El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 86 de 103

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El libro negro

El sacerdote Glágolev (Comunicación de I. Mínkina-Yegorícheva)

El sacerdote Glágolev (Comunicación de I. Mínkina-

Yegorícheva)

Las tropas alemanas entraron en Kíev el 19 de septiembre de 1941. [¡Fue una jornada terrible! Al día siguiente tuve que atravesar la calle Kreschatik que tan bien conozco desde mi infancia. Ahora tenía un aspecto monstruoso y me resultaba ajena. Había guardias alemanes apostados en torno a algunos edificios importantes —la central de correos y otros. Fui testigo de cómo un alemán pegaba con su fusta a un hombre que intentaba acercarse a uno de los edificios rodeados.]

El 28 de septiembre, nueve días después de que Kíev cayera en manos de las hordas fascistas, en muros, tapias y esquinas de toda la ciudad aparecieron carteles avisando de la convocatoria a todos los judíos de Kíev a presentarse el 29 de septiembre en la calle Dégtiarevskaya, junto al cementerio judío.

Se les indicaba llevar consigo ropa de abrigo, dinero y los objetos de valor que poseyeran. La orden amenazaba con el fusilamiento a todos los judíos que no acudieran a la convocatoria, así como a todos los no judíos que osaran dar refugio en sus casas a judíos en fuga.

Una terrible ansiedad se abatió sobre todos los judíos, como también sobre todas las personas que aún conservaran sentimientos de humanidad. Todos querían adivinar qué podía esconderse tras convocatoria tan desusada. Trabé conversación con dos oficiales alemanes que avanzaban por la calle Shevchenko alejándose de la estación de ferrocarriles. Me dijeron cortésmente que acababan de llegar a la ciudad y nada sabían de la orden concerniente a los judíos. Suponían que se trataba de algún censo de población relacionado con la obligatoriedad de llevar distintivos. Cuando les dije que estaba preocupada porque yo era judía, se despidieron con un brusco «Aufwiedersehen» y adoptaron un aire ofendido. Aun cuando nadie sabía a ciencia cierta qué esperaba a los judíos, no era difícil imaginar que sería algo horrible. Atormentados por horribles presentimientos, algunos se entregaban a la desesperación, mientras otros se agarraban a la última brizna de hierba, como quien se ahoga en un río sin remedio. Esa última esperanza consistía en la remota posibilidad de que los judíos fueran llevados a trabajar a alguna ciudad distante, una vaga idea reforzada por el hecho de que el punto de convocatoria estuviera situado muy cerca de un nudo ferroviario y una estación de trenes importantes. [La idea de una muerte violenta e inminente infligida a sus seres queridos y, especialmente, a niños pequeños les parecía algo tan horrible que todos intentaban apartar esas ideas.] Los lamentos de quienes se sabían condenados llenaban la noche de un pesado rumor. A aquella noche horrible la siguió un amanecer aún más horrible. Decenas de miles de judíos avanzaban en interminable procesión hacia el lugar establecido. Todas las edades estaban representadas en aquella marea humana: jóvenes de ambos sexos en la flor de su edad, hombres en la plenitud de sus fuerzas, ancianos con las espaldas dobladas por los años, madres acompañadas de su prole, algunas llevando a sus pequeños retoños en brazos…

Había profesores y médicos, abogados y funcionarios, artesanos y obreros. Y todos acudían desde distintos puntos de la ciudad, como arroyos que iban a desembocar en un solo río interminable. Un mar de cabezas, decenas de miles de hatillos y maletas. La calle bullía como nunca, mientras el gélido horror de la muerte lo envolvía todo…

En la mañana del día 29 vi a mis seres queridos emprender el camino hacia la muerte. Los acompañé a lo largo de unas cuantas manzanas hasta que, ante su insistencia, acudí a preguntar si también mi hija y yo debíamos acudir a la convocatoria. Mi marido es ruso. Acordé con mis familiares que me esperarían en uno de los recodos de la calle Dorogomílovskaya.

Acudí a varias oficinas con el propósito de proveerme, en tanto casada con un ruso, de la autorización para residir en Minsk. También pregunté qué sería de los judíos convocados aquella mañana. Naturalmente, no obtuve «autorización» alguna ni tampoco averigüé nada. Todos los alemanes me gritaban en tono amenazante: «¡Váyase al cementerio!».

