El libro negro
Los luchadores del gueto de Kaunas
Un día de otoño de 1941 treinta y dos mil judíos fueron reunidos en una plaza. Había hombres y mujeres, ancianos y niños. Un oficial alemán vestido con elegancia y empuñando una fusta les iba dando órdenes concisas y cortantes: «¡A la derecha! ¡A la izquierda!». Las familias eran separadas sin más: un padre iba a un lado y una madre al otro; un hermano tomaba a la derecha, mientras su hermana lo hacía a la izquierda. Un bebé era arrancado de los brazos de su madre y el oficial pedía prisa: «¡A la izquierda! ¡A la izquierda!», apremiaba. El panorama era caótico a la vez que absurdo, como una pesadilla. Las horas se alargaban hasta lo indecible.
Un sordo murmullo recorría la muchedumbre. Todos querían anunciar sus especulaciones y augurios. Unos decían que «éstos» quedarían en Kaunas y «los otros» irían a trabajar en los yacimientos de turba de Keydani. Veinte mil personas fueron ubicadas a la derecha y doce mil a la izquierda. Las primeras fueron devueltas el encierro en el gueto. Las otras fueron encerradas aparte. Nadie volvió a verlas en el gueto. Se las llevaban cada día, en grupos de a cien, al Fuerte N.° 9 y allí las ejecutaban.
Así transcurrió la primera Aktion.
Unos meses más tarde tuvo lugar la segunda, ésta de menor envergadura.
Medio año después los alemanes emprendieron la tercera Aktion.
El ánimo de la gente se tornó cada vez más sombrío. El hambre era intensa. Los jóvenes sólo pensaban en la resistencia.
Quienes salen a trabajar cada día al exterior del gueto regresan contando que los alemanes están de fiesta y que en cada esquina hay un altoparlante por el que se proclama la inminente «victoria»… Los ancianos se lamentan: «Sea lo que sea, estamos perdidos», repiten. Las madres lloran desconsoladas, mientras sus asustados hijos corren a esconderse por los rincones, donde se sientan, inmóviles como estatuas y callan durante horas con los ojos abiertos como platos.
Los alemanes prohibieron terminantemente la lectura de periódicos y, muy especialmente, llevarlos al gueto. Pero para los jóvenes el silencio informativo equivalía a la muerte. Despreciando el peligro, muchos jóvenes escondían trozos de periódicos lituanos y alemanes en los que habían aprendido a leer entre líneas. Así, por ejemplo, los alemanes intentaron disimular el primer y duro golpe que recibieron sus tropas a las afueras de Moscú, pero el hecho no pasó desapercibido a la juventud del gueto. Muy pronto comenzaron a deslizarse titulares como «Inutilizado un convoy ferroviario militar», «Unos bandidos atacan una guarnición», etc. Todos los residentes del gueto sabían de qué «bandidos» hablaba la prensa alemana: de los verdaderos patriotas.
Con el paso de los meses, la gente ya no es que sospechara que en Lituania actuara un movimiento partisano. ¡Ahora ya estaban convencidos de ello! En susurros y con los ojos iluminados por la esperanza, los jóvenes intercambiaban noticias sobre las heroicas acciones de los partisanos que luchaban desde los bosques contra los ocupantes fascistas.
El régimen de terror impuesto al gueto se tornaba cada día más severo. Cada vez con más frecuencia se sabía que uno u otro de los grupos supuestamente enviados a trabajar a Keydani o Geyzhuni había acabado en el Fuerte N.° 9, donde se sucedían las ejecuciones. Por otra parte, las noticias del frente no podían ser más decepcionantes: los alemanes estaban a las puertas de Stalingrado y se adentraban resueltamente en el Cáucaso.
Fue entonces que un pequeño grupo de apenas cinco personas tomó la decisión de abandonar el gueto y avanzar hacia el oeste. Soñaban con atravesar la línea del frente o, en caso contrario, toparse con los partisanos y unirse a ellos. Escaparon camuflados en una de las columnas de trabajadores que salían del gueto cada mañana. No volvieron con ella. Unos días más tarde la anciana Milstein se quejaba a sus vecinos de la desaparición de su hijo. La joven Davydova también echó de menos a su marido. El obrero Ioffe fue otro de los fugados: toda su numerosa familia fue asesinada en la primera Aktion perpetrada por los alemanes.
