El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 38 de 103

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El libro negro

En la aldea de Gory

En Gory vivían muchos judíos dedicados a los oficios más disímiles. Algunos estaban empleados en el aserradero. Otros eran artesanos, trabajadores agrícolas a sueldo de la granja cooperativa Chervonni Stiag; los herreros, zapateros y sastres de Gory eran conocidos a muchos kilómetros a la redonda. ¿Quién no conocía al célebre herrero Abraham Altshuler? Gory contaba con una escuela donde se impartía la enseñanza primaria y la secundaria, una biblioteca, un club con gran capacidad de aforo, un hospital y un parque destinado a actividades culturales y de ocio.

Los tilos florecían en verano. En otoño las dalias coloreaban de rojo los jardines.

Pero un día aparecieron los alemanes. Un oficial vio a un niño jugando en la calle y le pegó un tiro. Aquél fue apenas el preludio de lo que nos esperaba.

Al amanecer del 19 de octubre de 1941 los alemanes rodearon Gory. Un alemán irrumpió de pronto en la casa de Efros, un anciano de ochenta años, cuando éste estaba rezando. El alemán tiró de él. «¡Sal a la calle!», le ordenó. «¡Aparta tus manos de mí! —replicó el anciano—: Me sobran fuerzas para andar hasta mi tumba». Los alemanes sacaron a rastras a Gurévich, un pobre tullido que vivía en la casa contigua a la de Efros. Mirra, su mujer, lloraba. «No llores, Mirra», le dijo su marido. Los judíos fueron conducidos hasta la fábrica. Una enorme zanja los esperaba. La anciana Rajlev gritó: «¡Os cobrarán hasta la última gota de sangre derramada! Llegará el día en que pagaréis por esto…». Fue la primera víctima de aquella carnicería. Los judíos fueron obligados a desnudarse. «¡Hace frío!», se quejaban los niños pequeños. Jana Gurévich gritó: «¡No dejaré que estas bestias humillen a mi hijo!». El anciano Efros recibió la última bala.

El 21 de marzo de 1944 el Ejército Rojo liberó Gory. La fosa cavada junto a la fábrica fue reabierta para dejar a la vista un espectáculo monstruoso: madres abrazadas a sus hijos, un bebé apretado contra su abuela… Decenas de cadáveres fueron exhumados.

Toda la unidad militar que había liberado la ciudad formó filas ante la tumba abierta. El oficial Kónischev fue el encargado de pronunciar unas palabras: «Camaradas, ¡no olvidéis jamás esta tumba! Y jurad vengar la sangre de tantos ciudadanos soviéticos inocentes derramada por los alemanes». El soldado Troitski también formuló una promesa: «Cada vez que me dirija al combate, tendré presente a estos muertos». Esas palabras cerraron la marcha funeraria.

EDITOR: ILYÁ EHRENBURG