El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 42 de 103

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El libro negro

Brest. Declaraciones y testimonios documentales aportados por los residentes de Brest

Brest. Declaraciones y testimonios documentales

aportados por los residentes de Brest

Antes del comienzo de la guerra la población judía de Brest rondaba las veintiséis

mil personas.[32] Entre ellos había ingenieros y médicos, técnicos, abogados y carpinteros conocidos por su maestría sin igual. De todos aquellos judíos apenas sobrevivieron unos pocos. Concretamente, quince judíos que consiguieron salvar milagrosamente la vida.

Veamos cómo describen esos pocos sobrevivientes los primeros días de ocupación.

Vera Samuylovna Bakaliash:

«La población judía sintió el zarpazo alemán desde el día que llegaron a la ciudad. Las redadas para enviarnos a hacer trabajos forzados comenzaron de inmediato. Al término de la jornada nos obligaban a bailar, a arrastrarnos por el suelo. Todo aquel que se resistía a cumplir las órdenes era salvajemente golpeado».

Tatiana Samuylovna Gutman:

«El horror comenzó desde el primer día. Los alemanes sacaban a los judíos a trabajar, los atormentaban sin piedad, saqueaban sus casas en busca de oro. Si alguien se negaba a entregarles lo que exigían era fusilado en el acto. [Crueles como tigres, los bandidos corrían de casa en casa.]»

Osher Moiséyevich Zisman:

«A principios de julio de 1941 los alemanes comenzaron a llevar a los judíos a “trabajar”. En realidad, todos los judíos reunidos con ese pretexto eran encerrados en la fortaleza de Brest. Las condiciones del cautiverio eran terribles. A pesar de los insoportables calores de julio, los alemanes no dieron a los judíos agua ni pan. Finalmente, los fusilaron a todos. Un sobreviviente relató más tarde cómo salió a duras penas de la fosa común llena de gente aún viva, pues las balas sólo impactaban en quienes habían sido colocados en la primera hilera de condenados. Así, cuando los alemanes comenzaron a palear tierra y cal viva para cubrir la zanja lo hacían sobre judíos vivos».

En Kobrin, una ciudad de la provincia de Brest, «los alemanes prendieron fuego al hospital judío y a la casa del rabino», escribe también Zisman. «Como el servicio de bomberos de la localidad recibió la orden de abstenerse de apagar el incendio, las llamas se extendieron por toda la ciudad. Los alemanes arrojaban a los judíos a las llamas para quemarlos vivos».

El 12 de julio de 1941 los alemanes montaron una gran redada que buscaba detener el mayor número posible de hombres judíos. Las hermanas María y Sulamif Kazaf la describen en los siguientes términos: «Esa noche se llevaron a cinco mil hombres: había desde niños de trece años hasta ancianos de setenta. [Se los llevaban de las camas. Los que consiguieron esconderse a tiempo ganaron un año más de vida.] Muchos de ellos eran médicos, ingenieros y abogados. También se llevaron a algunos buenos amigos nuestros: el doctor Gotbetter, pediatra, los doctores Fruchgarten y Tonenboim, ambos especialistas en medicina interna, los célebres abogados Berlyand, Adunski, Bielov, el ingeniero Mostovlianski, entre otros».

Tatiana Samuylovna Gutman escribió:

«Organizaron una redada y se llevaron a cinco mil hombres. Todos fueron fusilados a las afueras de la ciudad. Había médicos, ingenieros y abogados entre ellos».

Osher Moiséyevich Zisman escribió:

«Las bestias alemanas arrancaron la canosa barba a mi anciano padre antes de fusilarlo. A mi hermano, dentista, aquellos perros rabiosos le rompieron todos los dientes. Mi hermano cayó de rodillas esperando la muerte mientras los alemanes reían a carcajadas y lo animaban a ejercer su oficio y colocarse una dentadura postiza».

