El libro negro
Parte 4 Lituania
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Parte 4
Lituania
El gueto de Vilnius
LOS PRIMEROS DÍAS
La persecución de los ochenta mil judíos de Vilnius dio inicio el propio día de la llegada de los alemanes a la ciudad.
La policía fascista echó a los judíos de sus fábricas y confiscó la mercancía que vendían los tenderos judíos. Los muros de la ciudad se llenaron de carteles que proclamaban las nuevas reglas:
—Se prohíbe a los judíos hablar por teléfono.
—Los judíos no tienen derecho a utilizar el transporte ferroviario.
—Los judíos tienen prohibido el ingreso a los edificios públicos.
—Los judíos están obligados a entregar a las autoridades los aparatos de radio que posean.
—Todos los judíos quedan excluidos de la universidad.
La ciudad se llenó de carteles en los que se podía leer: «Prohibida la entrada a los judíos».
Los periódicos comenzaron a publicar abundantes artículos de carácter antisemita que llamaban a la realización de pogromos.
El 4 de julio de 1941 se publicó una orden que establecía lo siguiente:
Todos los judíos, con independencia de la edad o el sexo, deben llevar un distintivo amarillo cosido al pecho y la espalda. El distintivo consistía en un trozo rectangular de tela de unos diez centímetros de alto por otros tantos de ancho. En el centro del cuadrado debía figurar un círculo con una estrella de seis puntas. En todas las comisarías de policía se exhibieron muestras que debían ser emuladas.
La orden entró en vigor el 8 de julio de 1941. Desobedecerla se castigaba con toda severidad.
Unos días más tarde el comandante Nayman anunció una nueva disposición del mando alemán: se abolían los distintivos en el pecho y la espalda y se sustituían por un brazalete que mostrara una estrella blanca sobre un fondo azul. Apenas fue necesario un día para que también esa segunda orden fuera abolida y volviera a entrar en vigor la orden inicial que establecía la obligatoriedad de llevar los distintivos en el
pecho y la espalda.[50]
La extraordinaria frecuencia con que nuevas órdenes sustituían a órdenes anteriores no era fruto de la casualidad. Los alemanes se habían propuesto rebajar, humillar y quebrar la voluntad de los judíos para cobrarse así la mayor cantidad de vidas. A ello servían órdenes que muchas veces eran físicamente imposible obedecer. Naturalmente, bastaba que alguien no llevara el distintivo establecido en un momento dado para que se lo llevaran detenido.
Aún no había tenido ocasión de cesar la sucesión de órdenes acerca de los distintivos que debían llevar los judíos cuando apareció una nueva orden con una nueva lista de prohibiciones:
—Se prohibía a los judíos entablar cualquier tipo de conversación con personas no judías.
—Se prohibía a los judíos la venta de cualquier tipo de objetos.
—Todos los bienes muebles e inmuebles en manos judías pasaban inmediatamente a ser propiedad del Estado alemán. Sus antiguos propietarios podían conservarlos en usufructo provisionalmente y quedaban obligados a velar por su cuidado.
—Tal como se desprende del párrafo inciso, a los judíos se les prohibía acudir a los mercados.
Cualquier violación de esas normas se castigaba con el fusilamiento.
El 8 de julio de 1941 llegó a Vilnius el recién nombrado Gebietskommissar
Hingst.[51]
A Hingst le bastó su primer día en la ciudad para demostrar de lo que era capaz. Las calles Gospitálnaya y Novogoródskaya, habitadas fundamentalmente por judíos, fueron el escenario de terribles pogromos. Dos asesinos profesionales,
Schweinberger[52] [53] y Weiss fueron sus máximos responsables. Por si ello fuera poco, el nuevo sátrapa impuso una desmesurada contribución a la población judía de la ciudad.
Muy pronto se conocieron nuevas limitaciones:
—Los judíos tenían prohibido salir a la calle después de las seis de la tarde.
—Se les prohibía el uso de las aceras, de manera que tenían que desplazarse caminando sobre el firme de las calles, en fila india y de uno en uno.
—Las calles Mizkewicz, Zaválnaya, Shirókaya, Sliesárnaya y las plazas de la Catedral y la estación de trenes les quedaban completamente vedadas.
La sede de la Gestapo de Vilnius contaba con una sala muy singular en la que
algunos «profesores» alemanes bajo la batuta del [54] Sturmführer Neugebauer
desarrollaban planes destinados a infligir torturas aún más crueles y aniquilar a toda la población judía de la ciudad. El profesor Gotgart, hombre de confianza del propio Himmler, y llamado con carácter especial a la ciudad redactó un «Código» que constituía un acabado sistema de exterminio masivo de seres humanos explicado en quinientos incisos.
