El libro negro
El 13 de octubre de 1941
TESTIMONIO DE A. M. BÚRTSEVA
No pude evacuar Dnepropetróvsk antes de la llegada de los alemanes, porque por aquellos días mi hija estaba gravemente enferma. Mi padre, mi madre y mi hermano de trece años se negaron a dejarme sola.
En cuanto los alemanes ocuparon la ciudad, se obligó a todos los judíos a llevar brazaletes con una estrella de seis puntas a modo de identificación. Algunos se resistían a cumplir la orden y pude ver con mis propios ojos cómo un bandido alemán asesinó a una joven judía en plena calle por negarse a llevar el brazalete.
Muy poco después se les impuso a los judíos el pago de una contribución de treinta millones de rublos. Comenzaron los abusos y los saqueos. Un día irrumpieron en nuestro apartamento los hombres de las SS y se llevaron a mis padres a la comisaría. Después de golpearlos salvajemente y despojarlos de todos los objetos de valor, los dejaron marchar. A partir de entonces, mis padres temían salir a la calle.
En esas terribles condiciones, temiendo a cada instante por la suerte de nuestros hijos, vivimos hasta el 13 de octubre de 1941.
Ya entonces mi marido (estoy casada con un ruso) había conseguido encontrar una habitación en un edificio donde nadie nos conocía y se disponía llevarnos allá. Pero no nos dio tiempo a llevar a cabo ese plan. A las seis de la mañana del 13 de octubre de 1941 llamaron a la puerta. Recibimos la orden de acudir con todas nuestras pertenencias al centro comercial de la calle Marx, donde supuestamente estaban reuniendo a todos los judíos para obligarlos a efectuar el pago de la contribución.
Las cuatro plantas del centro comercial estaban llenas a rebosar. Se veía sobre todo a ancianos y a mujeres acompañadas de niños. Todos habían sido despojados de sus pertenencias antes de entrar. A mí, como no llevaba nada encima, me impidieron el acceso al centro comercial y me tuve que quedar en la calle junto a otros miles de personas. Poco después, desalojaron el centro comercial y nos encontramos todos en la calle. Así, pude reunirme con mi madre y mi hermano. No conseguimos localizar a mi padre en aquella multitud. Ya no volví a verlo jamás. Finalmente, nos hicieron formar una columna en hileras de seis personas y echamos a andar sin saber adónde nos conducían. Mi madre intentaba convencerme para que dejara a mi hija con alguno de los conocidos que observaban el paso de la columna desde las aceras y le rogara ayudar a la niña a reunirse con su padre. Comencé a escrutar los rostros que iba encontrando hasta que descubrí a uno de nuestros vecinos, quien buscaba entre la multitud a su mujer, también judía, y a su hijo. Le entregué a mi Lénochka y muy poco después pude ver a mi marido caminando junto a la columna de judíos. Llevaba a la niña de la mano. Gracias a que yo avanzaba en uno de los extremos laterales de la columna, un amigo de mi marido se me acercó y me instó a quitarme el brazalete y escapar. Me aseguró que nos llevaban a ejecutar. Sin embargo, me repugnaba la idea de abandonar a los míos, así que continué avanzando sin prestarle oídos. Mi madre había escuchado la sugerencia del amigo de mi marido y me rogó que le hiciera caso y huyera. «Ya no puedes hacer nada por nosotros: tienes que huir para estar con tu hija», me dijo. «¡Hazlo por ella!», insistió.
En eso un camión cargado de ancianos y niños pasó junto a nosotros y de pronto un hombre se levantó de un salto y se degolló a sí mismo con una navaja. Un alemán lo empujó rápidamente para evitar que lo viéramos agonizar y el camión se alejó.
Cuando llegamos a la calle Yúrevskaya me quité el brazalete y me escabullí de la columna. A toda prisa me fui a la dirección que me había proporcionado el amigo de mi marido. Allí permanecí durante dos semanas. Mi marido apenas me visitaba por miedo a que pudieran seguirlo y descubrirme. Después me trasladó por fin a una habitación que había alquilado y donde permanecí encerrada durante dos meses. Cada vez que escuchaba pasos en la escalera me escondía en el armario. Transcurrido ese tiempo, Lénochka cayó enferma y me vi obligada a salir en busca de comida. Me salvó mi apariencia física, que no permite adivinar que soy judía. También tuve suerte con los vecinos, buenas personas que nos prestaron todo tipo de ayuda.