Las condiciones de vida de los judíos en los territorios ocupados se tornaban insoportables desde el primer momento. Al principio, se les ordenó llevar brazaletes con la estrella de David. Poco después, los brazaletes fueron sustituidos por distintivos circulares de color amarillo y diez centímetros de diámetro que estaban obligados a coser en el pecho y la espalda, de manera que se los pudiera distinguir a un kilómetro de distancia. Los judíos tenían prohibido circular por las aceras. «Tan sólo se les permitía caminar por el medio de la calle», escribe T. S. Gutman. Las hermanas Kazaf recuerdan que «la prohibición de circular por las aceras nos causó una profunda impresión y la consideramos entonces como la mayor de las humillaciones, porque aún no sabíamos la índole de los tormentos que nos esperaban».

No todos los judíos habían sido privados de la vida, pero la vida que les quedaba por vivir era un verdadero infierno. Así lo cuentan las hermanas Kazaf: [«A los judíos se les prohibió hacer compras en el mercado desde los primeros días de la ocupación. Los pocos que conseguían llegar hasta la plaza del mercado eran sacados de allí a culatazos y latigazos».

V. S. Bakaliash también se refirió a esa prohibición:

«… la entrada al mercado les había sido vedada a los judíos y los campesinos de las aldeas vecinas tenían prohibido venderles alimentos. A los pocos que conseguían comprar algo de comer saltándose las prohibiciones les incautaban los alimentos que llevaran».

Las hermanas Kazaf añadieron:] «Los saqueos comenzaron desde los primeros días de la ocupación. Se lo llevaban todo: las sábanas, la ropa interior, la vajilla y los muebles. Actuaban sin la menor consideración: a mi cuñada, una joven indefensa y embarazada, le robaron la única cama que tenía y la manta. Para muchos las pocas pertenencias que atesoraban constituían su único medio de subsistencia, aunque les resultara difícil venderlas debido a la prohibición de realizar cualquier operación comercial que pesaba sobre los judíos».

[Y sin embargo, aquella situación podía ser considerada benévola si se la compara con lo que aún nos esperaba padecer.]

A finales de noviembre de 1941 las autoridades fascistas cercaron de alambre de espino unas pocas calles de Brest y encerraron allí a todos los judíos que aún vivían en la ciudad. Así surgió el gueto de Brest.

«La policía se apostó en las puertas del gueto —escribe Vera Bakaliash—, para impedir que los judíos salieran del perímetro cercado o los no judíos ingresaran a él. Los grupos de judíos que salían a trabajar lo hacían fuertemente custodiados. Los judíos tenían prohibido desplazarse por la ciudad en solitario. Si alguno conseguía comprar alguna cosa a la ida o a la vuelta del trabajo los policías que cacheaban a todos los que volvían al gueto se ocupaban de incautársela. Como único alimento recibíamos ciento cincuenta gramos de pan por persona y día que se reflejaban en las cartillas de racionamiento que nos entregaron».

«Nuestras condiciones de vida eran terribles —escribe Sikorski—. Los judíos que vivían encerrados en el gueto estaban privados de cualquier posibilidad de comprar alimentos. Los pocos que habían conseguido reunir una reserva de alimentos antes del cierre del perímetro los perdieron en alguna de las minuciosas requisas que hacían los alemanes. La gente se moría de hambre, literalmente».

«Nos sacaban del gueto para llevarnos a trabajar —escribe Gutman—. Hasta los adolescentes eran obligados a realizar los trabajos más duros. A mí me encargaron trabajar cargando vagones de ferrocarril y no paraban de pegarme bofetones al constatar las dificultades que me entrañaba realizar el trabajo a cabalidad».

«Los judíos tenían prohibido bajo amenaza de fusilamiento contraer matrimonio o tener hijos», escribe Osher Moiséyevich Zisman.

Así transcurrían los días en el gueto. Y mientras sus vecinos padecían los rigores de aquella existencia miserable, muriendo a centenares de hambre o doblegados por las insoportables condiciones de trabajo, los alemanes, dueños y señores del destino de aquellos desgraciados, diseñaban con frialdad y metódico celo el último acto sangriento de aquella horrible tragedia: la definitiva aniquilación de los judíos.

