lituana se cruzó con la columna de judíos y tras saludar a uno de ellos apretándole la mano con notable efusión trabó conversación con él como si nada. ¿Qué relaciones pudieron tener en el pasado esas dos personas y qué hace que las mantengan todavía hoy?, me pregunté. No pude resistirme a intervenir en el fortuito encuentro. El judío se alejó deprisa, mientras la señora pareció turbada, el carmín coloreó sus mejillas y también ella intentó esfumarse. Por desgracia, no domino la lengua lituana y ello me impidió reprendería como se merecía. Aun así, creo que supo comprender mi estado de ánimo y comprendió lo inapropiado de su comportamiento.
»Es evidente también que los vecinos de la ciudad y las aldeas adyacentes continúan cultivando las relaciones que mantuvieron antes con los judíos y les alcanzan alimentos. En las inspecciones a las que sometemos a las columnas de trabajadores judíos hemos detectado muchos casos flagrantes de ese tipo de colaboración. ¿Acaso se puede concebir que judíos o judías de esas columnas de trabajadores visiten apartamentos de lituanos y que éstos los traten como a iguales? En lugar de ponerlos de patitas en la calle resulta que hay lituanos que entablan animadas charlas con judíos y hasta comercian con ellos. ¡Qué vergüenza dan tantas personas que se comportan de manera indigna y, al hacerlo, dan un penoso ejemplo a los demás!
»Mayor es aún el desprecio que merecen los campesinos que se prestan a ese comercio en las áreas rurales. Cuando les preguntas si tienen carne u hortalizas que vender escurren el bulo y en cambio las venden “encantados” a los judíos. Parece que mantienen una relación de amistad especial con ellos. Y ya se sabe: dime quiénes son tus amigos y sabré quién eres. Quiero adelantar aquí una propuesta. Y ahí va: a todo el que mantenga relaciones con los judíos, los apoye o alimente contactos con ellos deberíamos coserle una estrella en el pecho en la que se lea “Siervo de los judíos”».
17 de julio de 1943. El sábado 17 de julio los dos guardias apostados a las puertas del gueto se emborracharon. A las doce y media de la noche entraron al gueto y la emprendieron contra los transeúntes que encontraron a su paso. A uno de ellos lo sacaron del perímetro del gueto, lo golpearon y lo amenazaron con matarlo a tiros. Exigían les entregaran chicas jóvenes… Guenej Raiz, uno de los guardias judíos, intentó terciar. Le dieron una golpiza.
26 de julio de 1943. La noticia de la dimisión de Mussolini fue recibida en el gueto con estupor a la vez que con alegría. No obstante, todos se comportan con serenidad. Saben cuánto les puede costar exteriorizar sus sentimientos. ¡Todavía nos queda sufrir bastante!
28 de julio de 1943. En la edición del diario Ateitis marcada con el N.° 165 aparece un nuevo artículo: «Los judíos y los siervos de los judíos».
«… El fiscal Vsevolod Kopp parece alimentar una especial simpatía hacia los judíos. Cada día se lo puede encontrar a las siete de la mañana en el parque de la ciudad departiendo amigablemente con los judíos. Se lo ve sonreír y estrecharles las manos cuando se despide.
»Son varias las personas, entre ellas Rozalía Moltene, residente en el número 49 de la calle Yanóvskaya, Kaunas, y Petronele Rudkauskene, vecina de la aldea Usledzhiu, Kaunas, que han sido castigadas por mantener relaciones comerciales con judíos. Ambas fueron privadas de libertad por sus delitos. De acuerdo con las órdenes impartidas al respecto, ambas llevan más de un mes detenidas».
31 de julio de 1943. Hemos recibido noticias de los detenidos en el campo de concentración del aeródromo. Por lo visto anoche tuvo lugar un baile para homenajear a los pilotos en el que estuvieron presentes el Generalkommissar y el Gebietkommissar. Se habló de los judíos y se puso énfasis en que 1) los judíos no muestran respeto a los oficiales, y 2) los judíos deben trabajar también los domingos.
