El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 26 de 103

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El libro negro

El exterminio de los judíos de Lvov

Los alemanes llegaron a Lvov en la mañana del 1 de julio de 1941.

[Atravesaron la ciudad marchando y entonando himnos. La gente estaba encerrada en las casas.]

Instalaron una patrulla en cada esquina. Mediante gestos, un soldado mostró a un grupo de imbéciles que lo rodeaba cómo se disponían a colgar a la gente. «Juden kaputt», gritaba sin cesar. La frase parecía gustar al auditorio, pues todos reían gozosos.

Pronto comenzaron las acciones hostiles contra los judíos. Acompañados por hombres de la Gestapo, los fascistas locales sacaban a los judíos de sus casas y los conducían a las cárceles y los cuarteles militares de Lvov.

Antes de acceder a los lugares donde concentraban a los judíos, los despojaban de la ropa, el dinero y todos los objetos de valor que llevaran consigo. Los fascistas golpeaban a los detenidos hasta hacerlos sangrar y los sometían a las vejaciones más bestiales. [Así, por ejemplo, los forzaban a limpiar el suelo con la lengua o a limpiar ventanas con plumas de gallina.

También los obligaban a formar hileras y golpearse unos a otros. Cuando los hombres de las SS estimaban que los golpes no eran lo suficientemente fuertes, sacaban de la fila a la víctima elegida y le mostraban cómo se debía golpear a alguien hasta la muerte. Entre risas, los verdugos disfrutaban de las golpizas que se propinaban entre silos improvisados púgiles. Después, los fusilaban a todos.]

En la primera Aktion, conocida como el «Martes sangriento», fueron asesinados cinco mil judíos. Aun sin dar tiempo a que los sobrevivientes se recuperaran del golpe, el jueves 5 de julio comenzaron a reunir a hombres y mujeres con el pretexto de enviarlos a trabajar. La concentración se produjo en una plaza cerca de la calle Pólchinskaya. Tras torturarlos allí durante dos días enteros, los llevaron a ejecutar. Algunos consiguieron escapar. Los hombres de las SS arramblaban con todo lo que les apetecía de las casas y lo cargaban en camiones.

Los responsables de los primeros pogromos y saqueos fueron los efectivos del ejército regular. Después aparecieron la Gestapo y los funcionarios de la administración alemana.

El Teniente General Friedrich Katzmann,[13] principal verdugo de los judíos de Ucrania occidental, dictó el 15 de julio de 1941 una orden que establecía lo siguiente: 1) Todos los judíos mayores de doce años están obligados a llevar un brazalete con la estrella de seis puntas. Salir a la calle sin dicho brazalete se castigará con la muerte.

2) Se prohíbe a los judíos cambiar de lugar de residencia sin la autorización del Departamento de asuntos judíos de la Administración alemana. Toda violación de esta norma se castigará con la muerte.

Friedrich Katzmann se desempeñaba como jefe del Departamento de asuntos judíos de Ucrania occidental. Se ocupó personalmente de nombrar a sus dos adjuntos: Lex, con oficina en Ternópol, y Krüger, con sede en Stanisláv. Había hombres de Katzmann en todas las ciudades y aldeas. Ellos eran los encargados de organizar la instalación de campos de concentración y las acciones sistemáticas destinadas al exterminio de los judíos.

En Lvov, la sede de la Gestapo se ubicaba en la calle Pólchinskaya. Su máximo responsable era el Mayor Engels.

Los verdugos buscaban disgregar a los judíos, separarlos en grupos, ahogar en ellos cualquier idea de resistencia organizada. Paralelamente, trasladaron una ilusoria certeza de seguridad a aquellos que querían utilizar. Así consiguieron que éstos fueran incapaces de advertir la gravedad de una situación que afectaba a todos y cada uno de los judíos de Lvov.

[Había un importante número de cerrajeros, mecánicos y excelentes profesionales judíos de los que la industria alemana no quería prescindir. Los ocupantes empleaban a estos profesionales en las fábricas militares. Por último, había un gran número de jóvenes y adultos judíos sanos a quienes los alemanes obligaban a realizar trabajos duros en los campos de concentración.]

Los niños, los ancianos, las mujeres, los enfermos y los discapacitados fueron las primeras víctimas de los alemanes. Los aniquilaron mediante pogromos, los encerraron en cárceles, los ejecutaron en los llamados «bosques de la muerte».

[El empleo de obreros judíos resultaba muy ventajoso. En la absoluta mayoría de los casos tales obreros no sólo trabajaban sin percibir salario alguno, sino que ellos mismos pagaban para obtener una Arbeitskarte que equivalía a la posposición de la muerte siquiera por un breve tiempo o a librarse de ir a parar a un campo de concentración donde también los esperaba la muerte.]

Todo judío que no acreditara su condición de empleado ante el requerimiento de una patrulla de las SS era ejecutado en el lugar.

A partir de diciembre de 1941 los judíos fueron obligados a llevar brazaletes con un distintivo con una letra «A» («Arbeitsjude») y el número de su permiso de trabajo.

