El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 69 de 103 · parte 1/2

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El libro negro

La Organización de Partisanos Unidos (Opu) del Gueto de Vilnius

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

LA ORGANIZACIÓN DE PARTISANOS UNIDOS

(OPU) DEL GUETO DE VILNIUS

 

Primera proclama

¡No permitiremos que nos sacrifiquen como a ovejas en un matadero!

¡Jóvenes judíos! ¡No os dejéis engañar por quienes intentan sembrar la confusión! De los ochenta mil judíos que vivían en Vilnius apenas veinte mil quedan hoy con vida. Se han llevado a nuestros padres, a nuestros hermanos y hermanas. ¡Y lo han hecho ante nuestros propios ojos! ¿Dónde están los centenares de personas detenidos por la policía metropolitana con la excusa de que iban a ser enviados a trabajar? ¿Dónde están las mujeres y los niños que se llevaron medio desnudos la noche de la primera masacre? ¿Adónde fueron a parar todos los judíos sacados a la fuerza de las sinagogas durante la celebración del Yom Kippur?

Ni una sola de las personas forzadas a salir del gueto regresará jamás, porque todos los caminos que salen de la Gestapo conducen a un único destino: Ponary. Y decir Ponary es decir muerte.

Ponary no es un campo de concentración. Es un lugar de ejecución. Hitler se ha propuesto la aniquilación de todos los judíos de Europa y a nosotros nos correspondió el primer turno en la fila.

¡No permitiremos que nos sacrifiquen como a ovejas en un matadero! Es cierto que somos débiles y no podemos contar con ayuda exterior, pero la única respuesta digna que podemos darle al enemigo tiene un nombre claro: ¡Resistencia!

¡Hermanos! Es preferible morir como combatientes libres que vivir de las migajas de los asesinos. ¡Luchemos hasta el último aliento!

Gueto de Vilnius, 1 de enero de 1942.

Ése fue el texto de la primera proclama que lanzamos. Fue un rayo que atravesó con su fulgor las penumbras del gueto. La proclama fue leída en la reunión de un grupo de personas que ingresaban a la organización clandestina. Esa misma noche se escuchó el relato de la maestra T. Katz, quien poco antes había conseguido escapar de una fosa común en Ponary. Con varias heridas de bala, Katz escapó a rastras de la zanja en plena noche y, desnuda como estaba, regresó a la ciudad.

Conocida y valorada por todos como una persona seria y honesta, Katz fue traída a la reunión para encender aún más la sed de venganza y la voluntad de lucha de las personas que acababan de ser reclutadas.

Diversos grupos dispuestos a ofrecer resistencia armada florecieron espontáneamente desde los primeros días de existencia del gueto.

Las primeras manifestaciones de resistencia activa se produjeron durante la masacre que tuvo lugar el 21 de diciembre de 1941. Veinte personas se habían refugiado en un sótano de la calle Gospitálnaya. La policía, armada con hachas y ayudada por perros de rastreo, descubrió el escondite y les ordenó salir a la calle. Pero los refugiados se negaron a obedecer la orden, obligando a Schweinberger y sus hombres a irrumpir en el sótano para sacarlos a la fuerza. Dos jóvenes desarmados, Gaus y Goldstein, se abalanzaron contra los fascistas.

La lucha se prolongó durante una hora y acabó con la muerte de las veinte personas que se resistieron. Pero los alemanes tuvieron que pagar caras sus muertes: el enfrentamiento dejó a varios policías gravemente heridos o magullados.

Al día siguiente las paredes del gueto se llenaron de carteles en los que se podía leer: «Gloria eterna a Gaus y Goldstein. ¡Gloria eterna a los caídos!».

El 21 de enero de 1942 se celebró una reunión de representantes de todos los partidos en el desván de un edificio ubicado en la calle Rudnítskaya. Allí se establecieron los fundamentos de la futura organización de la resistencia en el gueto.

Tras discutir los diversos aspectos organizativos, los convocados eligieron a un grupo de líderes para la dirección de la lucha. Ellos fueron el comandante Isaak

Vítenberg (conocido por el nombre de guerra de León), Abba Kovner ( [65] Uri) y Iosif

Glazman ( [66] Abram). Más tarde otras cuatro personas integraron el cuerpo directivo.

Las principales tareas que se planteó la Organización de Partisanos Unidos (OPU) fueron la preparación de un sistema de resistencia armada en el gueto con el propósito de defender la vida y la dignidad de la población judía que había conseguido escapar a las sucesivas masacres, la puesta en marcha de acciones de subversión y sabotaje en los talleres y empresas alemanas y el establecimiento de contactos con los destacamentos de partisanos que operaban en los bosques.

También se procedió inmediatamente a la fabricación de armas y el reclutamiento de combatientes. Todo joven o muchacha podía convertirse en un combatiente de la OPU después de superar un proceso que permitiera considerarlo confiable.

Los líderes procedieron a diseñar las instrucciones que debían seguir los combatientes. Toda la organización respondía a una estructura de orden militar donde las células primarias de combate eran los «quintetos» formados por cuatro combatientes y un comandante. Cuatro de aquellos grupos de cinco miembros formaban una división, dirigida por un comandante. Toda la organización se dividía en dos batallones.

Los primeros comandantes fueron Edek Boraks (quien más tarde se ocupó de la

organización de un grupo de partisanos en Bialystok, donde cayó en combate)[67] e Isaak Matskévich (quien perdió la vida cuando dirigía un destacamento de combatientes que buscaba abandonar el perímetros del gueto). A. Kovner e I. Glazman mandaban los dos batallones.

Aparte de contar con esas células de combate primordiales, la organización disponía también de grupos especiales de operadores de lanzagranadas o ametralladoras, saboteadores, zapadores y especialistas en labores de inteligencia. El reglamento puesto en conocimiento de los combatientes establecía el orden de concentración de las tres unidades en caso de alarma de combate, las tácticas de lucha contra la Gestapo, las tácticas de lucha callejera dentro del gueto.

La contraseña «¡Liza te llama!» era la señal que llamaba a la acción generalizada (Liza era el nombre de una miembro de la resistencia caída heroicamente en combate). Al escuchar esa contraseña todos los combatientes tenían que dirigirse con rapidez a los sitios previamente señalados llevando consigo a parte de la población. A los combatientes se les repartieron triángulos de hojalata de color rojo que sirvieran para su identificación.

