El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 92 de 103

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El libro negro

«Los niños del camino negro»

Avanzábamos por un terreno abundantemente sembrado de altramuz. El sol quemaba. El crujido de las hojas secas y las vainas se fundía en un sonido triste y casi melodioso. El anciano que nos guiaba se descubrió y tras hacer la señal de la cruz nos dijo:

—Estáis andando sobre tumbas.

Atravesábamos los terrenos del campo de la muerte en Treblinka, adonde los alemanes llevaron a judíos de todos los confines de Europa y de los territorios ocupados de la URSS.

Millones de personas fueron asesinadas aquí por los alemanes. Hay un terrible camino de color negro que atraviesa los campos de Treblinka. Debe su color a la ceniza diseminada sobre él a lo largo de tres kilómetros. La ceniza resultante de la incineración de las víctimas.

Toneladas de esas cenizas eran cargadas en carretas y niños de entre once y trece años las arrojaban a paletadas a lo largo del camino. Les llamaban «los niños del camino negro».

En un gélido día de febrero de 1943 llegó a Treblinka un tren de mercancías que traía, entre otros «pasajeros», a sesenta niños judíos provenientes de Varsovia, Vilnius, Grodno, Bialystok y Brest. Todos fueron separados de sus familias a la llegada del convoy. Los adultos fueron enviados al campo de muerte; los niños, al «campo de trabajo».

El jefe de ese último campo, el Hauptsturmfürher Van Eupen, un alemán oriundo de Holanda, pensó que siempre habría ocasión de asesinar a aquellos niños, pero antes podían ser utilizados en algunos trabajos. Fue por eso que encargó al Untersturmführer Fritz Preifi tomarlos bajo su tutela.

Preifi seleccionó a los dieciséis más debiluchos, entecos y ateridos de frío y los puso en manos del tuerto Sviderski. El tuerto Sviderski había vivido antes en Odessa, dedicado a asuntos la mar de turbios. En Treblinka se lo conocía como El Maestro del Martillo.

Tras hacer formar a los niños que le fueron encomendados, Sviderski se sacó el mañillo que siempre llevaba sujeto al cinto y tras escupirle en la cabeza, como habría hecho un carpintero que se dispusiera a golpear un clavo, procedió a asesinar a los niños pegándoles martillazos en el tabique nasal. Los débiles cuerpecitos caían desplomados sobre la tierra helada. La vida se apagaba deprisa en aquellos niños que sollozaban quedamente mientras esperaban la muerte. Sollozos los suyos que resultaban más terribles que los estridentes lamentos de otras víctimas. Aun cuando ya les había tocado presenciar millares de ejecuciones, los prisioneros adultos se cubrían el rostro con las manos para no ver aquel espectáculo. Un chiquillo con la cabeza cubierta de rizos cobrizos y dorados y ojos de color celeste protestó: —No quiero morir así. Sería mejor que nos disparara.

—¿Disparaos? —preguntó Sviderski señalando a la cuenca vacía de su ojo derecho—. No puedo mataros a tiros, porque no acertaría en el blanco.

Cuando el tuerto verdugo levantó el martillo para golpear al chico pelirrojo, Preifi intervino.

Y el pelirrojo pudo marchar junto a los niños destinados a sobrevivir.

Los niños seleccionados para trabajar fueron alojados en un barracón. Allí dormían en literas de madera dispuestas en tres hileras. Preifi ordenó que durmieran directamente sobre los entablados. A Leib, el mayor de todos los niños a sus catorce años, lo nombró [«kapo»] responsable del grupo.

Los niños salían a trabajar cada día a las cinco de la mañana. Los lamentos de los hombres, mujeres y niños asesinados por los alemanes llegaban a sus oídos durante toda la jornada. A veces se apagaban, pero recomenzaban con reanudada fuerza muy poco después. Eran lamentos de dolor y tormento que helaban los corazones y producían un terrible sufrimiento a aquellos niños.

Los adultos alojados en el barracón acogieron a los pequeños con la ternura propia de los padres que acaban de perder a sus propios hijos. Todos ellos eran obreros judíos altamente cualificados en sus profesiones respectivas a quienes los alemanes habían prolongado la vida para tomarlos a su servicio. Sus familiares habían sido asesinados. Entre ellos se encontraba un obrero de la planta de producción de carnes de Grodno. Sabemos que se llamaba Aron, aunque desconocemos su apellido (en el campo la gente era conocida sólo por su nombre de pila o algún mote). Aron tomó especial cariño a los chicos, quienes le llamaban Arli.