Quienes carecían de esos distintivos, que expedía la [14] Arbeitsamt eran liquidados durante las operaciones de exterminio.

Los desempleados fabricaban distintivos similares a los expedidos por el Arbeitsamt y los cosían a brazaletes que también imitaban los oficiales. No obstante, los soplones informaron al Arbeitsamt de la existencia de las falsificaciones y ello hizo que las autoridades anularan los distintivos y emitieran las llamadas

Meldekarte[15] a modo de identificación. Ello permitió a los alemanes establecer un férreo control sobre todos los Arbeitsfuden y Nichtsarbeitsjuden.

Los judíos no cobraban ningún salario por su trabajo. Ni siquiera obtenían siempre los cien gramos diarios de pan que le correspondían a cada trabajador.

A partir de noviembre de 1941 se estableció que todos los judíos empleados en empresas alemanas llevaran además un distintivo blanco al que debían coser la letra «W» (Wehrmacht) o la letra «R» (Rüstung)[, lo que indicaba que su portador trabajaba directamente para la industria militar].

Los alemanes rodearon el perímetro del gueto con una alta empalizada.

El 12 de noviembre un nutrido grupo de hombres de la Gestapo se apostó frente a la puerta del gueto. Todo el que salía a trabajar era interceptado por esos hombres. Aquellos que iban desprovistos del distintivo con las letras «W» o «R» eran llevados a ejecutar. Tras apenas dos días de controles, ese mes de noviembre fueron ejecutados doce mil personas.

El gueto fue cerrado en diciembre. Dos garitas en las que hacían guardia sendos hombres de la Gestapo fueron instaladas a ambos lados de la puerta de acceso. Sólo se permitía abandonar el gueto por la mañana y en grupo. A finales de diciembre de 1942 los alemanes comenzaron a alojar a los trabajadores en barracones construidos junto a las fábricas donde estaban empleados. De esa manera segregaron a los trabajadores de los desempleados. Los primeros fueron alojados en las calles Zamarstínovskaya, Leketka, Kushévicha y Kresóvaya; los segundos, en la calle Kleparova.

A través de sus agentes los alemanes difundieron el rumor de que el gueto acogería a los Nichtsarbeitsjuden (los judíos desempleados). Ello insufló una débil esperanza en los corazones de aquellos infelices.

Pero los trágicos sucesos de la calle Kleparova borraron de un plumazo todas aquellas esperanzas.

En la noche del 4 al 5 de enero de 1942 se escucharon disparos en las calles del gueto. Era la señal de que se avecinaba una nueva Aktion.

La llamada «Masacre de enero» comenzó al amanecer del día 5 de enero. Los trabajadores fueron enviados a toda prisa a las fábricas. Y ahí se desató la cacería.

Durante la «campaña de exterminio» perpetrada en noviembre las víctimas fueron

conducidas a Bélzhetz,[16] donde las aniquilaron. En aquella ocasión muchos judíos consiguieron romper las paredes de madera de los vagones que los llevaban a la muerte y escaparon con vida. Para evitar que aquello se repitiera, esta vez los alemanes diseñaron la masacre con más cuidado. Ahora los judíos eran asesinados en la propia ciudad o en la vecina Piaskova Gura. Las casas cuyos inquilinos no aparecían eran quemadas, de manera que los judíos que se ocultaban en sótanos, desvanes o estufas ardían en sus escondites.

Los desaforados representantes de la «raza superior» no permitieron que ni una sola mujer escapara de la «Masacre de enero». Las violaban y asesinaban o las empujaban a las casas envueltas en llamas.

Kleparov fue prácticamente borrado de la faz de la tierra. Apenas quedaron las calles donde se alzaban cuarteles del ejército.

Unos veinte mil judíos quedaron con vida después de la masacre. Concentrados en apenas unas pocas callejuelas, ahora les tocaría soportar tormentos sin nombre a la espera de la muerte.

Acompañados de los líderes del gueto, los policías alemanes hacían guardia junto a las garitas que guardaban el acceso al perímetro habitado por los judíos. Se aseguraban de que los distintivos con las letras «W» o «R» fueran auténticos. No les resultaba difícil distinguir las falsificaciones.

Muchos judíos falsificaban los distintivos para poder salir cada mañana junto a los trabajadores y acceder al «sector ario». Todos los que permanecían en el gueto ponían en grave riesgo sus vidas, pues los alemanes solían practicar registros en horario laboral y enviaban a la cárcel a toda persona ociosa que encontrasen. Las letras expedidas por las empresas alemanas habían sido cosidas a máquina con un punto especial, de manera que resultaba imposible conseguir falsificaciones perfectas. El Scharführer Siller se distinguió como todo un perito en la detección de distintivos falsos. Ello le valió un traslado al campo de concentración de Yanovska, a modo de premio por el gran número de judíos capturados.

… La cárcel. Pequeñas celdas de techos bajos. No hay catres ni bancos. Todo es humedad y putrefacción. Por las ventanas, pequeñas y enrejadas, apenas se cuela la luz. La cárcel se levanta en la calle Lontzki y está rodeada por todos lados de hombres de las SS y soldados alemanes que despojan de sus ropas y zapatos a los recién llegados.