1 de agosto de 1943. Un capataz del aeródromo la tomó hoy con un niño judío que había faltado al trabajo la víspera. Lo obligaron a seguir el paso de dos bicicletas que iban a toda carrera. Como no podía hacerlo, lo golpearon salvajemente. El capataz le ató al cuello una sierra y una caja de clavos y lo hizo andar con ellas dos kilómetros mientras lo golpeaba con una vara. Desmadejado y exhausto, el chico volvió a casa a duras penas.
5 de agosto de 1943. Hoy se ha vivido una dura jornada en el aeródromo. Por lo visto, dos suboficiales alemanes decidieron que era el día adecuado para «hacer entrar en razón» a los trabajadores judíos. Así, desde primera hora exigieron que los judíos saludaran con esmero a todos los militares alemanes que se cruzaran, incluidos los soldados rasos. Ante los suboficiales se los obligaba a descubrirse cinco metros antes de cruzarse con ellos y a mantenerse con la cabeza descubierta hasta que los separaran otros cinco metros después de haberse igualado sus pasos. Cuando se trataba de oficiales de alto rango se los obligaba a desfilar al trote diez metros antes de cruzarse con ellos y otros diez después de haberlo hecho.
Si una columna de trabajadores se cruzaba con suboficiales u oficiales, los judíos tenían que descubrirse y pasar a su lado a la carrera.
Animados por el propósito de entrenarlos, los dos suboficiales dedicaron largo rato al ejercicio de trotes y carreras. Después fueron a inspeccionar los trabajos. Un obrero al que encontraron ocioso fue obligado a salvar un kilómetro y medio a la carrera. Otro se había quitado la camisa y ello casi le cuesta morir estrangulado por haber incumplido la obligatoriedad de «llevar signos distintivos judíos». A un tercero lo obligaron a subir a una bicicleta y a correr entre ellos dos, también en bicicletas, manteniéndoles el paso. En definitiva, todo el que tenía la mala suerte de atraer la atención de aquellos dos hombres acababa lamentándolo.
10 de agosto de 1943 [82] , 9 del mes Av. Hoy ha corrido por el gueto el rumor de que se acercan grandes cambios. La alegría, aunque contenida, fue enorme. En la sinagoga alguien propuso recortar las oraciones luctuosas, pues el día de la liberación estaba pronto.
31 de agosto de 1943. Hoy se celebró una reunión conjunta de todos los representantes del gueto. Estuvieron presentes M. Leibovich, A. Geller, P. Rubinstein, A. Katz, S. Burguin, A. Abramson, A. Kalfenitski, A. Brelovich, B. Abramóvich, P. Viz, D. Getz, M. Rubistein, I. Minor, M. Mil, A. Zeygarnik, A. Slezin, J. Cherniavski, A. Getz, A. Gutman, J. Zhilinski, K. Uzven, A. Gens, I. Mordel, J. L. Sheskin, S. Katz y los doctores Burstein, Direktorovich y Kamber.
M. Leibovich y A. Katz actuaron como presidente y secretario de la asamblea, respectivamente. Se procedió a intercambiar opiniones sobre las posiciones comunicadas por la Sicherheitzpolizei (Gestapo). El presidente M. Leibovich y el miembro del Judenrat A. Katz rindieron el siguiente informe al respecto: Makk, el jefe de la Gestapo, convocó a las once de la mañana de hoy a los miembros del Judenrat M. Leibovich y A. Katz y se expresó en estos términos: «Dado que los judíos violan sistemáticamente las órdenes que establecen la prohibición de introducir alimentos en el gueto y dado que el 29 de agosto de 1943 fueron cacheados por sorpresa los trabajadores que integraban una columna adscrita al Gebietskommissariat y se les encontró una gran cantidad de alimentos prohibidos por la ley, mañana, 1 de septiembre de 1943, a las doce del mediodía, el Judenrat queda obligado a llevar a la prisión a un número de cincuenta judíos. Los miembros del Judenrat serían hechos responsables en caso de incumplimiento de la orden que os estoy comunicando».
Conscientes de lo que significaba llevar a judíos a la prisión, los miembros del Judenrat declararon su negativa a obedecer la orden de proceder a semejante selección, a la vez que comunicaron su disposición a presentarse ellos mismos, el Judenrat en pleno, a las puertas de la prisión a la hora señalada.