Las armas

En el invierno de 1942 se produjo el aterrizaje de un grupo de paracaidistas soviéticos en los bosques de los alrededores de Vilnius. Vítenberg estableció rápida comunicación con ellos. Así se consiguió que la organización de comunistas y partisanos que actuaba en el interior del gueto se convirtiera en una parte del movimiento general partisano de Lituania. Borís Shereshnevski fue nombrado primer secretario de los comunistas de Vilnius.

Por su parte, Borís Goldstein fue el responsable de aportar el primer revólver con que contó la organización de partisanos del gueto a finales de enero de 1942, cuando el joven fue enviado a realizar trabajos forzados en el polvorín de Burbishki. Allí fue asignado a una columna de ochenta personas. Bajo la más estrecha vigilancia de los hombres de las SS, Goldstein y sus compañeros manipulaban diversos pertrechos militares y cargaban vagones destinados a las tropas alemanas. Cada mediodía les concedían media hora de descanso que los hombres aprovechaban para cruzar subrepticiamente la cerca de alambre de espino y comprar alimentos a los campesinos que después llevaban al gueto en secreto. Goldstein tenía otro objetivo: robar armas y munición. Recurrió a un hábil truco: se vendó el brazo izquierdo con un trapo y acudió a trabajar de esa guisa durante dos días seguidos hasta familiarizar a los guardianes que vigilaban la puerta de acceso al gueto y los SS de Burbishki con la supuesta lesión que padecía. Al tercer día Goldstein escondió un revólver que había robado del depósito debajo del vendaje que protegía su brazo «inflamado» por la infección.

Aquella noche un notable agente de la Gestapo a quien los judíos habían bautizado como El Maestro estaba encargado de los registros a la entrada del gueto. El Maestro abordó a Goldstein y comenzó a cachearlo, pero en cuanto rozó el brazo «inflamado», el muchacho pegó tal grito de dolor que lo dejaron seguir sin más.

A partir de entonces fue raro el día en que Goldstein no se trajera alguna arma al gueto. Un día se lo ve llegar cojeando. Sus camaradas lo esperan nerviosos del otro lado de la puerta, ya en el interior del gueto. Los soldados de las tropas de asalto se encargan hoy de la seguridad del gueto. Hacen su trabajo con un celo extraordinario. Goldstein es el noveno en la fila. El suyo es el segundo grupo. Del primero, que acabó de pasar entre la estrecha formación de fustas, fue arrestada la mitad. Algunos escondían patatas; otros intentaban pasar trozos de pan. Las mujeres que eran descubiertas escondiendo alimentos eran obligadas a desnudarse ante toda la concurrencia y azotadas sin piedad. La fila avanza. A Goldstein ahora apenas lo preceden dos personas. Si le encuentran el arma que lleva, habrá cientos de víctimas. Goldstein lo sabe. Pero la suerte le sonríe una vez más: detienen a alguien que escondía una «compresa» de harina. Aprovechándose de esa circunstancia, Goldstein avanza rápidamente y se cuela en el interior del gueto.

El arsenal de la OPU se enriqueció un buen día con la mitad de una ametralladora pesada. Al día siguiente Goldstein se apareció con la mitad que faltaba. En muy poco tiempo los miembros de la organización clandestina consiguieron sacar de los arsenales alemanes —con grave riesgo para sus vidas— cinco ametralladoras, cincuenta granadas, treinta revólveres, varios fusiles y bastante munición.

Atravesar las puertas severamente custodiadas del gueto con todo aquel pequeño arsenal entrañaba un grave riesgo para quienes se ocupaban personalmente de ello, pero también para todos los habitantes del gueto. Por ello se requería recurrir a los más elaborados ardides disimular concienzudamente las armas. A veces se las traía en los dobles fondos habilitados en las cajas de herramientas, en ataúdes destinados a algún enterramiento, etc.

En el mes de mayo de 1942 Samuil Kaplinski, un técnico que se desempeñaba como comandante de una de las divisiones de la organización clandestina, y otro combatiente de la OPU se disfrazaron con los monos de trabajo utilizados por los empleados del servicio de alcantarillado y consiguió hacerse con las barreras de color rojo utilizadas para bloquear las calles en las que se realizaban trabajos de mantenimiento de la red. Unos instantes más tarde colocaron las señales frente a la puerta del gueto y cortaron el tráfico para levantar la tapa de uno de los pozos y dejar caer dos cajas llenas de armas. Aquella misma noche varios camaradas nuestros llegaron hasta allí avanzando por los túneles del subsuelo y se llevaron las armas en una carretilla.

Las granadas que conseguimos llevar al gueto carecían de las cápsulas que las hacían explosionar. Kaplisnki puso en marcha en uno de los talleres del gueto la fabricación de cápsulas que en nada cedían a las originales. Ya en septiembre de 1943 las granadas pudieron ser utilizadas contra los alemanes con gran éxito.

En ocasiones se daba la posibilidad de sobornar a los guardias apostados en las puertas del gueto. A cambio de diez mil rublos permitían a veces entrar al gueto sacos de patatas o sal para alimentar a la famélica población. Así los hermanos Gordon consiguieron entrar al gueto un saco de pólvora que hicieron pasar por sal. Esa pólvora resultó de gran utilidad en las acciones de sabotaje realizadas más tarde. También fueron fabricadas ochocientas granadas a partir de lámparas incandescentes rellenas de una solución explosiva que se pudo introducir clandestinamente en el gueto.

El combatiente del primer batallón I. Pilovski demostró un valor y una astucia especiales en las tareas destinadas a la consecución de armas. Pilovski solía comprar revólveres a un zapatero de la calle Lipuvka a quien conocía de antaño. En una ocasión en que acababa de asegurar a su cuerpo las armas que acababa de comprar y se disponía a abandonar la casa del zapatero, la Gestapo llegó de improviso con el propósito de practicar un registro. Haciendo gala de una extraordinaria sangre fría, Pilovski desmontó una de las ventanas y escapó por allí con las armas.

Los miembros del movimiento partisano no sólo se veían obligados a esconder sus actividades de los alemanes. También debían cuidarse de revelar sus intenciones a sus compañeros de infortunio. Las masas no debían conocer la existencia de la red clandestina hasta el momento propicio. Todos los traslados de armas tenían lugar en las noches, cuando el gueto dormía.

El arsenal de la OPU se hallaba disperso en sótanos, bodegas y zulos. Los revólveres estaban escondidos en cubos a los que se había añadido un doble fondo. Muchos de esos cubos estaban expuestos a la vista de todos en la cocina del comedor «popular» ubicado en el número n de la calle Strashun.