Llevé a mi hija Ira, de diez años, a la casa de su abuela paterna. Allí dejé también algunas de mis pertenencias.

No fue hasta las cinco de la tarde que me dirigí al cementerio judío. Nadie me esperaba donde habíamos acordado. [Ya se habían marchado para siempre y no era conveniente que yo regresara a mi casa.]

Me fui a la casa de unos parientes de mi marido y permanecí escondida durante una semana en un pequeño cobertizo donde guardaban la leña.

Muy pronto se supo que más de setenta mil judíos habían sido salvajemente asesinados en Babii Yar.

Los parientes de mi marido acudieron a la familia del padre Alexei Alexándrovich Glágolev en busca de consejo.

Glágolev es hijo de Aleksandr Aleksándrovich Glágolev, el célebre hebraísta de la Academia Espiritual de Kíev y antiguo padre superior de la Iglesia de Nikola Dobri, en Podól. En el pasado, el profesor Glágolev había intervenido en favor de Beylis en el proceso seguido contra éste. [Glágolev había demostrado que los crímenes rituales eran una mera invención antisemita.

El padre Alexei acudió a interceder en mi nombre ante el profesor Ogloblin, a la sazón máxima autoridad en la ciudad.

Ogloblin conocía bien a mi familia, de manera que acudió a su vez ante el comandante alemán. Minutos más tarde abandonó el despacho notablemente confuso y muy pálido. El comandante le había dicho que los asuntos concernientes a los judíos eran competencia exclusiva de los alemanes y éstos los resolvían según estimaban conveniente.]

Mi situación era desesperada. Permanecer escondida en la casa de los parientes de mi marido implicaba ponerlos a ellos también en peligro.

[Tatiana Pávlovna Glágoleva, la esposa del padre Alexei, tuvo una idea desesperada: entregarme a mí, Izabella Naúmovna Yegóricheva-Mínkina, su pasaporte y su certificado de nacimiento. Provista de esos documentos] me recomendaron acudir a unos campesinos que ellos conocían en una aldea vecina.

[Tatiana Glágoleva se exponía a un grave peligro al quedar indocumentada en tiempos tan desapacibles.

Encima, se requería sustituir su fotografía por la mía en el pasaporte. Por suerte esa operación quedaba facilitada por un hecho fortuito: un incendio había hecho arder las esquinas del documento y el agua utilizada para apagar el fuego lo había dejado en un estado muy lamentable. Así, el sello estampado sobre la fotografía se había desdibujado. Todo ello nos ayudó a sustituir las fotografías con éxito. Esa misma noche, y ya provista del pasaporte y el certificado de nacimiento de T. P. Glágoleva, me encaminé hacia la población de Stalinka (Deméyevka), a las afueras de la ciudad y desde allí seguí camino hasta Zlodíyevka (ahora, Ukráinka). En esa última población viví durante ocho meses en la casa de unos campesinos bajo la identidad de T. P. Glágoleva.

En una ocasión los hombres de la Gestapo que iban de casa en casa en busca de presas estuvieron a punto de cargar con la verdadera T. P. Glágoleva, cuya carencia de documentos la convirtieron en sospechosa. Consiguió escapar de ellos a duras penas, gracias a los numerosos testimonios de los vecinos.

Como ya he dicho,] mi permanencia en Zlodíyevka no fue larga. Las autoridades del Consejo rural comenzaron a mirarme con cierta sospecha. Habían aparecido partisanos en la zona y toda la gente «de fuera» era sospechosa de ayudarlos. Finalmente, fui convocada a la sede del Consejo rural para responder algunas preguntas sobre mi identidad. Tras conseguir zafarme de ellos a duras penas, regresé a Kíev a toda prisa. Llegué a casa de los Glágolev a última hora de la noche del 29 de noviembre. Poco después se me reunió allí mi hija Ira, de diez años. Ambas nos instalamos en la casa del padre Glágolev simulando ser parientes suyas y durante los siguientes dos años jamás salimos solas de casa ni nos apartamos de ellos ni un instante.

