El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 66 de 103

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El libro negro

El asesinato del doctor Fidelev

Ya hace medio siglo desde que el joven médico B. N. Fidelev arribó al puerto de Feodosia, en la costa de Crimea. Cuando le correspondió elegir una especialidad de la medicina, Fidelev optó por la pediatría. Pero el destino se interpuso en su camino, cuando un vapor proveniente de Jaffa trajo la peste a Feodosia. El mal se agazapó en los más recónditos rincones del puerto y atacaba desde allí. Naturalmente, tal estado de cosas obligó a cerrar el puerto y a poner en cuarentena tanto a los enfermos como a todo aquel que hubiera estado en contacto con ellos. Para ello se aprovechó un área junto a la playa cuyo perímetro cerraba un alto muro de piedra. Allí, desde tiempos inmemoriales, se recluía a quienes llegaban a la ciudad enfermos de peste bubónica o cólera. El doctor Fidelev ingresó voluntariamente a aquella sórdida ciudadela, con sus barracas de piedra, su cementerio de lápidas cubiertas de pátina y su laboratorio, el viejo cuartel general desde el que tantos lucharon contra la horrible enfermedad… Tres meses permaneció el doctor Fidelev sometido al estricto encierro que impone el régimen de cuarentena. Vio morir a mucha gente. Pero muchos fueron también los que se salvaron gracias a los cuidados del talentoso y sacrificado galeno. El doctor Fidelev acabó especializándose en epidemiología y a él se debió que el centro de cuarentena de Feosodia acabara convirtiéndose en una de las mejores estaciones de seguimiento de epidemias en las cuencas del mar Negro y el mar Mediterráneo…

Profundamente convencido de las propiedades terapéuticas del aire marino y la luz solar en la costa de Crimea, Fidelev consiguió que se asignaran los fondos necesarios para la construcción de un moderno hospital a las afueras de la ciudad. Los amplios ventanales de sus amplias salas de ingreso se abrían directamente al mar. Parterres llenos de flores y preciosos estanques rodeaban el edificio principal. Con el paso de los años los pabellones se vieron rodeados de altas acacias pinos y cipreses…

El estallido de la guerra sorprendió al doctor Fidelev ocupando el puesto de Médico Jefe del Hospital metropolitano de Feodosia. Muy pronto las alas de ingreso del hospital se llenaron de pacientes heridos durante los bombardeos de las poblaciones cercanas. Muy pronto también Feodosia se vio ensordecida por las sirenas que anunciaban el vuelo de los bombarderos enemigos, el tableteo de las baterías antiaéreas y el estruendo de las explosiones.

Muchas fueron las voces que aconsejaron al doctor Fidelev evacuar la ciudad cuando las tropas alemanes se plantaron ante el Perekop.

«Jamás he sido desertor —respondía él—. Y abandonar a su suerte a cientos de enfermos es lo mismo que desertar por miedo al peligro».

Tres días después de la ocupación fascista de Feodosia los alemanes emitieron una orden llamando a todos los judíos a reunirse en la prisión de la ciudad, desde donde serían «enviados al norte». Los apartamentos que habitaban debían ser dejados en estado impecable y se permitía llevar consigo una muda de ropa limpia, una pieza de abrigo y alimentos para varios días.

El doctor Fidelev y su esposa acudieron a la prisión como otros tantos judíos. No obstante, cuando los alemanes hubieron estudiado la documentación del doctor le dijeron que estaba autorizado a volver tranquilamente a su casa.

Esa noche le hizo una visita en secreto el cerrajero Chizhikov, quien había trabajado junto a él en el área de cuarentena.

—Los alemanes quieren poner en marcha las cámaras de desinfección del centro de cuarentena, pero no consiguen hacerlo —le informó—. Los viejos planos han desaparecido y muchos de los equipos están fuera de servicio. Parece ser que alguien mencionó vuestro nombre. No obstante, le quiero avisar que no parece que se propongan utilizarlas para labores de desinfección. Alcancé a ver cómo hacían las primeras pruebas: introdujeron a Isaak Nudelman en una de las cámaras y poco después sacaron su cadáver y lo arrojaron al mar.

Efectivamente, los alemanes convocaron al doctor Fidelev y le ordenaron poner en marcha las cámaras de desinfección.

—Queremos desinfectar a tus paisanos antes de que emprendan el viaje —le explicaron.

—No lo haré —respondió secamente el médico.

Entonces los alemanes lo arrestaron junto a su esposa. Cuando los conducían a través de la calle principal de la ciudad, un soldado rumano le arrancó el gorro de piel con que le cubría la cabeza. El viento de otoño revolvió la espesa cabellera blanca del anciano. Todos los que se cruzaban con ellos —y no había un solo vecino de Feodosia que no conociera al doctor Fidelev— se descubrían las cabezas, pues sabían adonde conducían a aquellos dos ancianos. Ambos pasaron junto al centro ambulatorio que llevaba el nombre de Fidelev, junto a la osta médica de la fábrica de tabaco puesta en marcha por él, junto a numerosas guarderías de las que era el máximo responsable.

El matrimonio Fidelev no fue conducido a la cárcel; los encerraron en el sótano de la policlínica. Probablemente los alemanes sometieron al anciano a los más crueles tormentos, pero Fidelev se mantuvo en sus trece y se negó a ayudarlos a poner en marcha el viejo Centro de cuarentena. Unos días más tarde los alemanes ataron al matrimonio con un trozo de cable de teléfono y los arrojaron a una fosa abierta en el patio de la policlínica, la misma a la que se solía bombear el agua que anegaba de tanto en tanto los sótanos del edificio. La bomba que sacaba el agua de los sótanos tardaba unas ocho horas en llenar la zanja hasta cubrir a un hombre. La mujer encargada de la limpieza del hospital, quien vivía en el patio anejo a la policlínica, pudo ver a través de una grieta en la empalizada cómo los alemanes arrojaban a la fosa a los ancianos atados y escuchó el largo y penoso trabajo del motor eléctrico que bombeó agua durante toda la noche hasta cubrirlos.

El doctor Fidelev acabó ahogado en el barro líquido que llenó la fosa. Había dedicado toda su vida a enfrentar los peores flagelos de la humanidad, las enfermedades, y no vaciló cuando le tocó encontrarse cara a cara con una nueva infección que no era la peste bubónica ni las enfermedades pulmonares, sino «la peste

parda».[49]

Los alemanes que ocuparon Crimea fueron aplastados por el Ejército Rojo y arrojados al mar. Ahora vuelve a estar abierto en la ciudad el hospital que lleva el nombre del doctor Fidelev.

EDITOR: A. DERMAN