En las amplias bodegas bajo el número 3 de la calle Karmelítskaya, el 31 de la calle Nemiétskaya y en la biblioteca de la Sociedad para la promoción de las ideas ilustradas tenía lugar la preparación militar de los combatientes de la OPU. Sus instructores eran miembros de la organización que se habían entrenado previamente con ahínco y jamás cesaban de mejorar su propia preparación combativa.

Aun cuando antes no había recibido instrucción militar alguna, I. Vítenberg se convirtió muy pronto en un avezado especialista en técnicas de combate, perito en la utilización de las armas. Él se encargaba de impartir a los comandantes las charlas sobre la táctica militar óptima en las condiciones del gueto.

No todos los combatientes de la OPU eran judíos.

Irena Adamovich, una polaca que dominaba el yiddish, se ocupó durante largos meses del acarreo de armas destinadas al gueto de Varsovia. En marzo de 1942 Irena pasó dos semanas en el gueto de Vilnius, donde nos prestó una ayuda inapreciable. La dirección de la OPU la envió más tarde a Kaunas y Siailiau para establecer grupos de resistencia en esas dos ciudades.

Yadzia Dudzets, otra polaca afín a los círculos democráticos de ese país, pasó largo tiempo en el gueto ocupada en la fabricación de documentos falsos polacos y lituanos para los activistas de la OPU. También escondió judíos en el apartamento que tenía en las afueras de la ciudad. Más adelante, cuando nuestra organización comenzó a operar en los bosques, el apartamento se convirtió en un importante punto de encuentro para los partisanos.

Un camarada ruso a quien conocíamos por el mote de Vania también pasó una larga temporada en el gueto, donde tomó parte activa en las tareas de la organización clandestina. Vania ingresó en la célula del partido clandestina y actuó como enlace entre el cuartel general de los partisanos que peleaban en los bosques y la organización del partido que operaba en la ciudad.

Janek era un muchacho de dieciséis años que vivía en Vilnius. Había nacido en la calle Yatkóvaya y el yiddish era [prácticamente] su lengua natal. Cuando estalló la guerra Janek huyó al este en busca de la retaguardia de las líneas soviéticas. El estallido de un obús lo hirió cuando se encontraba en los alrededores de Minsk. Otros dos de sus compañeros de viaje resultaron heridos aquel mismo día. A la vista de la imposibilidad de continuar viaje, los tres decidieron regresar a Vilnius, donde encontraron cobijo en el gueto no sin antes coser a sus ropas las estrellas de color amarillo que los hacían pasar por judíos.

Janek fue capturado durante una de las redadas que los alemanes practicaban en el gueto noche tras noche. Cuando lo llevaban a Ponary, junto a otros cientos de judíos, el muchacho consiguió escapar. Janek pasó todo un mes escondido en un apartamento de Vilnius, pero la incertidumbre acerca de la suerte de sus amigos no le daba sosiego. ¿Estarían vivos? Y si lo estaban, seguramente se preguntarían por él y lo estarían buscando, se decía. Janek volvió al gueto y allí encontró a uno solo de sus amigos. A Z. Tiktín. Se fueron a vivir juntos y ambos se convirtieron en activos miembros de la organización clandestina.

Una de las principales tareas de la OPU era la captación de las emisiones de la radio soviética. Saber qué ocurría en la patria y en el frente de batalla era importante. Con ese propósito instalamos un receptor de radio clandestino en el número 3 de la calle Karmelítskaya. Ello nos permitía mecanografiar las noticias, reproducirlas y repartirlas impresas en un boletín que llegaba a los miembros de la organización y a la población en general.

Corría el invierno de 1942. El invierno que conoció la gran ofensiva soviética. Las noticias que publicaba nuestro boletín encendían los ánimos de los partisanos, les insuflaban valor y fe en la victoria.

Conjuntamente con la puesta en marcha de un receptor de señales de radio trabajamos en la fabricación de un emisor de señales que nos permitiera informar al mundo de las monstruosas atrocidades que cometían contra nosotros los ocupantes alemanes.

El comienzo de la lucha

En el verano de 1942 los alemanes emprendieron una ofensiva en toda regla contra el frente oriental. Del ramal de las vías de ferrocarril que partía de Burbishki salían sin cesar los convoyes cargados de tanques fascistas. El ingeniero Isaak Ratner construyó un artefacto químico diminuto que, colocado en los depósitos de gasolina de los tanques, los hacía estallar a las ocho horas. Catorce tanques alemanes partieron hacia el frente con tales dispositivos en su interior.

Entretanto, Goldstein, quien llevó al gueto la primera ametralladora, había conseguido trabajo en el almacén militar de Burbishki. Allí consiguió poner fuera de funcionamiento cinco baterías antiaéreas. También quitó los disparadores a noventa ametralladoras enviadas al frente.

En las ocasiones en que los alemanes ordenaban a los judíos hacer explotar proyectiles estropeados durante su almacenamiento o transporte, éstos los escondían en agujeros que cavaban en la tierra y explosionaban proyectiles en buen estado.

En la primavera de 1943 llegó al almacén un reservista alemán que carecía de experiencia. Al percatarse de que el muchacho desconocía el procedimiento para manipular una granada y se estaba haciendo un lío, el ingeniero Ratner instruyó así al despistado: «¡Arrójala hacia allí o te estallará en las manos!». Con todo propósito, Ratner señaló hacia el emplazamiento del depósito secreto de munición. La tremenda explosión destruyó un millón y medio de balas.

T. Gelperin trabajaba en la oficina que procesaba el correo militar de los alemanes. Cada vez que llevaba las sacas de correo a la estación de ferrocarriles, Gelperin destruía por el camino miles de cartas y envíos militares. Cuando encontraba paquetes que contenían alimentos se las apañaba para desviarlos hacia el gueto a favor de sus hambrientos habitantes.

Lev Distel, un magnífico mecánico de diecisiete años que era miembro de la organización clandestina, dominó muy pronto el mecanismo de funcionamiento de las baterías antiaéreas alemanas que eran ensambladas en el almacén donde trabajaba. Entre abril y junio de 1942, consiguió inutilizar cuarenta y tres de aquellos mortíferos artefactos.

