El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 6 de 103

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El libro negro

Primera parte Ucrania

Primera parte

 

Ucrania

Babii Yar, Kíev

Las tropas alemanas entraron en Kíev el 19 de septiembre de 1941.

Cerca de la una de la tarde de ese mismo día los alemanes irrumpieron en los comercios de la calle Bessarabka y se entregaron al pillaje. Los porteros retenían a los inquilinos en los patios. No transcurrió mucho tiempo antes de que varios judíos fueran detenidos en plena calle. Los golpearon con saña y se los llevaron en un camión. Nesia Elgort regresaba a casa desde la calle Bessarabka y se encontró a toda su enorme familia reunida en su apartamento de la calle Saksaganski, 40. La anciana Dina Shmulevna abarcó a todos sus hijos con la mirada y como deseando que sus palabras los protegieran de los enemigos, exclamó: —¡Dios mío! ¿Qué será de nosotros?

El 21 de septiembre Berl Guertsovich, patriarca de la familia, se dirigió acompañado de su hija Nesia-Roza a inspeccionar el apartamento que tenía en Stalinka. Esa noche Roza regresó sola a casa y contó que los alemanes se habían llevado a su padre en dirección desconocida. Nesia decidió salir en busca de su padre a la mañana siguiente.

No sabía adonde dirigirse. Acompañada por su hijo Iliusha comenzó por acudir a la comandancia. El comandante le formuló una sola pregunta: ¿cuál era su nacionalidad? Al conocer que era judía la echó a gritos del edificio.

En la calle Lenin pudo ver a soldados alemanes golpeando en las piernas a un grupo de hombres judíos para obligarlos a bailar. Seguidamente, los alemanes ordenaron cargar unas pesadas cajas a los mismos hombres que acababan de golpear. Los hombres caían al suelo, incapaces de soportar el peso de las cajas,

mientras los alemanes los golpeaban una y otra vez con porras de goma.[6]

El 22 de septiembre los habitantes de la ciudad fueron despertados por una explosión de una fuerza extraordinaria. Se veían llamas y humo por el lado de Kreschatik.

En las calles adyacentes a Kreschatik los alemanes empujaban a la gente hacia las llamas. Nesia Elgort se detuvo un instante junto a la casa de la calle Saksaganski. Un alemán que pasó corriendo a su lado la miró y llevándose la mano a la garganta señaló al lugar donde se estaban sucediendo las explosiones y le gritó: —Partisan, Jude, kaputt!

Ese mismo día las paredes de las casas se cubrieron de una proclama impresa en lengua ucraniana que informaba de la pronta aniquilación de los judíos, los comunistas y los partisanos. Por cada partisano o comunista entregado a las autoridades se ofrecía una recompensa de doscientos rublos. Semejantes avisos podían verse incluso en la plaza del Ejército Rojo y en otras calles principales de la ciudad.

La vida en Kíev se tornó insoportable. Los alemanes irrumpían en las casas, detenían a la gente y se la llevaban sin más. Esas personas ya no regresaban. La familia Elgort se trasladó a un sótano. A Nesia le correspondió ocuparse de conseguir comida para todos: sus rasgos no denotaban que era judía. La familia Elgort permaneció varios días en el sótano. El portero Pavlo Davidchenko, quien sabía que se ocultaban allí, le decía a Nesia cuando la veía salir a buscar agua: — ¿Por qué os escondéis? De todos modos acabaréis siendo expulsados de Kíev.

Mientras tanto, el mismo portero colaboraba con los alemanes en la limpieza de los apartamentos que iban quedando vacíos.

Un día en que Nesia salió en busca de su suegra Gitl Elgort, quien había ido a interesarse por la suerte de su apartamento en la calle Zhilianskaya, se topó de pronto con su padre. Su apariencia la alarmó. Resultó que había sido capturado por los alemanes junto a un grupo de judíos entre los que se encontraba el rabino. Fueron encerrados en una húmeda bodega, donde fueron objeto de todo tipo de abusos. Varios de los detenidos fueron torturados, pero el rabino y el padre de Nesia salieron ilesos de milagro. Mientras narraba lo sucedido, las lágrimas corrían abundantes por las mejillas del anciano.

El 22 de septiembre los judíos sufrieron golpizas en las calles aledañas a las torres de abastecimiento de agua y en los parques de la ciudad.