Un judío de Vilnius apellidado Kamermacher realizó trabajos forzados en el patio de la sede de la Gestapo y cuando más tarde coincidimos en el gueto me contó que había tenido ocasión de echarle un vistazo al «Código de Gotgart». Anotó algunos de los incisos que consiguió recordar:
—Fusilar a un judío dista de significar que se ha cumplido con las órdenes de Himmler. Los judíos tienen que ser sometidos a torturas antes de acabar con su vida. Mientras mayor sea el tiempo que pasen sometidos a tormentos, mejor será la consideración del trabajo del responsable encargado de los mismos.
—No existe disposición alguna que establezca que las ejecuciones de judíos han de ser practicadas por alemanes. Bien al contrario, es de todo punto deseable que un alemán dirija la ejecución, pero sean otros quienes la lleven a cabo.
—Todo el procedimiento de aniquilación se ha de practicar en secreto. Nadie debe conocer su existencia para evitar que los judíos aún vivos puedan intentar esconderse.
El «Código» contenía un apartado especial que pretendía transmitir una idea la mar de sencilla: no hay judíos más peligrosos en todo el mundo que los judíos de Vilnius. Luego, el objetivo final no se habría alcanzado si sobrevivía siquiera una docena de judíos en la ciudad. Tener piedad con el enemigo equivalía, lisa y llanamente, a traicionar al Estado alemán.
La aniquilación física de toda la población judía no era el único objetivo al que aspiraba la Gestapo. También se habían propuesto minar la entereza moral de los judíos y mancillar la historia de su pueblo desde el principio hasta el final de los tiempos. Eso último importaba tanto a la Gestapo como el exterminio físico de los judíos.
Muy pronto fue creada una Sección de Asuntos Judíos encargada de velar por el cumplimiento de las órdenes y disposiciones emanadas de un departamento especial dentro de la estructura represiva de la Gestapo.
Paralelamente, al oficial de la Gestapo Schweinberger se le encargó la formación de una organización que aglutinara a los nacionalistas lituanos de ascendencia alemana. Deseosos de llevar a buen y pronto término su misión, Schweinberger estableció su oficina en el número 12 de la calle Vilnius, donde ya funcionaba entonces la organización Ypatingas Büris, más conocida como «Ypatinga», a saber,
«los elegidos».[55] El oficial alemán dividió a los miembros de la organización en dos grupos: a uno se le encargó dar caza a los judíos; al otro, liquidarlos.
LOS «CAZADORES»
Los «cazadores» se dieron a la tarea de patrullar las calles de la ciudad. Su objetivo era localizar a los hombres judíos y obligarlos a trabajar. Con todo, el rendimiento laboral de los capturados no era lo que interesaba a los ocupantes. En realidad, se trataba de una mera vía prevista con astucia y total sangre fría para llevar a los judíos hacia las garras de la muerte.
En un primer momento, los judíos llevados a trabajar recibían acreditaciones que los libraban de los arrestos.
Muy pronto la población judía se vio dividida en dos grupos: los trabajadores y los que se ocultaban en las «malinas». Cuando los «cazadores» capturaban a uno de los judíos pertenecientes al segundo grupo lo conducían a la prisión de Lukishk, donde oficiaba Schweinberger. Antes les ordenaban llevar consigo una toalla y una pastilla de jabón.
El trabajo se llevaba a cabo de acuerdo a un sistema meticulosamente concebido. En la sede de la «Ypatinga» se abrió un fichero que contenía fichas con el nombre, el apellido, la dirección y el año de nacimiento de cada judío capturado y conducido a la cárcel. También se consignaba el nombre del «cazador» que se había cobrado la pieza. En el reverso de cada una de las fichas se anotaban las letras «L» o «P» con un lápiz rojo, un trámite del que se encargaba el secretario de la organización, Norvaisa. La letra «L» correspondía a las víctimas que aún permanecieran encerradas en la prisión. La «P» significaba que la persona en cuestión había sido transferida al campo de exterminio de Ponary. Los «cazadores» recibían diez marcos por cada judío capturado que acababa muerto.
«Los “cazadores” se tomaban muy en serio su oficio, de manera que no se limitaban a capturar y enviar a sus víctimas a la muerte: antes las sometían a todo tipo de vejaciones».
La víspera de la celebración del Yom Kippur (Día de la Expiación) llevaron mandolinas a sus víctimas y las obligaron a tocarlas cuando iban de camino a la cárcel. Los alemanes habían instituido dos guetos separados por la calle Nemiétskaya. Al primero, cuya arteria principal era la calle Rudnítskaya, lo llamaban «Facharbeiter Gueto». El segundo, organizado en torno a la calle Yevréiskaya fue destinado a los ancianos y las personas consideradas no aptas para el trabajo. Al principio nadie percibía ninguna diferencia entre ambos guetos. En el segundo gueto se produjo el siguiente suceso. Huyendo de una redada, el judío Gershon Shmukler se escondió detrás de un armario. No obstante, un «cazador» consiguió descubrirlo y lo sacó al patio. Shmukler llevaba consigo tres monedas de oro de diez rublos e intentó sobornar a su captor. En un primer momento el «cazador» se mostró renuente, pero después pareció aceptar. Con todo, en cuanto se hubo guardado en el bolsillo las tres piezas de oro, dijo:
—Es muy poco, así que no te dejaré marchar.