En el momento más álgido de la ofensiva alemana del verano de 1942 los convoyes alemanes que pasaban por el nudo ferroviario de Vilnius se contaban por decenas. Fue entonces que Isaak Matskévich consiguió un puesto de obrero ferroviario utilizando documentación falsa que lo identificaba como tártaro. Ello le permitió llevar un minucioso registro de los convoyes militares y hacerlo llegar periódicamente a los partisanos.

El coronel alemán encargado del transporte se devanaba los sesos intentando comprender cómo era que los vagones cisterna cargados de combustible descarrilaban uno tras otro. Nunca supo que los partisanos habían creado un destacamento de nueve miembros dedicado en exclusiva a esas acciones de sabotaje.

En Bezdani, a cuarenta kilómetros de Vilnius, se alzaba el campo de concentración donde vivían encerrados los hombres y mujeres salidos del gueto de Vilnius. Trabajaban en la extracción de turba en los márgenes de las vías del ferrocarril. Tres miembros de la organización clandestina recluidos en el campo idearon un plan para inutilizar las vías férreas y solicitaron autorización para ejecutarlo. Sus jefes no sólo aprobaron el plan, sino que les enviaron al partisano Girsh Levin a modo de apoyo. El 20 de febrero de 1942 cien metros del tejido ferroviario que unía a Vilnius e Ignalina quedaron fuera de servicio.

Z. Goldberg, quien antes de la guerra fue diseñador en el Instituto técnico judío de Vilnius, fue uno de los partisanos que más se destacaron en la ejecución de acciones de sabotaje. Empleado en los talleres del aeródromo de Porubanek, Goldberg halló el modo de robar piezas fundamentales para el funcionamiento de los aviones y agujerear los depósitos de combustible de cincuenta bombarderos alemanes llevados al aeródromo para recibir mantenimiento.

También procede anotar en el haber de la OPU dos enormes incendios que se produjeron en sendos establecimientos alemanes. En la curtiduría Kaylis los miembros de la OPU convencieron a sus camaradas polacos y lituanos para prender fuego al ala derecha del edificio, que guardaba sesenta mil zamarras listas para ser enviadas al frente. El incendio, que tuvo lugar en enero de 1942, no sólo incineró todas esas piezas de abrigo, sino que además se extendió al ala izquierda de la fábrica y ocasionó severos daños a la maquinaria y los equipos.

En Benzinuvka, un depósito de combustible, un empleado apellidado Fridman consiguió colarse por un instante en la cabina del guardia aprovechando que el vigilante dormitaba. Cuando el guardia se despertó las llamas ya se habían apoderado de la pequeña estructura de madera. El fuego no tardó nada en alcanzar los depósitos de combustible. Treinta de ellos estallaron abrasados por las llamas. Gracias a que el origen del fuego se localizó en la garita del guardia, la Gestapo no sospechó que se tratara de un acto de sabotaje.

La ingente actividad de propaganda de la OPU entre los judíos obligados a realizar trabajos forzados estimuló la comisión de muchas acciones de sabotaje.

Todos los habitantes del gueto, pertenecieran o no a la organización clandestina, consideraban un deber insoslayable hacer daño a los alemanes en la medida de sus posibilidades.

La organización clandestina no se limitaba a obtener armamento por medio del robo en los almacenes alemanes. También lo adquiría en el mercado negro, algo que exigía importantes erogaciones. Para cubrirlas, la organización se propuso recaudar medio millón de rublos en un mes, por medio de arriesgadas operaciones que recayeron en la Cuarta División de Partisanos, comandada por Matskévich. Los combatientes de dicha división acudían a diario a los almacenes del servicio de intendencia alemán para robar fardos chaquetas, sobretodos de piel y ropa interior, que iban a parar a manos de un campesino que se ocupaba de venderlos. Naturalmente, los combatientes encargados de esas operaciones contaban con el apoyo de los trabajadores forzados destinados en el almacén. Por ese medio se consiguió reunir la suma de cuarenta mil rublos.

El impresor Isaak Kovalski propuso un ingenioso plan a la organización. Este consistía en la impresión de tarjetas de racionamiento falsas que permitieran adquirir pan, cuya venta generara fondos para la compra de armas. El plan fue aprobado y un grupo de miembros de la OPU se encargó de la obtención de alimentos con las tarjetas falsificadas. El pan y los alimentos así obtenidos se vendían después en el gueto lo que generó cien mil rublos que fueron a parar a la dirección de la organización clandestina.

David Vidutski robó en una oficina alemana un paquete que contenía treinta y cinco mil rublos y los entregó a la organización.

También se recaudaba dinero entre la población del gueto. La gente donaba gustosamente lo poco que tenía sin preguntar jamás a qué se destinaría el dinero. Muchos donaron joyas que constituían el último recuerdo que les quedaba de sus seres queridos asesinados por los alemanes. Un partisano apellidado Rotkin donó el reloj de pulsera que había pertenecido a su esposa, recientemente asesinada. Acompañó la donación con una frase muy elocuente: «¡La venganza no tiene precio!». Yo mismo entregué el único objeto que aún me unía a mi madre, vilmente torturada por los fascistas: la alianza matrimonial que me dio la víspera de su muerte.

La recaudación de dinero se llevó a cabo con tal constancia que la organización consiguió recaudar un millón de rublos, el doble de lo previsto.

Los sabotajes

Isaak Vítenberg, comandante de la organización partisana en el gueto, me invitó a visitarlo. Teníamos que hablar sobre la situación de un amigo mío, oficial del Ejército Rojo, que estaba escondido en el gueto y buscaba la manera de establecer contacto con los partisanos que luchaban en los bosques.

Al término de nuestra charla, ya entrada la noche, se nos unieron Abba, miembro de la dirección de la organización, y el experto en armas Boruj.

—Escúchame bien, Boruj —le dijo el comandante—. Sé muy bien que eres un hombre de firmes convicciones y plenamente entregado a nuestra causa. Como sé también que sabes mucho de armas, porque todos los juguetitos que han pasado por tus manos funcionan a la perfección. Pero ahora estamos ante una situación muy seria y quiero que me respondas sin titubear: ¿estás completamente seguro de que la mina que has fabricado explotará al paso del tren? Se trata de nuestra primera acción de sabotaje de estas proporciones. Voy a enviar a nuestros mejores hombres y todos se van a jugar la vida. Si la operación fracasa habrá muchas víctimas y los alemanes someterán el tejido ferroviario a una vigilancia tan estrecha que nos resultará casi imposible intentarlo de nuevo. Te lo pregunto por última vez: ¿estás seguro de que tu mina hará saltar el convoy por los aires?