Al día siguiente de la llegada de los alemanes, y también después, muchos habitantes de Kíev, sobre todo los residentes en los barrios de Podól y Slobodka, veían pasar bajando por el Dniépr los cadáveres inflados de ancianos y niños víctimas de las torturas. Los judíos que marcharon a la sinagoga el viernes 16 y el sábado 27 no regresaron a sus casas. Evguenia Limoschenko, habitante de Kíev, testimonia que sus vecinos, los ancianos Schneider, Rosemblat y la esposa del segundo, no regresaron a casa después de partir a la sinagoga. Más tarde pudo ver sus cadáveres flotando en el Dniépr. La ciudadana T. Mijáseva corroboró su testimonio. Las sinagogas habían sido rodeadas por soldados armados con ametralladoras y policías alemanes. En varios puntos de la ciudad, las olas del Dniépr trajeron a la orilla bolsas que contenían artículos religiosos.

Cada vez que veían a alguien con la tez trigueña, los agentes de la Gestapo o de la policía ucraniana le pedían mostrar su pasaporte. Si se trataba de un judío, lo golpeaban y lo conducían a las dependencias de la policía o la Gestapo. Cada noche fusilaban a los detenidos.

Al quinto día de la llegada de los alemanes a Kíev y aprovechando que el libro de registro de inquilinos de su edificio había ardido en un incendio tras el que habían nombrado un nuevo administrador de la propiedad, V. Líberman decidió hacerse pasar por caraíta y cambiarse el apellido de Líberman a Libermánov.

El 24 de septiembre salió de su casa y tomó la calle Korolenko basta llegara la plaza Tolstói. Allí lo abordó inmediatamente un hombre de gran estatura, que llevaba gorra y un abrigo negro y le exigió mostrar su pasaporte. Líberman se negó, alegando que no tenía por qué presentar sus documentos de identidad a un desconocido. En realidad, Líberman no llevaba consigo el pasaporte, pues había preferido esconderlo en casa. «Soy agente de la policía secreta ucraniana y le exijo que me muestre su pasaporte inmediatamente», lo conminó el hombre en tono irritado. «Sospecho que usted es judío», añadió. Líberman le respondió: «Soy caraíta, pero carezco de pasaporte pues me lo han robado». El agente le pidió que lo acompañara.

Mientras avanzaban por Kreschatik, Líberman observó un vehículo provisto de altoparlantes por los que alguien gritaba con voz ronca: «Informad a la Gestapo y la policía sobre el paradero de comunistas, partisanos y judíos. ¡Informadla!».

El agente de la policía condujo a Líberman a un cine ubicado en Kreschatik, no lejos de la calle Proréznaya. Un agente de la Gestapo alto y musculoso le pegó un empujón obligándolo a entrar. Líberman atravesó el foyer y al entrar a la sala se encontró a unos trescientos judíos sentados en las butacas. La mayoría de ellos eran ancianos con barbas canosas. Todos se mantenían en un profundo silencio. Líberman tomó asiento junto a un joven judío quien se inclinó hacia él y le dijo en un susurro: «Dicen que nos envían a trabajar a Syrets pero sé que nos fusilarán esta noche».

Líberman se acercó a una de las ventanas rotas del cine y escrutaba los rostros de los transeúntes que circulaban por la Kreschatik con la secreta esperanza de encontrar a su mujer. De pronto, avistó por casualidad a un vecino de su edificio que pasaba junto al cine y lo llamó. El vecino se aproximó rápidamente a la ventana. Sin entrar en detalles sobre los motivos de su arresto, Líberman le pidió que avisara a su mujer de su detención en el cine.

Muy pronto la mujer de Líberman, Valentina Berezleva, se acercó a la misma ventana intentando pasar desapercibida. Líberman le dijo: «Valia, me estoy haciendo pasar por caraíta. Vete a ver a Mijáilov, Goncharenko y Pasíchny y pídeles que firmen una declaración dando fe de que soy caraíta. La Gestapo va a masacrar muy pronto a todos los judíos».

Berezleva se acercó a los hombres de la Gestapo y les rogó que dejaran marchar a su marido. Les dijo que ella era rusa y su marido caraíta. Uno de los alemanes le pegó un fuerte empujón sin dejarla acabar. La mujer rodó por las escaleras del cine y se golpeó la cabeza contra la acera. Se marchó a casa.

Líberman tenía la sensación de que cada hora que pasaba era una hora menos de vida para los judíos encerrados en el cine. Pero el azar lo salvó y también a todos sus compañeros de cautiverio. A las dos de la madrugada del 24 de septiembre se escuchó una enorme explosión muy cerca del cine. Líberman volvió a mirar a través de la ventana rota. La gente corría aterrorizada por la Kreschatik. Vio a una mujer ensangrentada y aun hombre que había perdido los brazos. Columnas de humo amarillento y espeso se cernían sobre el barrio. Una segunda explosión siguió a la primera. Veinte o treinta minutos después y al grito de «¡Feuer!», los hombres de la Gestapo abandonaron sus puestos a la entrada del cine y corrieron a ponerse a salvo. Los judíos abandonaron el local a toda prisa en cuanto los vieron marchar.