Toda conversación en las celdas está terminantemente prohibida. No se contempla dar de comer a los presos. ¿Qué sentido tendría hacerlo? Los alemanes son calculadores y avaros. En las noches los enfermos eran asesinados en la propia cárcel y los cadáveres conducidos al cementerio.

El señor Engels solía visitar personalmente la cárcel. Cada vez que lo hacía, sacaban a los judíos al patio para servirle de diversión. Engels los vejaba y los golpeaba hasta hacerles sangre. Le gustaba jugar con sus víctimas prometiéndoles la vida y la libertad. Esperaba a que un fulgor de esperanza iluminara los ojos de sus víctimas y, entonces, echaba a reír y les disparaba con su revólver.

Cuando la cárcel se llenaba hasta los topes, los alemanes emprendían «purgas» o «evacuaciones» que consistían en cargar un buen número de prisioneros en camiones, llevarlos a Piaskova Gura y ejecutarlos.

Con todo, la cárcel siempre estaba llena a rebosar. Salía alguien a la calle sin el brazalete: ¡a la cárcel! Otro lo llevaba pero su brazalete resultaba demasiado estrecho: ¡a la cárcel! Un tercero olvidaba descubrirse al paso de un alemán: ¡a la cárcel! También ocurría que encerraran a la gente sin razón alguna. Hombres de las SS irrumpían en un apartamento y se llevaban a alguien detenido. «¿Por qué me lleváis?», preguntaba la víctima. «¿No lo sabes? —le respondían—: Te llevamos porque eres judío y de todas formas acabarás muerto tarde o temprano».

Engels no recurría a pogromos masivos. Prefería las «purgas» en la prisión. Por medio de ellas se asesinó a millares de ancianos y niños, hombres y mujeres.

En el otoño de 1941 el Gobernador general Frank dictó una orden que establecía los trabajos forzados para todos los internos en los campos de concentración ubicados en Ucrania occidental. Y muy pronto, a principios de 1942, las regiones de Lvov, Ternópol y Stanisláv se cubrieron de una tupida red de campos.

De todos ellos, sin dudas el más terrible era el campo de concentración instalado en la calle Yanóvskaya, en Lvov, conocido como «Yanovska». Allí fueron encerrados millares de judíos traídos de toda Ucrania occidental, cuya misión consistía en preparar los terrenos para la construcción de un nuevo campo de concentración. Para ello debían allanar un vasto territorio donde se alzaba una colina. Hambrientos y adoloridos por las constantes golpizas que recibían, los presos trabajaban hasta la extenuación. Durante los largos días que tomó levantar las barracas, durmieron en la tierra y a cielo abierto.

Los trabajos se prolongaron a lo largo de todo el otoño y el invierno. La gente moría de hambre y frío. Los muertos eran sustituidos por nuevos contingentes de judíos traídos a toda prisa.

Cada mañana, antes del comienzo de la jornada laboral, se realizaban recuentos, los llamados «Appel». Los recuentos consistían en la reunión de cada una de las brigadas de trabajo con sus capataces, Oberjuden, a la cabeza. El Oberjude rendía un breve informe al SS de guardia sobre la composición de su brigada. Seguidamente, se realizaba la sesión de «gimnasia matinal» conducida por los hombres de las SS. Tras una sucesión de saltos de diversa índole guiados por las órdenes «Auf, Nieder» — ¡Tumbarse! ¡En pie!— repetidas una y otra vez, los hombres más débiles o enfermos eran apartados del grupo. Los llevaban fuera del perímetro del campo y los ejecutaban mediante ráfagas de ametralladora. Los cadáveres formaban hileras. Los sobrevivientes marchaban con paso marcial hacia el lugar de trabajo. Los alemanes observaban atentamente la marcha. Si veían a alguien cojeando lo apartaban de la columna. Y lo fusilaban. Tan sólo quienes se mostraban saludables y sanos conseguían sobrevivir.

Cuando el terreno estuvo listo, los alemanes ordenaron pavimentarlo con losas sepulcrales arrancadas del vecino cementerio judío.

Los fascistas no dejaban en paz ni siquiera a los [judíos] muertos. En muchas ciudades y aldeas de Ucrania occidental las lápidas arrancadas de los cementerios fueron utilizadas para pavimentar los caminos. Cuando concluyeron los trabajos el campo de concentración fue rodeado de alambre de espino. La policía fascista se ocupaba de guardar el perímetro cercado.

Dos caminos partían de la entrada principal del campo. Uno conducía al campo propiamente dicho, es decir, a las barracas y la cocina. El otro llevaba a la «plaza de la muerte», desde donde conducían a los condenados a las montañas para ser ejecutados. En torno al perímetro del campo se alzaban varias torretas de vigilancia de una o dos plantas. Apostados en esas torretas los guardianes observaban todo el campo de concentración, de manera que escapar de él resultaba poco menos que imposible.

