El libro negro
Testimonio de la familia Shpunguin (Dvinsk)
Ahora tengo dieciséis años, pero tenía doce y cursaba quinto cuando llegaron los alemanes. En Dvinsk, en la calle Raynis, 83-85, vivíamos mi padre, Ilyá Shpunguin, mi madre y Roza, mi hermana de seis años. Mi padre era fotógrafo.
Cuando supimos de la llegada de los alemanes abandonamos Dvinsk. Nos fuimos a pie, bajo las bombas, con muchos otros amigos. Llegamos hasta Bielorrusia pero allí los alemanes nos dieron alcance y nos cortaron el camino. No teníamos escapatoria así que decidimos regresar a casa.
Los judíos de Dvinsk eran apresados en las calles y llevados a la prisión, donde los sometían a tormentos. Los obligaban a tumbarse en el suelo y levantarse de un salto. Los que no podían hacerlo con destreza eran asesinados a tiros. No llegamos hasta nuestra casa, pues nos dijeron que había ardido, así que nos instalamos con mi abuela hasta que nos trasladaron al gueto. [El traslado significó una «alegría» para nosotros, porque en la prisión la gente moría como moscas. Las ejecuciones tenían lugar en el patio de la prisión o en el jardín de la estación ferroviaria.]
El 20 de julio concluyó el traslado al gueto. A partir de ese día todos los judíos de Dvinsk que habían sobrevivido a las matanzas quedaron encerrados entre sus muros. El gueto fue instalado en un viejo edificio situado frente a la fortaleza de la ciudad, en la orilla opuesta del río Dviná. Los propios alemanes decían que aquella construcción no servía ni para caballeriza. El doctor Gurévich, que era uno de nosotros, aseguró que los niños no soportarían más de dos meses allí. Y sin embargo, muchos sobrevivieron más tiempo.
El espacio era escaso y todo estaba muy sucio. También hacía mucho frío, porque no había ventanas y los muros eran de piedra. Una semana después de tenernos allí los alemanes reunieron a todos los ancianos para llevarlos a «un segundo campo de concentración». Pero lo que hicieron fue asesinarlos. También fusilaban a todos los que llegaban a Dvinsk desde otras ciudades. Los verdugos se quedaban con todas las posesiones de sus víctimas.
Después comenzaron las «selecciones». Había una casi cada día. Consistían en reunir a la gente y dividirlas en dos grupos. Lo peor era que nadie sabía qué destino esperaba al grupo que le habían asignado: si lo conducirían a trabajar o al paredón.
Los verdugos solían estar borrachos.
Hacía mucho frío. Un día los alemanes anunciaron de repente una «cuarentena». Ello implicaba que no se podía bajar a la ciudad ni siquiera a trabajar. Entretanto, nuestra ración diaria constaba de apenas ciento veinticinco gramos de un pan horrible y un bodrio hecho a base de coles podridas. El hambre hizo que mucha gente se hinchara. Una mujer apellidada Meyerovich y madre de siete hijos acudió en secreto a los obreros que trabajaban cerca del gueto para mendigar algo de comer. Fue descubierta por los guardias y fusilada a la vista de todos. Sus hijos murieron ejecutados el 1 de mayo de 1942.
Contraje tifus y me escondieron en lo más profundo del gueto para evitar que los alemanes me encontraran y asesinaran. Por suerte me recuperé de la enfermedad.
El 6 de noviembre todavía estábamos vivos los cuatro. La verdad es que estábamos muy sorprendidos de haberlo conseguido. Papá trabajaba en la ciudad y cada día nos traía algo de comer. Se guardaba parte de la ración que recibía y la entraba al gueto en secreto.
Ese 6 de noviembre tuvo lugar una selección de grandes proporciones. Una mujer situada no muy lejos de nosotros echó a correr de repente y consiguió escapar. A modo de escarmiento, los alemanes anunciaron que fusilarían a diez personas. Mi madre y mi hermana fueron seleccionadas de improviso y forzadas a abandonar el apretado grupo. Yo fui seleccionado también, pero tiré con fuerza de la mano de mamá, y ella de la de mi hermana, y conseguí devolverlas a la multitud. Ésta era tan numerosa y eran tan prietas sus filas que los alemanes no se percataron de nada.