[El apartamento de los Glágolev y el campanario de la iglesia se convirtieron en nuestros escondites. Era una tarea muy difícil, toda vez que yo era judía y, al mismo tiempo, por mi edad estaba sujeta a la movilización para el trabajo e incluso para ser enviada a Alemania. Por otra parte, mucha gente me conocía y podía revelar mi verdadera identidad, aun sin quererlo.] Los Glágolev salvaron a otros judíos, además de a mí y a mi hija. Polina Davídovna Sheveliova y su madre Yevguenia Akímovna Sheveliova fueron otras dos de sus protegidas. P. D. Sheveliova, de veintiocho años, era la esposa del ucraniano D. L. Pasíchny. Vivían en el número 63 de la calle Saksaganski.

Cuando apareció la fatal orden del 28 de septiembre de 1941, D. L. Pasíchny encerró a su mujer y su suegra y se fue a la calle a «investigar».

Con ese propósito acudió al punto de concentración a la hora en que debían reunirse allí los judíos y estuvo a punto de compartir la suerte deparada a los judíos. Escapó por los pelos, pero se convenció de que mandar a su mujer y a su suegra al cementerio equivalía a condenarlas a una muerte segura. Tampoco permanecer en el apartamento donde vivían era garantía de salvación, ni mucho menos. ¿Qué hacer, pues? Mientras vagaba por la ciudad en busca de una salida, Pasíchny se encontró con la cantante Yegóricheva con la que había trabajado en el pasado. Fue ella quien le recomendó pedir ayuda al sacerdote Glágolev. Rebuscando entre los papeles de su padre, el padre Alexei encontró varios impresos de un procedimiento civil que había perdido toda relevancia desde hacía muchos años: certificados de bautismo. Uno de esos impresos en blanco fue utilizado para registrar el bautizo de «Polina Davílovna Sheveliova, nacida en 1913 en el seno de una familia que profesaba la fe ortodoxa rusa». El propio Pasíchny se ocupó de procurarse un sello, que arrancó de un viejo legajo, y rubricó el falso certificado. Provistas de ese documento, Polina Davídovna y su madre se trasladaron en secreto a una pequeña propiedad que conservaba la iglesia en el número 6 de la calle Pokróvskaya. La casa se hallaba bajo la jurisdicción de la comunidad religiosa. Aleksandr Grigórievich Gorbovski, investigador de la Academia de Ciencias, prestó una activa colaboración al padre Glágolev en todas esas operaciones. Renuente a trabajar para los alemanes, Gorbovski se convirtió en administrador de los edificios en propiedad de la Iglesia de la Intercesión de Kíev-Podól. En «sus dominios» Gorbovski dio cobijo a muchos judíos y también a adolescentes rusos a quienes amenazaban los trabajos forzados en Alemania. Su astucia fue tal que consiguió cartillas de racionamiento para sus «internos».

Muchas de las personas refugiadas en las dependencias eclesiásticas recibieron documentos que las acreditaban como cantantes del coro, monaguillos, guardianes, etc. Si los alemanes hubieran reparado en el enorme número de personas que trabajaban para iglesia tan pequeña y humilde y hubieran llevado a cabo una investigación sobre ello, los firmantes de tantos certificados habrían sido fusilados sin contemplaciones.

La familia Pasíchny, a quienes he mencionado antes, permanecieron ocultos durante diez meses en una casita que pertenecía a la iglesia.

Los Glágolev se dejaron la piel para conseguir salvar a la familia de Nikolai Gueórguievich Germaize.

Los Germaize, de origen judío, habían sido bautizados aun antes de la revolución [y, según sus pasaportes, eran ucranianos]. El cabeza de familia, N. G. Germaize, era profesor de matemáticas, mientras Liudmila Borísovna, su mujer, era ama de casa. Tenían un hijo adoptado, Yura, un chico superdotado de diecisiete años, lleno de vida y estudiante del Instituto pedagógico. [Si bien Yura daba la impresión de ser un chico ucraniano como cualquier otro, sus padres tenían rasgos que los adscribían claramente a los semitas. Y ésa fue su desgracia.]

