El libro negro
Yalta
El último vapor soviético zarpó del puerto de Yalta el 7 de noviembre de 1941. Fueron muchos los que no consiguieron evacuar la ciudad a tiempo. Una espesa nube de humo cubría toda la ciudad: ardían los depósitos de petróleo. Los alemanes entraron a la ciudad el 8 de noviembre.
[Desde el primer momento sumieron a los judíos en el hambre más terrible, mientras los sometían a todo tipo de vejaciones. Nadie sabía qué lo aguardaba al día siguiente.}
El 5 de diciembre los judíos fueron trasladados al gueto instalado a las afueras de Yalta. Todo su perímetro estaba rodeado de alambre de espino.
El 17 de diciembre los alemanes sacaron del campo a un grupo de hombres para llevarlos a los Jardines de Nikita. El camión se detuvo en Krásnaya Budka, justo al lado de la garita que regulaba el acceso a los viñedos de Massandra. Los judíos recibieron la orden de cavar dos profundas zanjas en el fondo de un barranco. Cuando el trabajo estuvo terminado, todos fueron pasados por las armas.
Al amanecer del 18 de diciembre todos los judíos que aún permanecían en Yalta —fundamentalmente, mujeres con niños y ancianos— fueron subidos a una hilera de camiones. Se les prohibió llevar nada consigo. [Algunos se guardaron trozos de pan o manzanas en los bolsillos.] Los camiones se detuvieron junto a las zanjas abiertas la víspera. Los condenados fueron obligados a desvestirse y empujados hacia las zanjas a bayonetazo limpio. Los verdugos arrancaban los niños a sus madres y los arrojaban vivos al fondo de las zanjas. Ametrallaron a la multitud sin miramientos.
Era un día hermoso y soleado. Las chispeantes olas del mar acariciaban la arena a apenas veinte metros de la masacre. Los viticultores de Massandra y Magarach trabajaban como cada día en los viñedos y fueron testigos de todo aquello.
Todo había acabado cuando comenzó a caer la noche. Los alemanes ya cubrían con una fina capa de tierra los cadáveres apilados en las zanjas. Mil quinientas personas perdieron la vida ese día.
De ahí los verdugos se dirigieron a Magarach. En el apartamento de Elizaveta Poltavchenko se ufanaron de haber dado muerte a mil quinientas personas y anunciaron que pronto no quedaría ni un solo judío en el mundo.
Hubo muchos médicos entre los muertos de aquel día. En la Guía turística de Crimea publicada en 1898 el pediatra L. M. Druskin y la ginecóloga y obstetra A. S. Gurian figuraban entre los facultativos que ejercían entonces en Yalta. Anna Semiónovna Gurian consiguió evacuar la ciudad a tiempo, pero fue capturada por los alemanes en Kislovodsk y allí la asesinaron. El doctor Druskin fue ejecutado en Yalta el 18 de diciembre. Trató a los niños de esa ciudad durante medio siglo. Muchos de sus pacientes ya se habían hecho viejos. Lo fusilaron en Krásnaya Budka y arrojaron cadáveres de niños sobre el cuerpo sin vida de aquel insigne pediatra.
El invierno de los años 1941-1942 fue duro y trajo mucha hambre. Los perros famélicos hurgaban en las fosas de Krásnaya Budka y desenterraban los cadáveres. Con la llegada de la primavera el agua que corría por el fondo del barranco arrastró la tierra y dejó al descubierto los cadáveres putrefactos. Los alemanes colocaron explosivos en las paredes del barranco y así consiguieron cubrirlos de tierra y piedras.
Un día los alemanes descubrieron que alguien había plantado flores sobre el enterramiento. Se puso en marcha una investigación, pero no se consiguió establecer la identidad de los «culpables».
EDITOR: ILYÁ EHRENBURG