El 9 de noviembre, después de que los hombres que trabajaban para los alemanes —entre ellos mi padre—, hubieron abandonado el gueto, los alemanes nos sacaron a todos al patio. Cuando estuvimos todos reunidos, hicieron salir del grupo a los miembros del llamado «Comité»; después mandaron a formar aparte al personal médico y sus familias. No sé cómo fue que comprendí enseguida que a todos los demás nos esperaba la muerte. Entonces corrí hacia los médicos que se iban apartando y les rogué que declararan que éramos su familia. La dentista Magid, acompañada sólo de su hija pequeña, se mostró de acuerdo. Volví a toda prisa en busca de mi madre y mi hermana, pero ya no las encontré. Corrí como un loco. «¡Mamá! ¡Roza!», las llamaba. Nadie respondió a mi llamada. Entonces supe que los alemanes ya se habían llevado a un primer grupo. Por lo visto, mamá y Roza estaban en él. Recordé cómo Roza y yo preguntábamos a mamá cuando nos sacaron al patio: «¿A qué lado vamos, mamá?». Todos éramos conscientes, Roza también, de que en uno de los grupos estaban los condenados a muerte y en el otro los que se salvarían. Mamá respondía una y otra vez: «No lo sé. No lo sé». [Quería llevar a Roza y a mamá hacia el grupo de los médicos y pedirles que dijeran que eran familiares suyos.] Llegué tarde.
Papá regresó esa noche junto a los otros trabajadores. Ya le habían llegado algunas noticias sobre lo sucedido. Me preguntó enseguida: «¿Vive tu madre? ¿Vive Roza?». El gueto se sumió en llanto. Fueron muchos los hombres que no encontraron a su familia al volver del trabajo. Papá lloraba desconsolado. Los alemanes amenazaron con matarnos a todos si no cesaban los llantos.
Las ejecuciones se prolongaron durante todo el invierno. Ahora papá y yo nos habíamos quedado solos. Temerosos de una próxima «selección», acordamos escondernos en un lugar secreto. [Un día la urgencia de la «selección» fue tal que no conseguí llegar hasta el lugar acordado y me vi obligado a pasar todo el día oculto bajo las letrinas. Los excrementos me llegaban hasta la garganta. La gente hacía uso de la letrina normalmente, pero nadie se percató de mi presencia allí.]
Una mujer de apellido Gitelson fue colgada aquel invierno en medio del patio. La habían encontrado en la ciudad. En realidad, tenía derecho a estar allá, pero cometió dos faltas: no llevaba el distintivo obligatorio para los judíos y caminaba por la acera, en lugar de hacerlo por el pavimento, como tenían mandado los judíos. No se nos permitía circular por las aceras. También colgaron a una joven cuyo apellido desconozco. Se llamaba Masha e intentó disimular que era judía. [Los alemanes encargaron a un judío colgar a ambas mujeres. No sé su nombre. Como se negaba a hacerlo lo golpearon salvajemente. Finalmente, los alemanes anudaron la soga al cuello de la muchacha y el judío —intimidado por las metralletas que le apuntaban— se limitó a darle una patada al banco que sostenía a Masha. Varios alemanes tomaron fotografías del suceso.]
También recuerdo cómo una noche llegaron unos policías a la carrera y nos dijeron que se les había averiado el automóvil y necesitaban una soga. Les dieron una cadena, pero protestaron: no les servía. Entonces se hizo evidente que no querían la soga para tirar del automóvil y les dijimos que no teníamos ninguna. Se marcharon, no sin antes insultarnos de mala manera. Más tarde supimos con certeza que llevaban a alguien a ejecutar y buscaban una soga para colgarlo.
El 1 de mayo de 1942 tuvo lugar el siguiente proceso de «selección». Ya quedábamos pocos entonces. Unos mil quinientos, tal vez. Después del 1 de mayo tan sólo quedamos trescientas setenta y cinco personas, sin contar a quienes trabajaban [para los alemanes]. La gente solía preguntarse: «¿Acaso somos mejores que nuestros padres, nuestras mujeres, nuestros hermanos y hermanas, nuestros hijos? ¿Acaso tiene sentido que sigamos con vida cuando ellos están muertos?». No había adonde huir. La nuestra es una ciudad pequeña y dónde te escondes en una ciudad así. Por otra parte, no sabíamos dónde estaban los partisanos. Y aun así, algunos se armaban. Conseguían armas en los almacenes que tenían los alemanes en la fortaleza, donde muchos de los nuestros trabajaban. Un día pregunté a papá si eso podía considerarse un robo. Pero papá me explicó que los alemanes nos lo habían quitado todo, habían matado a nuestros seres queridos, continuaban matando judíos y, por lo tanto, nada de lo que hiciéramos para enfrentarnos a ellos podía considerarse un delito. Estábamos en guerra y los ocupantes no eran soldados, sino delincuentes. [Muchos jóvenes se unieron a los partisanos. Pero a papá y a mí nos resultaba difícil hacerlo. No teníamos armas, a papá le costaba apartarse del lugar donde habían matado a mamá y a Roza y, por último, temía por mí. Yo tenía apenas trece años entonces.]
