El libro negro

Vasili Grossman · Capítulo 65 de 103

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El libro negro

Masacre en Dzhankoi

Antes de que estallara la guerra solíamos entonar una hermosa y entusiasta canción sobre los campesinos judíos de Dzhankoi. La canción terminaba con un estribillo que repetía: «Dzhankoi, Dzhankoi». Pero llegó el monstruo de Hitler y le cortó el cuello a Dzhankoi.

Grigori Purevich, mecánico del taller de tractores y maquinaria agrícola que daba servicio a las granjas agrícolas judías de la zona se encontraba en Dzhankoi cuando se produjeron los asesinatos en masa.

Él me condujo hasta el campo de concentración donde estuvieron encerrados los judíos y allí me hizo el siguiente relato: «En la última planta de la cremería que ve aquí, en el mismo centro de Dzhankoi, los alemanes encerraron a varios centenares de judíos que habían detenido en las aldeas vecinas o en la propia ciudad. El hacinamiento que imponía la escasez de espacio era insoportable. Los niños se ahogaban, desfallecidos por la falta de agua y comida. Cada mañana sacábamos los cadáveres de quienes habían muerto durante la noche. Ahora les contaré cómo fui a parar a aquel sitio. Unos días antes de la llegada de los alemanes el director del molino de Koléiskaya me ofreció un empleo. Mi mujer, de nacionalidad rusa, y mis hijos quedaron solos en la ciudad. ¿Cómo iba a pensar en evacuar la ciudad a mis sesenta años? Pensé que ya me las apañaría para sobrevivir los malos tiempos que se avecinaban… De manera que fui al molino y pasé varios días trabajando allí, pero cuando me percaté de que las cosas que oía podían dañar a las personas que me alojaban decidí viajar de vuelta a Dzhankoi.

»Al llegar a mi casa me la encuentro ocupada por alemanes.

»—¿Quién diablos eres tú? —me preguntaron.

»—Soy el dueño de esta casa —respondí.

»—¡Piérdete de aquí ahora mismo! —me despidieron a gritos. No vi por ningún lado a mi mujer, mis dos hermanas y mi hijo. Estaban escondidos. Llamé a la puerta de mi vecina. “¿Cómo te atreves a venir por aquí? —me preguntó—. Tienes que desaparecer inmediatamente”.

»Pasé tres días encerrado en una habitación semiderruida cerca de mi casa. Me tuve que valer sin agua, sin comida y, lo peor, sin noticias de mi familia. Poco después los alemanes abandonaron mi apartamento y pude trasladarme a él. Entonces mi familia salió de su escondite.

»Dos días más tarde nos visitaron los policías alemanes.

»—¿Quién eres? —me preguntaron.

»Les mostré un viejo saldo de mi cuenta bancada donde se hacía constar mi condición de caraíta. La estudiaron atentamente y se marcharon.

»Ya en aquel entonces todos los judíos de Dzhankoi estaban recluidos en la última planta de la cremería. Los obligaban a realizar trabajos pesados. Concretamente, a cargar piedras. El capataz velaba por que cada piedra, aun las más pesadas, fuera cargada en solitario. Si alguien se desplomaba bajo el peso de la carga era asesinado sin miramientos.

»Un día vinieron a buscarnos a mi vecina, también caraíta, y a mí. Nos querían conducir a la sede de la Gestapo.

»—Soy musulmana —les dijo mi vecina.

»—Y tú, ¿qué eres? —preguntaron volviéndose hacia mí.

»—Yo también soy musulmán —les dije.

»—¿Por qué mientes? —estalló mi vecina—. ¡Tú eres un judío de tomo y lomo!

»La vecina no tuvo mayores problemas, mientras que a mí me enviaron a la fábrica.