Fue una huida hacia lo desconocido. Aquellos jóvenes abandonaron el gueto desarmados y sin alimentos.
Y los cinco acabaron perdiendo la vida. Muy poco después se supo en el gueto de la trágica suerte que corrieron: los capturaron a las afueras de Kaunas y los fusilaron inmediatamente.
Y sin embargo, aquel primer fracaso no enfrió los ánimos de la juventud del gueto. La decisión de escapar continuaba viva. Y ahora los jóvenes sabían que toda fuga debía ser minuciosamente preparada. Jaím Yelin, el joven escritor judío que se convertiría en líder y organizador del movimiento partisano del gueto de Kaunas, era uno de ellos. Ya desde antes de la guerra, Yelin era conocido como uno de los más renombrados agitadores de la vida cultural judía en Lituania. Más adelante, con el establecimiento del poder soviético, se convirtió en un talentoso colaborador del diario Der Emes (La verdad), de Kaunas. Jaím Yelin consiguió abandonar el gueto sin ser visto en varias ocasiones y así consiguió establecer contacto con la organización comunista que ya para entonces comenzaba a desarrollar un importante trabajo clandestino en Kaunas.
Fue precisamente por iniciativa de Jaím Yelin que surgieron las primeras células clandestinas del gueto. Una vez formadas, comenzaron inmediatamente a prepararse para realizar acciones de combate. Cada célula estaba integrada por cinco miembros, uno de los cuales se desempeñaba como responsable.
En un primer momento, y en aras de la seguridad, los miembros de cada célula desconocían la existencia de las demás. Atenerse a los métodos conspirativos resultaba imprescindible, pues los familiares, los vecinos y los compañeros de trabajo de los fugados del gueto respondían con su vida por las actividades de éstos.
A los pequeños grupos que se reunían de tanto en tanto en desvanes y sótanos del gueto, desafiando el sórdido paisaje en que vivían, los animaba el amor a la vida, la sed de venganza y la profunda fe en la victoria final de nuestra justa causa. En ocasiones, al término de alguna de las periódicas acciones punitivas alemanas las células descubrían que habían perdido a uno o hasta a tres de sus miembros. No obstante, los sobrevivientes proseguían el trabajo con mayor tenacidad.
Jaím Yelin integraba una de las brigadas que salían del gueto a trabajar. Nadie supo jamás cómo hacía para procurarse casi a diario los folletos manuscritos Noticias políticas y Noticias del frente durante su paso por la ciudad. Lo cierto es que los entregaba periódicamente a los responsables de las células y así se accedía a información sobre la situación en el frente que difería sustancialmente de la que ofrecían los diarios fascistas locales. Esas noticias volaban de boca en boca e insuflaban esperanzas y sosiego.
Los futuros partisanos no sólo se ocupaban de la preparación política. También cuidaban con celo el entrenamiento militar. Alguien encontró una vieja pistola y el arma comenzó a pasar de mano en mano, de célula en célula, hasta que todos hubieron asimilado los secretos de sus más mínimos resortes. También se tallaron varias granadas de madera para servir durante los entrenamientos. Por último, estudiaban las técnicas de inteligencia y minado de carreteras y puentes con un viejo manual de instrucción militar. Con todo, eran conscientes de que para abandonar el gueto y enfrentar al enemigo necesitaban armas que no podrían encontrar en el gueto. Confrontados con esa imposibilidad, los jóvenes acabaron tomando la decisión de enviar grupos de combatientes hacia las bases partisanas, aunque tuvieran que ir desarmados.
En unas de sus cotidianas salidas a la ciudad, Jaím Yelin consiguió un mapa con la ruta que debían seguir.
El plan de fuga estuvo listo en el verano de 1942. Se decidió escapar en pequeños grupos de cuatro o cinco personas, todas vestidas con viejas ropas campesinas. Cada grupo debía avanzar desgajado de los demás y sus propios integrantes apartados unos de otro tanto como les permitiera mantener el contacto visual. Sólo se moverían durante el día.