—¡Absolutamente seguro! —respondió Boruj.

—Si Boruj está tan seguro, entonces yo también lo estoy —terció Abba—. Además, creo que debemos actuar inmediatamente. Nuestros servicios de información nos aseguran que mañana habrá importantes movimientos de carga en las vías del sector de Novo-Vileika. Es una oportunidad que no podemos dejar pasar.

De repente la calle se llenó de gritos. Al abrir la ventana vimos a un grupo de mujeres correr en total desconcierto mientras clamaban a gritos:

—¡Los pequeños! ¡Nuestros pequeños!

Sus incoherentes gritos no dejaban lugar a dudas: lloraban por sus hijos. Cada día aquellos muchachos eran llevados a realizar trabajos forzados en Novo-Vileika. Aquella tarde no volvieron al gueto. En el camino de vuelta fueron interceptados por Murer, quien ordenó registrarlos a fondo. Escondían unas patatas y un litro de leche. Murer ordenó conducirlos a la cárcel y condenarlos a muerte.

—Ya no hay más que dudar —dijo Vítenberg—. Atacaremos Novo-Vileika, así que ahora…

—Ahora —lo interrumpió Boruj—, quiero que me autorices a tomar parte en la acción, siquiera atendiendo a que fui yo quien fabricó la mina y, por lo tanto, quien mejor conoce su funcionamiento…

Vitka Kempner, quien se encargaba de servirnos de enlace con la organización clandestina del partido llegaba en ese momento. Era una joven alta y de fino talle. Llevaba el cabello cortado muy corto y tenía las abultadas mejillas salpicadas de pecas. Había acudido a informar al comandante de las noticias captadas por el aparato de radio escondido en el gueto.

—Sé muy bien de qué estáis discutiendo —se apresuró a decir—. Me he dado cuenta enseguida, porque anoche no pegué ojo pensando en esta operación. Y os lo voy a decir a las claras: yo voy a tomar parte en esa operación de sabotaje o me dejo de llamar Vitka.

Los camaradas no pudieron evitar sonreír ante manifestación tan rotunda.

—De acuerdo —aceptó Vítenberg—. ¿Quiénes irán contigo?

—Matskévich y Brauze —decidió Abba.

Era una noche de mayo de 1942. Dos jóvenes abandonaron el gueto de Vilnius por una salida secreta y se internaron en la ciudad. Ninguno de los dos llevaba el distintivo amarillo que señalaba a los judíos. Avanzaban con paso firme por la ancha acera. El joven llevaba a su acompañante del brazo, mientras le hablaba en alemán para disipar cualquier sospecha de los transeúntes que se cruzaban.

Tenían que darse prisa. Los relojes marcaban las nueve y media de la noche, cuando el toque de queda comenzaba a las diez. Dejaron atrás la calle Polotskaya y tomaron por un callejón. Era la ruta que los conducía a la meta.

Ahora tomaron senderos que transcurrían junto a la carretera para evitar ser vistos por algún vehículo que pudiera darles el alto. Se habían citado con Brauze a las once y media bajo el viejo roble que se alzaba a un lado de la fábrica de papel. Brauze había llegado esa mañana con los obreros del gueto de Vilnius que pavimentaban la carretera que conducía a la fábrica. Él era el encargado de llevar la mina a la cita. Ya reunidos, echaron a andar en silencio. Atravesaron un bosquecillo que conducía hasta las vías, a las que Matskévich y Vitka se acercaron a rastras. Brauze quedó algo atrás para cubrir la huida de sus camaradas en caso de que fueran descubiertos. Ayudándose de una pequeña pala, Matskévich cavó un profundo agujero bajo una de las vías. Después colocó piedras en el fondo del agujero, tal como le había instruido Boruj: así se evitaba que la mina se hundiera al paso del convoy. Por último, colocó la mina y la cubrió de arena. Cuando el trabajo estuvo acabado, el comando volvió sobre sus pasos hasta Vileika y vadearon la corriente del río que los separaba de la colina en la que habían decidido apostarse para observar la explosión.

La calma era total. De repente el silencio fue roto por un leve zumbido que subía desde detrás de los árboles.

—¡Es el tren!

Unos instantes más tarde la locomotora que tiraba de una larga ristra de encabritados vagones emergió del bosque. ¿Cuántos vagones formaban el convoy? Diez, veinte, treinta… La enorme distancia que los separaba del tren no impedía que los combatientes escucharan las canciones que cantaban los soldados alemanes. Vitka creyó que el tren ya había superado el lugar donde lo esperaba la mina. Cerró los ojos, negándose a compartir con sus compañeros su mal presentimiento. Imperturbable, Matskévich confiaba en el éxito de la operación. Sus pupilas estaban clavadas en un punto preciso de las vías. Recordaba con total exactitud el emplazamiento de la mina. Y sabía que la locomotora aún no había alcanzado aquel punto. Se aproximaba. Ya faltaba muy poco.

Rieles y traviesas, hombres y hierros saltaron de repente por los aires…

Doce vagones de ferrocarril cargados de armamentos que esperaban los alemanes en Polotzk quedaron reducidos a chatarra en apenas unos instantes.

Y los responsables de ello fueron tres jóvenes del gueto de Vilnius que se sirvieron de una mina fabricada por Boruj Golstein en un taller clandestino de la calle Karmelítskaya.

Los campesinos enviado por los alemanes a retirar los cadáveres nos dijeron que habían contado más de doscientos alemanes muertos. Esos mismos campesinos se ocuparon de esconder bajo la tierra muchas de las armas —revólveres, ametralladoras, fusiles— que la explosión hizo salir disparadas.

Cuando medio año más tarde escapamos del gueto y comenzamos a luchar en los bosques recordamos todo aquel arsenal que los campesinos de Vilnius habían recogido y fuimos a buscarlo.

Ello nos permitió enfrentarnos a los alemanes y darles muerte con sus propias armas.

Contactos con otras ciudades

En cuanto nuestra organización clandestina demostró ser lo suficientemente fuerte, tomamos la decisión de enviar a personas de confianza a otras ciudades con poblaciones judías significativas para incentivar las acciones de resistencia en ellas. En el gueto de Bialystok vivían hacinados unos cuarenta mil judíos. Medio millón lo hacían en el gueto de Varsovia. Entretanto, los judíos de Bialystok no creían los relatos acerca de las ejecuciones en masa que tenían lugar en Vilnius, mientras que los judíos de Varsovia estaban convencidos de la imposibilidad de liquidar a medio millón de personas.