Arli cantaba muy bien y hasta componía canciones. Con el propósito de distraer a los niños, cada noche les impartía clases de canto. Al chico de cabello cobrizo todos le llamaban Pelirrojo. Dueño de una suave voz de soprano, demostró tener buena aptitud para el canto. Cada vez que el Pelirrojo entonaba alguna canción, todos los prisioneros recordaban a sus hijos asesinados. Aron lloraba, mientras le acariciaba la cabeza.

Los alemanes despojaron a los niños soviéticos de las regiones ocupadas de todo lo que tenían. Los privaron de sus seres queridos; les quitaron sus casas, sus escuelas, sus libros; les arrancaron sus sueños y les negaron la felicidad de la infancia. Hubo una sola cosa que no supieron quitarles: las canciones. Y por eso los niños continuaban cantando a su patria y a Moscú. Era habitual que el sombrío y estrecho barracón se viera iluminado de pronto por las notas de la canción Ancha es mi patria.

El destacamento formado por los niños se ocupaba de atender los gansos y las vacas, mondaba las patatas en la cocina y troceaba la leña. Por orden de Preifi, todos los niños vestían de uniforme. Llevaban chaquetas azules a rayas con botones de hierro. Preifi los obligaba a marchar durante horas. Quería que desarrollaran un paso perfectamente acompasado, a la manera militar. Disfrutaba de los niños como si se tratara de juguetes vivos. También era capaz de romperlos cuando le apetecía. Solía mostrar con orgullo a su jefe Van Eupen los progresos que hacían sus «juguetes» en el aprendizaje de los pasos militares.

En una ocasión Arli intentó despertar en los alemanes algún sentimiento de compasión hacia los niños. Para conseguirlo les enseñó a sus pupilos la más triste de todas las canciones que conocía. Las voces infantiles resonaron con una pena que helaba el alma.

Cuando el coro no había concluido todavía su representación, apareció de repente un niño que traía un raquítico nabo para su querido Arli. El jefe alemán llamó a un carpintero de Varsovia llamado Max Levit, le dio un garrote y le ordenó asestar veinticinco azotes al recién llegado. Levit le dio un primer golpe, pero lo hizo con ostensible suavidad. Entonces Preifi le arrancó el garrote de las manos y comenzó a pegar al chiquillo con todas sus fuerzas. Los últimos cinco golpes los recibió un niño ya cadáver. Una vez que su «juguete» estuvo roto, Preifi pontificó: «¡Así es como hay que golpearlos!».

En la brigada había un niño llamado Izale que era un notable bailarín. Preifi le ordenó un día bailar sobre una mesa, porque es sabido que todos los juguetes mecánicos lo hacen. E Izale cumplió la encomienda, naturalmente. Bailoteó sobre el metro cuadrado de una mesa con velocidad de vértigo y mecánico ritmo. Su rostro era una triste mascara de yeso: parecía, en efecto, un juguete recién salido de una fábrica.

Otro de los niños, Yasha, era un verdadero artista. Yasha pintaba sombrías escenas de la vida en Treblinka sobre trozos de aglomerado. A veces pintaba tanques que llevaban estrellas de cinco puntas en la carrocería y atropellaban a los guardias tras aplastar la alambrada. Esos dibujos los borraba en cuanto acababa de hacerlos.

Yasha y el Pelirrojo compartían litera. El pequeño pintor y el pequeño cantante se calentaban uno al otro en las frías noches del campo de exterminio.

Un día Preifi fue destinado al campo de Cracovia. Van Eupen, jefe de Treblinka, nombró entonces al Untersturmführer Stumpfe como «jefe» de la brigada infantil. Stumpfe era un joven y fornido SS alto como un cíclope. Según los testimonios de varios testigos, se distinguía del resto por los ataques de risa que padecía cada vez que presenciaba una ejecución. Por eso le dieron el mote de La Muerte que Ríe.

El flamante «jefe» les encontró una nueva ocupación a los niños. Ésta consistía en diseminar la ceniza salida de los hornos por el camino que conducía al segundo campo. Los niños fueron provistos de palas para llevar a cabo esa encomienda.

Llegó el mes de julio. Un inclemente sol quemaba con fuerza. El aire se calentaba tanto, que costaba respirar. Ahogados por el calor y el hedor, los pobres niños aguijonados por los látigos de los guardias, caían desmayados sobre las cenizas de sus padres y madres.

En uno de los recuentos vespertinos, Stumpfe advirtió que faltaban cinco niños. La ausencia del Pelirrojo se hizo evidente enseguida.