El profesor Volsonok, un conocido filósofo, se encargó de dibujar un mapa donde se podían seguir todos los detalles de la ruta que seguirían los fugados. Después de largas jornadas en las que se veía obligado a desempeñar pesados trabajos físicos a los que no estaba habituado, Volsonok se reunía por separado con cada uno de los candidatos a la fuga y repasaba con ellos la ruta a seguir. La paciencia que demostró durante incontables noches fue de veras admirable. Obligaba a sus improvisados pupilos a recordar cada callejón, arboleda o riachuelo y los atajos que seguir para rodear las aldeas y poblaciones. Los fugados se verían obligados a recorrer más de doscientos kilómetros y, naturalmente, no podían llevar encima mapas con la ruta que seguían.
Por fin las primeras treinta personas estuvieron listas para emprender el viaje.
Con todo, aún les quedaban algunas cuestiones muy serias por resolver. A saber, tenían que franquear las puertas del gueto garantizando la seguridad de los familiares y amigos que dejaban atrás.
Día y noche el gueto estaba bajo la más estrecha vigilancia de la Gestapo. Las puertas estaban guardadas por una patrulla de la comandancia alemana y guardias del «autogobierno» judío (es decir, la policía judía del gueto). Las personas que entraban y salían integrando las columnas de trabajadores eran sometidas a minuciosos recuentos, tanto al salir como al entrar al perímetro cercado. Aun cuando treinta personas consiguieran camuflarse en las columnas que partían en la mañana, los alemanes se percatarían de su ausencia en la tarde del mismo día, cuando regresaran las columnas y se procediera al recuento. Ello acarrearía consecuencias fatales para muchos. Ello llevó a Jaím Yelin a una conclusión: no le sería posible sacar del gueto a un grupo de treinta personas sin la colaboración del Judenrat. Y decidió confiarles su secreto.
Encabezado por su máximo responsable (u Oberjude), el doctor Ellees, un conocido médico de Kaunas, el Judenrat decidió prestar todo su apoyo a la iniciativa de aquellos jóvenes. Los integrantes del Judenrat eran conscientes de que respondían con sus cabezas por cada judío del gueto. Sabían, pues, el coste que podía tener su participación en la fuga. Y aun así prefirieron colaborar con los primeros intentos de resistencia, antes que esperar pasivamente la muerte a manos de los verdugos fascistas.
Una mañana del otoño de 1942 los guardias apostados a las puertas del gueto recibieron una lista de treinta «especialistas» —avalada con las firmas y sellos de los mandos alemanes— a quienes debían franquear el paso pues se dirigían a «trabajar» en N. El truco funcionó y a los pocos minutos las treinta personas salieron del gueto llevando hatillos en los que guardaban la ropa que les permitiría pasar por campesinos.
Poco después los fugados se despojaron de las ropas con el distintivo amarillo ocultos en porterías, cobertizos abandonados o depósitos de basura… Habían acordado que actuarían sin dar la menor señal de que se conocían entre sí. Por lo tanto, si alguno de ellos era detenido súbitamente, los demás continuarían avanzando ajenos a la situación. Naturalmente, tal recurso sólo podía funcionar durante los primeros días de la fuga. Muy pronto, por la fuerza de diversos acontecimientos, esa orden fue desobedecida.
Apenas poco menos de la mitad de los fugados consiguió alcanzar la espesura de los bosques Avgustovskie y alcanzar las bases de los partisanos, después de varios días vagando sin rumbo. Por el contrario, fueron muchos los que cayeron en manos de la Gestapo y sometidos a crueles tormentos. Otros «perdieron el hilo» y acabaron saliéndose de la ruta. Fayngold, quien contaba a la sazón veinte años, y uno de sus camaradas estuvieron seis días vagando por los bosques. Perdidos en lo más intrincado del macizo forestal, se vieron obligados a alimentarse de raíces y acabaron exhaustos. Ante la imposibilidad de dar con el paradero de los partisanos que buscaban, ambos decidieron volver al gueto. Otros dos fugados regresaron también: Nejemía Endlin y Shmuel Mortkovski. Su vuelta generó una muy triste impresión en el gueto.