Dos años enteros tuve que vivir así, esperando la muerte cada día. Aquella situación afectó gravemente a mi hija. Bastaba que tardara un poco más de lo previsto en llegar a casa, para que Lénochka se pusiera a gritar desconsolada: «¡Han matado a mi madre!». Entonces nos parecía que no seríamos capaces de sobrevivir.
Todas las otras personas que formaban la columna de la que escapé encontraron un destino horrible: fueron fusiladas en las trincheras cavadas a las afueras de la ciudad para impedir el avance de los tanques. También mis familiares corrieron esa suerte.
TESTIMONIO DE I. A. REVÉNSKAYA
Todos los miembros de mi familia consiguieron evacuar Dnepropetróvsk antes del arribo de los alemanes. Por desgracia, yo no pude acompañarlos. El día que los alemanes entraron a la ciudad me encontraba de visita en casa de mi sobrino. Esa misma noche se presentaron allí varios alemanes y húngaros y declararon que les había sido concedido el derecho a entrar en las casas de los judíos y cargar con todo lo que quisieran. Los condujo el traidor Abalakov, quien habitaba en el mismo edificio y murió en 1942.
Unos días más tarde se levantó un censo de todos los judíos de Dnepropetróvsk. Inmediatamente después comenzaron a llevarnos a realizar trabajos forzados. Los alemanes golpeaban hasta la muerte a quienes estaban incapacitados para el trabajo.
Finalmente, llegó el día fatal cuando se ordenó a los judíos congregarse frente al centro comercial Lux, llevando consigo todas sus pertenencias y comida para tres días.
Era un típico día de otoño. Caía lluvia mezclada con nieve y el viento apenas permitía andar.
Al llegar al centro comercial, vi que estaba completamente rodeado por la policía. Decidí que era mejor quitarme la vida que entregársela a los alemanes y volví a casa con la intención de envenenarme. Al llegar me topé con mi vecino P. I. Krávchenko, quien me aconsejó abandonar la ciudad y me dio una carta de recomendación dirigida a una amiga suya que vivía en Krasnopólie, a unos ocho kilómetros de Dniépropetróvsk. Pasé dos días en Krasnopólie. Después me vi obligada a huir también de allí, porque los alemanes habían detectado la ausencia de ochocientos de los judíos recogidos en el censo y comenzaron a buscarnos por pueblos y aldeas de los alrededores.
Al regresar a la ciudad, supe que todos los judíos que acudieron a la convocatoria ante el centro comercial habían sido ejecutados. No tenía adonde ir, ni mucho menos podía regresar a casa. Vagué durante largas horas por estrechas callejuelas mientras intentaba encontrar una salida a mi situación. Pero ¿acaso podía haber alguna?
Decidí elegir la muerte. Me hice con un botellín de amoniaco y me lo bebí de golpe sentada en uno de los bancos del jardín metropolitano.
Al escuchar mis desesperados gemidos se me acercaron unos alemanes. Me preguntaron si era judía. Negué con la cabeza, ante la imposibilidad de hablar. Entonces cargaron conmigo y me llevaron a un hospital. Pasé la noche ingresada. A la mañana siguiente una enfermera me avisó de la pronta ronda de los médicos alemanes y me sugirió que huyera antes de que descubrieran mi presencia allí.
Fue así que volví a encontrarme de vuelta en la calle. Como antes, no sabía adónde ir. Llevaba veinticuatro horas sin probar alimento, pues tenía quemada la garganta y en el hospital no me habían dado nada de comer.
Mientras vagaba por las calles, me encontré a un grupo de soldados del Ejército Rojo que acababan de escapar de la prisión. Se disponían a huir hacia las aldeas cercanas y me permitieron unirme a ellos.
Recorrí con ellos un trecho del camino y después, ya en solitario, los seiscientos kilómetros que me separaban de Nikoláyev, una ciudad donde antes había vivido durante diecinueve años.
Allí localicé rápidamente a unos conocidos quienes me escondieron y poco después me proveyeron de un pasaporte falso. En pocas palabras, hicieron todo lo que estaba en sus manos para salvarme la vida.
Tendría que escribir páginas y páginas para poder describir todo el horror que vi y padecí durante aquellos tiempos. Por otra parte, me pregunto si sería capaz de transmitir lo que sufrí al presenciar, por ejemplo, cómo dos hombres de la Gestapo obligaban a andar sobre la nieve a una joven en camisón cargando en brazos a su bebé o cómo en Nikoláyev subieron a la fuerza a un coche a los cuatro mejores médicos de la ciudad y los llevaron a ejecutar.