A ello el jefe de la Gestapo les respondió que a él le daba igual quiénes fueran los judíos con tal de que fueran cincuenta los que se presentaran a la hora prevista. Al preguntársele si existía alguna posibilidad de que la orden fuera revocada o el castigo atenuado respondió: «El Gebietskommissar me ha dado esta orden y no haré otra cosa que cumplirla al pie de la letra».
Tras concluir la conversación en esos términos, los miembros del Judenrat acudieron a pedir la intercesión del doctor Günther, jefe de la Arbeitsamt, quien le prometió «tomar medidas». Cabe considerar, que en tanto jefe de la Arbeitsamt (Oficina de empleo), el doctor Günther estaba interesado en que no disminuyera la fuerza laboral judía disponible en la ciudad.
El presidente pidió opinión a los presentes sobre las vías para evitar la desgracia inminente.
Se tomó la decisión de presentar una solicitud formal al Gebietskommissar avalada por todos los miembros del Judenrat. En ella se le pediría revocar la orden. Se encargó la gestión a los miembros del Judenrat M. Leibovich, A. Katz y S. Katz.
A las seis de la tarde se reanuda la reunión con los mismos participantes.
El presidente informó que el doctor Günther acudió al Gebietskommissar con una petición de indulto. El último resultó estar de muy mal humor y ni siquiera le dejó hablar. «No somos judíos para andarnos aquí con regateos —exclamó—. La orden debe cumplirse a rajatabla».
El presidente pidió a todos manifestar con claridad sus opiniones, pues se trataba de un asunto que requería la más alta dosis de responsabilidad.
Algunos ancianos se desmayaron. No había electricidad en el recinto. Las trágicas deliberaciones transcurrían en penumbras.
Exhausto y con la voz rota por la emoción, el más anciano de los miembros del Judenrat, Geller, se refirió a otros momentos de la historia del pueblo judío, cuando en el último instante «el mal había parido el bien». Otros propusieron echarlo a suertes o hacer una lista con los judíos dispuestos a inmolarse.
No se consideró la posibilidad de ofrecer resistencia, pues se carecía de las armas necesarias para un levantamiento. Con ello se habría puesto en peligro a todos los residentes en el gueto, en lugar de a apenas cincuenta, sin conseguir ocasionar daño alguno al enemigo. El tiempo se agotaba.
Leibovich y Katz acudieron a la Gestapo, cuyas paredes guardaban el testimonio de tantos horrores perpetrados contra los judíos, una hora antes de la extinción del plazo. Encontraron a los alemanes con un estado de ánimo festivo: vestían sus uniformes de gala e iban armados hasta los dientes. Estaban listos para la «celebración» que daría comienzo de un momento a otro.
En el último momento apareció el jefe de la Gestapo para informar que se conmutaba la pena de muerte por el pago de una multa de veinte mil marcos a abonar en dos plazos: la primera cuota el 15 de septiembre; la segunda, el 15 de octubre.
18 de septiembre de 1943. El nuevo comandante del gueto informó que la orden de acomodar a los residentes del gueto en barracas venía directamente de Berlín.
23 de septiembre de 1943. Nuestro nuevo amo, el Hauptsturmführer Forster, nos ha hecho unas cuantas visitas. Siempre llega con un retraso de horas; siempre lo esperamos aterrorizados. Su conversación es pausada y serena y escucha con mucha atención los argumentos del Judenrat. Con todo, jamás se aparta de la línea que trae prefijada. Y ésta establece el pronto traslado a barracas de todos los residentes del gueto, repartirlos en unidades de trabajo y el cumplimiento a rajatabla de todas sus órdenes. Su primera orden fue el traslado de quinientos judíos a las barracas del aeródromo. Dicho traslado debía concluir antes de las seis de la tarde del 26 de septiembre. El plan preveía enviar al aeródromo a adultos y niños mayores de diez años. Entretanto, se supo que las barracas, llenas de barro, no estaban listas para acogerlos. No obstante, Forster se mostró inflexible. «Mi orden es clara —nos dijo—, el traslado se realizará el jueves y ni un día después». Al comandante del aeródromo le advirtió: «O acomodáis a esos judíos el día señalado o tendréis que prescindir de ellos». Las opciones eran diáfanas: separar a muchos padres de sus hijos o condenar a trabajos forzados a familias enteras. Y ello a sabiendas de que no podíamos enviar a padres que tuvieran hijos pequeños. En el último momento la dirección de ferrocarriles ocupó a treinta y un obreros en el despacho de un tren a Riga y ello nos permitió arrancar al comandante la autorización de enviar apenas cuatrocientas personas el jueves con el compromiso de que el resto se reuniría con ellos el viernes.