Entretanto, el centro antifascista que operaba en la ciudad tomó a su cargo el liderazgo de todo el movimiento de resistencia. A partir de entonces, las relaciones de Jaím Yelin y el mando antifascista se intensificaron. Había llegado el momento de renunciar a enviar a los jóvenes vestidos de campesinos pobres y obligarlos así a llegar desarmados hasta bosques distantes, donde encontrar a los partisanos dependía de la suerte. Ahora se tenía el convencimiento de que los jóvenes debían marchar armados y ayudados por un guía. La pregunta crucial pasó a ser: ¿cómo conseguir las armas necesarias? Se sabía que en la ciudad era posible adquirir algunas, aunque pagando un elevado precio por ellas. Y la respuesta de la gente no se hizo esperar: las madres vendieron sus alianzas y relojes; todos se desprendían de cualquier objeto de valor que aún guardaran en sus casas. Así se consiguió armar con revólveres a unos cuantos jóvenes.
Poco después se produjo la siguiente operación, que consistió en el envío de nueve jóvenes combatientes armados. Su destino fue trazado con precisión: el bosque Rudnitski, al oeste de Vilnius.
El Judenrat conocía la operación y ayudó a llevarla a cabo.
Entre los jóvenes enrolados esta vez estaban Aron Vilenchuk, ex alumno del Gimnasio Sholom-Aleijem, de Kaunas, cuyos padres cayeron en una de las primeras masacres, el obrero Yudel Sherman y el funcionario Moishe Upnitski. Cinco de los nueve jóvenes que emprendieron la fuga consiguieron llegar a la meta e integrarse a los destacamentos de partisanos. Dos de ellos fueron capturados y conducidos al Fuerte N.° 9 de Kaunas. Otro cayó en una desigual lucha contra una patrulla de la Gestapo. El último, Moishe Upnitski, resultó gravemente herido en combate y aunque encontró cobijo en la casa de unos campesinos terminó sucumbiendo a las heridas.
¡Con todo, más de la mitad de aquellos valientes llegaron a su destino! Jaím Yelin se ocupó de comunicar la buena nueva en el gueto.
La noticia infundió esperanzas y valor a los jóvenes. En lugar de esperar sin más la muerte que les deparaba el enemigo, ahora se les abría otro camino: empuñar las armas y enfrentar a los alemanes. Por consiguiente, la motivación para integrarse en los destacamentos partisanos se disparó entre los jóvenes del gueto.
Jaím Yelin no se concedía un momento de descanso. Recorría a pie cientos de kilómetros para visitar las bases de los partisanos y establecer un canal de comunicación directo con ellos. Su energía era de veras inagotable. Celebraba reuniones secretas con el centro antifascista de Kaunas; se citaba con los miembros del Judenrat. Desarrolló planes con los jóvenes para conseguir armas; pedía consejo a los sastres judíos sobre cómo manufacturar trajes que sirvieran de camuflaje a los que marchaban a los bosques; consultaba a los cerrajeros sobre la posibilidad de crear un taller dedicado a poner en funcionamiento armas en mal estado que caían en manos de la organización… La cuestión que más lo ocupaba era la búsqueda de armas con las que dotar a los jóvenes. Y esas armas fueron apareciendo por fin.
Yelin cumplió su propósito de crear un grupo armado dentro del gueto y le confió una única tarea: buscar más y más armas por medio de acciones violentas contra el enemigo. El objetivo planteado a ese grupo era salir del gueto de tanto en tanto y regresar con las armas arrancadas a los fascistas.
En la primavera de 1943 el joven Yankel Birger y el grupo que mandaba protagonizaron el asalto a un taller de reparación de armas, una operación que se saldó con la incautación de quince fusiles. Otro grupo, mandado por Itzjok Miklishanski, se hizo con otros veintitrés fusiles por medios semejantes.