Líberman llegó a casa y supo que su mujer había quemado su pasaporte, todos los documentos de identidad, los artículos que había publicado y hasta las fotos de sus padres. Mijáilov, Goncharenko y Pasíchny, todos amigos de Líberman, habían firmado un certificado que lo acreditaba como caraíta.

Líberman decidió no volver a asomar las narices al patio o a la calle. Su esposa camufló la entrada a la pequeña cocina que tenían y allí permaneció días enteros, como un prisionero, asomado por un estrecho ventanuco a un breve segmento de cielo azul.

Cada noche el cielo se iluminaba con el purpúreo resplandor que despedía un enorme incendio. La Kreschatik ardió durante seis días enteros.

Los días 27 y 28 de septiembre de 1941, una semana después de la ocupación de Kíev, un anuncio impreso en letras mayúsculas sobre papel azul basto y en lenguas ucraniana y rusa apareció en las paredes de muchos edificios de la ciudad: «¡A los judíos de la ciudad de Kíev y alrededores! El próximo lunes 30 de septiembre debéis acudir con vuestras pertenencias, dinero, documentos, objetos de valor y ropa de abrigo a la calle Dorogozhítskaya, junto al cementerio judío. La inasistencia será castigada con la pena de muerte. Esconder judíos será castigado con la pena de muerte».

Aquella horrible orden que constituía el preludio a la muerte de setenta mil personas no llevaba firma alguna.

La Gestapo continuó cometiendo todo tipo de excesos en las calles y casas hasta

el 29 de septiembre.[7]

El 28 de septiembre los alemanes detuvieron en el mercado Galitski a Gersh Abóvich Grinberg (calle Volodarski, 22), un anciano de setenta y cinco años patriarca de una gran familia que contaba con numerosos ingenieros, médicos, farmacéuticos, pedagogos y literatos. Le robaron lo que llevaba, lo desvistieron y lo torturaron salvajemente hasta ocasionarle la muerte. Su mujer, la anciana Telia Osinova no lo vio más. Se había pasado todo el día horneando bollos, cocinando y preparándose para el viaje. Un día después, el 29 de septiembre, murió en Babii Yar.

Al ingeniero I. L. Edelman, hermano del célebre pianista y profesor del Conservatorio de Kíev A. L. Edelman, los alemanes lo detuvieron en la calle Zhilianskaya. Lo zambulleron de cabeza en un barril situado junto a un canal de desagüe, causándole la muerte.

B. A. Libman narra la historia de una familia judía que permaneció escondida unos días en un sótano. Finalmente, la madre decidió abandonar el escondite con sus dos hijos pequeños para huir a una aldea. Unos alemanes borrachos los interceptaron cuando atravesaban el mercado Galitski y se ensañaron con ellos. Decapitaron a uno de los niños ante su propia madre. Después le dieron muerte al segundo. Fuera de sí, la mujer apretó los dos cadáveres contra su cuerpo. Tras disfrutar de la escena hasta hartarse, los alemanes la mataron también a ella. El padre de las criaturas acudió a toda prisa al lugar de la masacre: también a él lo mataron.

Dos días antes de los sucesos de Babii Yar el viejo músico Yefím Borísovich Pikus acudió a la comandancia alemana a interesarse sobre lo que debía hacer con su nuera enferma, L. G. Pikus, pues la mujer no estaba en condiciones de salir a la calle por su propio pie. El anciano Pikus no volvió a casa. Dos días más tarde su hijo y su nuera fueron asesinados.

El abogado Tsiperóvich era un hombre muy culto y bien conocido en Kíev. Vivía en el número 41 de la calle Púshkinskaya. Fue fusilado junto a su mujer.

Los alemanes forzaron a la pianista Pela Zinóvievna Grinberg y su prima Rosalía Naúmovna Kapústina a dirigirse al cementerio Lukyánovka. Nunca volvieron de él.

Debido a la enfermedad que padecía, el joven escritor Mark Chudnovski no consiguió abandonar Kíev a tiempo. El día de la concentración, su esposa, de nacionalidad rusa, no le permitió acudir solo al cementerio, porque sabía qué le esperaba allá. «Hemos compartido las horas felices y no te voy a abandonar ahora», le dijo. Juntos se dirigieron al cementerio y juntos murieron.

El profesor del Conservatorio de Kíev S. U. Satanovski y su familia fueron fusilados por los fascistas.

El matemático y ajedrecista Anatoli Sandomirski vivía en al número 36 de la calle Saksagánskaya. Llevaba años postrado en una cama por padecer encefalitis. Los alemanes lo arrastraron a la calle y allí murió.