Aquél era todo el dinero que Shmukler llevaba consigo y así lo manifestó. Entonces el «cazador» le arrancó a golpes los dientes de oro y se marchó.
En la noche del 21 de octubre de 1941, conocida como «la noche de los carnés
amarillos»,[56] los perros de presa que acompañaban a los «cazadores» descubrieron la presencia de un zulo. Tras romper a hachazos el tabique de madera los «cazadores» se encontraron a una mujer tumbada sobre un jergón de paja. A su lado había un bebé todavía unido al cuerpo de su madre por el cordón umbilical. La mujer les suplicó entre sollozos:
—No me hagáis daño —les dijo—. Sois seres humanos como yo; también vosotros tenéis hijos.
Pero sus ruegos fueron estériles. El cordón umbilical fue cortado y la criatura separada de su madre. Ambos fueron a parar a un camión que los condujo a Ponary.
La prisión de Lukishk
Nadie sabía qué suerte corrían los judíos detenidos en la calle. Todos ellos eran enviados a la prisión de Lukishk para «ser colocados». Muchos acudían por su cuenta a la prisión, pues consideraban que era preferible ser enviados a hacer cualquier trabajo, por pesado que fuera, antes que vivir bajo el terror permanente a caer en las manos de un «cazador». «Mejor así —razonaban—, pues ningún trabajo podrá ser peor que morir de una muerte lenta encerrado en un zulo». No sabían que aquella cárcel era el camino más rápido hacia la muerte.
El 31 de agosto de 1941 Schweinberger y sus ayudantes personales Weiss y
Góring,[57] al mando de un batallón de infantería integrado por miembros del «Ypatinga», rodearon el sector más antiguo del barrio judío, es decir, las calles Yevréiskaya, Strashun, Miasnítskaya, Stekólnaya, Gaon, el callejón Dominikanski y la calle Nemiétskaya. Diez mil judíos fueron enviados de golpe a la prisión de
Lukishk.[58] Mi esposa, quien tuvo la mala suerte de ir a parar entonces a la prisión y la fortuna de escapar con vida, me contó más tarde lo que presenció allí.
«Antes de llegar a la prisión, cuando atravesábamos el mercado de Lukishk, nos encontramos con dos hileras de policías vestidos de civil que esperaban por nosotros. Teníamos que pasar entre las dos hileras y recibir la primera “acogida” que nos dispensaban aquellos bandoleros. Recibí un golpe tan fuerte en la cabeza que pude sentir cómo se rompía el palo con que me lo propinaron. Fueron muchos los ancianos y los niños que no consiguieron llegar siquiera al recinto de la prisión pues cayeron desplomados en el mercado. Nos obligaron a cargar con sus cuerpos. Había niños llorando junto a sus madres pisoteadas por la multitud.
«Cuando legamos por fin a la prisión nos ordenaron dejar a un lado los bultos que llevábamos y despojarnos de toda la ropa, excepto la ropa interior. Después abrieron las puertas de una celda enorme y nos embutieron dentro. La celda estaba tan llena de gente que no podía dar un paso ni moverme.
«Schweinberger apareció a la noche siguiente. Traía la camisa arremangada como un carnicero y empuñaba una fusta. Avanzó hasta el medio de la celda y se encaramó sobre el cuerpo de una mujer que se había desmayado y ordenó que nos volviéramos hacia las paredes: “¡Si alguien se atreve a volver la cabeza lo torturaré hasta matarlo!”, amenazó.
«Seguidamente, sin mostrar piedad alguna por las personas que recibían los golpes de su fusta comenzó a gritar órdenes: “¡De pie! ¡Al suelo! ¡De pie! ¡Al suelo!”.
»Tras una de aquellas sesiones de tortura una joven se ahorcó con los pañales de su propio hijo.
«Schweinberger aparecía una y otra vez. La gente rezaba y aullaba: “¡Shema Yisroel!”. Todos parecían buscar la muerte como única salvación. Soñaban con la muerte con pasión pareja, y puede que superior, a las ansias con las que los condenados a muerte sueñan con la vida. Pero era evidente que Schweinberger no parecía dispuesto a concederles una muerte dulce.
»Nos mantuvo encerrados allí durante más de una semana. Volvía noche tras noche y nos sometía a idénticos tormentos. Quien se mostraba incapaz de obedecer al instante sus órdenes de levantarse o acuclillarse probaba el filo del puñal dorado que Schweinberger siempre llevaba consigo. De vez en cuando los guardias entraban a la celda y sacaban a rastras a través de un largo pasillo ensangrentado a quienes habían muerto de asfixia o a causa de los tormentos y los arrojaban a las letrinas.