Unos días después de los sucesos de Babii Yar se convocó a un nuevo y exhaustivo censo de la población masculina. Yura acudió a la convocatoria y allí repararon en el apellido que llevaba. Le preguntaron por su origen y la respuesta que dio no satisfizo a los interrogadores. Le pidieron que volviera acompañado de su padre y la apariencia de éste les resultó sospechosa. Ambos fueron golpeados salvajemente y conducidos al cementerio. Un amigo de Yura que conocía a los Glágolev les avisó de lo sucedido tan pronto como al joven le requirieron la presencia de su padre. Los Glágolev corrieron a la escuela donde enseñaba Germaize [en busca de testigos que testimoniaran que el maestro de matemáticas no era judío]. Pero mientras reunían la documentación necesaria, se consumó la tragedia.

Ahora quedaba salvar a Liudmila Borísovna. Destrozada por el dolor de esposa y de madre, la pobre mujer atravesaba días terribles. Los Glágolev la visitaban con frecuencia, aunque no habían tenido trato alguno antes con la familia Germaize. Un día los vecinos de Liudmila Borísovna llegaron corriendo a casa de los Glágolev para avisar de su detención por la Gestapo [por ser judía]. T. P. Glágoleva corrió a la Gestapo con una carta del padre Alexei [en la que éste manifestaba que la detenida L. B. Germaize no era judía], pero fue recibida con hostilidad y sus argumentos no fueron tomados en cuenta. Más tarde se supo que Liudmila Borísovna fue privada de alimentos durante cinco días seguidos y que, al sexto día, se disponían a conducirla a Babii Yar junto a otros judíos. Entre los arrestados se encontraban varios niños cuyos familiares y vecinos rusos habían intentado salvar de la muerte.

No obstante, L. B. Germaize no fue sacada de las dependencias de la Gestapo y unos días más tarde un instructor acudió a T. P. Glágoleva para establecer si Germaize era de veras ucraniana. Glágoleva firmó una declaración dando fe de la veracidad de sus manifestaciones y fue advertida de que si se establecía en el futuro que Germaize era judía, ambas serían fusiladas. [Glágoleva declaró que conocía a la familia Germaize como asiduos fieles de la iglesia en la que oficiaba su suegro y que no concebía la menor duda sobre la nacionalidad de la mujer.] Ello permitió que Germaize fuera puesta en libertad.

Al llegar a casa, Liudmila Borísovna recibió un nuevo golpe. Supo que su septuagenaria madre había caído en manos alemanas y acabado sus días en Babii Yar. Tres meses más tarde Liudmila Borísovna fue a parar nuevamente a la sede de la Gestapo y allí fue asesinada.

El otoño de 1942 y el invierno de los años 1942-1943 los pasé junto a los Glágolev en dos poblaciones situadas al otro lado del río Dniépr-Tarasóvichi, primero, y Nízhniaia Dubéchnia, después. Por aquel entonces —es decir, hacia el otoño de 1942— los partisanos se mostraban particularmente activos en esa zona, especialmente en los bosques situados a ese lado del río. Los partisanos solían operar de noche, pero a veces aparecían a pleno sol. Daban cuenta de nuestros opresores y los policías que les servían de lacayos.

Al percatarse de la imposibilidad de golpear directamente a los partisanos, los alemanes ensayaban otras represalias. Así, por ejemplo, enviaban escuadrones punitivos a las aldeas «colaboradoras» y quemaban las casas, fusilaban o colgaban a sus habitantes, los empujaban hacia las llamas para quemarlos vivos. Muchas florecientes poblaciones fueron reducidas a cenizas. Así, en los alrededores de Kíev, ardieron Piski, Nóvaya Basan, Novosiélitsa y, más adelante, Oshitki, Dniéprovskie Novosielki, Zhúkin, Chérnin y otras.

Un día los Glágolev fueron convocados a la sede del Consejo rural para verificar su documentación. Allí les manifestaron en tono grosero que el sacerdote, su mujer, la hija de ambos y un diácono que los acompañaba podían permanecer residiendo en la aldea, pero que —y esto último lo dijeron en lengua ucraniana— «vuestra pariente y su hija (es decir, yo y mi hija Irochka) no tienen nada que hacer aquí, así que lo mejor que hacen es marcharse a Kíev a buscar un empleo».