En la madrugada del 23 de septiembre de 1943 llegaron corriendo los vigilantes que habíamos situado a la entrada del gueto y nos avisaron a gritos: «¡Judíos! ¡Parece que estamos perdidos! ¡La Gestapo está aquí!».
En efecto, ya el patio estaba lleno de hombres de la Gestapo. Un solo propósito podía tener su inesperada irrupción: venían a matarnos. «Corro a donde sabes», grité a papá. Es decir, al escondite que ambos conocíamos. Y eché a correr, seguro de que mi padre me seguía. Tal vez lo intentó. No lo sé. Pero lo cierto es que ya resultaba imposible llegar allá, porque los alemanes habían cortado el camino. Me escurrí debajo de una escalera y salté después a la calle desde una ventana. Estaba muy oscuro. Esperé unos instantes, pero papá no apareció… Los nuestros intercambiaban disparos con los hombres de la Gestapo. Más tarde los sobrevivientes me contaron que aquella noche fueron muchos los que se envenenaron o colgaron con tal de no caer en las garras de los alemanes. Dicen que Feygin tenía escondida una soga muy larga de la que iba cortando trozos y regalándolos a quienes querían colgarse. Incluso ayudó a algunos a hacerlo hasta que al final se colgó él mismo. Algunos de los sobrevivientes fueron testigos presenciales de eso.
Corriendo en la oscuridad, me topé con dos adultos y un niño que intentaban escapar como yo. Juntos echamos a andar por la carretera, pero muy pronto los adultos se rezagaron: los cuatro formábamos un grupo que podía ser detectado con facilidad. Cuando cayó la noche el otro chico —apenas sé que se llamaba Nosia y venía de Kreslavka— y yo habíamos salvado veinticinco kilómetros. Tenía los pies destrozados. Cuando nos tropezábamos con gente, yo gritaba de repente: «¡Vania, ¿has visto a papá?» o entonaba a gritos alguna canción [rusa]. Nosia estaba muy asustado. Pasamos la noche entre los muros de una casa que había ardido. A la mañana siguiente comprendimos que nos resultaría imposible llegar a Bielorrusia, así que tomé la decisión de encaminarnos a Polonia. Una desconocida a quien dije sin ambages que huíamos de los alemanes nos dio de comer esa mañana. Nosia no dejaba de repetir que lo mejor sería entregarnos, pues no conseguiríamos escapar de los alemanes, pero yo le daba ánimos. De repente apareció un camión en la carretera por la que avanzábamos. Decidí no prestarle atención, pero Nosia, en cambio, se detuvo. Alguien gritó en alemán y abandoné rápidamente la carretera y eché a andar por un sendero. Unos instantes más tarde me dio alcance un hombre que iba en bicicleta y me dijo que los hombres de la Gestapo me esperaban en el camión. «No iré allí», le dije. «Tú haz lo que quieras, pero piensa que desobedecer una orden te puede costar muy caro», me advirtió. No obstante, aquel hombre siguió camino en su bicicleta por el mismo sendero, en lugar de volver junto a los alemanes. Me escondí entre unos arbustos. Escuché silbatos y también a un alemán preguntando a alguien si había visto a un niño por allí. Entonces capturaron a Nosia.