»Los presos que necesitaban salir de la celda a satisfacer sus necesidades fisiológicas se veían obligados a pagar a los guardias. A partir de un momento éstos sólo aceptaban el pago en oro. Muy pronto el precio mínimo por franquear la puerta a quien necesitaba acudir a las letrinas alcanzó los diez rublos pagados en oro. Tampoco el agua nos salía gratis. Cada sorbo se compraba con relojes o anillos.
»Los célebres artistas Jash y Kadish solían ocupar un oscuro rincón de la celda. Cuando no lloraban, se los podía escuchar tarareando por lo bajo alguna triste melodía.
«Algunos judíos que habían conseguido evitar la prisión por casualidad y que temían por la suerte que pudieran correr sus seres queridos caídos en las garras de Schweinberger intentaron sobornar a los alemanes.
«Cierto Wagner, un Oberleutenant alemán destacado en los fuertes de Burbishi, aceptó poner en libertad a ocho judíos a cambio de un precio muy elevado. Autorizado por Schweinberger, con quien compartía el monto del soborno, entró a la celda y gritó ocho nombres. Cuando gritó el de una mujer apellidada Goldberg —una judía que había sido vecina del número 6o de la calle Kalvarískaya y ahora yacía muerta en la celda tras resultar apuñaleada por Schweinberger—, respondí, agarrándome a un clavo ardiendo: “¡Aquí!”. “¡Fuera de aquí! ¡Deprisa!”, me ordenó el Oberleutenant. Schweinberger nos condujo personalmente hasta la puerta de la prisión y nos dijo que éramos libres.
»—¡Ojo! —advirtió—. Yo me entero de todo lo que ocurre por aquí, así como a alguno de vosotros se os ocurra decir una sola palabra contando lo que habéis visto aquí, os aseguro que vais a envidiar la suerte de quienes aún están allá dentro.
»Eso último lo dijo señalando al edificio de la prisión desde el que nos llegaban horribles gritos que sólo podían provenir de las víctimas de una matanza.
»Cuando traspasábamos la puerta, las hilachas del pañuelo que llevaba una de las mujeres que iban a ser liberada se enredaron en un botón de la guerrera de Schweinberger. El verdugo la retuvo y gritó: “Zurück!” (¡Atrás!).
»Un botón cualquiera le costó la vida a aquella mujer».
Schweinberger
Todo un «guaperas» este oficial alemán. Fue gendarme en Berlín hasta 1939. Después se graduó de la escuela del partido hitleriano en Núremberg. Un hombre alto y elegante; su piel es tan tierna como la de una muchacha. No te mira a la cara cuando te habla. Lo hace como en escorzo, acaso de abajo arriba. Los judíos que trabajaron en la construcción del garaje ubicado en el patio de la sede de la Gestapo cuentan cosas de veras sorprendentes sobre Schweinberger. Por ejemplo, que les ordenó llamarlo «padre», algo que parecía proporcionarle un placer extraordinario. Schweinberger es un hombre muy sensible. En una ocasión, al escuchar a una judía cantar mientras trabajaba le regaló un broche de oro que acababa de arrancar del cadáver de otra mujer judía:
—Vuestra voz me arrancado las lágrimas —le dijo.
El destino me deparó encontrarme tres veces con Schweinberger. La primera en la noche de la «gran provocación», el 31 de agosto de 1941. Su sibilante fusta me sacó de la cama: ¡deprisa a la carnicería!
Nuestro segundo encuentro se produjo pocos días después de la instalación del gueto. Alguien le dio el soplo de que en el número 4 de la calle Rudnítskaya se escondía un judío «forastero», algo que él había prohibido terminantemente. Se trataba de mí, pues aquella noche había decidido dormir en casa de mis suegros por miedo a hacerlo en mi residencia habitual.
Schweinberger irrumpió en el apartamento empuñando un revólver, mientras yo corría hacia la cocina y cerraba la puerta de golpe. Aprovechándome de que el tejado de la cocina era de vidrio, me subí a la mesa y lo rompí de un cabezazo para escapar por allí. Schweinberger consiguió forzar la puerta y disparó varios tiros. Aun huyendo, tuve tiempo para volverme un instante y ver su radiante jeta antes de huir corriendo por los tejados.
La tercera vez que vi a Schweinberger fue en Rosh Hashanah (Año Nuevo) de 1941. Acompañado de sus secuaces Weiss y Göring, apareció de improviso en el gueto con el propósito de hacer una inspección. A Schweinberger lo dominaba una idea fija: quedaban demasiados judíos en la ciudad. Por eso exigió una vez más que le fueran entregados todos los ancianos y enfermos. Aun antes de que su orden fuera cumplida, mandó a traer de la sede de la Gestapo el «cuervo negro» —así se conocía el furgón que llevaba a Ponary a los condenados— y comenzó a hacer su propia elección. Con gran riesgo para mi vida, crucé la calle y me aposté detrás de un muro, frene al hospital judío. Desde allí pude observar el comportamiento de Schweinberger.