—¿Dónde se ha metido el Pelirrojo? —chilló el «jefe».

—Aquí estoy —respondió una tímida voz. Stumpfe se volvió hacia el dueño de aquella voz, un niño moreno de cabello negro. Era el Pelirrojo y estaba cubierto de hollín de pies a cabeza. Stumpfe se acercó a él, hundió los dedos en los apretados rizos y lo levantó del suelo tirándole de los cabellos.

—Un negrito —dijo con desdén y dejó caer al muchacho.

Aún faltaban cuatro niños. Dos habían muerto, incapaces de soportar los inhumanos tormentos a que los sometían. Sus cuerpecitos habían quedado abandonados en el camino, camuflados entre la ceniza. Otros dos habían desaparecido: Misha, un niño muy apocado, y Poliutek, cuya belleza era motivo de admiración. Ambos se habían fugado.

Unos días más tardes los dos fugitivos fueron capturados cuando rondaban por la estación de ferrocarriles. Los devolvieron al campo.

Todos los niños de la brigada formaron ante las horcas. Misha y Poliutek fueron conducidos al cadalso con los brazos desatados. El Untersturmführer Lanz dijo:

—Así es mejor. Cuando los ahorcados tienen los brazos libres comienzan a agitarlos y parecen alas que los conducen directamente al cielo.

Stumpfe —alias La Muerte que Ríe— prorrumpió en sonoras carcajadas. Los chicos fueron colgados por fin. Poliutek murió deprisa. Apenas tuvo convulsiones. Misha tuvo una suerte bien distinta, pues la soga de la que lo colgaron era demasiado larga y sus pies alcanzaban el entarimado. Sus contorsiones y ronquidos se prolongaron más de la cuenta hasta que Lanz desató la soga, bajó de la horca al niño todavía vivo y lo izó nuevamente. El magro cuerpecito de Misha se separó del suelo sin esfuerzo. Ahora, colgado nuevamente, su agonía fue breve.

Todos los niños que asistían al espectáculo echaron a llorar al unísono. Era la primera vez que lo hacían desde su llegada a Treblinka. El sufrimiento de sus camaradas pudo por fin con sus pétreos corazones. Stasik se puso malo. [El «kapo»] Leib lo ayudó a incorporarse:

—No lloréis —dijo—. Ahora Misha y Poliutek están bien, porque ya no tienen que vivir aquí.

Concluida la ejecución, el Hauptsturmführer Van Eupen y los Untersturmfübrer Stumpfe, Lanz, Hagen y Ledeke subieron entonces a sus bicicletas y dieron una vuelta a la horca, mientras conversaban animadamente y tomaban fotografías.

Esa noche los chicos cantaron una canción que titularon Hemos perdido. Arli la compuso. Era una larga y luctuosa canción que describía la vida en Treblinka y lloraba la pronta muerte de los niños que aún vivían.

Esta era su última estrofa:

Ruge la hoguera en el campo de la muerte,

Nos quema el corazón la ceniza de nuestros hermanos y hermanas, Ya no hay vida para nosotros en este mundo.

Nuestras cortas vidas han llegado a su fin.

Aquella noche los niños no consiguieron conciliar el sueño. El cantante y el pintor lloraban en silencio y abrazados.

El 22 de julio de 1944 la brigada de niños no fue enviada a trabajar en el camino, como era habitual. Esta vez cargaron con sus palas hacia un claro ubicado en el medio del bosque. Allí les ordenaron cavar dos zanjas destinadas, según les explicó Stumpfe, a servir de emplazamiento a sendas baterías antiaéreas. No obstante, el kapo se percató enseguida de que la zanja que les encargaban cavar no se parecía a las que solían acoger tales baterías. Los niños no tardaron en escuchar el estruendo de los cañones que disparaban a lo lejos. El frente de batalla se aproximaba. Atento al ruido de los cañones, el Pelirrojo avisó a sus camaradas:

—Los alemanes huirán, pero nosotros nos quedaremos aquí —dijo, mientras golpeaba el fondo de la zanja con su pala.

Los niños comprendieron que estaban cavando su propia tumba. Todos sabían que ese momento iba a llegar más temprano que tarde. Estaban condenados a muerte; una muerte a la que ya no temían porque había sido su compañera a lo largo del breve tiempo que les tocó sobrevivir en Treblinka. Entonces el Pelirrojo dijo con voz serena a su inseparable Yasha:

—Tumbémonos uno al lado del otro cuando nos maten, ¿de acuerdo?

—Caeremos a la zanja de cualquier manera. ¿Cómo pueden tumbarse juntas dos personas que ya están muertas?