Del número 27 de la misma calle Saksagánskaya los hombres de las SS sacaron a rastras a Sofía Goldóvskaya, una anciana paralítica y la asesinaron. Era madre de diez hijos.

Sarra Maxímovna Evenson, también anciana, había sido una notable activista política antes de la revolución. Fue editora del diario Volyn en la ciudad de Zhitomir y organizó varios círculos de debate político. A su pluma se debieron numerosos artículos de propaganda revolucionaria que firmaba con el seudónimo S. Maxímov. Fue además la primera traductora al ruso de Feuchtwanger y otros muchos novísimos autores. Dominaba a la perfección varias lenguas europeas y mantenía correspondencia con personalidades señeras del arte y la cultura.

Su avanzada edad impidió que S. M. Evenson evacuara Kíev a tiempo. De hecho, llevaba dos años sin salir de casa. Sin parar mientes en que se trataba de una mujer que ya tenía biznietos, los alemanes la arrojaron desde un tercer piso. Las ancianas Hanna Itskovna Kagánova, madre de un médico del ejército, y Médnikova, varios de cuyos hijos combatían en las filas del Ejército Rojo, fueron denunciadas a los alemanes por Gontkovski, administrador de la propiedad donde ambas residían (calle Tarasóvskaya, 12). Ambas fueron torturadas salvajemente. Regina Lázarevna Magat (calle Gorky, 10) madre de un profesor de medicina y biología muerto en el frente de batalla, fue asesinada por los alemanes. El célebre jurista Ilyá Lvóvich Babat recibió un balazo disparado por un alemán cuando paseaba con sus dos nietas, Polina y Malvina. Los alemanes y los porteros que colaboraban con ellos sacaban de sus apartamentos a los ancianos incapacitados y los arrojaban a calles y aceras. Allí morían debido al frío, el hambre y la indiferencia de los transeúntes.

El compositor y director de orquesta Jaím Yampolski trabajó largos años en el Comité de la Radio y la orquesta del circo de Kíev. Yampolski es autor de notables composiciones sobre temas judíos y ucranianos. También son muy populares sus versiones de canciones populares judías. Yampolski era cuñado del violinista Mirón Poliakin, célebre en todo el mundo. Él fue su primer maestro y el responsable de la carrera musical de Poliakin. También los hijos de Jaím Yampolski se dedicaron a la música: Vera, Vladimir y Elena son pianistas; Gertz es violinista. Los alemanes fueron a buscar a Yampolski a la sede del Comité de Radio. Irrumpieron allí en mitad de un ensayo y se lo llevaron. No se volvió a saber de él.

Pela Alexándrovna Libman, quien trabaja hoy en Kíev como secretaria y mecanógrafa, escribió el siguiente testimonio acerca de su padre, su yerno y otros familiares, todos ellos muertos: «Los vecinos del edificio de apartamentos donde vivimos casi toda la vida me contaron que mi padre se daba perfecta cuenta de la razón por la que estaban reuniendo a todos los judíos, esos mártires eternos. Cuentan que lloraba con tal desconsuelo que ni siquiera las personas con mayor fuerza de ánimo podían mirarle a la cara. Marchó al cementerio acompañado de otros vecinos del edificio, todos ancianos entre los que crecí. También sé de lo ocurrido en el edificio sito en el número 6 de la avenida Volodarski, donde murieron los miembros de catorce familias judías, entre ellos mi tía Sofía Shutaya y su marido. Los sobrevivió una anciana de nacionalidad rusa que se ocupaba de cuidar a sus hijos, hoy en las filas del Ejército Rojo. La mujer acompañó a mi tía y a su marido al cementerio».

Por esos mismos días murió asesinado Moiséi Grigórievich Beñach, un profesor de bacteriología conocido en toda Europa. Con él murieron su hermana y su sobrina.

Sin embargo, todo aquello no era más que el preámbulo del genocidio. Al amanecer del 2.9 de septiembre los judíos de Kíev recorrieron lentamente las calles, partiendo desde todos los puntos de la ciudad, en dirección al cementerio judío en Lukyánovka. Muchos de ellos pensaban que les esperaba un traslado a alguna ciudad de provincia. Algunos comprendían que en Babii Yar les esperaba la muerte. He ahí la razón del elevado número de suicidios que se produjeron aquel día.

Las familias hornearon pan para el camino, improvisaron bolsas de viaje, alquilaron carruajes y coches. Los ancianos avanzaban ayudándose unos a otros. Las madres llevaban a sus hijos en brazos o en cochecitos. La gente andaba cargada de bolsas, líos, maletas y cajas. Los niños avanzaban con desgana junto a sus padres. Los jóvenes apenas cargaban nada, pero los ancianos parecían querer llevarse media casa consigo. Los nietos llevaban del brazo a sus abuelas, quienes avanzaban entre suspiros y con el rostro pálido. Los enfermos y los minusválidos eran cargados por sus familiares en camillas y parihuelas improvisadas con sábanas o mantas.