Inmóvil como una estatua de mármol, la pechera adornada por una condecoración con forma de espada, el oficial alemán iba impartiendo breves órdenes a sus dos ayudantes, Weiss y Göring. Judíos ancianos, enfermos e incluso ya agonizantes eran sacados de sótanos y desvanes, tirando de sus brazos o sus piernas, y arrojados al siniestro vehículo. Schweinberger asistía impertérrito el espectáculo. Sus pétreos párpados caían pesadamente sobre sus ojos. Y sólo muy de tanto en tanto el frío desprecio de su mirada recorría el cuerpo de alguna de sus víctimas.
Desde mi escondite, presencié cómo se llevaban a los padres de tantos amigos míos. Vi pasar a la madre de Bentsion Mijtom, artista y escritor afín al círculo La joven Vilnius. También presencié la captura del escritor A. D. Grodzenski, redactor jefe del vespertino Viecberni Kurier. Dos «cazadores» lo llevaba en vilo, mientras sus pies, dos prótesis de madera, se arrastraban en pos del desigual trío. Cuando estaban a punto de llegar al vehículo que lo conduciría a la muerte, las prótesis acabaron desprendiéndose de los muñones y quedaron sobre el pavimento. Entonces Schweinberger levantó la cabeza de pronto, tras un rato dedicado a la meditación, y ordenó a Góring recoger las prótesis y cargar también con ellas.
Ponary
Ponary es una localidad situada en la carretera de Grodno a siete kilómetros de Vilnius. Tradicional enclave de casas de recreo, a su derecha transcurre el río Vilia bajo sus escarpados márgenes. Ponary siempre fue conocida por su carácter pintoresco. Adam Mickiewitz cantó a su belleza en hermosos versos. Se dice que Napoleón manifestó su deseo de cargar con Ponary en brazos para trasladarla a Francia.
También a los alemanes les encantó la localidad. A la derecha de Ponary había una carretera por la que resultaba muy cómodo traer a las víctimas. A la derecha se extendía la línea de ferrocarril que unía Vilnius y Varsovia. Apenas un cuarto de kilómetro separaba el trazado ferroviario y la localidad, una distancia que los alemanes salvaron rápidamente prolongando los rieles hasta el borde mismo de una enorme zanja.
Cuando la «fábrica de la muerte» estuvo a punto y la sola mención de Ponary infundía una intensa sensación de horror en la población, los alemanes imprimieron un mapa de la comarca que ignoraba la existencia de Ponary. En el punto donde debía figurar la localidad aparecía una leyenda impresa con tinta verde: «Bosques». Era como si Ponary hubiera sido borrado de la faz de la tierra.
Tres relatos de sobrevivientes
I. Relato de Motel Gdud
Los sucesos que se narran a continuación ocurrieron en julio de 1941. Como todos los hombres judíos con edades comprendidas entre los dieciséis y los sesenta años estábamos obligados a trabajar para los alemanes, si no queríamos convertirnos en objetivos de los «cazadores», mi padre y yo nos buscamos empleo en el aeródromo de Porubanek. Ello nos permitió adquirir unos documentos que nos libraban de cualquier arresto.
Una noche volvía del trabajo junto a un compañero, cuando de repente fuimos alcanzados en la calle Bokshto por un vehículo de alquiler que se detuvo junto a nosotros. Adentro viajaban tres oficiales. Nos ordenaron subir. Tras cargar a otros seis judíos, el vehículo tomó el camino del Jardín de Bernardin. Allá nos encontramos a medio millar de judíos que también habían sido detenidos. Nos retuvieron toda la noche, bajo la más estricta vigilancia policial. Exhausto después de la agotadora jornada laboral en Porubanek no pude evitar echar una cabezada. El sol ya brillaba en el horizonte cuando desperté. El conductor de un «cuervo negro», como llamábamos a los camiones cerrados y con las minúsculas ventanillas enrejadas, esperaba órdenes. La puerta trasera del camión se abrió de repente y apareció un oficial alemán tocado con una gorra en la que destacaba un pequeño cráneo. El fascista desplegó una escalerilla de hierro y nos ordenó subir al camión. Cuando los primeros treinta y cinco judíos hubieron subido al vehículo el alemán levantó el brazo y empujó al hombre número treinta y seis, quien ya había puesto un pie en el primer peldaño de la escalerilla. Seguidamente cerró la puerta por fuera encerrándonos dentro del camión y subió a la cabina para tomar asiento a la diestra del conductor. El camión se puso en marcha.