Jaím Yelin continuó expandiendo la red de células clandestinas. Tenía una difícil tarea por delante: seleccionar a los mejores entre todos los que se mostraban impacientes por entrar en combate. Al principio elegía a quienes carecían de cualquier lazo familiar o afectivo en el gueto. Pero con el tiempo llegó a haber muchas personas que respondían a ese patrón, pues las operaciones de la Gestapo quebraron casi todas las estructuras familiares: los maridos perdían a sus mujeres, los hijos a los padres, las hermanas a sus hermanos… Entonces se hizo necesario guardar turno en la cola de los que deseaban marchar a los bosques. Hacia mediados de 1943 el movimiento partisano en Lituania había adquirido una fuerza extraordinaria. Los partisanos entraban en combate abierto con las guarniciones alemanas, desarmaban a los soldados, los liquidaban o, en algunos casos, los obligaban a retirarse.
Naturalmente, los partisanos no salían airosos de todos los enfrentamientos.[96] También en sus filas se producían numerosas bajas. A veces no conseguían cargar con sus muertos cuando se veían forzados a replegarse. Entre los últimos había muchos judíos y muy pronto los alemanes comenzaron a preguntarse de dónde salían si todos estaban encerrados en los guetos.
Finalmente, los alemanes comprendieron que entre los judíos de los guetos y los partisanos existía un aceitado nexo. Y esa conclusión los llevó a endurecer el régimen de terror que ya padecían los judíos. Aumentó la vigilancia. Se endureció el control sobre quienes salían a trabajar y volvían cada noche. Se recrudecieron las redadas. Los hombres de la Gestapo irrumpían con mayor frecuencia en el gueto y practicaban salvajes registros en las casas en busca de armas escondidas. Aumentó el número de detenciones. Con todo, el envío de jóvenes armados a los bosques no cesaba. Todos los esfuerzos de los fascistas eran infructuosos.
En ocasiones se veía llegar un camión a las puertas del gueto en plena mañana. Un uniformado Sturmfübrer de la Gestapo con una lista en las manos entraba a la sede del Judenrat y se llevaba a un grupo de judíos. Los alemanes que montaban guardia a las puertas del gueto se burlaban: «A esos judíos no los veréis más por aquí», decían. Y tenían razón, a fin de cuentas, porque el camión no llevaba su carga a la Gestapo, sino a las bases de los partisanos. El supuesto oficial era en realidad un partisano disfrazado con el uniforme de la Gestapo, es decir, un guía que conocía muy bien la ruta.
Un día los alemanes detuvieron a todos los policías judíos y los fusilaron acusándolos de connivencia con el movimiento partisano.
Otros fueron nombrados para sustituirlos. Pero los nuevos no se asustaron por la suerte que habían corrido sus predecesores. También ellos colaboraron con los residentes del gueto en la lucha contra el enemigo común.
Los alemanes encontraron escondido un revólver durante un registro practicado en la casa de Mek, un joven judío. Una horca fue levantada inmediatamente en una de las calles del gueto y allá fueron convocados a la fuerza todos los residentes, con independencia de la edad que tuvieran. Mek fue colgado y sus familiares —la madre y dos hermanas— fueron fusiladas al pie de la horca.
Con todo, también esa cruel represalia fue recibida en el gueto con la partida hacia los bosques de un nuevo grupo de jóvenes combatientes.
La lucha era cada vez más encarnizada.
A finales de 1943 d control del gueto pasó de manos de las autoridades civiles a la Gestapo. El Obersturmführer Gekke asumió entonces el puesto de comandante del gueto y las «Aktionen» se tornaron más frecuentes. Mil quinientas personas fueron transferidas a la vecina población de Aleksotas para realizar diversos trabajos. Otros tres mil quinientos judíos fueron reasentados en Estonia, aunque muchos de ellos consiguieron escapar por el camino. Se escondían en las cunetas o desaparecían en los bosques. Otros saltaron por las ventanillas de los trenes cuando éstos se detenían algunos minutos en pequeñas estaciones de paso. Todos los fugados buscaron a los partisanos.
Un contingente de ochocientos judíos fue enviado a trabajar en los yacimientos de turba ubicados entre las poblaciones de Kayshedoris y Keydani. Una noche consiguieron protagonizar una fuga en masa y llegar hasta una base partisana. Les ayudaron partisanos lituanos que actuaban en aquella zona. Ellos les proporcionaron armas que los ayudaron a fugarse con éxito.