En agosto de 1942 conseguimos establecer contacto con Antón Schmidt, quien

había sido reclutado por el ejército alemán.[68] Tres de nuestros camaradas —Boraks, Kempner y Entin— viajaron en su coche a Bialystok y Varsovia, donde ofrecieron pormenorizados testimonios de la aniquilación que estábamos padeciendo los judíos lituanos.

Boraks nos contaría más tarde, ya de regreso en Vilnius, el escepticismo con que fueron tomados sus relatos en las dos ciudades visitadas. Ello motivó que tomáramos la decisión de convencer a nuestros camaradas por medio de datos concretos y verificables. A ese fin se publicó un llamamiento a todos los judíos que vivían en las regiones ocupadas por los alemanes, donde se detallaba la aniquilación sistemática de las poblaciones judías de Lituania y Bielorrusia y se anotaban las criminales estadísticas de las masacres de Vilnius, Vileika, Kaunas y Minsk.

«Un mismo destino espera a todos los judíos que viven bajo el yugo de la opresión alemana» —sostenía el documento—. Todos ellos están condenados y deben abandonar cualquier esperanza de salvación que basen en el beneficio que el trabajo esclavo de los habitantes de los guetos pueda representar para los alemanes.

«¡Dondequiera que ha habido judíos sometidos al yugo de Hitler han aparecido mataderos como el de Ponary!

»¡A las armas! ¡La resistencia es nuestra única alternativa!»

Las hermanas Sarra y Ruzhka Zilberg fueron las encargadas de llevar a Bialystok una copia del manifiesto. Allá lo pusieron en conocimiento de los miembros de varios partidos y agrupaciones. El documento sirvió a su propósito y abrió los ojos a mucha gente. Ambas hermanas cayeron en las garras de la Gestapo cuando viajaban de regreso a Vilnius y padecieron horribles tormentos en un campo de exterminio.

La joven maestra J. Grossman viajó poco después a Varsovia con idéntico propósito. Allá contactó a los representantes del PPR (Partido Polaco del Trabajo).

Coincidiendo con ese último viaje se produjo el que E. Boraks realizó a Bialystok. Muy poco después coincidían Boraks y J. Grossman en el gueto de esa ciudad y juntos participaron allí en la creación de un núcleo de resistencia a la ocupación alemana. Más tarde ambos lograron establecer contacto con el destacamento de partisanos que combatía en los bosques que rodeaban la ciudad. Grossman y Boraks participaron activamente en el levantamiento del gueto de Bialystok. Boraks perdió la vida combatiendo; Grossman es una de las pocas sobrevivientes de aquel levantamiento.

A principios de 1942 el doctor Wulff, Gebietskommissar de la región de Vilnius, decidió proceder a la aniquilación definitiva de todos los judíos que aún seguían con vida en las áreas rurales bajo su mando. A ese fin, todos los judíos de Solli, Mijalishki, Svir y otras pequeñas poblaciones fueron concentrados en Oshmiani.

En aras de calmar sus ánimos, la Gestapo los proveyó a todos de autorizaciones para trabajar.

Cuando conocimos los hechos no tuvimos la menor duda de que a todos los judíos concentrados en Oshmiani les esperaba morir masacrados. Inmediatamente enviamos a Liza Magun, una de nuestras partisanas, para que los ayudara a escapar a los bosques.

El gueto de Oshmiani estaba rodeado de policías por todas partes. A pesar de ello, Liza consiguió burlar la vigilancia y penetró en su perímetro. Allí intentó convencer a los reos de que les esperaba una muerte inevitable, que las autorizaciones de trabajo que habían recibido no perseguían otro fin que mantenerlos adormecidos y que su única escapatoria era huir a los bosques junto a los partisanos. Liza consiguió organizar varios grupos armados y abrirles el camino hacia la resistencia.

Al regresar a Vilnius, Liza continúo desempeñando las tareas que le encargaba nuestra organización. Pero un día tuvo que acudir a la comisaría de policía provista de documentación falsa y los agentes de la Gestapo se percataron de la falsificación y la arrestaron.

Liza fue salvajemente torturada en los sótanos de la Gestapo. La marcaron con hierros candentes, pero ni siquiera así la doblegaron. Consiguió enviarnos una nota desde la prisión. Estas son palabras que pudimos leer en ella: «Soy perfectamente consciente de lo que me espera. Y, sin embargo, me cuesta hacerme a la idea de que me llevarán a Ponary. Pero estoy tranquila. Envío un saludo a todos mis camaradas. ¿Se sabe algo de Bialystok?

»¡Sed valientes!

»Liza»

En memoria de esa auténtica heroína sus amigos se hicieron con un revólver que pasó a ingresar los fondos del arsenal de nuestra organización. Cuando se cumplió un mes de su muerte, el partisano Goldstein quiso celebrarlo robando una ametralladora a un soldado alemán. También esa arma se sumó a nuestro arsenal.

Los líderes de nuestra organización convirtieron el nombre de esa valiente joven en nuestro grito de guerra. La contraseña que anunciaba el estado de alarma general en el gueto de Vilnius pasó a ser «¡Liza te llama!».

La imprenta clandestina

El cuartel general de nuestra organización concibió la idea de procurarse una imprenta clandestina.

Ya en febrero de 1942 se imprimió en un hectógrafo un llamamiento dirigido a toda la población de la ciudad. Éramos conscientes de que la aniquilación de los judíos formaba parte de un plan general de los criminales fascistas que buscaba el exterminio de todos los pueblos de Europa. El documento era un llamado a la lucha sin cuartel.

«¡No permitáis que os lleven como carne al matadero! Si el enemigo se ve obligado a enfrentar la resistencia de todos y cada uno de nosotros le será imposible llevar a cabo su monstruoso plan.

»¡Uníos a las filas de los partisanos!

»¡Golpead al enemigo en todos los frentes! ¡Saboteadlo!

«¡Destruid las carreteras, los medios de transporte y las fábricas del enemigo! ¡No le deis ni un minuto de sosiego!

«¡Muerte a los ocupantes!

«Unión para la lucha contra la ocupación alemana. «Vilnius, febrero de 1942»

El llamamiento fue distribuido por todas las empresas y fábricas de la ciudad. De ellos se ocuparon los muchos judíos obligados a realizar trabajos forzados en ellas. Acosados por las bayonetas alemanas y poniendo en riesgo sus vidas a cada instante, tuvieron el valor de diseminar nuestro mensaje por muchas calles de la ciudad.

