El libro negro
El doctor Kremenchuzhski
El doctor Ilyá Kremenchuzhski vivía en la ciudad de Morozovsk junto a su esposa y sus dos hijas. El marido de una de sus hijas había marchado a luchar en el frente. La mujer de Kremenchuzhski era rusa [y sobrevivió por puro milagro]. Este es su relato.
«Los alemanes asesinaron a doscientos cuarenta judíos. Pero aquella noche las víctimas fueron setenta y tres. Llegaron a nuestra casa en medio de la noche. "¿Está aquí el doctor Kremenchuzhski?, preguntaron a voces. “Que salga con toda su familia”, ordenaron. Mi marido comprendió enseguida lo que nos esperaba. Por eso cuando subimos al camión nos dio a las tres unos polvos que contenían veneno. Nos dijo: “Cuando os haga una señal, tragáoslo todo”. Él se quedó una porción.
»Nos encerraron en una celda. Éramos tantos en ella que teníamos que permanecer de pie. Los hombres de las SS se paseaban bajo las ventanas y gritaban: “¡Ahora os vamos a matar a todos! Esperad un poco…”. Los niños lloraban. Algunas mujeres sufrían ataques de histeria. Mi hija más joven quiso tragarse el veneno, pero mi marido se lo impidió: “No podemos hacerles eso. ¿Os imagináis qué sería de ellos si nos envenenamos aquí? Tenemos que apoyarlos y compartir con ellos un mismo destino”. Mi marido no hablaba en lengua hebrea, pues había pasado toda su vida en las tierras del Don, pero en aquel momento recordó dos palabras en yiddish: “Brider, Yidn” —Hermanos judíos— y las pronunció en voz alta atrayendo la inmediata atención de todos los condenados. “Muramos con dignidad: sin lágrimas, sin gritos. No podemos darles ese gusto a nuestros verdugos. Hermanos, hermanas: os ruego que guardéis silencio”. Se hizo un silencio terrible. Hasta los niños callaron súbitamente.
»[Había entre nosotros un ingeniero, viejo conocido de la familia. De repente comenzó a aporrear la puerta y a gritar: “¡Se ha producido un error! Aquí hay mujeres rusas”. Un alemán le preguntó: “¿Quiénes son las rusas?”. Todos nos señalaron a mí y a mis hijas. El alemán nos sacó de la celda. “Mañana veremos qué hacer con vosotras”, nos dijo. Inmediatamente después dio comienzo la masacre.] Los alemanes mataron a sus víctimas en el patio de la prisión. Nadie dejó escapar un solo grito. “¿Qué sentido tiene ahora mi vida?”, me pregunté. Y pensé en mi nieto, en mi deseo de salvarlo de todo aquello. Nos marchamos de allí a toda prisa. Un maestro nos brindó cobijo en su casa…»
EDITOR: ILYÁ EHRENBURG