Apostados en las aceras, los soldados alemanes veían pasar el incesante desfile de judíos por la calle Lvóvskaya. Era tal el número de personas que avanzaba por allí desde el amanecer hasta últimas horas de la noche que resultaba difícil cruzar la calle. Aquel desfile hacia la muerte se prolongó durante tres días con sus noches. La ciudad enmudeció. Los judíos afluían en oleadas sucesivas a la Lvóvskaya desde las calles Pávlovskaya, Dmítrievskaya, Volodárskaya y Nekrásovskaya. La Lvóvskaya se prolongaba en la calle Melnik; más allá se abría un camino desierto que atravesaba unas colinas desnudas hasta llegar al profundo barranco conocido como Babii Yar. Mientras la muchedumbre se acercaba a Babii Yar aumentaba la intensidad del sordo murmullo que salía de ella, mezclado con sollozos y llantos.

Los alemanes habían montado una improvisada oficina a cielo abierto. La multitud que esperaba tras las barreras instaladas al final de la calle no veía las mesas de escritorio. Los alemanes hacían pasar a treinta o cuarenta personas cada vez y los conducían a las mesas para que les dieran de alta en «el registro». Les retiraban los documentos y los objetos de valor. Los documentos eran arrojados al suelo allí mismo. Los testigos afirman que los papeles, los pasaportes y los carnés del sindicato formaban una gruesa capa que cubría toda la plaza. Seguidamente, los alemanes ordenaban desvestirse a todos sin excepción: a las adolescentes, las mujeres, los niños, los ancianos… La ropa era apilada en orden. A los hombres y las mujeres desnudos les arrancaban los anillos de los dedos. Seguidamente los verdugos colocaban en fila los grupos de condenados en el borde de un profundo barranco y les disparaban a quemarropa. Los cuerpos rodaban hasta el fondo del barranco. A los niños pequeños los arrojaban vivos. Muchas de las víctimas perdían la razón mientras avanzaban hacia el lugar de la ejecución. Muchos de los que aún no habían tomado el camino del cementerio, conocieron de antemano lo que sucedía en Babii Yar y se prepararon para ello. Los ancianos se vestían de negro y se reunían a orar en las casas antes de encaminarse a la calle Lvóvskaya.

Sin embargo, la mayoría de los habitantes de Kíev no supo hasta el último minuto lo que los alemanes estaban perpetrando en Babii Yar.

Unos decían que se trataba de movilizar a los judíos para enviarlos a trabajar; otros hablaban de un reasentamiento. Por último, había quienes aseguraban que el mando alemán había llegado a un acuerdo con el gobierno soviético y se iba a producir un canje a razón de una familia judía por cada prisionero alemán.

Támara Mijáseva, una joven rusa esposa de un oficial judío del Ejército Rojo, acudió también a Babii Yar confiando en que podría hacerse pasar por judía y, una vez canjeada, conseguiría encontrar a su marido en territorio soviético. Támara ocupó su lugar en la fila para entregar las pertenencias que llevaba consigo. Después, hizo lo propio en la fila que se dirigía a la barrera instalada al final de la calle para pasar el registro. A su lado había una familia formada por una anciana de gran estatura que llevaba un sombrero, una joven mujer, un niño y un hombre corpulento. El hombre tomó al niño en brazos.

Mijáseva se les acercó y les preguntó: «¿Creéis que nos canjearán este mismo mes?».

El hombre la miró fijamente:

—¿Usted es judía? —le preguntó.

—Mi marido lo es.

El hombre la miró fijamente a los ojos y le dijo:

—Tiene que abandonar este lugar inmediatamente. Espéreme un instante y nos marcharemos juntos.

El hombre levantó al niño hasta la altura de la cara y lo besó en los ojos. Después se despidió de su mujer y su suegra e hizo un gesto a Támara para que lo siguiera. Al llegar a la barrera dijo una frase en alemán a uno de los guardias que la custodiaban. El tono imperativo de su voz les franqueó la puerta sin estorbos.

Aquel hombre era un ruso de origen alemán y acababa de acompañar a Babii Yar a su hijo, su mujer y su suegra.

Mijáseva lo siguió fuera de la multitud. Desde Babii Yar les llegaban los ladridos de docenas de perros, el ruido de las armas automáticas y los gritos de los condenados.

La gente continuaba llegando en masa. Toda la calle Lvóvskaya estaba llena de judíos. Desde un gran número de altoparlantes se escuchaba la alegre música con la que los alemanes intentaban apagar los gritos de las víctimas.

