El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 21 de 103

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El libro negro

Carta del oficial Granovski (Yekaterinópol)

Quiero que conserves esta carta. Estas pocas letras, las ruinas, las tumbas de nuestros paisanos y una pequeña niña llamada Sonia son todo lo que queda de Yekaterinópol. En aquellos benditos lugares donde crecimos, donde aprendimos las primeras letras y experimentamos por vez primera el amor hoy no crece más que la hierba. Y yacen los restos de nuestros familiares sepultados bajo tierra.

Ya no existe Yekaterinópol. Los alemanes la arrasaron. Sonia es todo lo que queda.

Llegué a nuestra aldea el 9 de mayo de 1944. No conseguí encontrar la que había sido mi casa. El lugar que había ocupado era ahora un solar yermo… Caminé entre las ruinas, busqué a algún vecino. No encontré a nadie: todos habían sido ejecutados. Nadie estaba allí para recibirme, estrecharme la mano: nadie me felicitó por la victoria.

Después encontré a Sonia Diamat. Ahora tiene quince años. Se salvó de puro milagro, porque los alemanes la llevaron a ejecutar tres veces. Fue ella quien me relató la tragedia que vivió Yekaterinópol.

Los hombres de las SS llegaron a la aldea y enseguida comenzaron los registros, los saqueos, los pogromos. Todos los judíos fueron encerrados a la fuerza en campos especiales. En Zvenigorodók instalaron un campo destinado a la reclusión de quienes no resultaban aptos para el trabajo. Allí encerraron a los ancianos, los enfermos, las mujeres con niños pequeños y los menores de catorce años.

Quienes, en cambio, eran aptos para el trabajo fueron a parar al campo de concentración ubicado junto a la estación de ferrocarriles. El 6 de septiembre de 1941 Yekaterinópol conoció las primeras ejecuciones: sus víctimas fueron los comunistas, los activistas de la granja agrícola y un buen número de judíos.

Todos los reclusos del campo de concentración de Zvenigorodók fueron ejecutados en abril de 1942. Allí asesinaron a Hanna Lerner, de ochenta años, por ser demasiado vieja y a Mani Fininberg, un bebé que apenas contaba un mes de vida, por ser demasiado joven.

Antes los sometieron a enormes tormentos y a todo tipo de vejaciones, obligándolos a trabajar durante dieciocho y hasta veinte horas al día. Violaban a las jóvenes. Azotaban a los ancianos. Por último, en el otoño de 1942 los ejecutaron a todos: dos mil reclusos de los campos de concentración de Yekaterinópol, Shpola y Zvenigorodók.

¿Recuerdas al viejo barbero Azriil Prizman? Setenta años tenía. «¡Disparad! ¡Mis hijos vengarán mi muerte!», gritó a sus verdugos antes de morir. Sus cinco hijos combatían en el frente. Y al tonelero Gólikov, ¿lo recuerdas? Tenía ochenta años. Los alemanes lo hirieron y el viejo consiguió incorporarse, todo cubierto de sangre, y les gritó: «¡Disparad otra vez, cabrones! ¡Yo os voy a costar más de una bala!». Veintiocho miembros de su familia luchaban en las filas del Ejército Rojo, entre hijos, nietos, yernos y sobrinos.

El más veterano de los empleados de la granja agrícola de Yekaterinópol, el anciano Inger Mendel, recibió al enemigo con dignidad. Sucedió el mismo día del arribo de los alemanes. Mendel tenía setenta años. Se negó a dirigirles la palabra. Lo fusilaron inmediatamente.

Estuve junto a la fosa común. Me pareció que veía los rostros de los míos, los rostros de mis paisanos. Y desde allá abajo, enterrados, me decían: «¡Vénganos!». Y les prometí que lo haría. Por dos veces he jurado fidelidad a mi pueblo. La primera ocasión fue cuando me encomendaron un temible carro de combate. La segunda, ante la fosa común de Yekaterinópol.

[ABRAM GRANOVSKI]

EDITOR: ILYÁ EHRENBURG