[El paisaje del campo era extremadamente sombrío: las siluetas de los guardianes en las torretas de vigilancia, las penosas barracas, los presos delirantes caminando en silencio, el insoportable y dulzón hedor que despedían los cadáveres.]

Los cerca de veinte barracones donde dormían los presos estaban situados en torno a la amplia y desierta explanada donde se realizaban los recuentos matinales. Cada barracón disponía de sendas hileras de catres. Sobre los catres había manojos de paja sucia dispuestos sin orden ni concierto. Detrás de los barracones estaba situada la cocina donde dos veces al día cocinaban el bodrio que daban de comer a los presos. Dos trocitos de un sucedáneo de pan que recibían cada mañana completaban su dieta.

Los «novatos» dormían en el suelo.

Los criminales de las SS que se encargaban del campo eran alumnos aventajados

de sus profesores en Dachau o Mauthausen.[17]

Tras graduarse a toda prisa de la «universidad» de Yanovska, los alumnos de Gebauer, jefe de aquel campo, se dispersaron por toda Ucrania occidental y emprendieron sus propias «carreras profesionales».

Los hombres de las SS que llegaban a Lvov solían ser inexpertos. Y allí les enseñaban el arte de asesinar y torturar a sus víctimas. Cuando los jefes se convencían de que los jóvenes verdugos ya estaban suficientemente preparados los enviaban a los campos de concentración de provincias para que desplegaran todos sus salvajes conocimientos. En cambio, si alguien se ganaba en los campos de provincias una reputación de refinado verdugo y maestro en su «oficio» lo transferían rápidamente a Yanovska, donde sus colegas menos «talentosos» lo recibían con honores. Con frecuencia los verdugos competían entre sí y ello les servía de acicate para refinar aún más sus técnicas de tortura.

Bajo la atenta supervisión de Katzmann, los émulos de Himmler, trabajaban a destajo inventando nuevos tormentos para los presos. «La carrerita» y «Los tablones» fueron dos de ellos. Por lo general, se trataba de tristes espectáculos escenificados los domingos.

«La carrerita» consistía en correr unos trescientos o cuatrocientos metros a lo largo de una hilera de hombres de las SS que ponían zancadillas al corredor. Si éste trastabillaba lo llevaban fuera del cerco de alambre de espino y lo ejecutaban. [Naturalmente, eran muchos los que corrían esa suerte debido a que los presos apenas conseguían arrastrar sus pies llagados e inflamados por el hambre.]

La tortura conocida como «Los tablones» era igualmente cruel. Los presos judíos, extenuados por el trabajo cotidiano, eran obligados los domingos a cargar de un lado a otro los enormes tablones utilizados para la construcción de los barracones. Los tablones pesaban ciento cincuenta kilogramos y había que cargarlos sobre las espaldas y llevarlos a la carrera. Las balas de los hombres de las SS alcanzaban a todo aquel que caía doblegado por el peso. No menos horribles eran las orgías de sangre que perpetraban los alemanes cuando se emborrachaban. Entonces irrumpían en cualquier barracón y sacaban a sus inquilinos para someterlos a todo tipo de tormentos. En esas ocasiones los alemanes no utilizaban munición. Preferían romper los cráneos de sus víctimas a martillazos, asfixiarlos o crucificarlos.

Cuando de torturar se trataba, cada hombre de las SS tenía sus propias preferencias. A Gebauer le gustaba meter a sus víctimas en un barril y asfixiarlas con la ayuda de dos tablones. Algún otro prefería colgarlas de los pies. Un tercero disparaba a sus víctimas en la nuca. Schönbach, un SS de veintitrés años, jamás dejaba de idear nuevos tormentos. Un domingo ató a un hombre a un poste y comenzó a pegarle con una porra de goma. Cuando la víctima perdía el conocimiento y la cabeza le colgaba sobre el pecho, Schönbach lo ayudaba a volver en sí ofreciéndole agua y alimentos. Inmediatamente después se reanudaba la golpiza. El resto de los prisioneros eran obligados a formar un corro para presenciar el terrible espectáculo. La culpa de su compañero consistía en haberse aliviado la vejiga en la parte trasera de un barracón. Con ello había contravenido las normas que regían en el campo de concentración. [Un guardián se percató de la falta. Lo juzgaron el propio domingo. Lo ataron a un poste, donde padeció horribles tormentos durante todo el día.] Le manaba sangre de la nariz y la boca. Al caer la noche, Schönbach estaba exhausto. Ordenó dispersar el corro de espectadores y montar guardia junto al poste donde agonizaba el preso. A la mañana siguiente se pudo ver un espectáculo de veras sobrecogedor: un poste lleno de sangre del que colgaban los jirones de lo que había sido un hombre.

Las ejecuciones tomaron un cariz masivo cuando el Scharführer Willhaus se hizo

cargo de la dirección del campo.[18]

Los presos eran sometidos a exámenes periódicos. Los enfermos y los desahuciados eran ejecutados de inmediato.

[Los judíos del gueto buscaban vías de salvación. Se ocultaban en las casas de sus amigos polacos o ucranianos, escapaban de la ciudad con nombre falso, huían para integrarse en las guerrillas.]