—Podemos hacerlo —replicó el Pelirrojo—. Nos situaremos en el borde de la zanja y nos abrazaremos con fuerza. Ya verás que caeremos juntos, ¡fíjate si es sencillo!

Y ambos continuaron cavando.

Amaneció. Al otro lado de la alambrada, los campesinos recogían la cosecha y juntaban heno para el próximo invierno. El estruendo de los cañones se escuchaba cada vez más cercano. Las locomotoras alemanas huían a toda velocidad entre nerviosos silbatos. Los alemanes liquidaban a toda velocidad el «campo de trabajo» (el campo de exterminio había sido liquidado ya antes). Los Haupt—, Unter— y demás führers bebían las últimas botellas de vino. Los guardias no les iban a la zaga. Los fusilamientos dieron comienzo a las siete en punto de la mañana. En aras de evitar complicaciones, los condenados eran conducidos hasta las zanjas en grupos de a diez. El «trabajo» tomó todo el día. Cuando la década que integraban Arli y el carpintero Max Levit pasó junto a los niños que esperaban la muerte, Arli les gritó: —¡Adiós, hijos míos!

—¡Adiós! —contestaron los niños a coro.

—Hasta la vista, Arli —dijo Leib—. Nos reuniremos contigo muy pronto.

El Pelirrojo esquivó a los guardias y se apretó contra Arli con fuerza. Arli abrazó a su favorito.

—¿Cuándo fue que cantamos por última vez? —le preguntó. Y él mismo dio la respuesta—: Fue el miércoles. Recuérdalo bien.

Arli sabía que lo llevaban a ejecutar. Y sabía que el pequeño cantante también sería ejecutado. ¿A qué venía entonces aquel «recuérdalo bien»? Antes de que el Pelirrojo tuviera ocasión de preguntárselo, un guardia pegó un empujón a Arli obligándolo a reanudar la marcha. Arli se echó a llorar.

Unos instantes más tarde los guardias separaron a diez niños. La protesta no se hizo esperar:

—Queremos morir todos juntos —exigieron.

Eran treinta niños en total y los guardias aceptaron, porque tenían prisa. Leib mandó a formar al destacamento y, con la cabeza erguida, encabezó la marcha hacia las tumbas que habían cavado ellos mismos.

Max Levit vio llegar a los niños desde el fondo de la zanja. Los guardias estaban borrachos y su puntería se resentía de ello. Levit pudo escuchar las firmes voces de los niños que avanzaban hacia la muerte sin parar de cantar. Los pequeños condenados cantaban una canción dedicada a Moscú.

Cada vez estaban más cerca y cada vez se los escuchaba más alto. Levit escuchó cómo sus piececitos marcaban el paso hasta que Schwartz gritó:

—¡Basta!

—¡Viva Stalin! —respondieron los niños a coro—. ¡Él nos vengará!

El cantante y el pintor se abrazaron con fuerza. Sonó una descarga. Herido de muerte, Yasha arrastró en su caída al Pelirrojo, quien apenas había recibido una herida leve. El Pelirrojo se revolvió intentando abrazar aún con más fuerza a su pequeño amigo. Frente a él, el rostro sin vida de Arli le hacía una horrible mueca. El chico cerró los ojos, apretó la cara contra el hombro de Yasha y permaneció quieto unos instantes. Después incorporó la cabeza de repente y dijo:

—¡La bala no me ha matado, señor guardia! ¡Dispare otra vez, señor! ¡Dispare otra vez!

El guardia soltó un par de tacos. Stumpfe —alias La Muerte que Ríe— se echó a reír. El guardia disparó de nuevo. [La cabecita cubierta de rizos dorados y cobrizos golpeó el suelo y ya no volvió a incorporarse.]

Cayó la noche. Agotados después de haber dado muerte a setecientos polacos y judíos aquel 23 de julio de 1944, los guardias decidieron marcharse a descansar y cubrir la fosa a la mañana siguiente.

Max Levit apartó los cadáveres de los niños, salió a rastras de la zanja y se internó en el bosque.

Nuestro encuentro con Levit se produjo en la población de Wulka-Okronglik, a dos kilómetros del lugar donde estuvo emplazado el campo de Treblinka. Kazimiersz Skarzynski, un campesino polaco de sesenta años que había llevado una de las carretas desde las que los niños espolvoreaban el camino con las cenizas salidas de los hornos, pidió vernos. El carpintero Max Levit y el campesino Kazimiersz Skarzynski nos contaron la historia de los niños del camino negro.

V. APRESYAN