Salvando numerosos obstáculos, regresé a Kíev con mi hija. Nuevamente nos escondimos en el campanario de la Iglesia de la Intercesión. Eso sucedió el 10 de enero y a finales de ese mes los Glágolev regresaron también a Kíev con la excepción del padre Alexei, quien permaneció en Nízhniaia Dubéchnia. El 31 de enero la aldea recibió la visita de un destacamento punitivo alemán. Se había conocido que los partisanos habían atravesado la aldea unos días antes y los fascistas venían a castigar a quienes hubieran colaborado con ellos. Esa noche fascistas y policías montaron una juerga y al amanecer del día siguiente, borrachos como cubas, encerraron en una cabaña a tres hombres, una mujer y un niño de cinco años, la rociaron de gasolina y los quemaron vivos a los cinco.

Al conocer lo sucedido, el sacerdote Glágolev corrió hacia el lugar del crimen, pero no alcanzó a encontrar más que un montón de cenizas humeantes. Al día siguiente, un domingo, Glágolev avisó a los fieles que celebraría un funeral por los mártires de la víspera.

En efecto, los cuerpos carbonizados recibieron sepultura en el cementerio local. A partir de entonces su permanencia en la aldea entrañaba graves riesgos, de manera que decidió regresar a Kíev.

Mientras se prolongó esa situación la iglesia me proporcionó certificados que me servían para acreditar que trabajaba allí como mujer de la limpieza y tenía una hija pequeña a mi cargo. También recibía cartillas de racionamiento. Por entonces había un elevado número de inspectores entregados a la caza de personas susceptibles de ser enviadas a realizar trabajos forzados en Alemania. Afortunadamente nunca penetraban al interior de nuestra «quieta morada». Los certificados y las hábiles maniobras de A. G. Gorbovski nos servían de tabla de salvación.

En otoño de 1943 el Ejército Rojo se situó a las puertas de Kíev y los alemanes ordenaron la evacuación de Podól (uno de los distritos de Kíev). Decidimos desoír la orden y encerrarnos en el apartamento de los Glágolev.

Diez días después de que Podól fuera declarado «zona de exclusión» los gendarmes alemanes irrumpieron en el apartamento y nos sacaron a todos a la calle a medio vestir. Primero, nos retuvieron un rato a la intemperie y después nos enviaron a Lukiánovka. En los días siguientes aun estuvimos en otros tres lugares de Kíev [pues nos resistíamos a abandonar la ciudad. El último de nuestros escondites fue el sótano del monasterio anejo a la Iglesia de la Intercesión, sito en la calle Artiom. Desde allí los alemanes acabaron trasladándonos al campo de concentración de la calle Lvóvskaya, en la antigua sede de la comandancia militar. Allí nos tuvieron limpiando letrinas y sin darnos nada de comer]. Más adelante, los alemanes separaron a los hombres de las mujeres y condujeron a los prisioneros a la estación de ferrocarriles. Fue entonces que perdimos contacto con la familia del padre Alexei.

Un grupo al que fuimos adscritas mi hija y yo, A. G. Gorbovski y su madre y otras muchas personas fue conducido a Kazatin, donde nos pusieron en libertad por pura casualidad. Allá permanecimos hasta la llegada del Ejército Rojo. Al regresar a Kíev supimos que Glágolev estaba gravemente enfermo. Los alemanes lo habían golpeado salvajemente ante su negativa a abandonar Kíev. Los golpes le produjeron un derrame cerebral que lo mantuvo largo tiempo en el hospital.

Su estado actual requiere reposo, pero las incorrectas operaciones de readecuación de los espacios en el apartamento que ocupa han creado condiciones que en nada favorecen a la familia Glágolev. Son cinco personas compartiendo una habitación de veinte metros cuadrados que, encima, constituye una zona de paso. Entre esas cinco personas se encuentran el padre Alexei, convaleciente, y una criatura de apenas dos años y medio. Incluso si se aplicaran las más estrictas restricciones, a una familia con esa composición le correspondería un área mayor. Por mi parte, considero que el padre Alexei y su familia se han ganado sobradamente el derecho a vivir en unas condiciones más soportables.

Esa familia padece también severas carencias de orden material, pero las condiciones en que viven requieren una mejora inmediata.

¡Todos aquellos que fuimos salvados por Glágolev le estaremos eternamente agradecidos por ello!

EDITOR: R. KOVNATOR