Al llegar a la calle Ovrúchskaya el hombre se detuvo de pronto y señalando a la multitud que avanzaba lenta, solemnemente, en silencio y resignada a su suerte, le dijo a Támara: «Usted puede vivir. También yo, porque soy alemán. Pero todos esos van a una muerte segura».

Hubo también quien consiguió salvar la vida de milagro y narró su experiencia. Nesia Elgort, quien residía en el número 40 de la calle Saksagánskaya, echó a andar hacia el barranco apretando con fuerza el cuerpo tembloroso de su hijo Iliusha. Había perdido de vista a sus familiares cuando avanzaba entre la multitud. Con su hijo en brazos, se colocó en el borde mismo del barranco. Sumida en un estado de semiinconsciencia, escuchó los disparos y los gritos y cayó a tierra. Sin embargo, ninguna bala la había alcanzado. Cuerpos ensangrentados, todavía calientes, la cubrían. Cientos y miles de muertos yacían en torno a ella formando una masa informe. Había ancianos caídos sobre niños y menudos cuerpos infantiles apretados a los cadáveres de sus madres.

«Me resulta difícil explicar cómo conseguí escapar de aquel barranco mortal», recuerda Nesia Elgort, «pero sé que me arrastré hasta salir de allí. Seguramente el instinto de supervivencia me dio fuerzas. Esa noche llegué con mi hijo a Podól. No sé qué milagro hizo que también él se salvara. Se había aferrado a mí con todas sus fuerzas y no se despegaba ni un instante. Una mujer rusa, María Grigórievna —no recuerdo su apellido—, me dio cobijo por una noche en Podól y a la mañana siguiente me ayudó a llegar a la calle Saksagánskaya».

Yelena Yefímovna Borodiánskaya-Knysh también se salvó de morir en Babii Yar. Había llegado al barranco acompañada de su pequeña hija cuando ya había oscurecido. Este es su relato: «Por el camino, los alemanes juntaron a otras ciento cincuenta personas a nuestro grupo. Había una niña de unos quince años, Sarra era su nombre, a la que no olvidaré mientras viva. Es difícil describir la belleza de aquella niña. La madre se tiraba de los pelos y gritaba una y otra vez “¡Matadnos juntas!” con una voz que hería el alma. A la madre la mataron de un culatazo. Con la niña no se dieron prisa. Unos cinco o seis alemanes la desnudaron completamente. No sé qué pasó después, porque no fui capaz de mirar más.

»A nosotros nos ordenaron quedarnos en ropa interior, nos despojaron de los bultos que llevábamos y unos cincuenta metros más adelante nos quitaron los documentos, el dinero, los anillos y los pendientes. Sujetaron a un anciano para arrancarle los dientes de oro. Como se resistía, un alemán lo agarró de la barba y lo lanzó al suelo. El alemán se quedó con mechones de pelo entre los dedos. El anciano sangraba abundantemente y, al verlo, mi hija se puso a llorar.

»—No me lleves allí, mamá, que nos matarán —me dijo—. Mira lo que le están haciendo a ese abuelo…

»—No grites, hijita —le rogué—. Si gritas no nos podremos escapar y entonces sí nos matarán…

»Era una niña muy paciente y se calló. Iba en silencio, temblando como una hoja. Tenía apenas cuatro años entonces. Después nos ordenaron quitarnos toda la ropa. Por suerte, mi ropa interior era vieja, así que me permitieron quedármela.

«Aproximadamente a medianoche los alemanes nos ordenaron formar una hilera al borde del barranco. Sin esperar la siguiente orden, empujé a mi hija a la zanja y me lancé detrás cayendo sobre ella. Inmediatamente me empezaron a caer cuerpos encima. Después se hizo silencio. Un cuarto de hora más tarde trajeron a la siguiente partida. Nuevamente se escucharon disparos y cayeron al barranco los cuerpos ensangrentados de muertos y agonizantes.

»De pronto, sentí que mi hija había dejado de moverse. Me incliné como pude sobre ella cubriéndola totalmente con mi cuerpo y cerrando ambas manos coloqué los puños bajo su mandíbula para evitar que se asfixiara. Entonces se movió. Hice lo que pude para mantenerme arqueada sobre ella y no aplastarla. Había mucha sangre por todos lados. Las descargas continuaron sucediéndose hasta las nueve de la mañana. Tenía cadáveres debajo de mí y encima de mí.

»De pronto escuché que alguien se paseaba sobre los cadáveres diciendo palabrotas en alemán. Era un soldado alemán que hincaba una bayoneta en los cuerpos para asegurarse de que no había sobrevivientes. Dio la casualidad que estaba parado justo encima de mí y ello me salvó de recibir un bayonetazo.