El camión estaba pintado de negro tanto por fuera como por dentro. Carecía de bancos donde sentarse, si no se tienen en cuenta los seis asientos destinados a otros tantos guardias. Nos prohibieron hablar. El menor movimiento era castigado severamente por los guardias con las porras o las bayonetas, siempre listas para hincarse en las espaldas de las víctimas. Tras unos diez minutos de marcha el camión se detuvo en seco y el oficial abrió la puerta de par en par. Los guardias saltaron a tierra y se apartaron: les estaba prohibido ingresar en el perímetro del campo de concentración. Me vi ante una cerca de alambre de espino interrumpida por el portón ante el que se había detenido el camión. Un cartel de tela sujeto al portón anunciaba: «¡Cuidado! ¡Peligro de muerte! ¡Zona minada!».
Los guardias quedaron atrás, mientras el camión se internaba en el territorio del campo de concentración. Esta vez no se habían molestado en cerrar la puerta trasera.
Unos minutos más tarde el camión se detuvo por segunda vez. Schweinberger se asomó a la puerta y fue señalando a quienes debían bajar. Yo fui el séptimo. A través de la puerta abierta alcancé a ver cómo ya fusilaban a mis compañeros. En el sendero que conducía a la enorme fosa común los condenados éramos obligados a desnudarnos. Seguidamente Schweinberger empujaba a la zanja a la víctima ya desnuda y le pegaba un tiro en la nuca.
Cuando me llegó el turno avancé desnudo hacia la fosa de la que me llegaban los gritos de gente que agonizaba. Se escuchó un disparo y me creí muerto. Pero por lo visto, caí un instante antes de que me dispararan y ello me permitió esquivar la bala. Escuché cómo Schweinberger intercambiaba unas palabras con los soldados que lo rodeaban. Unos minutos más tarde sentí el peso de una persona que agonizaba tumbada encima de mí. Me corría sangre por los labios. No era mi sangre. Fue entonces cuando perdí el conocimiento. El sol ya se alzaba en lo más alto del cielo cuando recobré la conciencia. Lo podía ver a través de la sangre que me cubría parcialmente los ojos. Ya para entonces había acabado la serie de ejecuciones. La brisa me refrescó algo, pero entonces se escucharon ráfagas disparadas por una ametralladora. Por los visto nuestros verdugos disparaban contra los cuerpos apilados en la zanja para asegurarse de no dejar sobrevivientes. Resulté herido levemente.
El tiroteo cesó nuevamente. Los verdugos —algunos vestían de uniforme; otros, de civil— se sentaron junto a la fosa y comenzaron a beber vodka. Más tarde, ya ebrios, se dispersaron no sin antes dejar unos pocos guardias apostados en el lugar.
Cuando se hizo la calma, salí de la fosa y desnudo como estaba me arrastré por la hierba hasta alcanzar unos matorrales. Tras recobrar el aliento, continué reptando en dirección a la cerca de alambre de espino. Alcancé a ver cómo llegaba nuevamente el «cuervo negro» cargado con una nueva partida de condenados.
Un polaco a quien no había visto antes se apiadó de mí y me cobijó en su casa. Pasé la noche en su casa, bebí toda la leche que pude y me marché a la mañana siguiente. Llevaba ropas proporcionadas por mi anónimo benefactor.
Cuando conté lo que había visto en Ponary nadie quiso creerme, ni siquiera mi propio padre.
2. Relato de Jiena Katz
Los alemanes irrumpieron en nuestra casa en medio de la Aktion que tuvo lugar el 24 de octubre de 1941. Nos ordenaron seguirlos. Pregunté si debíamos llevar algo con nosotras. Los bandidos aconsejaron llevar cualquier objeto de oro que poseyéramos. Nos aseguraron que las joyas nos resultarían de mucha utilidad en el sitio al que nos llevaban.
Todos los vecinos de mi edificio fuimos a parar a la prisión de Lukishk. También mis padres, mi hermana y los niños. Nos obligaron a desnudarnos hasta quedarnos en paños menores. Los guardias se quedaban con todos nuestros vestidos, mientras nos golpeaban sin piedad con barras de hierro. A la mañana siguiente apareció Weiss y nos ordenó vestirnos. Le dijeron que los guardias se habían llevado toda la ropa.
—¿Quién se ha atrevido a haceros tal cosa? —dijo a gritos—. ¿Cómo vais a ir a trabajar desnudos? Tendremos que llevaros en camiones…
Los hombres y los niños varones fueron separados de la multitud. Los demás fuimos obligados a subir a los camiones tal como estábamos, es decir, en paños menores. Ya con el camión rodando en dirección desconocida, Weiss declaró:
—Habéis de saber que soy vuestro padre. Ahora os llevo a una fábrica donde podréis trabajar. Muy pronto sabréis de qué trabajo se trata.
