El libro negro
Parte 8 Los verdugos
Parte 8
Los verdugos
El antisemitismo y la política racial de los nazis
La historia de los pueblos civilizados no había conocido jamás guerra tan bárbara y tan movida por la rapiña como la que los nazis emprendieron contra los pueblos del país de los Soviets.
Desde el mismo momento de su surgimiento la «política racial» de la maquinaria estatal nazi estuvo dirigida a grabar en la conciencia de los alemanes la noción de que tenían «derecho» a gobernar sobre los demás pueblos, a la vez que irlos «adiestrando» para cumplir ese objetivo.
La población judía de Alemania fue la diana sobre la que se realizaron los primeros avances en ese proceso de «adiestramiento». El terreno había sido profusamente abonado de antemano.
Desde el último cuarto del siglo XIX y antes de la aparición de Hitler, los elementos más reaccionarios de Alemania —es decir, figuras como Treitschke, Stöcker, quien fuera capellán de la corte de Guillermo II y ciertos círculos de la nobleza prusiana— echaron mano del antisemitismo para distraer la atención de las sectores de población más indignados con los verdaderos culpables del lamentable estado de la economía.
Los judíos fueron declarados culpables de todos los males que padecían las masas populares, aun cuando no constituían más del 1% de la población de Alemania. Las agudas cuestiones sociales fueron convertidas en problemas relacionados con la raza, la religión o el origen nacional. Por si ello fuera poco, el antisemitismo fue adornado con una coloración «social» que pasaba por ser «genuinamente alemana» y era tenida por constituir un «socialismo cristiano». Ya por aquel entonces August Bebel llamó al antisemitismo «el socialismo de los tontos».
Con la llegada de Hitler al poder el «adiestramiento racial» se desbordó en toda suerte de pogromos, golpizas, asesinatos y saqueos a la población judía. Las tropas de asalto nazis y un aparato policial bien alimentado de cuadros nazis alentaban y supervisaban los pogromos.
Los judíos fueron puestos «fuera de la ley» y despedidos de las instituciones civiles, públicas y otras. También fueron despojados de la nacionalidad alemana, algo que fue sancionado formalmente en el texto de las Leyes de Núremberg en 1935.
Los códigos penales de los países civilizados suelen prever duros castigos para criminales y saqueadores, así como para sus cómplices e instigadores. En cambio, cuando los nazis tomaron el poder en Alemania se comenzó a predicar abiertamente en las escuelas, las universidades, los libros y la prensa diaria que los alemanes pertenecían a una «raza superior», que todo les estaba permitido y que tenían derecho a construir su prosperidad y bienestar sobre las cenizas de otros pueblos.
En Alemania no había un aparato del Estado en el sentido habitual de esa expresión. El Estado era más bien un arma al servicio de bestias que utilizaban la fuerza del Estado (la policía, los funcionarios, el ejército) para llevar a cabo abusos y saqueos que habrían sido castigados por las leyes de cualquier país civilizado.
Hitler afirmó: «Si queremos crear nuestro gran Imperio alemán, antes tendremos que reprimir y exterminar a los pueblos eslavos: rusos, polacos, checos, eslovacos, búlgaros, ucranianos y bielorrusos».
Esa enseñanza constituía una pieza fundamental de los planes fascistas. Muchos años antes del inicio de la guerra, Hitler azuzó los bajos instintos de sus seguidores en un congreso que reunió a la escoria fascista en Núremberg con estas palabras: «Cuando los Urales y sus incontables reservas minerales sean nuestros, cuando los vastos bosques de Siberia y los infinitos campos de Ucrania estén en nuestras manos, entonces las necesidades de nuestro pueblo estarán cubiertas».
Durante el primer año desde el inicio de la ocupación de la Unión Soviética, los codiciosos y presuntuosos alemanes creyeron que a partir de entonces el trigo y la panceta ucranianos y el carbón de la cuenca de Donetsk habían caído en sus manos para siempre. El Reichskommissar de Ucrania Erich Koch, un protegido de Hitler, escribió que Ucrania debía «apoyar el esfuerzo bélico alemán y suministrar abundantes materias primas y alimentos para que Alemania y Europa puedan proseguir con la guerra durante el tiempo que sea necesario».