»Al llegar a la última planta del edificio creí enloquecer cuando cobré conciencia de lo que había ocurrido en apenas dos o tres semanas a tantos campesinos fuertes y sanos. Los detenidos se agolpaban en una de las esquinas. Resultó que el zapatero Kohn se había ahorcado. Conocía a aquel hombre joven y alegre y me conmocionó su muerte. Los demás no parecían perturbados. Daba la impresión de que se lo tomaban como algo habitual. Todos los hombres judíos que no consiguieron evacuar Dzhankoi a tiempo estaban encerrados allí. También había judíos de las aldeas vecinas y algunos no judíos. Los campesinos que no pertenecían a la raza judía habían ido a parar allí por atreverse a socorrer a los pobres judíos, llevándoles alimentos.

»Los rusos y ucranianos apenas se diferenciaban de los judíos con quienes compartían encierro. Sus ojos mostraban el mismo dolor y la misma ira que encendían las miradas de sus compañeros de infortunio. La desgracia nos iguala a todos, como suele decirse.

»Decidí solicitar uno de los trabajos disponibles: la pavimentación de carreteras. Pensé que sería preferible morir a la luz del día antes que hacerlo encerrado en un desván.

»Los alemanes sacaban a grupos de niños y ancianos del campo de concentración y los llevaban hasta las trincheras antitanque abiertas a las afueras de la ciudad. En pleno invierno, con el suelo cubierto de una espesa capa de nieve, avanzan hacia la muerte personas hambrientas y enfermas que apenas se tienen en pie. Sus verdugos los azuzan a golpes. Un niño de tres o cuatro años va quedando rezagado. Un alemán le pega con su porra de goma. El niño cae de bruces, pero consigue incorporarse y avanzar unos pasos más echando carrerilla. Pero vuelve a caer y la porra golpea su espalda una y otra vez.

»Los obligaron a formar una hilera al borde de la trinchera y comenzaron a disparar. Los niños echaron a correr en todas direcciones. Los alemanes se volvieron como locos: daban caza a los pequeños, les disparaban en la cabeza, los estrellaban contra el suelo.

«Trabajábamos en la pavimentación de la carretera que conduce de Kerch a Armiansk. A todo lo largo de aquella vía se amontonaban los cadáveres de prisioneros de guerra, soldados y oficiales del Ejército Rojo, torturados hasta la muerte.

»Cada noche nos devolvían a la última planta de la cremería. También estaba allí el contable del combinado lácteo, un ruso apellidado Varda. Una noche vinieron a su casa a buscar a su mujer, judía, y a sus hijos. Varda ofreció resistencia y llegó a tomar a un gendarme del cuello: “¡Llevadme a mí también!”, reclamó. Y cargaron con él. Cómo no.

»La joven Katzman se puso de parto una noche. El llanto de la criatura que trajo al mundo se escuchaba entremezclado con los quejidos de la madre. Su marido, el judío Yakov Katzman, conductor de una cosechadora agrícola en la granja colectiva local, se había ido al frente y en aquel momento estaría luchando en las filas del Ejército Rojo en algún punto de la vasta geografía soviética. Todos lo recordaban con aprecio. ¿Acaso pudo imaginar alguna vez aquel joven que su joven esposa se vería obligada a dar a luz a su benjamín en aquella odiosa tumba?

»El jefe de los gendarmes apareció a primera hora en el campo de concentración. Venía a hacer el recuento matinal. Se acercó a la joven madre y descubrió a la criatura tendida a su lado. Entonces el gendarme pidió el fusil a uno de sus ayudantes y clavó la bayoneta en uno de los ojos del recién nacido.

»El “administrador” del campo de concentración, un hombre apellidado Redchenko, simulaba una crueldad hacia los internos que en realidad no practicaba. En realidad, Redchenko ayudaba a los detenidos tanto como podía. A diario dejaba caer trozos de pan al paso de los detenidos. Se daba tal maña que nadie podría haber descubierto lo que hacía ni cómo se las apañaba para conseguirlo.

»Los alemanes nombraron a uno de los judíos como responsable de todos los detenidos en la cremería. Se trata de un hombre de quien no quiero recordar ni el nombre, de manera que lo omito. Fue él quien delató a Redchenko. Redchenko fue conducido inmediatamente a las oficinas de la Gestapo, donde lo golpearon hasta casi matarlo.

