El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 45 de 103

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El libro negro

En el hueco

La pequeña Jinka Vrublevich contó su breve y no por ello menos horrible historia a su salvador, el capitán del Ejército Rojo V. Krapivin. Cuando aquella extraña criatura sucia, andrajosa, desgreñada y descalza a la que le sangraban las manos despellejadas fue conducida ante el capitán, a éste le costó convencerse de que se trataba de una niña.

Pero aquel ser asilvestrado hasta el punto de perder toda apariencia humana comenzó a hablar de repente. Y su relato iba siguiendo uno a uno los jalones del sufrimiento y la soledad que padeció. Jinka Vrublevich nació en Vysoki Mazoviétsk, una pequeña aldea judía. Su padre, de profesión zapatero, vivió allí hasta 1941, cuando llegaron los alemanes y las vidas de todos los vecinos de la aldea se vio sacudida por el horror. [Las desgracias que se abatieron sobre la familia Vrublevich tenían una sola motivación: su condición de judíos.] La primera iniciativa de los alemanes fue la habilitación de un gueto en el que encerrar a todos los judíos de la aldea. A él fueron a parar el padre de Jinka, de treinta y siete años, su madre, de cuarenta, sus tres hermanos de diecisiete, diez y siete años, y ella misma. Durante casi un año vivieron en el gueto, si es que se le puede llamar vida a aquella existencia marcada por el hambre y el permanente miedo a la muerte. Pero aquellos meses llegaron a su fin cuando los alemanes comenzaron a trasladar a todos los judíos de los alrededores a las Barracas rojas de Zámbrov, que tan triste celebridad ganaron durante los años de ocupación. Miles y miles de personas fueron conducidas a esas barracas. Nadie volvía a saber de ellos. El horror que les producía Zámbrov era tan grande que la familia se escabulló durante la marcha y huyó al bosque. Tras dos semanas deambulando entre la arboleda fueron descubiertos por dos polacos de Vysoki Mazoviétsk que colaboraban con los alemanes: Vysotski y Leonard Shikorski. Estos se llevaron de vuelta a la aldea a sus dos hermanos pequeños. La niña desconoce la suerte que corrieron más allá de que los enviaron a Zámbrov. No obstante, está convencida de que fueron asesinados por los alemanes.

Jinka, su padre y el hermano sobreviviente se internaron en lo más profundo del bosque y cavaron un hueco en el que se escondieron durante un año. Se alimentaban de bayas y limosnas que les daban en las aldeas a las que acudían algunas noches. Un día los alemanes consiguieron dar con el rastro de su padre y lo asesinaron ante los ojos de Jinka y su hermano. Ahora los niños se habían quedado solos en el hueco. Los rodeaba el bosque, los pantanos y la vida salvaje… Pero muy pronto se les unió otro judío que también se ocultaba de los alemanes como ellos. Y trajo consigo la desgracia pues por lo visto lo seguían, de manera que muy pronto aparecieron dos desconocidos a despojar al recién llegado de todas sus últimas pertenencias. Los mismos responsables del despojo dieron noticia a los alemanes de la ubicación del escondite. El momento más terrible de la vida de Jinka estaba a punto de producirse. En cuanto escucharon los pasos de los alemanes, los tres fugitivos salieron del hueco y echaron a correr. Las ráfagas de una docena de fusiles automáticos resonaron con fuerza a sus espaldas. Las balas alcanzaron al hermano de Jinka matándolo en el acto. La niña lo sintió caer a su lado. Tampoco vio más al tercer ocupante del hueco. Cuando acabó todo, Jinka se arrastró de vuelta al escondite. Ahora se había quedado sola en medio del bosque. Ahora no tenía padre ni madre, hermanos ni parientes… Estaba sola en el mundo. Y si ya era duro estar metida en un hueco en medio de un bosque, más lo era saber que estaba rodeada de verdugos y asesinos [alemanes]. Y sin embargo había algo que le insuflaba esperanzas: sabía que los alemanes serían derrotados. Esa certeza la ayudaba a resistir y cada noche, como antes, se acercaba a las aldeas a recibir algún trozo de pan que las generosas campesinas le daban a hurtadillas.

¡Imaginaos por un instante la escena! Una noche de invierno, sopla con fuerza la ventisca, centenarios abedules se doblan ante el diabólico empuje del viento. Y de pronto aparece la magra figura de una niña avanzando a duras penas sobre la nieve. Con una corteza de pan apretada con fuerza en su minúsculo puño, la niña intenta llegar a toda prisa al oscuro hueco donde pasará todo el día, temblando de frío, hasta que la oscuridad de la noche le permita volver a asomarse a la superficie.

Una avanzadilla de nuestros hombres la encontró en medio del bosque cerca de la aldea de Golashi, unos diez kilómetros al este de Zámbrov. Estaba escondida en el hueco.

«No sé si he conseguido trasladar todo el horror de aquella tragedia tal como entonces la percibí. Cuando la niña concluyó su relato, quienes la escuchamos, hombres que habíamos luchado en la primera línea de combate y habíamos sido testigos de todos los horrores, no éramos capaces de mirarnos a los ojos. Nos avergonzábamos ante aquella criatura porque todavía hollaran nuestra tierra bípedos vestidos con el uniforme de la esvástica, porque no colgara de una farola el autor de Mi lucha, porque todavía estuviera con vida Alfred Rosenberg, propagandista del odio racial».

Con esas palabras concluye el relato que escuchó de labios de Jinka Vrublevich el comandante del Ejército Rojo V. Krapivin, quien la salvó de la muerte.

Es menester añadir que la pequeña Jinka, a quien la guerra había dejado huérfana, fue adoptada por la familia del Teniente del Ejército Rojo R. Schulman, donde encontró el cariño que tanto necesitaba.

EDITOR: VALERIA GUERASIMOVA