En medio de las negociaciones, al comandante se le escapó que los menores de diez años no podrían acompañar a sus padres a los campos de concentración en ningún caso y que serían alojados en un orfanato especial. Parecía evidente que los inquilinos de aquel orfanato correrían la misma suerte que todos los niños judíos acogidos por esas instituciones. Es decir, serían «liquidados».
24 de septiembre de 1943. A las siete de la mañana de hoy se vio marchar a la columna de judíos destinados al campo de concentración del aeródromo. Tal vez se haya tratado de la más penosa de todas las procesiones que se haya visto abandonar el perímetro del gueto. Parecía el cortejo de un funeral. Ver pasar a familias con niños daba mucha pena.
El comandante del gueto, un enviado del aeródromo y varios funcionarios de diverso rango asistieron al triste espectáculo. Toda una compañía de soldados armados ocupaba ambos lados de la calle. Fueron cuatrocientas las personas que salieron del gueto, aunque unas pocas consiguieron escapar mientras las conducían a su destino.
27 de septiembre de 1943. Hoy salieron veinte hombres y sesenta mujeres hacia Linkaichiai. Los padres con hijos pequeños se desesperaban por pasar antes a la ciudad y dejar a sus criaturas al cuidado de familias lituanas. Un sacerdote se involucró en esas gestiones, aunque al final no fueron muchos los niños acogidos.
30 de septiembre de 1943. Las pertenencias de los judíos enviados a los campos de concentración de Dáuguilai y Pavenchia continúan tiradas en la calle frente al gueto sin que aparezcan los camiones encargados de llevárselas. Las barracas de Dáuguilai carecen de suelos, estufas, cocinas y hasta ventanas. Tampoco han instalado las literas ni asegurado el abastecimiento de alimentos. La gente está desabrigada y hambrienta.
1 de octubre de 1943. La situación de los judíos enviados a Dáuguilai es catastrófica. La barraca. Aún en construcción, fue concebida para acoger sesenta personas, cuando ahora acoge a doscientas cuarenta y seis. Cuatro personas comparten cada improvisada litera de setenta centímetros de ancho. No hay paja ni heno sobre los que tumbarse. Todo el equipaje que trajeron permanece tirado afuera: no hay sitio para nada más dentro de la barraca. ¿Cómo acomodarán los enseres que aún están por llegar? Aunque lo más probable sea que no tengan ocasión de preocuparse de eso, pues el comandante del campo de concentración, un suboficial de las SS, manifestó que los judíos poseen demasiados bienes y que conviene hacer una profunda inspección de los mismos. El propósito de su comentario es harto previsible…
Las ventanas de la barraca todavía carecen de cristales. El frío y la humedad son horrorosos en todo el campo. Ya se conoce de la aparición de algunas enfermedades. Se teme a las epidemias.
No se han asegurado los suministros. No hay nada que comer. La gente pasa hambre.
Es menester señalar que el comandante del campo ha estado aquí y visto con sus propios ojos cómo nos han «acomodado». Su único comentario a lo observado fue: «Ya iremos arreglándolo todo». Con todo, no se privó de subrayar que la higiene del campo es un asunto prioritario y que cualquier acto de desobediencia se castigará con la horca o el paredón.
Las mujeres y los niños se mueven como alelados. Es imposible describir la desesperación que padecen.
3 de octubre de 1943. La escuela ha sido cerrada. Los niños han sido repartidos por los campos de concentración o vagan sin rumbo por el gueto. Los maestros también han sido enviados a diversos destinos.