Seguidamente sacó una cajita de un bolsillo de la guerrera y nos dio un caramelo a cada uno. Fueron muchos los que creyeron sus palabras y dejaron de lamentarse. Enseguida comentaron sobre el tipo de trabajo que podía aguardarnos. En algunos rostros se dibujaron sonrisas. Yo no creí ni una sola de sus palabras. Era consciente de que acababa de emprender el camino que me conducía a la muerte. Con todo, debo reconocer que acepté el caramelo. Pensé: si está envenenado será mucho mejor porque me ahorraré muchos tormentos; y si no lo está, al menos me habré dado el gusto de chupar un dulce caramelo antes de decir adiós para siempre a este mundo. En Ponary nos empujaron a golpes hacia la zanja.
—¡Aquí es donde vais a trabajar! —nos anunció Weiss carcajeándose. Nos ordenó sacarnos la ropa interior y esperar nuestro turno. A aquellos que no escucharon la orden o se resistían a cumplirla, Weiss les avisó que ante cualquier conato de resistencia sacaría los ojos a quienes lo protagonizaran. Dicho y hecho: se abalanzó sobre una de las mujeres y le vació las cuencas de los ojos.
Éramos cerca de doscientas mujeres guardando turno en la fila que conducía a la zanja. Apenas había niños entre nosotras, porque los habían separado de sus madres antes de abandonar la prisión. Con todo, algunas mujeres habían conseguido mantener a su lado a los suyos y éstos ahora no se despegaban de ellas.
Al principio todos lloraban y aullaban, pero muy pronto se sosegaron. Las ejecuciones estaban teniendo unos doscientos pasos más delante de donde nos encontrábamos. Alcancé a ver con mis propios ojos el instante en que asesinaron a mi padre. Primero lo aturdieron de un golpe seco con una barra de hierro y después le pegaron un tiro. Cubierto de sangre, cayó desplomado sobre una montaña de cadáveres.
Mi hermana se había dejado caer a mi lado. Su pequeño Moishele, de apenas dos añitos de edad, sollozaba pegado a su pecho. La frecuencia de los disparos menguó unos instantes y pude oírla canturrear por lo bajo. Intentaba calmar a su hijo con la ayuda de una conocida canción popular:
Duerme, duerme, hijito.
Duerme, duerme, pajarillo,
Ya he perdido mi amor,
Mi dolor es cada vez más amargo…
Una mujer se puso a roer un pedazo de pan. Otros la imitaron. Nos llegó el turno a última hora del día. Nos conducían en grupos de diez hasta el borde de la zanja. Esta tenía entre treinta y cuarenta metros de largo. Mientras más nos acercábamos a ella más profundo se hacía el sendero por el que andábamos. Su profundidad llegaba hasta los siete metros cuando desembocaba en la fosa.
Eramos las últimas diez víctimas de la ejecución en masa prevista para aquel día. Weiss nos ordenó formar una hilera. Después se nos acercó con un trapo que dividió en diez tiras y nos ordenó cubrirnos los ojos. Yo ocupaba la primera posición en la hilera. Detrás seguían mi madre y mi hermana.
—¡Colocad los brazos en jarrete! —ordenó Weiss obligándonos a avanzar. Sentí que estaba andando sobre cadáveres todavía calientes.
De repente se escuchó la orden de «¡Fuego!». Desde detrás de mí me llegó la voz de mi hermana: «¡Dios mío!», exclamó.
La sentí desplomarse y caí a su lado sin sentido.
Cuando volví en mí, ya había amanecido. Estaba cubierta de cadáveres ensangrentados. Reconocí a mi hermana. Aún sujeto a su pecho, el pequeño Moishele parecía dormido. Apartando los cadáveres, conseguí salir de la fosa a duras penas. Busqué algo de ropa en el sendero y tuve la suerte de encontrar un camisón. Me lo puse y me cubrí con un abrigo que encontré más adelante. Como no tenía dónde cobijarme, me fui al gueto. Allí me tuvieron todo un mes ingresada en el hospital.
3. Relato de Solomón Garbel
El 6 de abril de 1943, es decir, al día siguiente de la matanza de cuatro mil judíos a quienes condujeron a Ponary en lugar de a Kaunas, como les habían prometido, Weiss se apareció de repente en el gueto subido a una bicicleta. Venía a buscar a diez hombres judíos para que se encargaran de enterrar a los muertos. Yo fui uno de ellos.
Weiss abría la marcha. Cuando aún nos separaba medio kilómetro de Ponary, muy cerca de la línea del ferrocarril, encontramos los primeros cadáveres. Se trataba de aquellos que habían encontrado la muerte al intentar huir. En el portón que daba paso al lugar de la ejecución había colgado un cartel donde se leía lo siguiente: «¡Prohibida terminantemente la entrada a todo el mundo, incluidos los oficiales alemanes!».