Ahora soy una mujer de cincuenta y dos años. El destino me deparó una vida muy penosa y he sido testigo de dos guerras, pero cuando pienso en todo lo que me tocó ver y padecer en el infierno fascista se me hiela la sangre en las venas.
TESTIMONIO DE B. I. TARTAKÓVSKAYA
Los alemanes ocuparon Dnepropetróvsk el 24 de agosto de 1941. Las torturas, los saqueos y los asesinatos comenzaron desde el primer día de su arribo a la ciudad. Los judíos, todos identificados con brazaletes que llevaban la estrella de seis puntas (se les obligó a llevarlos, bajo pena de fusilamiento), no se atrevían a aprovisionarse de agua en la fuente municipal o a salir a la calle para comprar en las panaderías.
Muy pronto se ordenó a todos los judíos acudir al centro comercial Lux. Nos dijeron que la convocatoria estaba relacionada con la instalación de un gueto. Cargada con unos pocos enseres, acudí a la cita junto a mis dos hijos. Allí nos hicieron formar una columna y nos obligaron a ponernos en marcha. No sabíamos adónde nos conducían. A nuestras insistentes preguntas, los alemanes respondían: «Al Lager». Al dejar atrás el cementerio judío y salir al amplio descampado que limita con las vías férreas escuchamos los primeros disparos. Entonces comprendimos la finalidad de aquella marcha. Sin embargo, caía la noche y ello evitó que nos llegara el turno de morir. La muchedumbre formada por varios miles de personas fue arrinconada contra una tapia y cercada por todas partes. Hacía mucho frío y los condenados se apretujaban, los pies hundidos en el barro helado. Los enfermos, algunos de ellos ya agonizantes, se dejaron caer en el barro. Cargué sobre mis espaldas a mi hijo menor; el mayor, que contaba tres años entonces, permanecía de pie con la cara hundida en mis rodillas. Así transcurrió aquella fría noche de otoño.
Apenas amaneció, los soldados alemanes aparecieron cargados de cajas de munición. Nos las mostraban con sorna y reían a mandíbula batiente. Seguidamente, comenzaron a llevarnos en grupos hasta el borde de las zanjas abiertas al fondo del descampado. La multitud se pegaba a la tapia; los más débiles caían a los pies de gentes a quienes el horror privaba de la razón; se escuchaban gritos, disparos y llantos infantiles. Los alemanes arrastraban a los ancianos y a los niños aplastados por el gentío y los enterraban vivos junto a los cadáveres de la víspera. Caí de rodillas y abracé a mis hijos: creía volverme loca ante aquel horror.
En ese instante se me acercó un hombre y me aseguró que podía sacarnos de allí a mí y a mis hijos. Todavía hoy no alcanzo a comprender cómo lo consiguió, pero lo cierto es que pocos minutos después ya nos había apartado hasta el camino que conduce al cementerio. Un joven campesino que circulaba por allí en una carreta se ofreció a llevarnos a la ciudad, sin que se lo hubiéramos pedido. Me despedí apresuradamente de mi salvador y nos acomodamos a duras penas en la carreta.
Al llegar a casa me encontré a mi marido hecho un mar de lágrimas. Alguien le dijo que nos habían llevado a ejecutar y no a un campo de concentración como creímos inicialmente. Mi marido es ucraniano. Confiábamos en que encontraría el modo de ayudarnos a mí y a nuestros hijos.
A la mañana siguiente abandonamos la ciudad y nos dirigimos a Sumy, donde mi marido tenía familia. Viajábamos desprovistos de dinero y documentos, así que nos tomó mes y medio llegar. Al principio, nadie reparó en mí. Pero un día supimos que alguien había denunciado mi presencia en la ciudad. Nos vimos obligados a huir nuevamente y pasamos largo tiempo vagando por pueblos y aldeas.
¿Acaso tengo que describir cuál fue nuestro alborozo al toparnos con una avanzadilla del Ejército Rojo?
Actualmente, mi marido está en el ejército y yo trabajo en un hospital. Aunque parezca una anciana, tengo apenas veintisiete años. Vivo exclusivamente para mis hijos. Y también para alcanzar a ver el castigo que recaerá sobre las fieras fascistas. Si bien, no, no son fieras, porque éstas no roen los cuerpos ya abatidos. Y quienes lanzaron niños vivos a las fosas comunes no merecen ser comparados con animales.
EDITOR: G. MUNBLIT