En el campo de concentración los presos no llevaban el brazalete de color blanco. Aquí éste era sustituido por un número que se adjudicaba a cada interno y dos distintivos de color amarillo que se cosían al pecho y la espalda de las ropas harapientas.

La vida de los internos transcurría encerrada en muros de alambre de espino. Les estaba prohibido traspasar ese cerco y ello entrañaba una opresión mental tan poderosa que impedía siquiera concebir la menor idea de resistencia.

Gracias al trabajo heroico y sacrificado de los poetas judíos S. Friedman y A. Laun se crearon varios grupos de partisanos en el interior del campo de concentración. Esas células llegaron incluso a conseguir algunas armas. Desafortunadamente, los alemanes consiguieron detectar la existencia de la organización y ejecutaron a todos los implicados. A partir de entonces, las visitas de los alemanes al campo menguaron e iban acompañadas de un gran despliegue de seguridad.

En vísperas de su ejecución el abogado Mandl consiguió gritar en el último instante: «¡Viva la Unión Soviética! ¡Viva la libertad!». Sus palabras resonaron en todo el campo [y conmovieron a los detenidos. Fue como si todos despertaran de pronto de un sueño profundo e incluso aquellos que los alemanes consideraban dóciles víctimas comprendieron que la pasividad le hacía el juego a los verdugos].

Las organizaciones de la resistencia reclutaban a jóvenes para enfrentarse a los alemanes. Un joven carnicero de Lvov se abalanzó sobre un hombre de la Gestapo y lo estranguló. Otro joven polaco mató de un disparo al jefe del campo de concentración de Chvartakova. Tales sucesos ocurrían cada vez con mayor frecuencia.

Los judíos condenados a la «ejecución» eran concentrados en el campo de Yanovska. En la puerta del campo, un alemán los iba contando mientras anotaba sus nombres en un cuaderno con aire pedante. Los hombres jóvenes permanecían en el campo. Los demás eran conducidos a la estación de ferrocarriles y cargados en los convoyes dedicados al transporte regional. [Todos sabían qué les esperaba.] En el campo se producían escenas trágicas. Muchos lloraban. Algunos perdían la razón y comenzaban a bailar o a reír como locos. Los niños hambrientos no paraban de llorar.

Rokita,[19] un músico célebre por ser uno de los principales verdugos de Yanovska, se asomó una tarde al balcón de su apartamento, ubicado en el perímetro del campo. Por lo visto, el ruido le impedía dormir la siesta. Con absoluta serenidad estuvo largo rato disparando a la multitud con una ametralladora.

Muchos judíos fueron sacados de Lvov a modo de «desplazados». En realidad los llevaron a ejecutar.

El sol de agosto quemaba sin piedad. La sed era insoportable y los condenados imploraban agua a unos verdugos —sus guardianes— que se mostraban crueles e imperturbables. Los convoyes marchaban de noche cargados de pasajeros a quienes habían obligado a desnudarse antes de subir a los coches. Muchos conseguían romper los tablones en plena marcha y escapar corriendo desnudos a campo traviesa. Los guardias alemanes les disparaban ráfagas desde el último coche, donde solían viajar.

Todo el tejido ferroviario que unía Lvov con Rava Rússkaya estaba sembrado de cadáveres de judíos.

Todos los convoyes cargados de judíos traídos desde París, Bruselas o Amsterdam pasaban por Rava Rússkaya. Allí se les unían los trenes con origen en Ternópol, Kolomya, Sambor, Brzhezhán y otras ciudades de Ucrania occidental.

[Quince kilómetros antes de llegar a Rava Rússkaya o Belzec, los judíos que viajaban como «desplazados» eran obligados a bajar de los convoyes;] Belzec entró en la historia como uno los más horribles lugares de exterminio. Los alemanes guardaban tras una gruesa cortina de silencio lo que allí ocurría. No obstante, los maquinistas de los trenes que transportaban a las víctimas relataron a sus familiares y amigos las circunstancias del exterminio de los judíos en Belzec.

Los judíos eran obligados a entrar a un enorme salón que permitía un aforo de un millar de personas. Las paredes del recinto estaban cubiertas de alambre eléctrico desprovisto de material aislante. También había cables similares tendidos por todo el suelo. Cuando el salón se llenaba de judíos desnudos, los alemanes hacían pasar corriente eléctrica de alto voltaje por los cables.

En cierto modo, se trataba de una silla eléctrica gigante. Un artilugio que sólo

pudo crear la más delirante fantasía criminal.[20]

En otra sección del campo de Belzec había instalada una enorme fábrica de jabón. Los alemanes seleccionaban a los presos más corpulentos, los asesinaban y los cocían para fabricar jabón con su grasa.

Artur [Israílievich] Rozenstrauch, un empleado de banco de Lvov de cuyo testimonio nos servimos, asegura haber tenido en sus manos una pastilla de «jabón judío».

Los hombres de la Gestapo no negaban la existencia de esa «producción». Así, cuando querían asustar a un judío le decían: «Te convertiremos en jabón».