»Redchenko fue devuelto a la cremería con el rostro tan hinchado y ensangrentado que apenas se conseguía distinguir sus ojos. Cuando se abrió la camisa asomaron las incontables heridas que tenía en el torso y la espalda. “Tenéis que saber que ha sido vuestro hombre quien me delató —nos dijo—. Él les dio el soplo a los alemanes de que yo os estaba ayudando”.

»La furia se adueñó de los pobres detenidos. Con los ojos inyectados en sangre buscaron al soplón. Uno tras otro se iban irguiendo los agraviados. Los gritos y los tacos resonaron en el recinto donde los mantenían encerrados: “¿Dónde está?”, “¡Buscadlo!”, “¡Traedlo aquí inmediatamente!”. El canalla acabó apareciendo un rato más tarde. No sabía qué le esperaba. Con su aparición volvieron a levantarse los vengadores. Rodeado, lo empujaron hasta el lugar donde Redchenko permanecía tumbado, sin fuerzas.

» Todos contuvieron la respiración durante unos instantes y después se abalanzaron contra el traidor. Le llovieron los golpes. Todos querían participar, todos ansiaban darle al traidor su merecido castigo.

»Cada día los alemanes seleccionaban a varias decenas de nosotros y nos conducían hasta la zanja donde enterraban a sus víctimas. Y cada día teníamos que padecer tormentos y vejaciones inhumanos. Nos obligaban a hacer cosas de las que no se puede hablar sin experimentar la más profunda repugnancia.

»Un día conseguí procurarme un trozo de cable eléctrico. Al amanecer del día siguiente intenté colgarme con su ayuda, pero alguien escuchó los mortales ahogos y me bajaron a tiempo. El intento de suicidio me valió una buena paliza. Me rompieron tres costillas. No tenía derecho a disponer de mi propia vida: ese derecho pertenecía en exclusiva a los alemanes.

»Un día aparecieron de improviso unos camiones en los que comenzaron a cargar a los detenidos. Todos sabían que iban a ser conducidos a la muerte. Los destacamentos alemanes que rodearon la cremería y vigilaban la carretera que conducía a la fosa común contaban un número enorme de efectivos. Aun así, el proceso generó un descontrol inicial que animó a algunos a escapar. Algunos de ellos lograron hacerlo y yo fui uno de ellos. Corrí hasta mi casa, pero enseguida comprendí que no podría permanecer en ella mucho tiempo. Por suerte un campesino a quien conocía por haber trabajado juntos en la granja agrícola llegaba en ese momento a Dzhankoi y pasó por mi casa, donde me encontró.

»—Vamos a mi casa —me dijo—. Yo te esconderé.

»Me fui con Onischenko, que ése es su apellido, y me dio cobijo durante medio año. Más tarde Onischenko se trajo a toda mi familia a la aldea donde me ocultaba. Muchos judíos fueron acogidos y empleados en aquella granja agrícola. El fiel brazo soviético los protegía allí en apretado abrazo.

»También estaban entre nosotros el anciano ruso Serguéyenko, su esposa y tres hijos. Habían llegado a la granja agrícola desde Simferopol. Muy pronto supimos que dos de los tres niños —ambos de entre seis y siete años— no eran hijos del matrimonio. Eran niños judíos. Cuando los alemanes conducían a los judíos a la muerte por las calles de Simferopol, la esposa de Serguéyenko arrancó a dos niños de la muchedumbre y se los llevó a su casa. Permanecer en Simferopol dando cobijo a dos niños judíos era peligroso y así fue como toda la familia se trasladó a la aldea. Ambos estaban empleados en la granja agrícola.

»En aquella aldea no teníamos que esconder nuestra alegría cuando nos sobrevolaban los aviones soviéticos. Allí esperamos el día de la liberación. La inconmensurable felicidad que nos embargó el día en que vimos aparecer la vanguardia del Ejército Rojo permanecerá para siempre en nuestros corazones».

EDITOR: L. KVITKO El asesinato del doctor Fidelev