Conocemos todos los detalles acerca de la concepción de esa última masacre y los pasos que los alemanes habían dado para ponerla en marcha gracias a un documento oficial redactado por una Comisión integrada por representantes del poder soviético, partisanos y ciudadanos de la región de Brest que sesionó tras la liberación.

Informe sobre las atrocidades, saqueos, vejaciones y destrucciones llevadas a cabo por los invasores fascistas alemanes en brónnaya gorá, región de Berezovski, provincia de Brest

La Comisión que redacta el presente informe ha estado presidida por Arkadi Ivánovich Tarasevich e integrada por Vasili Nikoláyevich Burii, presidente del Comité ejecutivo provincial, Iván Pávlovich Kashtelian, en representación de los partisanos, y el cantarada Novik, representante de los ciudadanos de la región de Berezovski.

Las siguientes conclusiones están basadas en la inspección ocular de los lugares donde los fascistas alemanes perpetraron actos de tortura y asesinatos en masa de ciudadanos soviéticos, así como en una serie de entrevistas a habitantes de las comarcas afectadas.

De acuerdo con planes previamente concebidos los ocupantes alemanes comenzaron a cavar fosas en un área de 16 800 metros cuadrados ubicada a cuatrocientos metros al noroeste de la estación de ferrocarriles Brónnaya Gorá.

Los alemanes movilizaban cada día a entre seiscientas y ochocientas personas de las aldeas vecinas y los obligaban a cavar las fosas. A fin de acelerar los trabajos se emplearon diversos tipos de explosivos.

Cuando las fosas estuvieron listas a mediados de junio de 1942, los alemanes comenzaron a traer a la estación de Brónnaya Gorá convoyes ferroviarios cargados con ciudadanos soviéticos de distintas nacionalidades. Había rusos, bielorrusos, judíos y polacos de todas las edades: desde recién nacidos hasta ancianos decrépitos.

En cuanto los trenes irrumpían en la estación un abundante contingente de hombres de las SD y las SS los escoltaba. Los convoyes provenían de diversos puntos de Bielorrusia, como Bereza, Brest, Droguíchin y Yánovo, entre otros. Otros grupos de ciudadanos soviéticos fueron conducidos a Brónnaya Gorá a pie.

Los vagones de los trenes de carga utilizados para el macabro transporte venían sobrecargados, de manera que había muchos cadáveres entre los atormentados viajeros que arribaban a Brónnaya Gorá. A su llegada, los convoyes eran desviados hacia una vía muerta que conducía a unos almacenes militares ubicados a unos doscientos cincuenta metros de las vías férreas principales. Los convoyes se detenían junto a fosas cavadas de antemano. Seguidamente se llevaba a cabo la descarga de los pasajeros en una plaza también habilitada para la ocasión y rodeada de alambre de espino.

Los viajeros eran obligados a desnudarse en cuanto se apeaban de los trenes. La ropa debían arrojarla formando montones. Seguidamente los condenados eran conducidos hasta las zanjas por un estrecho corredor hecho de alambre de espino. Unos peldaños les servían para bajar a las fosas donde los obligaban a tumbarse boca abajo uno al lado del otro. Cuando la primera hilera estaba completa hombres con uniformes de las SD y las SS disparaban sobre ellos con sus fusiles automáticos. Y así, sucesivamente, eran liquidados los judíos de la segunda, la tercera y cuantas hileras fueran necesarias para llenar la zanja de cadáveres.

Naturalmente, todo aquello era acompañado de los terribles gritos de hombres, mujeres y niños que se enfrentaban a la muerte.