Los adolescentes han sido enviados a trabajar, mientras los niños de entre diez y trece años intentan encontrar alguna ocupación para escapar a la consideración de «no aptos para el trabajo». Hay cientos de niños en esa situación. Muchos de ellos, aún en edad escolar, se ven obligados a cuidar de sus hermanos y hermanas más pequeños que han sido separados de sus padres.
Todos compartimos una misma preocupación: ¿qué hacer con los niños para que pasen desapercibidos durante el día? La opción de crear un orfanato ha sido descartada: los orfanatos que acogen a niños judíos no son instituciones duraderas.
9 de octubre de 1943. Amanece. Todos los edificios de la calle Vélinskaya han sido vaciados. Una brigada de casi un centenar de hombres y mujeres dedicó todo el viernes a su limpieza. Sacaron toda la basura. Lavaron todos los rincones y entregaron los apartamentos inmaculados a sus nuevos inquilinos. Unas cuatrocientas personas fueron desalojadas. El sábado, Yom Kippur, trasladaron las barreras de alambre de espino a otro distrito.
Se espera una orden que establezca la segregación de los hombres y las mujeres.
17 de octubre de 1943. Hoy ha dado comienzo una nueva operación de reasentamiento desde el gueto del distrito Kavkazki al gueto del distrito Trokai. Se ha previsto que el día 20 todo el primer gueto esté desalojado y sus residentes hayan sido reasentados a las calles Ezherski y Tróskaya.
Llegan noticias de Akmian. Gershon Zhemaytishek fue uno de los hombres que viajaron en el último transporte. Antes de emprender el viaje avisó que había contraído una gastroenteritis. Al llegar al campo de concentración el comandante lo hizo llamar y le preguntó si estaba sano o enfermo. «Enfermo», respondió el interpelado. «¿Puedes trabajar?», insistió el comandante. La respuesta de Zhemaytishek fue negativa. Entonces el comandante desenfundó su revólver y lo mató a la vista de todos. Acto seguido siguió paseándose por el campo de concentración y continuó ventilando los asuntos del día como si nada hubiera pasado.
18 de octubre de 1943. Otra víctima más. El domingo 17 los alemanes ordenaron el cierre de las puertas del campo de concentración de Dáuguilai. Desoyendo la orden de permanecer dentro del perímetro cercado Kushelevski marchó a pedir limosna por las aldeas. Dos niños lo acompañaban. Los tres fueron detenidos en el camino de vuelta al gueto. Los niños fueron enviado de vuelta al campo. A Kushelevski lo mataron a tiros. Según se cuenta la primera bala no lo mató, pero entonces se acercó el comandante del campo, un sargento mayor, y lo remató. «Ya tengo en mi cuenta personal a quince mil judíos de Slonim. Ahora me he apuntado uno más».
25 de octubre de 1943. El campo de concentración de Akmian tiene un aspecto penoso. Por fuera las barracas se ven sucias y miserables. Y las cosas son mucho peores dentro de ellas. Los judíos se trajeron aquí toda la pobreza del gueto; los harapos son todas sus posesiones. Con todo, intentan mantener limpias las barracas en la medida de sus fuerzas lavándolas a diario. El nivel de hacinamiento es indescriptible. Las literas son comunes. La iluminación procede ora de una lámpara incandescente, ora de una lamparilla alimentada con virutas. El sargento mayor nombrado comandante del campo permite salir del campo y trabajar para los campesinos. A cambio, obtiene mantequilla y tocino. El trabajo en las cercanas canteras de tiza no presuponía un esfuerzo físico significativo. De hecho, los ancianos y los más débiles se desesperan por trabajar en las canteras, pues la muerte de Zhemaytishek les metió a todos el miedo en el cuerpo, de manera que hasta los más canijos van por ahí alardeando: «Soy un hombre robusto», repiten. El régimen alimenticio es sencillo: quienes trabajan para los campesinos pueden comer hasta hartarse; los demás se mueren de hambre. La presencia de niños constituye uno de los problemas más serios. Hay doce muy pequeños y otros cuarenta algo mayores. Los residentes en el campo de concentración temen por ellos permanentemente. El comandante del campo de concentración aseguraba que el comandante principal de todos los campos, el Hauptsturmführer Forster, le había ordenado pasar por las armas a todos los niños, una orden que él se resistía a cumplir. También suele decir que el gueto de Siailiau corrió un grave peligro cuando se valoró aniquilar a todos sus residentes, pero que ahora ya había pasado el peligro y no teníamos de qué preocuparnos. Con todo, el comandante no pertenece ni remotamente a la congregación de los justos. Por el contrario, se la pasa buscando sobornos y por muchos que reciba siempre le parecen poco. En una ocasión la tomó con una joven judía y se estuvo seis horas cortejándola y amenazándole con que la haría fusilar si no se le entregaba. Al final, la casualidad quiso que la joven se salvara. Al mismo tiempo, al comandante le gusta presumir de severo guardián de la moralidad en el campo y prohíbe las visitas masculinas a la barraca de las mujeres. No obstante, como las cocinas están ubicadas en esa barraca a los hombres se les permitió acercarse allí a comer, aunque con la obligación de marcharse antes de las seis de la tarde.