Los fascistas consideraban que emponzoñar las relaciones entre las diversas nacionalidades que poblaban la Unión Soviética les facilitaría la instauración del «nuevo orden». En la «Carpeta verde» de Goering, donde se trazaban las líneas maestras del comportamiento a seguir en los territorios soviéticos ocupados por los agentes alemanes, se los instruía claramente a fomentar la enemistad entre los distintos pueblos de la URSS con vistas a neutralizar la resistencia.
De acuerdo con esas instrucciones, los alemanes mimaron a un grupo de nacionalistas ucranianos (los hombres de Stepán Bandera y otros) y les encomendaron la tarea de esclavizar al pueblo ucraniano a la vez que lo predisponían contra los rusos y los judíos. Y, sin embargo, por esos mismos días una circular secreta con la firma del comandante del ejército alemán Kinzinger y fechada el 18 de julio de 1942. (N.° 5771/564/42 - Secreto) se subrayaba lo siguiente: «Los ucranianos siempre han sido personas ajenas a nosotros y lo continúan siendo. Toda manifestación de interés hacia los ucranianos y su realidad cultural, por nimia que sea y aun cuando sea inspirada en la credulidad y carezca de mayor profundidad, ocasiona un grave daño a los diáfanos perfiles a los que Alemania debe su poderío y su gloria, y los debilita».
Los líderes alemanes crearon un sistema en el que todo ascenso por la escalera jerárquica del nazismo dependía del grosor del expediente de asesinatos y crueldades infligidos a la población civil y desarmada de los territorios ocupados, tanto en los pueblos como en los campos de concentración.
En las comunicaciones de esos mismos líderes se insistía permanentemente en la necesidad de emponzoñar las relaciones entre los individuos de distintas nacionalidades.
En perfecta concordancia con las directivas recogidas en la «Carpeta verde» de Goering, el comandante alemán de la ciudad de Borisov informó en algún momento a sus jefes: «Estoy trabajando arduamente en el fomento del antagonismo entre bielorrusos y rusos y en el de ambos contra los judíos».
Cada vez que los alemanes llegaban a una ciudad se desataba un sangriento infierno y una ordalía de saqueos, cuyas primeras víctimas eran los judíos. Detrás del ejército venían la Gestapo y los «especialistas» en el establecimiento del régimen de ocupación.
Se implementaba entonces un «aparato» represivo especializado en el pillaje y el exterminio de los judíos. Los alemanes amenazaban de muerte a todo ruso, ucraniano, bielorruso, etc., que brindara cobijo a un judío.
Lvov, Kíev, Jarkov, Minsk, Gómel o Riga fueron testigos del exterminio concienzudo al que fueron sometidos los trabajadores judíos y sus familiares. Naturalmente, no fueron ésas las únicas ciudades donde se vivió el horror antisemita.
Más tarde, a medida que se iba decidiendo la suerte de la guerra, la bestialidad de los monstruos fascistas creció exponencialmente. En los países que rendían vasallaje al nazismo —Italia, Rumania y Hungría— los virreyes alemanes impusieron «leyes raciales». Los judíos de todos los territorios ocupados eran llevados a Majdanek o Auschwitz, donde los exterminaban.
En diciembre de 1942 los gobiernos de Bélgica, Gran Bretaña, Holanda, Grecia, Luxemburgo, Noruega, Polonia, los Estados Unidos de América, la URSS, Checoslovaquia, Yugoslavia y el Comité Nacional Francés emitieron una declaración en la que manifestaban que los ocupantes fascistas alemanes «se habían dedicado a plasmar en la realidad el exterminio de toda la población judía de Europa, un objetivo tantas veces proclamado por Hitler». A continuación, todos esos gobiernos reafirmaron «la solemne obligación contraída en el marco de la Sociedad de Naciones en aras de impedir que los responsables de esos crímenes escaparan al peso de la necesaria reparación».