Tras la descarga de los vagones y la ejecución de sus pasajeros la ropa y las pertenencias de las víctimas eran cargadas de nuevo y enviadas en dirección desconocida. Tanto la descarga de los pasajeros a quienes esperaba el fusilamiento como la carga de sus pertenencias se realizaban bajo la atenta vigilancia del jefe de la estación de Brónnaya Gorá, Heil, como de sus adjuntos los oficiales subalternos Pike y Schmidt. [Los tres eran alemanes.]

Con el propósito de borrar las huellas de los crímenes cometidos en Brónnaya Gorá, los alemanes fusilaron a toda la población de las aldeas circundantes, unas mil personas que vivían en torno a las instalaciones militares. En total se contaron ocho fosas comunes en el área donde se produjeron los asesinatos en masa: la primera tenía sesenta y tres metros de largo y seis metros y medio de ancho; la segunda, treinta y seis de largo y seis metros de ancho; la tercera, treinta y seis metros de largo y seis metros de ancho; la cuarta, treinta y siete metros de largo y seis metros de ancho; la quinta, cincuenta y dos metros de largo y seis metros de ancho; la sexta, veinticuatro metros de largo y seis metros de ancho; la séptima, doce metros de largo y seis metros de ancho; la octava, dieciséis metros de largo y cuatro metros y medio de ancho. Todas las fosas tenían una profundidad de entre tres y medio y cuatro metros.

Entre junio y noviembre de 1942 los alemanes fusilaron a más de treinta mil ciudadanos soviéticos inocentes en Brónnaya Gorá.

El 16 de octubre de 1941 les llegó la hora de la muerte a los vecinos del gueto de Brest. Veamos cómo recuerdan aquel día los sobrevivientes: «Un estremecimiento recorrió el gueto el 14 de octubre de 1941. Algo estaba sucediendo al otro lado del alambre de espino: las numerosas patrullas de la policía estaban armando un inquietante jaleo. ¿Qué podían estar preparando? Por suerte, la situación se calmó con la caída de la noche y la gente se calmó. A las seis de la mañana del día siguiente nos despertó un vecino: “El gueto ha sido rodeado”, nos dijo. ¡La suerte estaba echada! Resulta difícil narrar la magnitud de la desgracia que se abatió sobre nosotros. Quienes habían preparado escondites corrieron a encerrarse en ellos. En cambio, quienes no tenían dónde esconderse corrían como locos (testimonio de las hermanas Kazaf)».

«… las tropas de las SD y las SS rodearon la ciudad el 15 de octubre de 1942. La masacre que acabó con la vida de tantos inocentes dio comienzo a las seis de la mañana. Los salvajes soldados de Hitler irrumpían en las casas y los sótanos, arrastraban a la calle a todas las mujeres, los ancianos y los niños y los llevaban a fusilar», escribió el camarada Sikorski.

Durante aquellos tres años horribles los desalmados y desvergonzados verdugos que se esmeraban en practicar los más sofisticados tormentos eran ajenos a la piedad, pero no al miedo. De ello da sobrado testimonio el informe de la Comisión: «A fin de borrar las huellas de sus salvajes crímenes los alemanes se llevaron en marzo de 1944 a un centenar de habitantes de las aldeas cercanas a Brónnaya Gorá y las obligaron a abrir las fosas comunes e incinerar los restos humanos que guardaban. Los cadáveres eran incinerados en medio de la explanada que contenía las fosas comunes llenas de fusilados. Día y noche a lo largo de quince días ardieron los cuerpos. Cuarenta y ocho almacenes y barracas situados en el área de Brónnaya Gorá fueron desmontados para alimentar las hogueras con su madera. También se utilizó un combustible que generaba altas llamas de color azul. Al término de los trabajos, también las cien personas encargadas de incinerar los cuerpos fueron fusiladas por los alemanes.

»Los alemanes plantaron jóvenes árboles en toda la explanada donde habían enterrado y después incinerado los cadáveres de sus víctimas. No obstante, allí se pudieron observar huesos calcinados, broches y horquillas para sujetar el cabello, zapatos de niños, dinero soviético, clavículas y un brazo de dieciocho centímetros de longitud que había pertenecido a un niño».