Paralelamente, se produjo la valiente fuga de un grupo de judíos que escaparon del Fuerte N.° 9, el conocido como «fuerte letal». Ese grupo lo integraban muchos jóvenes judíos capturados por la Gestapo cuando intentaban huir del gueto. Entre ellos se encontraban el ya mencionado Aron Vilenchuk, ex alumno del Gimnasio Sholom-Aleijem, quien escapó del gueto en el primer grupo que lo intentó.
Uno de los organizadores de esa fuga fue un capitán judío, prisionero de guerra, que se destacó notablemente más tarde por su desempeño en el movimiento partisano.
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Los alemanes estaban desesperados. Las «Aktionen» volvieron a sucederse una tras otra. El cerco de seguridad que rodeaba el gueto se duplicó y se triplicó. Ahora los controles para salir y entrar al gueto eran todavía más estrictos y se requería de pases especiales para franquear sus puertas. Las calles de Kaunas se llenaron de agentes encargados de detener a cualquier transeúnte que pareciera sospechoso. Los residentes del gueto fueron obligados a someterse a un nuevo y exhaustivo proceso de registro. Y, sin embargo, ello no impidió la organización de otra fuga que buscaba que varias decenas de jóvenes sumaran sus fuerzas a la lucha. Rajmiel Berman, un actor del Teatro estatal judío de Kaunas, fue el responsable de esa operación.
Una mañana llegó al gueto un camión y cargó una brigada de hombres bajo la excusa de que marchaban a trabajar. El conductor era alemán y había sido sobornado. Cada uno de los integrantes de la supuesta «brigada» llevaba un revólver oculto bajo las ropas. Según lo pactado, el vehículo debía girar en una calle lateral y tomar el camino de la carretera de Vilkomir. Sin embargo, el conductor buscó la calle central de la ciudad y se detuvo ante un restaurante.
—¿Qué haces? —le gritaron desde la parte trasera del camión al verlo apearse.
—Es sólo un momento —respondió el conductor—. Tomaré el desayuno y seguimos viaje.
—¡Empuñad las armas! —ordenó Berman, al tomar consciencia de que estaban siendo víctimas de una traición.
Unos instantes más tarde el camión estaba rodeado de hombres de la Gestapo. Sonó el primer disparo. Desde el camión respondieron. Los atacantes jamás imaginaron esa posibilidad.
—¡Fuego! —ordenó un alemán.
La escaramuza fue breve e intensa. La calle se vació en un santiamén. Se escuchó crujir cristales a lo lejos. Los judíos se apostaron detrás del camión, mientras los alemanes lo hacían en un portal. Con todo, los judíos eran conscientes de la limitación de su poder de fuego.
Berman no titubeó:
—Cuatro hombres se quedan aquí a contener al enemigo. ¡Los demás se retiran!
Tras voltear el camión, el grueso del grupo emprendió la retirada huyendo a la carrera a través de los patios. Saltando tapias y tomando atajos que conocían como nadie consiguieron llegar a las afueras de la ciudad. Los cuatro que los cubrían entablaron un duro combate para impedir que los alemanes salieran del portal y pudieran dar alcance a sus camaradas. Muy pronto la Gestapo mandó refuerzos y una lluvia de balas cayó desde las puertas y ventanas cercanas sobre hombres armados con simples revólveres. Los cuatro cayeron en aquel desigual combate.
No obstante, sus camaradas, guiados por Rajmiel Berman, alcanzaron los bosques en unos pocos días y se unieron a los partisanos.
Jaím Yelin cayó en combate en la primavera de 1944, unos meses antes de la liberación de Lituania por el Ejército Rojo. Luchó hasta la última bala que tenía en la recámara. La Gestapo quería capturarlo vivo a toda costa, pero les salió caro cada intento de acercársele. Tras disparar la última bala, Yelin intentó cortarse las venas con un pequeño cortaplumas que llevaba consigo. Murió en la cámara de torturas.
El 27 de abril de 1944 los alemanes llevaron a cabo una de sus acciones más repugnantes, la ejecución en masa de los niños y los ancianos.