30 de octubre de 1943. Todos los jefes de distrito y los responsables de las aldeas (virsaitis) han recibido órdenes de incinerar los cuerpos de los judíos de Siailiau y alrededores asesinados en las matanzas de hace dos años. Todos esos cadáveres reposan desde entonces en fosas comunes.
5 de noviembre de 1943. Hoy ha sido el día más triste de toda nuestra sufrida existencia en el gueto. Hoy los alemanes se llevaron a los niños.
Cuando esta mañana los trabajadores intentaron salir del gueto como cada día, los guardias les dijeron que tenían órdenes de impedirles salir. Creyendo que eso anunciaba un inminente traslado, como ya había sucedido en Vilnius y Kaunas, todos corrieron a sus casas a preparar el viaje.
El Hauptsturmführer Forster se apareció en la sede del Judenrat a las siete y media de la mañana. Unos instantes más tarde se le reunió allí el ilustre Schwandt. También acudieron otros verdugos de Kaunas, todos armados con fusiles automáticos. El gueto fue rodeado por camiones cubiertos. Forster le preguntó de malos modos al guardia por qué cortaba el paso a los trabajadores y seguidamente le ordenó dejarlos marchar inmediatamente. Cuando los residentes del gueto conocieron la contraorden de Forster, jóvenes y viejos corrieron hacia las puertas. Muchos llevaban consigo a sus pequeños, pero el comandante Schleef los interceptaba uno tras otro: los niños no estaban autorizados a salir del gueto.
Cuando todos los trabajadores hubieron abandonado el gueto, Forster ordenó cerrar las puertas.
—He recibido la orden de sacar del gueto a todos los niños menores de trece años y a los adultos no aptos para el trabajo —anunció—. Los niños serán reasentados a un orfanato de Kaunas. Los adultos cuidarán de ellos. El orfanato acogerá a los niños judíos de todos los guetos de la región. Para evitar suspicacias de vuestra parte, dos miembros del Judenrat —Kartun y A. Katz— los acompañarán en el viaje. Cuando los niños ya estén debidamente instalados, los miembros del Judenrat volverán y os traerán saludos de los reasentados.
Los representantes del Judenrat pusieron una objeción:
—¿Cómo vais a separar a los niños de sus padres?
Forster respondió:
—¡Deprisa! ¡Tenéis que cumplir las órdenes sin rechistar! Los guardias están preparados allá afuera esperando.
Seguidamente Forster se dirigió a la barraca en el almacén de Semlin, donde se alojaban unas doscientas cincuenta personas. También a ellos les comunicó las órdenes, antes de que los sacaran y obligaran a formar en el patio para proceder a la selección.
La selección tenía un propósito muy preciso: ancianos, enfermos y niños iban a parar a un lado; los jóvenes y las personas aptas para el trabajo iban a parar a otro.