Unas pocas personas sobrevivieron a la masacre de Brónnaya Gorá y ofrecieron después sus testimonios. Ellos fueron, entre otros, Román Stanislávovich Novis, Iván Vasílievich Govin, Borislav Mijáilovich Tsetinski y Grigori Grigórievich Yatskevich. Ellos fueron quienes condujeron a los miembros de la Comisión hasta otro horrible emplazamiento situado en una colina que se alza junto a la aldea Smoliarka, a seis kilómetros de Brónnaya Gorá y a setenta metros de la carretera que une Moscú y Varsovia. Esto fue lo que la Comisión concluyó acerca de este macabro lugar: «Los alemanes cargaban en camiones a ciudadanos soviéticos de la ciudad de Bereza y otras aldeas de la región hasta las fosas que los esperaban. Las torturas, las vejaciones y el fusilamiento de inocentes ciudadanos soviéticos en las inmediaciones de Smoliarka repetían los mismos métodos seguidos en las ejecuciones en masa de Brónnaya Gorá.

»Se ubicaron cinco fosas comunes llenas de cadáveres de ciudadanos soviéticos. Todas ellas tenían iguales dimensiones, a saber, diez metros de largo, cuatro metros de ancho y dos metros y medio de profundidad.

»Las ejecuciones en masa perpetradas en las inmediaciones de Smoliarka tuvieron lugar en el mes de septiembre de 1942. Según los testimonios recogidos las víctimas superaron el millar de personas. Ello fue corroborado por varios testigos presenciales: Iván Ivánovich Guents, Iván Stepánovich Guents, Andrei Ivánovich Levkovets, Iosif Yákovlevich Kutnik y otros».

El ingeniero Kojanovski, vecino de Brest, fue testigo de los sucesos que ocurrieron en esa ciudad. Suyo es el siguiente testimonio: «Fueron [aproximadamente] veinte mil los judíos que perdieron la vida en los asesinatos en masa. Entre ellos se contaban los más notables y conocidos intelectuales de la ciudad. Entre las personas que conocí en el escaso año que viví en la ciudad, fueron fusilados, entre muchos otros, el doctor Kalvariski, célebre neurólogo, Ioffe, especialista en medicina interna, los doctores Manzon, Kagan, Keblitski y Méchik; el abogado Méchik; los doctores Rakif, Kisliara, Ivanova; la notable ingeniera Zeliónaya; el ingeniero eléctrico Berezovski, el economista Zilberfarb; el ingeniero Filipchuk; los técnicos Golub y Taran; el ingeniero Kaminski…

»Los alemanes profesaban un odio cerril hacia los intelectuales que trabajaban a sus órdenes. Así, por ejemplo, les complacía obligar a los ingenieros a limpiar los establos. Los guardias solían convocar a otras personas para que fueran testigos de cómo se mofaban de los trabajadores forzados: “Ingeniero, ingeniero”, decían en son de burla. Los intelectuales eran fusilados en solitario o acompañados de sus familiares. También fue asesinado un sacerdote católico. [Los alemanes buscaban aniquilar la cultura, la inteligencia, la religión.] Todo aquel que estaba físicamente sano era enviado a Alemania a realizar trabajos forzados. El resto permanecía en la ciudad y se encargaba de cavar trincheras».

Cuando el Ejército Rojo recuperó Brest lo esperaban personas hinchadas por el hambre, virtuales cadáveres. Eran los pocos que habían salvado la vida de milagro. Entre ellos estaban Tania Gutman, Vera Bakaliash, las hermanas Kazaf y Osher Zisman. ¿Cómo consiguieron salvar la vida esas pocas personas?