A principios de febrero de 1943 la dirección del gueto le fue encomendada a Grzymek, un Volksdeutsche de Poznan convertido a la sazón en oficial de las SS. Era un hombre verdaderamente temible, debido a su estatura, su corpulencia y a que siempre iba armado con un fusil automático.

Grzymek era un fanático de la higiene. Por orden suya las paredes del gueto se llenaron de carteles en los que se leía: «¡Trabajo! ¡Higiene! ¡Disciplina! Hay que mantener el orden».

El nuevo jefe del gueto solía recorrerlo a caballo, rodeado de su guardia pretoriana. Cada vez que realizaba una inspección se paseaba rompiendo ventanas y disparando sobre la gente. Cuando Grzymek asumió el mando del gueto, las salidas a trabajar se convirtieron en un tormento de veras infernal. En ocasiones obligaba a los judíos a traspasar la puerta llevando en la mano los distintivos con las letras «W» o «R» para verificar personalmente su autenticidad. Otras veces exigía llevar las autorizaciones de trabajo en la mano con los brazos en alto.

Grzymek ordenó cortar el cabello a todos los habitantes del gueto. Para ello instaló a un barbero en la puerta del gueto para que cortara una porción de cabello en el centro de la cabeza de cada judío.

Cada mañana, cuando los judíos salían a trabajar, tenían que hacerlo marchando al son de las marchas militares que tocaba una orquesta ubicada a la salida del gueto. Si alguno perdía el paso, la porra de Grzymek siempre estaba presta para ayudarlo a recobrarlo.

Cada ala del gueto contaba con un guardián y una mujer de la limpieza. Las calles eran barridas con esmero y las casas estaban pintadas de blanco. Grzymek velaba personalmente por la limpieza. No obstante, tras aquellas paredes pulcramente blanqueadas vivían hacinados los condenados a muerte, sus cuerpos hinchados por el hambre; ya medio muertos, en realidad.

Una epidemia de tifus afectó a casi toda la población del gueto. [Había un hospital, pero todos sabían que acudir a él equivalía a la muerte. La mayoría de los judíos murió a consecuencia del tifus. Los sobrevivientes quedaron tullidos.] Las autoridades no se preocupaban por curar a los enfermos. En cambio, solían cargarlos en grupos hasta Piaskova Gura donde los ejecutaban.

Los amigos y familiares de los enfermos solían esconderlos en refugios donde permanecían sometidos al frío y, en ocasiones, al hambre.

Las empresas daban de baja a los enfermos de las listas de trabajadores y notificaban cada baja a la Gestapo. Existía un destacamento especial de las SS que se encargaba de localizar a los enfermos. El SS Heinisch, corpulento como un oso, se destacó especialmente en la localización de enfermos. Si encontraba alguno ya inconsciente lo ultimaba allí mismo. En cambio, si todavía era capaz de andar, lo llevaba a la cárcel.

Muchos polacos y ucranianos honrados se sentían escandalizados por aquellos crímenes intolerables y la aniquilación en masa de tantos inocentes. Conscientes de esa situación, los alemanes necesitaban influir de alguna manera sobre ellos. Y encargaron ese trabajo a la prensa. Más concretamente a los diarios Lemberger Deutsche Zeitung —alemán—, la Gazeta Lvovska y Lvovskie Visti.

Cada día las asquerosas páginas de esos tres diarios aparecían llenas de noticias y artículos que alimentaban el antisemitismo, justificaban que «el genio alemán se mostrara implacable hacia la raza inferior» (los judíos) y proclamaban que «la historia hacía justicia por fin castigando a los malditos judíos por medio de los alemanes».

Todos aquellos artículos perseguían un solo objetivo. A saber, despertar en los polacos y los ucranianos el odio hacia los judíos.

Katzmann publicó un ucase que establecía la pena de muerte para todo aquel que ofreciera refugio a un judío.

Los diarios alemanes emprendieron una «campaña explicativa». Alegaron que el exterminio de los judíos redundaría en beneficios para todos los pueblos arios. «Hace mucho tiempo ya que los judíos se disponen a apoderarse del mundo»[, decían, y para apoyar esa estúpida tesis insertaban profusas citas de la Biblia y el Talmud].

En sus artículos, los alemanes sostenían que el «exterminio» de los judíos se hacía en respuesta a los pogromos que éstos habían organizado contra la población alemana de Bydgoszcz, Poznan y otras ciudades. [No obstante, nadie prestó oídos a aquella estúpida provocación.]