»Cuando se fue, me incorporé. Los alemanes se estaban peleando a gritos por los objetos que nos habían quitado: se repartían el botín.

»Me liberé como pude y me levanté. Mi hija estaba inconsciente. Eché a andar por el fondo del barranco. Cuando me había alejado cerca de un kilómetro me percaté de que mi hija apenas respiraba. No había agua por ninguna parte, así que le humedecí los labios con mi propia saliva. Caminé otro kilómetro y recogí algo de rocío de la hierba para humedecerle la boca a la niña. Poco a poco, comenzó a volver en sí.

«Descansé un poco antes de seguir camino. Tras dejar atrás varios barrancos llegué por fin a las primeras casas de Babii Yar. Había una fábrica de ladrillos y aproveché para esconderme en el sótano. Estuve cuatro días allí, sin comida ni ropa.

»Al quinto día noté que ambas estábamos hinchándonos. No tenía ni la menor idea de lo que estaba ocurriendo en el exterior. De tanto en tanto, escuchaba el tableteo de las ametralladoras. Esa noche me colé en el desván de una casa y encontré una falda de lana muy usada y dos blusas viejas. Con una de las blusas cubrí a la niña como si llevara un vestido. Me fui a casa de mi amiga Litoschenko. Al verme se quedó de piedra. Me dio una falda, un vestido y nos escondió en su casa. Estuvimos más de una semana allí encerradas a cal y canto. Después me dio algo de dinero y me fui a casa de otra amiga, Fenia Pliuiko, quien también me prestó una gran ayuda. Su marido había muerto en el frente. Estuve más de un mes viviendo con ella. Sus vecinos no me conocían y cuando le preguntaban quién era, Fenia les decía que era su cuñada que había venido del pueblo. De ahí me trasladé a casa de Shkuropádskaya. Estuve dos semanas viviendo en su casa, pero no podía asomar la nariz, porque en Podól todo el mundo me conocía».

Oculto tras una lápida del cementerio, Dmitri Pasíchny pudo ver cómo los alemanes masacraban a los judíos. No aguantó mucho rato. Cuando volvía a casa se encontró a una muchedumbre a las puertas de la universidad. Un alemán larguirucho invitaba a la gente a entrar a la biblioteca. Pasíchny entró. Había una pareja de judíos ensangrentados tumbados en el suelo. A juzgar por el vientre de la mujer era evidente que se encontraba en avanzado estado de gestación. Había un montón de monedas de oro y billetes de banco sobre una de las anchas mesas de la biblioteca. En las esquinas del salón todavía se podían ver los rojos estandartes soviéticos. El alemán avanzó hasta la mujer tumbada en el suelo, le pegó una fuerte patada en el vientre y gritó en un ruso deficiente: «Ahora podéis ver cómo los judíos y los comunistas se roban las riquezas del pueblo. Mirad cuánto dinero llevaban encima estos dos». Aquella grosera provocación le produjo a Pasíchny una intensa sensación de asco, así que abandonó a toda prisa el edificio de la biblioteca.

La mujer de Pasíchny, Polina, y su suegra, Evguenia Abrámovna Sheveliova, eran ambas judías. Pasíchny las encerró en un armario y dijo a los vecinos que habían marchado al cementerio cuando fueron convocadas. Así intentaba salvarles la vida. Más tarde consiguió llevarlas a casa de unos amigos en la calle Lvóvskaya, donde se alojaron durante varios meses hasta que se trasladaron al pequeño edificio que ocupa la iglesia Pokróvskaya en Podól. El padre Glágolev, sacerdote encargado de esa iglesia, era hijo del sacerdote que compareció como perito en el tribunal que juzgó a Beylis y permitió que las dos mujeres vivieran en la iglesia basta agosto de 1942, cuando Pasíchny decidió llevarlas a Kámenetz-Podólsk. El padre Glágolev salvó a otros muchos judíos que acudieron a pedirle ayuda.

Los alemanes aniquilaron a los judíos de Kíev. Sin embargo, los valiosos libros judíos que atesoraban las grandes bibliotecas de la ciudad fueron empacados con mimo y llevados fuera de la ciudad para que agentes emplazados en países neutrales los vendieran a Estados Unidos y sacar así provecho de ellos.

Después de perpetrar la masacre de Babii Yar, los alemanes y la policía se lanzaron a la caza de nuevas víctimas. Cientos de judíos que habían conseguido escapar a la muerte en el barranco murieron más tarde en apartamentos, en las aguas del río Dniépr, en los barrancos de Pechersk y Demievka o fueron tiroteados en plena calle. Los alemanes sometieron al más celoso escrutinio los documentos de toda persona cuya apariencia física sugiriera que podía ser judía. Cualquier sospechoso era fusilado de inmediato si mediaba una denuncia. Los alemanes no se limitaban a buscar en las casas; también husmeaban en sótanos y cuevas, usaban explosivos para levantar suelos, echar abajo muros sospechosos, desvanes o chimeneas. Querían borrar cualquier rastro de judaismo, pero también querían borrar las huellas de sus actividades.