Cada mañana eran muchos los niños de entre diez y doce años que marchaban a realizar trabajos forzados. A muchos de ellos les confiábamos importantes misiones. ¡Y había que ver la madurez y la entrega con que aquellos niños las llevaban a cabo! ¡Las manitas de aquellos niños astutos y valientes repartían cientos y cientos de copias de nuestros impresos por toda la ciudad!

Muy poco después del éxito obtenido con el primer impreso salido del primitivo hectógrafo, el impresor I. Kovalski, activo miembro de nuestra organización, propuso un atrevido proyecto: establecer una tipografía clandestina.

Su propuesta fue aceptada por la dirección de la célula clandestina.

Lo que sigue es el relato del propio Kovalski acerca de la puesta en marcha de su plan:

«Por encargo de los dirigentes de nuestra organización busqué empleo en la imprenta que los alemanes tenían en la ciudad. La mayoría de los empleados que trabajaban allí me conocían bien, de manera que no me costó lograrlo.

»En cuanto me hube colocado procedí a cumplir la misión que me llevó allí. Acordé con Sonia Madeisker que al mediodía siguiente, aprovechando el descanso que nos concedían para la comida, entregaríamos a un camarada que me esperaría en la puerta todo lo que pudiera sacar de la imprenta. Me habían dado las señas del receptor: un hombre de estatura mediana que llevaría gafas, un abrigo con cuello de astrakán y mostraría un ejemplar del diario polaco Goniec Codzienny.

»Mi contacto apareció puntualmente a la hora establecida. Recogió el paquete que le entregué y se marchó sin decir palabra. Esa noche Sonia me comunicó que el paquete había llegado a su destino y que al día siguiente serían dos los camaradas que acudirían a verme, pues así podían cargar con más material. Durante una semana, los dos camaradas repitieron sus visitas y se llevaron los tipos y otros implementos de imprenta que yo les entregaba. Más adelante, para evitar sospechas, siguió viniendo uno solo, el mismo que había acudido a la primera cita. Se trataba, como supe mucho después, del valiente comunista polaco Jan Przewalski.

»Las citas se prolongaron durante un mes. Entretanto, en el número 15 de la calle Zamkóvaya creció una imprenta clandestina provista de todo lo necesario para su puesta en marcha: los tipos, la tinta, el papel y la plancha de impresión. A continuación explicaré cómo conseguí sacar todos esos enseres de la imprenta.

»Al término de la impresión de cada edición de Goniec Codzienny, yo tenía acceso a las cajas de tipos sin vigilancia alguna. Así, cuando los manipulaba iba separando todo aquello que nos pudiera resultar de utilidad. El único problema consistía en que lo hacía en presencia de un centenar y medio de personas.

»Los encuentros con Jan se producían a las cuatro y media de la tarde de cada día, es decir, antes de que yo regresara al gueto, pero ya concluida la jornada laboral. En uno de esos encuentros le pedí que acudiera al día siguiente provisto de una maleta grande, pues le tocaría llevarse la plancha de impresión, la manivela, la galera y la volandera. Había separado todas esas piezas en un rincón de la imprenta y necesitaba sacarlas de allí cuanto antes.

»Escondí la plancha de impresión bajo mis pantalones; el resto lo envolví con papeles. Pero algo imprevisto me esperaba a la salida de la imprenta: el director en persona estaba apostado en la puerta. Me preguntó qué llevaba y le respondí con aplomo que había cogido algunos papeles para alimentar la estufa, pues no teníamos leña en el gueto. Por suerte se abstuvo de hurgar entre los papeles y me dejó pasar.

»Salí por fin a la calle. El corazón parecía querer escapar de mi pecho. Jan no había acudido a la cita.

«Entretanto se me hacía tarde. Los judíos teníamos prohibido transitar por la calle después de las seis de la tarde. Tomé la decisión de volver a la imprenta, esconderlo todo y regresar al gueto. Pero las cosas no siempre salen como uno quiere. El director de la imprenta continuaba allí y le resultaría muy sospechoso verme regresar al trabajo a aquellas horas.

«Cargado con las piezas de plomo y hierro eché a andar hacia el gueto sin saber que me esperaba una catástrofe: el cinturón que sujetaba la plancha de impresión contra mi vientre se rompió de repente y ahora me tocaba sujetarla con la mano por debajo del abrigo.

«Más tarde supe que Jan había faltado a la cita porque no había podido librarse de la cola que tuvo todo el día pegada a sus talones.

«En cuanto hube suministrado a la imprenta de la ciudad todo lo necesario para su puesta en marcha, me dediqué a la creación de una segunda imprenta en el gueto…»

Ambas imprentas sirvieron para publicar periódicos clandestinos, carteles y folletos en lengua lituana, polaca y alemana. En lengua polaca publicábamos el periódico Sztandar Wolnosci en cuyas páginas aparecían artículos de los miembros de nuestra organización. Más tarde sus páginas acogieron también los trabajos de muchos escritores polacos.

La amistad fraternal

Ya desde los primeros días de terror, cuando los alemanes advirtieron que toda relación con judíos sería castigada con la mayor severidad, fueron muchos los judíos que encontraron cobijo en las casas de sus vecinos cristianos. Los periódicos fascistas advertían sin cesar a los campesinos: «No esperéis compasión si os atrevéis a vender alimentos a los judíos». Y sin embargo los campesinos pasaban a propósito en sus carretas por las más recónditas callejuelas para vender alimentos a los judíos.

Yo mismo permanecí largo tiempo escondido en casa de la campesina lituana Janova Bartoshevich, cuya vida corrió un grave riesgo por ello. Aquella bondadosa mujer llegó a quererme como a un hijo.

Un día me dijo que había visto a tres alemanes arrastrando a un anciano hasta una horca instalada en la plaza de la Catedral. Lo colgaron a la vista de todos con un cartel de color blanco colgado sobre su pecho en el que se leía: «Ahorcado por dar cobijo a judíos».

—A mí no me van a asustar con esas cosas —me aseguró Janova—. Ellos y sus leyes me traen sin cuidado.

Más tarde enfermé y Janova me obligó a salir del sótano donde me ocultaba y subir a su casa. Me hizo tumbarme en una cama al fondo de la casa y llamó a un médico. Me presentó como un hijo suyo que acababa de escapar de un campo de prisioneros.