La población judía intentaba escapar de la muerte a toda costa. Alejarse de aquella violencia monstruosa, de aquel terror permanente. Muchos consiguieron abandonar Lvov y marchar a Varsovia, Cracovia, Czestochowa y otras ciudades de Polonia occidental donde se domiciliaban bajo una nueva identidad. Otros pudieron trasladarse al «sector ario» de Lvov [, donde vivían y trabajaban pasando por polacos o ucranianos]. La Gestapo no tardó en conocer esa situación [y decidió acabar con aquellos «falsos arios»]. A ese fin llenaron de agentes secretos la ciudad, todos ellos plenamente entregados a la misión que les había sido encomendada. Los agentes solían pasearse por las calles o se apostaban en las oficinas de correos y las estaciones de ferrocarril. Observaban con atención a cualquiera que aparentara tener origen judío. Conducían a sus víctimas a la sede de la «Kripo» (Kriminalpolizei), cuyos funcionarios detectaban rápidamente si la persona en cuestión era judía. Cuando se trataba de mujeres, las torturaban hasta conseguir que confesaran ser judías. Los alemanes premiaban a sus agentes [encargados de la detección de «falsos arios»] con munificencia. Pero también los judíos los premiaban a veces: con plomo. Uno de los agentes secretos se acercó a un joven judío en la plaza Streletski. El joven llevaba documentos [arios] falsos y, por lo visto, el agente intuyó que podía tratarse de un judío. Y éste, sin pensárselo un instante, sacó su revólver en lugar de su documento, y mató al agente de un disparo. Otra historia corrió de boca en boca en Lvov, donde cierta Lina Haus, estudiante del gimnasio hebreo, vivía en la calle Yakóvich, haciéndose pasar por polaca. La joven se había cambiado el apellido y encontró empleo en una empresa alemana. Un agente secreto sospechó de ella y se presentó en su apartamento para verificar su documentación.

A la postre el agente fue encontrado muerto con una toalla anudada al cuello. Los alemanes imprimieron carteles con el rostro de la joven y la declararon en busca y captura. Además, prometieron una suculenta suma a quien denunciara su paradero. Pero todo fue inútil: Lina Haus se evaporó.

Algunos judíos que dominaban la lengua francesa se hacían pasar por prisioneros de guerra franceses y vivían en los campos de concentración junto a personas de esa nacionalidad.

Numerosos judíos consiguieron esconderse en casas de polacos o ucranianos. Por mucho que los alemanes se esforzaban por ahogar los buenos sentimientos de la gente por medio del terror a la muerte, las ejecuciones públicas, fomentando así la traición y el egoísmo, fueron muchos los hombres valientes y honestos que se comportaron heroicamente. En particular, los intelectuales polacos salvaron de la muerte a muchos niños judíos. [No obstante, como es sabido, la mayoría de ellos ofrecía cobijo sólo a niñas.]

Algunos sacerdotes polacos también acogieron a niñas judías y las escondieron en las iglesias para salvarlas de la muerte. Entre esas personas generosas, no fueron pocas las que pagaron con sus vidas la salvación de unos pocos niños judíos…

Tras la victoria del Ejército Rojo en Stalingrado, en el gueto de Lvov se organizó un Comité para el levantamiento armado contra los alemanes. Entre otros miembros, el Comité contaba con la adhesión de los poetas judíos Y. Shúdrij y S. Friedman.

La organización estableció contacto con un Comité polaco que compartía idénticos fines y comenzó a publicar un periódico clandestino que pasaba de mano en mano. Con el dinero reunido por el Comité se pudieron adquirir algunos revólveres; en otros casos, algunos empleados en las fábricas de armas alemanas consiguieron sustraer armas y aportarlas a la organización. Muy pronto comenzaron las sesiones de entrenamiento para el combate. Unos delegados del Comité viajaron a Brody donde establecieron contacto con los partisanos que operaban en Volynia. Entre esos delegados estaba la doctora Lina Goldberg, quien más tarde se encargó de la organización del movimiento de resistencia en Lvov. El flujo de armas hacia el gueto era incesante. Los judíos que salían a trabajar las traían al gueto escondidas entre los alimentos. En una ocasión, los hombres de las SS que hacían guardia a las puertas del gueto encontraron un arma oculta en el hatillo que cargaba un joven. Fue fusilado allí mismo sin contemplaciones. A partir de ese día se intensificaron los registros. En la calle Loketka fue descubierto un almacén de armas. Los alemanes buscaron a los responsables, pero no consiguieron dar con ellos.

La gente comenzó a escapar del gueto en grupos o en solitario.

El Comité buscaba a toda costa enviar combatientes a Brody, convertido en centro de la resistencia armada a los ocupantes.

A cambio de una importante suma de dinero, se alquilaron tres vehículos para llevar a un importante grupo de combatientes entrenados en el gueto. Todos ellos se sumaron con valentía y fiereza a los destacamentos de partisanos. Muchos de esos combatientes eran jóvenes que se movían muy bien sobre el terreno, porque conocían la espesa urdimbre de caminos y senderos de las zonas rurales.

Los partisanos atacaban con éxito las granjas que abastecían de alimentos a los alemanes y arramblaban con todo lo que encontraban. También organizaban exitosas emboscadas para despojar a los alemanes de sus armas.

Los partisanos no estaban solos en su lucha. Los guerrilleros de Volynia les enviaron hombres con explosivos —principalmente, tolueno y dinamita— destinados a la comisión de acciones de sabotaje.