El destino quiso que algunos de los judíos de Kíev que escaparon de Babii Yar consiguieran sobrevivir para que hoy podamos escuchar de su propia boca el testimonio de las víctimas, el testimonio veraz de los testigos.

Dos años después de la masacre el Ejército Rojo llegó a las puertas del Dniépr y Berlín dio la orden de destruir todos los cuerpos sepultados en Babii Yar.

Vladimir Davydov, a la sazón prisionero en el campo de concentración de Syrets, relata cómo en otoño de 1943 los alemanes sospecharon que pronto se verían obligados a abandonar Kíev y se afanaron en ocultar las huellas de las ejecuciones en masa en Babii Yar. El 18 de agosto de 1943 los alemanes seleccionaron a trescientos prisioneros del campo de concentración y les pusieron grilletes en los tobillos. Todos los prisioneros adivinaron que les esperaba un trabajo muy especial. Al salir del campo de concentración, el grupo de prisioneros fue escoltado exclusivamente por oficiales y suboficiales de las SS. Los prisioneros fueron conducidos a unos búnkeres oscuros y rodeados de alambre de espino. En torno a los búnkeres había torres de vigilancia desde donde eran vigilados permanentemente por alemanes armados de ametralladoras. El 19 de agosto los prisioneros fueron sacados de los búnkeres y llevados a Babii Yar bajo medidas de seguridad extremas. Cuando les entregaron las palas los prisioneros comprendieron que les esperaba un trabajo de veras horrible: abrir las fosas donde reposaban los cadáveres de la masacre de finales de septiembre de 1941.

Bastó que los prisioneros levantaran la primera capa de tierra para que descubrieran decenas de miles de cadáveres. A la vista de aquel macabro espectáculo el prisionero Gayevski perdió momentáneamente la razón. Después de haber pasado tanto tiempo enterrados los cuerpos se habían soldado unos con otros y había que separarlos con la ayuda de ganchos. Vladimir Davydov y sus compañeros trabajaron en Babii Yar desde las cuatro de la madrugada hasta bien entrada la noche. Los alemanes los obligaron a quemar los restos humanos. Colocaban dos mil cuerpos sobre una plataforma de madera y los rociaban con petróleo. Las enormes hogueras ardieron día y noche. Más de setenta mil cadáveres fueron entregados al fuego de esa forma.

Los alemanes obligaban a pulverizar con unas enormes apisonadoras los huesos que no terminaban de arder. Los mezclaban con arena antes de repartirlos por terrenos cercanos a Babii Yar. Himmler, el jefe de la Gestapo, se desplazó personalmente desde Berlín para evaluar la calidad de aquella macabra misión. El 28 de septiembre de 1943, cuando ya el trabajo tocaba a su fin, los alemanes ordenaron a los prisioneros encender nuevamente las hogueras. Los prisioneros comprendieron que ahora les había llegado a ellos la hora de morir. Davydov había encontrado unas tijeras herrumbrosas en el bolsillo de una de las mujeres muertas. Con ellas consiguió liberarse de los grilletes. Los demás prisioneros lo imitaron. Al amanecer del 29 de septiembre de 1943, exactamente dos años después de la masacre de Babii Yar, Davydov y sus compañeros escaparon corriendo de los búnkeres y se abalanzaron sobre los muros del cementerio. Estupefactos ante una fuga que no se esperaban, los SS tardaron unos instantes en abrir fuego. No obstante, consiguieron dar muerte a doscientas ochenta personas. Vladimir Davydov y otros once prisioneros consiguieron saltar el muro y escapar. Todos ellos fueron acogidos por habitantes de las afueras de Kíev. Más adelante, Davydov consiguió abandonar la zona y asentarse en la población de Varovichi.

[Ni todos los cuerpos fueron quemados ni todos los huesos pulverizados: eran demasiados. Todavía hoy quienes acudan a Babii Yar podrán ver esquirlas de cráneos y huesos mezclados con carbón o se toparán una bota calzando un trozo de pie podrido, zapatillas, galochas, trapos, jirones de vestidos de mujer, juguetes o trozos de las rejas de hierro fundido que cercaban el cementerio. Esas rejas sirvieron de improvisadas parrillas sobre las que ardieron los cuerpos de las víctimas de la masacre que tuvo lugar durante aquellos terribles días de septiembre de 1941.]

Este artículo fue redactado a partir de pruebas documentales y testimonios de los habitantes de Kíev.

EDITOR: LEV ÓZEROV