Un comunicado del Buró de Información del Comisariado de Asuntos Exteriores de la URSS que lleva el título de «Acerca de la implementación por parte de los fascistas de su plan de exterminio de la población judía de Europa» (publicado en el diario Izvestia el 19 de diciembre de 1942) aporta datos concretos sobre la política alemana de exterminio. Dicho informe recogía entre otras cosas lo siguiente: «Por medio de la brutalidad a la que someten a los judíos y toda la diabólica propaganda antisemita que desarrollan, los hitlerianos pretenden desviar la atención del pueblo alemán de la catástrofe que se cierne sobre la Alemania fascista, cuya inminencia resulta cada vez más evidente. Tan sólo la clase de aventureros que jalea a Hitler puede concebir que los innumerables crímenes perpetrados contra los pueblos de Europa arrastrados a la guerra por el insaciable imperialismo alemán podrá ser ahogada en la sangre de cientos de miles de judíos».
Todo ello ya es historia. Hoy los ejércitos de Hitler han sido derrotados y la criminal maquinaria fascista ha sido desmantelada.
Hoy los principales culpables de esas atrocidades, los instigadores y artífices de torturas y crímenes en masa comparecen ante el Tribunal Militar Internacional. Julius Streicher, un genuino «especialista» en antisemitismo, amigo cercano y asociado de Hitler, es uno de ellos. Streicher se desempeñó como redactor en jefe del odioso periodiquillo Der Stürmer, que se dio a combinar la pornografía más empalagosa con el antisemitismo más salvaje. Streicher fue regalado con el rango de General de las SS y se convirtió en Gauleieter de Franconia. En la lista de acusados que tiene ante sí el Tribunal Militar Internacional lo preceden Goering, Ribbentrop, Hess, Kaltenbrunner, Rosenberg, Frank y otros responsables de tantos desmanes de orden militar y político.
En la Europa liberada de los ocupantes fascistas alemanes ha sido suprimido todo tipo de discriminación por motivos de raza o nacionalidad, en particular la que afecta a la población judía.
Y, sin embargo, ¿sería justo decir que con la liquidación del gansterismo político nazi y la supresión del Estado hitleriano ha terminado el enfrentamiento contra la odiosa «ideología» fascista y, en particular, contra el antisemitismo?
¡Rotundamente, no! Y de ellos da testimonio la dura lucha que todavía libramos contra los cachorros del fascismo en los países liberados, el enfrentamiento a los simpatizantes fascistas que por ahora han pasado a la clandestinidad, pero aprovechan cualquier circunstancia para asomarse a la vida pública para emprender de nuevo sus fanáticas labores.
Incluso en Gran Bretaña hemos visto cómo el capitán Ramsay, diputado reaccionario (conservador) al Parlamento que permaneció en prisión desde mayo de 1940 hasta septiembre de 1944, propuso abiertamente desde la tribuna de esa cámara
que el gobierno británico «reinstaure el Estatuto para los Judíos[143] y aplicara sus artículos».
Enfrentado a las fuerzas que propugnan transformaciones democráticas, el General Radescu, actual jefe de Gobierno en Rumania, intentó provocar el estallido de una guerra civil en febrero de 1945 y con ese propósito cargó contra varios miembros del frente democrático sirviéndose de ataques antisemitas.
En la Polonia liberada de las fuerzas fascistas de ocupación, el antisemitismo continúa siendo un arma del arsenal de los partidarios del «gobierno» en el exilio. Aliados de antiguos miembros de la Gestapo, estos elementos buscan fomentar el odio entre nacionalidades. [Tan pronto como en agosto de 1945 antiguos miembros de la Gestapo intentaron provocar un pogromo en la ciudad de Cracovia, pero vieron frustrados sus empeños gracias a la acción del ejército y la sociedad democrática
organizada.][144]
Por todo ello, el enfrentamiento contra el antisemitismo no puede tener éxito si no va acompañado de una lucha denodada en favor de la democracia y se basa en la estrecha colaboración de las fuerzas democráticas de todos los países. Mientras mayor sea la firmeza democrática y más consecuente la búsqueda de ella, más firme será la unión y la colaboración de todas las naciones y razas y más cercana estará la desaparición del antisemitismo.
La URSS, donde la Constitución establece que toda agresión a la igualdad de razas y nacionalidades y toda prédica del odio entre nacionalidades se castigarán con toda la severidad que permite el Código penal vigente, constituye un buen ejemplo de ello.
I. P. TRAYNIN, ACADÉMICO