Los alemanes habían tendido una línea ferroviaria que permitía que los vagones cargados de condenados traspasaran ese portón y llegaran hasta el borde mismo de la zanja. Mientras más avanzábamos, mayor era el horror que se mostraba ante nosotros. La sangre había teñido la hierba de rojo. Había cadáveres por todos lados. Los árboles estaban salpicados de sesos. Había niños mutilados tumbados junto a los troncos de los árboles. Muchos habían sido cortados en dos. Se veía una pierna por aquí; la otra por allá. Había todo un montón de cabezas de niños apiladas formando una montañita. Había documentos personales, tarjetas de visita, fotografías y billetes de banco por todo el campo. También alcancé a ver el cadáver de un alemán degollado. Por lo visto algún judío consiguió eliminarlo.
Weiss nos ofreció algo de vodka antes de sermonearnos:
—¡Quiero que hagáis un buen trabajo aquí! —dijo—. Tenéis que desnudar los cadáveres y enterrarlos organizadamente. Apilaréis la ropa poniendo igual cuidado: la masculina, a un lado; la femenina, al otro. Si tropezáis con alguna pieza de oro lo echáis al cubo dispuesto para ello. Si alguno intenta quedarse algo para sí, será fusilado inmediatamente.
Después nos condujo hasta un descampado y fue señalando distintas áreas mientras nos ilustraba sobre la identidad de las víctimas: —Allí están los judíos capturados por los «cazadores» —utilizó la voz yiddish con la que se los llamaba y sonrió satisfecho—. Más allá están los gitanos. Por este lado están los cadáveres de quienes proclamaron que no se entregarían sin luchar: los polacos. Aquí reposan los lituanos que rechazaron unirse a nuestra causa. Allá están los prisioneros de guerra. Y más allá, por último —dijo señalando a lo lejos—, todavía no hay enterramientos. Pro no será por mucho tiempo. ¡Todavía quedan muchos por enterrar!
Había personas con vida entre la maraña de cadáveres. No sabíamos qué hacer con ellas. Algunos llevaban los hombros cubiertos por el taled. Muchas víctimas guardaban en los bolsillos las cartas que habían escrito en los trenes de camino a la ejecución. Recuerdo lo que leí en una de ellas: «¡Judíos, nos llevan a ejecutar! ¡Vengad nuestras muertes! Flexer, vecino de Sventsiani».
Entre los bultos ensangrentados que cargamos a los vagones de un tren encontramos de repente a un niño aún con vida y envuelto en harapos. Por lo visto había conseguido esconderse muy bien y los alemanes no detectaron su presencia. Se llamaba Berele Goldstein y provenía de Mijalishek.
Cuando supo que éramos judíos nos rogó que lo salváramos. Conseguimos ocultarle a Weiss la existencia de aquel niño y nos lo llevamos con nosotros al gueto.
En total, enterramos a unas quinientas personas. Sus cuerpos aparecían por todos lados. Estaban vestidos, porque se trataba de quienes habían intentado escapar antes de llegar al borde de las zanjas. Otros muchos reposaban en una fosa común y apenas esperaban ser rociados por una solución de cloro. Estábamos convencidos de que también nosotros acabaríamos allí, pues no creíamos que Weiss nos permitiera regresar después de lo que habíamos visto. Con todo, de repente se nos acercó ya muy borracho y nos dijo:
—Seréis los únicos que habréis vuelto a casa después de pasar por Ponary.
Todavía pude ver otra horrible escena antes de abandonar aquel lugar.
La tierra que cubría la fosa en la que habíamos enterrado a los judíos comenzó a removerse de pronto y a subir formando un siniestro montículo.
—No ocurre nada del otro mundo —nos tranquilizó Weiss—. Los cuerpos se están hinchando y por eso levantan la tierra. Eso es todo…
MURER[59]
Murer era un hombre de veinticuatro años. Ocupaba el cargo de asesor para asuntos judíos a las órdenes del Gebietskommissar Hingst. Su padre «trabajaba» como verdugo en una de las provincias alemanas. Y el hijo continuaba «con orgullo» la tradición paterna. Se educó en las juventudes hitlerianas de Núremberg, donde tuvo ocasión de familiarizarse con la cuestión judía en términos puramente teóricos. Era un oficial asignado al cuartel general de Neugebauer. Y cuando el profesor Gotgart abandonó la ciudad, a Murer le correspondió ocupar su lugar. Dicen que Himmler tiene sobre su mesa un mapa inmenso donde todas las ciudades y pueblos habitados por judíos están señalados con banderitas. Cada día Himmler retira unas cuantas marcas: las que corresponden a los enclaves cuyos judíos han sido condenados a la aniquilación inmediata. En cuanto lo hace, las órdenes se derraman por todos los pueblos seleccionados. Y las reciben hombres como Murer, encargados de diseñar el procedimiento de aniquilación que llevarán a cabo los Schweinberger y los Weiss, fieles ejecutores de las instrucciones que les son impartidas.