La Nochevieja de 1941 el marido de Janova bajó a buscarme al sótano y me pidió que subiera a compartir la mesa con ellos. Había conseguido vodka y algo de comer, pero no podía disfrutar de la velada sabiendo que yo sufría encerrado en mi húmedo escondite.

Tenían un invitado a la mesa, cierto pariente del dueño de la casa que había venido a celebrar la llegada del Año Nuevo desde la pequeña población de Vidukle. Le pedí que me contara cómo andaban las cosas por allá y éste fue su relato: «En Vidukle habitaban unos doscientos judíos. Por muchos años habían vivido en familia con los lituanos. Los alemanes los encerraron a todos en la sinagoga en cuanto llegaron al pueblo.

»Ionas, el sacerdote de Vidukle, decidió salvar siquiera a los hijos de aquellos pobres judíos y se llevó a treinta niños de la sinagoga para darles refugio en su iglesia.

»A la mañana siguiente un comisario alemán apellidado Dietrich prendió fuego a la sinagoga con un mazo de paja ardiendo.

»Es imposible transmitir con palabras los gritos y ruegos de aquella gente que estaba siendo quemada viva. Incapaces de soportarlos, dos campesinos del pueblo perdieron la razón. Otro estalló e increpó a los alemanes: ””, les gritó. Seguidamente le pegaron dos tiros y lo arrojaron a las llamas.

»Un informante se fue a Dietrich con el soplo de que había niños judíos escondidos en la iglesia y fue a buscarlos. El sacerdote se paró en la puerta de su templo cortando el paso a los asesinos. “Si queréis matar a estos niños, tendréis que matarme a mí también”, los retó. Lo mataron de un disparo en la cabeza. Después los alemanes se abalanzaron sobre los niños y estrellaron sus cabecitas contra las paredes de la iglesia».

Fueron muchos los polacos y los lituanos que dieron cobijo a judíos en sus casas. Entre ellos es menester mencionar a Janova Bartoshevich, María Abramóvich y Viktoria Bzhiliévskaya. La casa de esta última en Pogulianka sirvió de refugio a decenas de personas perseguidas. La periodista Shimaite organizó un grupo que se dedicaba a salvar judíos que escondían por toda la ciudad. María Fedétskaya salvó al doctor Sedlis y a su familia, al doctor Kamay y a la hija de éste, así como a varias decenas de judíos a quienes facilitó documentos polacos y los dispersó por pueblos y aldeas donde tenía conocidos dispuestos a ayudar. El profesor Stakaukas escondió a dieciséis judíos y así les salvó la vida. Entre ellos estaban el doctor Libo, los familiares de éste y el pintor Samek Bak, de apenas nueve años. El profesor Chezhevski salvó la vida de su colega el profesor Fesel, así como las de su mujer y el pequeño hijo de ambos. A él se debe también la salvación de la maestra Zlata Kacherguínskaya.

Las leyes impuestas por los ocupantes alemanes establecían que todo matrimonio en el que uno de los miembros fuera judío o tuviera ascendencia judía siquiera de tercera generación debía ser disuelto de manera inapelable. El miembro judío del matrimonio en cuestión debía marchar inmediatamente al gueto, mientras el otro permanecía en la ciudad. Los hijos de los matrimonios mixtos eran considerados judíos, aun cuando sólo el padre lo fuera. Por consiguiente, también ellos estaban obligados a vivir en el gueto.

El polaco Aksen, doctor en medicina, estaba casado con una mujer judía. La Gestapo la detuvo y la envió al gueto acompañada de los tres hijos del matrimonio. Aksen marchó al gueto siguiendo los pasos de los suyos. Allí aprendió yiddish y compartió el destino de los judíos.

Un cosaco del Don, cuya mujer era judía, también fue a vivir en el gueto por propia voluntad.

La anciana Stasia, criada de la familia Lipkovich, se fue a vivir en el gueto para continuar sirviendo a su señora. Cuando los alemanes asesinaron a la señora Lipkovich, Stasia hizo las veces de madre a los huérfanos.

Cuando conducían a fusilar a Ruzhinski, un cantante que había sido antes oficial del ejército polaco, un transeúnte lo reconoció. El transeúnte había servido en el regimiento mandado por el hombre al que ahora llevaban a la muerte e intercedió por él ante su verdugo. El policía se dejó convencer a cambio de un reloj de oro, pero le dijo que tenía que simular el fusilamiento, pues desde las ventanas de la oficina de la Gestapo se divisaba el lugar de las ejecuciones y podían percatarse de que la ejecución no era llevada a cabo. Prometió llevar al arrestado hasta el borde de la zanja y disparar unos centímetros por encima de su cabeza. A su vez, Ruzhinski se dejaría caer y permanecería en la zanja hasta que anocheciera. Entonces podría salir de ella sin ser visto.

Esa noche el soldado acudió a la fosa a buscar al oficial «fusilado». Lo llevó a su casa para esconderlo allí. Cuando Ruzhinski salió de la zanja su cabello era totalmente blanco. Había encanecido en unas pocas horas.

Ruzhinski vivió en la casa del soldado que le había salvado la vida hasta que las redadas se hicieron habituales en aquella zona. Entonces consiguió regresar a Vilnius superando muchas dificultades y penetró en el gueto. Su mujer, una rusa, se reunió allí con él y tras coser a sus ropas un distintivo amarillo ya no se separó más de él.

En la carretera que une Vilnius y Vileika, muy cerca de la estación de ferrocarriles Vilénskaya Kolonia, se alza un monasterio benedictino rodeado de una cerca de metal. Antes del estallido de la guerra, siete monjas de Cracovia habían establecido allí su residencia.

Fue precisamente a ese monasterio que fue a parar Abba Kovner, uno de los dirigentes de la organización clandestina del gueto, cuando escapó a duras penas de las garras de la muerte.

La Madre Superiora —quien había sido socialista en sus años mozos— le destinó una celda para su uso individual. La historia era muy peculiar. Tras graduarse de la Universidad de Cracovia, cierta tragedia personal la llevó a elegir la vida de clausura. Cuando el Ejército Rojo se replegó de Vilnius, brindó cobijo en una de las celdas del monasterio a un soldado soviético herido.

Kovner no fue el único activista de la organización clandestina que encontró refugio entre los muros del monasterio. Y, naturalmente, los alemanes solían irrumpir en el sagrado recinto en busca de enemigos. En algunos casos, cuando la situación era verdaderamente crítica, la Madre Superiora disfrazaba de novicias a sus protegidos.

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