«Me oculté junto a mi hermana y los hijos de ambos en el sótano de nuestra casa. Desde allí pudimos ver cómo fusilaban en masa a los judíos. Al principio los asesinaban en el propio gueto no sin antes obligarlos a desvestirse para aprovechar la ropa. Bien oculta en mi «zulo», me alimentaba de gachas crudas, harina, remolachas y pepinos. Los niños estaban famélicos. Tras dos semanas de encierro decidí salir del perímetro del gueto a ver con mis propios ojos lo que estaba sucediendo. Conseguí algo de pan y se lo llevé a los niños, antes de volver a abandonar el gueto. Pasaba las noches a la intemperie, a pesar de que ya comenzaban las heladas. Durante cinco semanas enteras continué saliendo y entrando al gueto para llevar comida a los niños hasta que un día, al volver, ya no los encontré. Me sentí definitivamente perdida. Aquella noche decidí acudir a pedir ayuda a una familia rusa: tuvieron piedad de mí y me dieron cobijo en un cobertizo. Allí pasé todo el invierno y después me escondieron en un zulo donde permanecí hasta la llegada del Ejército Rojo. Ese día, por fin, pude asomarme a la libertad. Los soldados acamparon en el patio de la casa donde me ocultaba y me ofrecieron un plato de sopa. Aquel gesto me devolvió mi condición humana».

Así narró Tania Gutman las milagrosas circunstancias de su salvación.

Osher Zisman, por su parte, se ha referido también a sus padecimientos durante la ocupación y la forma en que consiguió salvar la vida: «Mi mujer, otras doce mujeres y yo nos escondimos en un zulo abierto bajo un pequeño cobertizo. Varias de nuestras compañeras de cautiverio perdieron la razón. Entonces mi esposa y yo, ambos enfermos, nos vimos obligados a reunir las últimas fuerzas y trasladarnos a un desván. Durante diecisiete meses vivimos ocultos en desvanes, bodegas y otros escondites. Cuando llegó el venturoso 28 de julio de 1944, el día de la liberación de nuestra ciudad, me encontraba postrado en un jergón. Enfermo e hinchado por el hambre, ni siquiera era capaz de hablar. Los combatientes del Ejército Rojo me dieron de comer e hicieron venir a un médico soviético para que me tratara. Así salvaron mi vida».

«Mi marido ya no estaba conmigo. Mi hermana y yo nos llevamos a nuestros hijos a una bodega unida a nuestra casa por un pasadizo secreto. Nuestra anciana madre quedó arriba en casa y cerró con un armario el acceso al pasadizo, de manera que los alemanes no pudieron dar con nosotras. A mi pobre madre sí se la llevaron. Permanecimos encerrados en aquel sótano hasta el 1 de noviembre, cuando decidí enviar a mi hijo de doce años a una aldea cercana. Entretanto, nos alimentábamos de remolachas crudas, coles, gachas también crudas y harina mezclada con sal. A los dos días de haberse marchado mi hijo volvió de repente con las manos vacías y me rogó que saliera a conseguir algo de pan, mientras él me seguía de lejos con los demás niños. Lloraba con tal desconsuelo y sus ruegos eran tan amargos que me vi obligada a aceptar. Salimos los dos y conseguí encontrar refugio en una aldea. Entonces él marchó a traer a sus hermanos y primos. No volvió hasta varios días más tarde y su regreso me golpeó con la fuerza de un rayo: venía solo pues la policía había detenido a los otros niños. Permanecí tres días inconsciente y postrada. Tenía fiebre muy alta. Al final, no me quedó más que sobreponerme a la situación y ponerme en marcha de nuevo. Pasé tres días escondida en unos depósitos de agua abandonados a las afueras de la ciudad. Después un hombre generoso me permitió esconderme bajo el suelo de su casa. Allí estuve hasta el 20 de febrero, cuando tuve que poner pies en polvorosa porque alguien había denunciado mi presencia allí y los alemanes acudieron a registrar la casa. Encontré refugio en una iglesia situada a poca distancia de la aldea. Allí me oculté durante casi un mes. Una hogaza de pan de dos kilogramos de peso me sirvió de alimento. El hambre me obligó a abandonar aquel escondite. Salí al bosque y me desplomé: las últimas fuerzas me habían abandonado. Una buena mujer me recogió y me ofreció un trozo de pan. Sin embargo, me dijo que no podía darme cobijo en su casa, pues temía las represalias que los alemanes podían tomar contra ella. Con todo, tuvo el valor de conducirme de vuelta al bosque y ayudarme a encontrar a los partisanos. Con ellos me quedé hasta la llegada del Ejército Rojo». Así de «milagrosa» fue la salvación de Vera Bakaliash.