Los oficiales que se encargaron de esa Aktion fueron seleccionados con extremo celo.
El día señalado, un grupo de oficiales alemanes se presentó de improviso en el gueto. Acudieron enfundados en sus uniformes de gala —las cruces sobre el pecho, las esvásticas en las mangas, moteadas charreteras en los hombros y botones de oro ajustando sus guerreras. Cada oficial llevaba un revólver a la cintura, una metralleta cruzada sobre el pecho y un hacha en la mano derecha. Así irrumpieron los fascistas en el gueto y avanzaron por las estrechas callejuelas del «barrio judío». Los gritos y los llantos de sus víctimas no se hicieron esperar.
Es difícil describir con palabras lo que ocurrió durante aquellas horas terribles, durante aquellas horas de pesadilla. Niños de pocos meses de vida eran arrancados de los brazos de sus madres y arrojados a la parte trasera de un camión. Los adolescentes intentaban escapar a la carrera pero eran alcanzados por certeras balas. Los tiradores disparaban a las piernas porque tenían instrucciones de cargar con judíos vivos. Cuando las madres intentaban proteger a sus hijos, azuzaban a los perros contra ellas. Cuando ellas mismas pugnaban por subir a los camiones y acompañar a sus hijos eran apartadas a hachazos. La orden era clara: se trataba de cargar con la mayor cantidad posible de niños y llevarlos al Fuerte N.° 9.
Trescientos cincuenta niños y ancianos fueron sacados del gueto aquel día. Los llevaron a ejecutar.
Cuatro jóvenes más consiguieron escapar del gueto después de aquella horrible masacre. Shie Verzhgovski y Shmuel Razin fueron dos de ellos. Ambos habían perdido a sus padres, sus pequeñas hermanas y sus hermanos.
La divisa de los partisanos judíos era una: «¡La sangre se cobra con sangre!». Así, por ejemplo, de vengar la horrorosa ejecución de la familia Vilenchuk se ocupó Aron Vilenchuk, uno de los primeros jóvenes en escapar del gueto, de la misma manera que Isroel Milner vengó la muerte de la familia Ioffe con la que estaba emparentado. Asimismo el partisano y ex estudiante Girsh Smoliakov vengó las muertes de los Glezer y las otras doscientas familias llevadas a ejecutar al Fuerte N.° 9. El partisano Peysaj Stein también se cobró una despiadada venganza contra los alemanes.
El mismo día de la primavera de 1943 en que los alemanes condujeron a seiscientos veinte judíos al Fuerte N.° 9, pretendiendo que los llevaban a trabajar, y los ejecutaron, un destacamento partisano al mando de Yankel Birger hizo saltar por los aires un convoy ferroviario enemigo. La operación se saldó con la muerte de cientos de fascistas. Birger moriría más tarde mientras participaba en una acción de sabotaje, pero también él fue vengado. De ello se ocupó Eyra Pilovnik, una joven judía.
Los alemanes, tan «valientes» cuando se trataba de enfrentarse a las madres judías desarmadas, temían salir solos de noche. Sabían que los partisanos los acechaban sin tregua. Los hermanos Volbe, expertos tiradores ambos, solían apostarse en la carretera que une Vilnius y Grodno. Una noche una mano invisible hacía saltar un puente por los aires; la noche siguiente otra mano invisible prendía fuego a un almacén.
David Teper, Alter Faytelson, Leia Port, Shmuel Mortkovski y otros muchos jóvenes partisanos tenían lazos de parentesco con niños arrancados a sus madres y con ancianos indefensos del gueto. Y vengaban la sangre y las lágrimas derramadas por todos ellos. Boruj Lopianski, Shimen Bloj y Tzodikov mostraban una extraordinaria temeridad cuando emprendían acciones de sabotaje.
El destacamento partisano integrado por judíos llevaba el nombre de ¡Muerte a los ocupantes! y creció tanto en número de efectivos que acabó dividiéndose en tres.
Los judíos combatían hombro con hombro junto a sus camaradas lituanos y rusos. Hermanados en la lucha, formaban una sola familia que enfrentaba al enemigo y le presentaba una misma factura para cobrarse la venganza.
Y [98] A. I
OSADE