En una ocasión los partisanos de Brody atacaron una guarnición alemana ubicada en la frontera que separaba la zona ocupada y el Ostgebiet. Consiguieron matar a un guardia y se llevaron fusiles automáticos y granadas. A esas alturas, los partisanos se habían convertido en una genuina amenaza para los alemanes en toda la región y los gendarmes alemanes buscaban ubicarlos y aniquilarlos. Pero el cuartel general de los guerrilleros era sencillamente indetectable, puesto que se trasladaba de un lado a otro sin cesar.

Cuando llegó a oídos de los miembros del Comité que los alemanes se disponían a liquidar definitivamente el gueto, se decidió marchar a los bosques y continuar la lucha. El poeta Y. Shúdrij integró un grupo de diecisiete personas que se disponía a unirse a los partisanos.

Habían planeado emprender la huida a las seis de la mañana del 8 de mayo de 1943. Pero cuando el vehículo que los llevaba tomó la calle Zyblikevich fue rodeado súbitamente por hombres de las SS. Los partisanos comprendieron que habían caído en una trampa y decidieron vender caras sus vidas. Varios hombres de las SS resultaron gravemente heridos en el intercambio de disparos que se produjo. Sin embargo, un nuevo destacamento de las SS acudió en socorro de sus compañeros y consiguió desarmar a los partisanos. Todos murieron sin excepción.

Al amanecer del día 9 varios batallones de infantería alemana rodearon el bosque de Brody. Apenas unos pocos partisanos consiguieron romper el cerco y escapar hacia los bosques de Lublin, donde continuaron la lucha contra las tropas de ocupación. El resto murió heroicamente empuñando las armas. Ni un solo partisano fue capturado vivo.

Conscientes de que se acercaba su final los alemanes apuraron el exterminio de los judíos.

Los guetos desaparecían uno tras otro: Peremyshl, Sambor, Rudki, Brzhezhani, Ternópol, Yávorov, Zhúlkev, Przhemysliani, Yárychuv.

Una profunda calma precedió a la liquidación del gueto de Lvov. Grzymek apenas se mostraba en público. [Retiraron a los guardias que cuidaban la puerta de acceso al perímetro habitado por los judíos. Los alemanes organizaron partidos de fútbol y conciertos en el gueto.] Los hombres de las SS dejaron de aparecer de improviso en las casas de los judíos. Sin embargo, todos eran conscientes de que se trataba de la proverbial calma que suele preceder a las peores tempestades. El 25 de abril los alemanes condujeron a Piaskova Gura a los últimos cuatro mil detenidos del campo de concentración de Yanovska. Todos fueron ejecutados.

A las tres de la madrugada del 1 de julio de 1943 los hombres de las SS entraron al gueto. Venían a culminar el trabajo que habían iniciado en 1941. Comenzaba el exterminio final. [Se llevaban a todo el mundo, incluso a quienes trabajaban para empresas alemanas.] Nada tenía valor en aquellos momentos: ni los certificados con sello de las SS, ni los distintivos con las letras «W» o «R».

Katzmann, Engels, Lenard, Willhaus, Inguart y Schönbach dirigían la operación. Los destacamentos de las SS y la policía fascista se pasaron todo el día registrando las casas y arrojando granadas a los sótanos donde sospechaban que había familias judías ocultas. Los coches de bomberos entraron al gueto tres días más tarde. Los judíos estaban siendo quemados vivos. Todas las casas de las calles Loketka, Kresova y Sharanovich fueron reducidas a cenizas. Quienes habían encontrado refugio en ellas salían corriendo en el último momento. Asfixiados por el humo, los judíos corrían entre las llamas. Los hombres de la Gestapo no disparaban a esas víctimas: intentaban capturarlas vivas para devolverlas al fuego.

Al principio hubo algunos conatos de resistencia. Todo aquel que tenía armas hizo uso de ellas contra los alemanes. Así, consiguieron dar muerte a dos policías y herir a varios hombres de las SS. Como es natural, ello enfureció aún más a los verdugos. Asesinaban sin miramientos a mujeres y niños, los arrojaban desde los balcones, decapitaban a los hombres a hachazos. Las calles del gueto se llenaron de cadáveres. Trece días en el refugio (Testimonio de Lilia Hertz, Lvov)

La humareda que salía de las casas que ardían ensombreció el cielo al que se alzaban los gritos desesperados de los niños que agonizaban.

Hemos expuesto la verdad. A pesar de que los fascistas intentaron por todos los medios que ni un solo testigo de sus crímenes sobreviviera, sus desmanes no pueden ser ocultados a la humanidad.

Porque sí sobrevivieron algunos testigos. Sobrevivió Naftalí Najt, un joven de Lvov que pudo huir a reunirse con los partisanos. También Leopold Shor, quien escapó de Lvov. Sobrevivió Líjter Uri, a quien los partisanos de los bosques de Zolochévskie salvaron de sus verdugos. También lo hizo Artur Rozenshtrauch, un empleado de banca de Lvov. Y Lilia Hertz, quien pasó trece días emparedada en una casa del gueto.

Los crímenes cometidos no pueden ser olvidados ni perdonados por la humanidad.

TESTIMONIOS: I. HERTZ Y NAFTALÍ NAJT

EDITOR[ES]: R. FRAERMAN [Y R. KOVNATOR]