Las hermanas Kazaf han narrado en los siguientes términos lo que les tocó padecer:

«A las seis de la mañana del 15 de octubre de 1942 llevamos a mi madre y al hijo de mi hermana al escondite habilitado en la casa de mi cuñada. No había sitio para más, así que tras dejarlos instalados allí salimos a la calle sin saber qué nos depararía el destino. En el último instante se nos ocurrió buscar cobijo en el desván del edificio donde vivíamos. Allá subimos y tras bloquear con unas tablas el acceso a un rincón del desván nos acomodamos en aquel improvisado escondite dieciséis personas. No salimos de allí durante cinco semanas. Es difícil explicar las penurias que tuvimos que soportar: el hambre, el frío, las inmundicias. Pero a estas alturas eso no me parece importante. En cambio lo es que pudimos ver —o mejor: escuchar— cómo los alemanes fusilaban cada día a setenta o cien personas en el patio vecino. Los condenados eran obligados a desvestirse y seguidamente eran fusilados y enterrados en el propio patio. Cada mañana acudían los judíos a quienes obligaban a cavar las fosas. En una ocasión escuchamos a un niño gritando: “¡Tengo frío, mamá! ¡Diles que me disparen pronto!”. Eso ocurrió en noviembre, cuando el frío castigaba a los condenados obligados a desnudarse. Las madres desnudaban a sus hijos y después se desnudaban ellas mismas. Hay cerca de cinco mil personas al otro lado de la valla que rodea el número 126 de la calle Kuybishev, nuestra casa. Todas fueron asesinadas tal como lo he descrito. Durante los primeros tres días de ocupación los judíos eran llevados a Brónnaya Gorá. El ir y venir de vehículos cargados de judíos era incesante y tenía un aire de desfile marcial, como si los alemanes celebraran alguna victoria notable, como la toma de una ciudad o algo semejante. Cuando concluían las “Aktionen” se podían escuchar música y cantos durante toda la noche. Otros diecisiete mil judíos fueron asesinados de forma semejante. Entre ellos murieron veinticinco miembros de nuestra familia. En la noche del 20 de noviembre de 1942 fuimos descubiertos por una patrulla de policías ucranianos. En lugar de asesinarnos, se limitaron a incautarse de todas nuestras pertenencias. Nos tocó volver a emprender la huida sin saber adónde ir. Apenas teníamos ropa de abrigo y así tuvimos que pasar los siguientes dos años, ocultos en sótanos, bodegas y cobertizos. Pasamos muchas noches a la intemperie golpeados por las heladas. Es un milagro que no muriéramos por congelación. Durante año y medio no pudimos mudar de ropa ni tuvimos delante un plato de comida cocida. No habríamos soportado dos semanas más en aquellas condiciones. Pero el Ejército Rojo llegó por fin y nos liberó. Ahora nuestro hermano, combatiente del Ejército Rojo, se cobrará la venganza por nuestra familia y por todo el pueblo de la Unión Soviética».

Desde todos aquellos «zulos», «escondrijos» y sótanos, a través de grietas abiertas en las paredes o agazapados en los huecos donde habían encontrado cobijo, los sobrevivientes fueron testigos de escenas terribles que se sucedían sin cesar. Ante sus ojos se desarrollaba el sangriento espectáculo de las ejecuciones, el monstruoso paisaje de la muerte cotidiana.

