El líder

Harold Robbins · Capítulo 9 de 55

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El líder

Capítulo 8

ocho

 

—¡Oye chico! ¡Trae otra antorcha, aquí! —la voz del superintendente resonó en la entrada de la galería.

Daniel retrocedió arrastrándose entre el lodo, bajó una antorcha de un soporte del muro y regresó a la pared de tierra donde terminaba el derrumbamiento. Miró al superintendente.

—Encarámate por esas tablas de encofrado y mantén firme la antorcha —le ordenó.

Daniel subió a gatas por las tablas hasta que su cara quedó a unos centímetros de la pared de tierra empapada de agua. Con la otra mano se agarró para mantener el equilibrio.

El superintendente hizo un ademán a Andy y ambos se encaramaron al lado de Daniel y miraron hacia abajo, a la tierra húmeda. Vieron que a sus pies discurría una corriente regular de agua que salía de debajo del barro y oyeron el sonido silbante de las bombas extractoras. Los dos hombres observaban en silencio la tierra bajo ellos.

Daniel los miraba fascinados. Eran completamente distintos. Andy era grande, fuerte y brusco, y sus ropas de trabajo estaban recubiertas con lodo y carbón. En cambio, el superintendente era delgado, pequeño y pulcro; parecía que el lodo y la suciedad que había a su alrededor no hubieran afectado ni su corbata, ni su camisa blanca con cuello almidonado, ni su traje gris. Sus ojos brillaban tras los quevedos de montura metálica. Daniel seguía la mirada del hombre. En los pocos minutos que llevaban allí, la línea de lodo de las tablas de entibar había subido más de dos centímetros.

—Sigue subiendo —la voz del superintendente carecía de expresión.

—Así es, señor —la de Andy, habitualmente resonante, ahora era queda.

—¿Por qué no colocaron bombas a tiempo? —preguntó el superintendente.

—Mandé a Daniel a buscarlas —respondió Andy—, pero regresó sin ellas.

Ahora el superintendente se dirigió a Daniel.

—¿Por qué no trajiste contigo las bombas?

Daniel se aclaró la garganta.

—El señor de la oficina dijo que ya las mandarían.

—Creo que lo mejor será que subamos al despacho —dijo a Andy su superior. Ya empezaba a irse, pero se detuvo—: Traiga al muchacho con usted.

Bajó del entibado y luego, caminando cuidadosamente por las tablas de madera a fin de no mojarse los zapatos, abandonó el túnel.

Andy se quedó observándolo un rato y luego escupió a sus pies un salivazo de tabaco. Miró a Daniel.

—¿Estás seguro de que hablaste con el tipo de la oficina?

—No tengo el vicio de mentir, señor Androjewicz —Daniel habló con voz tranquila.

Andy no respondió. Bajó de la pila de tablas y esperó a Daniel que bajaba tras él. Se dirigió a la cuadrilla.

—Seguid bombeando y a ver si podéis quitar un poco más de escombros.

Los hombres asintieron y reanudaron su labor. Pero con la misma rapidez con que vaciaban las paladas en un tonel, la tierra lodosa avanzaba para llenar el vacío.

—Vamos, Daniel —dijo el capataz echándole el brazo al hombro.

La luz del sol a la salida del tiro hirió los ojos de Daniel, y también le afectó mucho el raro silencio de la gente que se encontraba apiñada y esperando a la entrada del pozo. Cuando acomodó su visión, pudo ver a las mujeres tocadas con chales muy usados y los labios apretados por el miedo. Vio también niños con los ojos muy abiertos, oscuros y silenciosos, y hombres cuyas caras sufridas reflejaban su familiaridad con la muerte en las minas.

Un viejo preguntó a Andy cuando pasaron frente a él:

—¿Cómo está allá abajo?

Andy hizo un gesto evasivo, pero no respondió. Un amortiguado gemido de dolor se elevó de la multitud. Luego, de nuevo el silencio, el silencio terrible de la resignación.

—Ya hace dos días —dijo otro hombre—. ¿Habéis podido acercaros a ellos?