Ahora me había quedado completamente solo. Esperé que volviera la calma y seguí mi camino. Decidí hacerme pasar por un niño evacuado por los alemanes de las zonas centrales de la URSS. Pero me arrestaron antes de que tuviera tiempo para inventarme una buena historia. [Mientras me conducían al cuartel general alemán pude arrojar al suelo una pequeña estrella roja que guardaba en el bolsillo y había atesorado durante toda mi estancia en el gueto. Al ser interrogado declaré llamarme Iván Ostrovski y ser hijo de padre tártaro y madre rusa. Creí necesario ofrecer una explicación del porqué tenía las cejas pobladas y muy negras y añadí que tenía una abuela gitana. Entonces aún no sabía que los alemanes también estaban exterminando al pueblo gitano. Sabía que los niños musulmanes son sometidos al ritual de la circuncisión a los trece años, que era justo la edad que yo tenía entonces. También dije que mi padre había muerto cuando yo tenía apenas un año. Con ello pretendía explicar por qué no entendía ni una palabra de tártaro. Me inventé que mi madre era lavandera y trabajaba en el Departamento forestal colectivo de Briansk. En realidad, iba soltando lo primero que me venía a la cabeza. De Briansk no sabía absolutamente nada, de manera que cuando me preguntaron la dirección donde vivía con mi madre les dije: «Vivíamos en una granja a las afueras de la ciudad y no teníamos dirección concreta. La correspondencia nos la remitían a las señas: DFC de Briansk». Esa noche no conseguí escapar, así que a la mañana siguiente me vi conducido de vuelta a Dvinsk. Aunque tenía dolores insoportables en las piernas intenté fugarme porque sabía que los interrogadores de Dvinsk me arrancarían la verdad, si es que alguno no me reconocía a primera vista. Tero fui capturado y me molieron a golpes. Seguimos camino a Dvinsk.
En la comisaría de Dvinsk también me golpearon con ganas. «Dinos la verdad de una vez —me insistían—. Confiesa que eres judío y no te pasará nada. Tero si continúas negándolo te mataremos». Tero yo no daba mi brazo a torcer. Y lo cierto es que tuve mucha suerte. En primer lugar, porque las autoridades de la aldea donde fui detenido no enviaron a Dvinsk mi documento de identidad, donde, si bien yo había tachado la palabra «judío», aparecía mi verdadero apellido y éste les habría servido para establecer mi verdadera identidad. En segundo lugar, porque el médico que debía examinarme y establecer si yo era judío o musulmán nunca apareció. Por último, en el documento con que fui remitido a Dvinsk se me hacía constar como «un niño sospechoso que dice llamarse Iván Ostrovski». Y ese nombre lo arrastré durante todo el curso de la investigación.}
Los policías me pegaban constantemente. Uno de ellos me pegó una bofetada que me hizo dar con las nalgas en el suelo. ¿El motivo? Que no me levanté cuando entró a la celda. Llegué a pensar que mi muerte era inevitable, pero aun así no me rendí. Un buen día me enviaron al Arbeitsamt (la Bolsa de trabajo). [Portaba un documento que requería ubicar en algún trabajo al portador, «quien dice llamarse Ivan Ostrovski». Por lo visto me habían creído por fin.] El Arbeitsamt me dio un pase para establecerme en una aldea. [En este documento se me identificaba sencillamente como «Iván Ostrovski».] Pasé casi nueve meses en una aldea, hasta la llegada del Ejército Rojo. Naturalmente, no dije a nadie que era judío. Una noche comencé a gritar en yiddish por culpa de una pesadilla. El amo de la casa donde me alojaba me interrogó al día siguiente, pero pude convencerlo de haber gritado en alemán. A partir de entonces me costaba conciliar el sueño, temeroso de que volviera a escapárseme alguna expresión que me delatara.
De regreso en Dvinsk tuve ocasión de hablar con los judíos que sobrevivieron al gueto. Ellos me contaron que mi padre consiguió permanecer escondido en la ciudad durante tres semanas. Pero los alemanes lo encontraron por fin y lo ejecutaron.
No puedo decir con precisión cuántos éramos en el gueto. En todo Dvinsk murieron unos treinta mil judíos. En mi opinión unos veinticinco mil de ellos fueron asesinados en el gueto. Algunos de los sobrevivientes son los hermanos Pokerman, Motl Krom, su mujer y su hijo, el sastre Antikol, Lyak, su mujer y su hijo, Muller, Gallerman y otras dos mujeres: Olim y Zelikman. En total, el número de sobrevivientes ascendió a dieciocho, pero no conozco los apellidos de todos. Abandoné Dvinsk y no me gustaría regresar allá nunca más, porque me resulta doloroso andar por las calles que antes pisaron mis seres queridos y tantos amigos asesinados, así como pasar junto a nuestra casa en ruinas. Nada ansío más en esta vida que estudiar y encontrar algún día a personas a las que pueda amar y me amen. Sólo así dejaré de sentirme tan solo en este mundo.
EDITOR: O. SÁVICH