«A través del conducto de ventilación pude ver cómo los alemanes vejaban a sus víctimas antes de quitarles la vida. Los amenazaban con enterrarlos vivos para conseguir que, a cambio, accedieran a desnudarse antes de las ejecuciones. A los alemanes no les alcanzaban las balas y por eso enterraban viva a mucha gente y la cubrían con cal viva. Enfermé de disentería en el sótano donde me escondía, pero a través del conducto de ventilación alcancé a ver cómo los alemanes arrastraban a jóvenes judías a un cobertizo que se alzaba junto al lugar de la ejecución para violarlas antes de darles muerte. Escuché a una muchacha pidiendo ayuda y golpeando a un alemán en la jeta. ¡La enterraron viva en venganza!», escribió Osher Zisman.

«Los gritos de los niños nos llegaban de todos lados. Subían a los condenados a los camiones y se los llevaban a Kurtuz-Bereza. Allá habían abierto zanjas enormes en la turba a las que arrojaban vivos a los niños y los mataban con granadas. Los adultos eran enterrados vivos», escribe Vera Bakaliash.

Entre doce y quince judíos de Brest sobrevivieron. La población judía de la ciudad era de veinte mil personas. Fue un verdadero milagro que a pesar de que la muerte los rondaba día a día, minuto a minuto, a pesar de que perdieron a todos sus seres queridos, a pesar de que les tocó enfrentar peligros constantes y padecer las penurias más acuciantes tanto del cuerpo como del espíritu, estas pocas personas mostraran una voluntad de vivir tan inmensa en aras de vindicar su honor y sumarse a la lucha contra los ocupantes. Así concluye el informe redactado por la Comisión: «En Brónnaya Gorá los alemanes destruyeron tanto las vías férreas como las instalaciones ferroviarias y los edificios anejos a la estación de trenes. Cuando se vieron obligados a retirarse, los ocupantes incendiaron los edificios o los hicieron explotar; el tejido ferroviario fue destrozado con una máquina traída especialmente para ello. Esa máquina dejó fuera de servicio tanto los rieles como las traviesas. Pimashzug fue el nombre que recibió el destacamento encargado de esos trabajos. Lo mandaba un alemán, el capitán Sporberg. Los daños ocasionados a la estación de ferrocarriles de Brónnaya Gorá han sido valorados en 1 152 000 rublos. Las entrevistas a los testigos y los datos recopilados por la Comisión en la región de Brest permitieron establecer que los asesinatos en masa que padecieron los ciudadanos soviéticos residentes en Brónnaya Gorá y Smoliarka fueron perpetrados por unidades especiales de las SS y las SD mandadas por las siguientes personas:

1. Mayor Rodé, jefe de la oficina de la policía regional de Brest (hasta

principios de 1944).

2. Biner, jefe de la oficina de la policía regional de Brest (desde principios

de 1944 y hasta la expulsión de los alemanes que ocuparon Brest).

3. Teniente Hofman, jefe de la policía en el Distrito N.° 1 de la ciudad de

Brest.

4. Golter, Griberg y Boss, jefes de la policía en el Distrito N.° 1 de la

ciudad de Brest.

5. Teniente Preisinger, jefe de la policía en el Distrito N.° 2 de la ciudad de

Brest (hasta principios de 1944).

6. El Oberscharführer de la SD Sagatski (alemán), jefe de la policía

criminal.

7. Ivanovski (polaco): jefe de la policía criminal. 8. Obersturmfübrer Zibel, adjunto al jefe de las SD. 9. Capitán Dauerlein, jefe de los gendarmes a las órdenes del

Gebietskommissariat.

10. Guerik, agente de la SD.

11. Teniente de primera Gardes, jefe de los gendarmes de Kartuz-Bereza. 12. Grieber y Wanzman, oficiales de las SD (ambos tomaron parte directa en

los fusilamientos).

(Firmas de los miembros de la Comisión)

La traumatizada memoria de las víctimas guardó todos esos nombres y nos los transmitió. Figuren todos ellos en la lista de los verdugos que reciban castigos ejemplares y merecidos.

EDITOR: MARGARITA ALIGUER