Entretanto los camiones cubiertos ya habían entrado al gueto acompañados por un centenar de guardias armados con fusiles automáticos y granadas de mano que recorrían las callejuelas e irrumpían en las casas sacando a todos sus inquilinos a la calle. Mientras, como ocurría durante los pogromos, destrozaban o se llevaban todo lo que les apetecía. Los guardias abordaban a toda persona con la que se tropezaban en la calle para cachearla concienzudamente. Invariablemente les quitaban relojes, anillos, dinero y en ocasiones las dejaban desnudas. Muchos intentaban comprar su libertad ofreciéndoles enseguida cualquier cosa de valor que llevaran encima. Los guardias aceptaban todas lo que se les ofrecía y después arrastraban igualmente a su víctima hasta el lugar de concentración. En algunas ocasiones se quedaban el dinero y hacían como que dejaban marchar a quien se los había entregado. Pero unos minutos más tarde enviaban a otros guardias a detenerlo sin remedio. A las mujeres y los niños los arreaban a culatazos, mientras les gritaban las palabras más soeces. Registraban todas las casas, destrozaban los muebles, rasgaban y arrojaban a la calle sábanas y vestidos. Ávidos de encontrar bienes escondidos, levantaban los suelos y rompían las paredes de desvanes sin dejar un solo rincón fuera de su escrutinio. Buscaban niños y cuando los encontraban se los veía sacarlos a la calle desnudos y descalzos. Allí los izaban tirándoles del cabello o los bracitos y los arrojaban a los camiones. Corrían tras los pequeños a quienes la operación había sorprendido ya en las calles o los patios y les daban caza a tiros. Los desafortunados padres corrían tras sus hijos implorando clemencia. Sus gritos y llantos creaban un ruido de veras ensordecedor.
Apenas quedaban dos sitios que parecían más o menos seguros. Ellos eran el hospital y la zapatería. Schleef había dado órdenes para que ambos establecimientos continuaran funcionando con normalidad. Pero su orden fue desoída y todos los enfermos y el personal de la clínica fueron sacados a la calle. Entre ellos se encontraban el doctor Rozovski y una joven apellidada Válova. En lo alto del hospital se escondía un grupo de niños y desde allá arriba los arrojaron a la calle. Algo semejante ocurrió en la zapatería. Registraron y cachearon a todos los que trabajaban allí. Los niños y los ancianos fueron arrojados a los camiones. Eran muchas las madres que se agolpaban en torno a los camiones implorando a los verdugos que las dejaran acompañar a sus hijos. Apenas cuatro de ellas se vieron «recompensadas» con la autorización.
M. Leibovich, Aron Katz y Kartun representaban al Judenrat en la plaza desde la que partían los camiones. Al principio lograron que la Gestapo liberara a algunos niños, pero poco después los «liberados» también fueron subidos a los camiones. En un momento dado el Hauptsturmführer le ordenó a Leibovich que se marchara. Katz y Kartun se quedaron. El primero había tenido la «insolencia» de exigir que se proveyera de agua y alimentos a los niños. En pago, el comandante lo obligó a viajar junto a los pequeños.
Todo el proceso se prolongó desde las 07.30 hasta las 16.00 horas. Los padres se agolpaban junto a la fábrica en un extremo de la plaza y asistían impotentes a la marcha de sus hijos. Resulta imposible imaginar su desesperación.
Según el comandante, en total fueron ochocientas dieciséis las personas que los alemanes se llevaron aquel día, entre ellas algunas traídas de otros campos de concentración. Otros cálculos, no obstante, apuntan a que fueron más de mil personas cargadas en veintiún camiones.
Similar procedimiento afectó a los campos de Dáuguilai y Pavenchia de donde se llevaron a quince niños y ancianos. Otras nueve salieron de las barracas del aeródromo: cinco niños y cuatro ancianos.
Entre las tantas personas que se llevaron aquel día cabe mencionar al rabino M. Rubinstein y a Ioffe, autor de innumerables libros. También se llevaron a Rudnik, un hombre inválido, prometedor poeta de gran talento, y al pintor Furman, quien trabajó durante años en los decorados de muchas obras de teatro judío. Furman estaba gravemente enfermo durante su reclusión en el gueto, pero jamás lo abandonó una presencia de ánimo que le permitía sobreponerse a las calamidades y creyó siempre en que el día de la liberación estaba próximo.
EDITOR: O. SÁVICH