—No —respondió Andy—. El suelo es demasiado húmedo y aún se mueve.

Una mujer empezó a chillar. Inmediatamente las otras mujeres que estaban cerca la rodearon para escudar sus lágrimas. Poco después ellas mismas se la llevaron. Se trataba de una vieja norma. Nada de lágrimas en el pozo de la mina. Nunca hay que dar a entender que se han perdido las esperanzas.

Daniel siguió a Andy hasta las oficinas. El oficinista los miró desde el otro lado de su escritorio. Con un ademán les señaló la puerta de atrás.

—El señor Smathers dijo que cuando llegaran les hiciera pasar en seguida.

En la oficina, junto al inspector, había dos hombres más. Estaban sentados junto a Smathers, y este a su vez tras un escritorio. Frente a ellos, y sobre la mesa, aparecía extendido un plano de la mina. Smathers se ocupó de las presentaciones.

—Este es el señor Androjewicz, capataz del turno de día de la galería oeste. Andy, estos señores son los señores Cárter y Riordan, ingenieros de seguridad del Gobierno.

Los hombres se limitaron a inclinar sus cabezas pero no tendieron la mano. Andy, por su parte, tampoco hizo ningún ademán.

—Estos caballeros tratan de esclarecer los motivos que han provocado el derrumbamiento —explicó Smathers.

Andy se quedó callado. Cualquier imbécil podría explicarles por qué se producía un derrumbamiento: demasiada agua. Las bombas lo habrían evitado, pero no las había. Así que ahora ya nadie podía hacer nada.

Cárter fue el primero en hablar.

—Tengo entendido que durante su turno tropezaron con una vía de agua que, tras entibarla, quedó taponada. ¿Por qué no instalaron bombas además?

—Pedí que me mandaran bombas pero nunca llegaron —respondió Andy.

—¿Las pidió personalmente?

—No, señor. Mandé a Daniel; aquí está él.

Los dos tipos miraron al muchacho.

—¿A quién se las pediste?

—Al oficinista que está ahí afuera —respondió Daniel.

Ambos hombres se miraron mutuamente, en silencio.

—Si no me creen —dijo Daniel de inmediato—, ¿por qué no le llaman y se lo preguntan?

Smathers habló calmosamente:

—Ya lo hicimos, muchacho, y dice que tú nunca viniste a verlo. Vamos a ver, ¿por qué no nos cuentas la verdad? Será mucho más fácil para ti.

Daniel sintió que la cólera crecía en su interior.

—Dije la pura verdad, señor Smathers. Hay veintisiete hombres muertos ahí abajo. Conozco a algunos. ¿Cree usted que mentiría si fuera culpable de su muerte?

—Él insiste que nadie vino aquí a pedir bombas —repitió Smathers.

—Estuve aquí —replicó Daniel acaloradamente—. El cronometrador inclusive anotó mi salida.

—Pues en su informe no aparece nada de eso —dijo el inspector—. Ya lo revisamos.

El semblante de Daniel se demudó. Todos estaban de acuerdo entre ellos. Estaban dispuestos a colgarlo para salvar su propio pellejo. Pensó rápidamente mientras miraba primero al uno, después al otro.

—Señor Smathers, ¿cuando le preguntó le mencionó mi nombre?

—¿Cómo hubiera podido hacerlo, muchacho? —preguntó a su vez el superintendente malhumorado—. Ni siquiera sé cómo te llamas.

—¿Cree que su empleado lo sepa?

—¿Para qué? Nada tiene que ver con el personal.

—Pues anotó mi nombre en un libro que tenía encima de la mesa —afirmó Daniel —. Se puso furioso cuando le dije que Andy se las entendería con él si no mandaba las bombas, y entonces fue cuando me pidió cómo me llamaba.

—Aun cuando supiera tu nombre, eso no probaría nada —puntualizó Smathers.

—Probaría que estuve aquí como antes dije —respondió Daniel.

De repente, Andy tomó la palabra.

—Respondo de Daniel. No es ningún mentiroso.

—Pues me temo que está equivocado —dijo Smathers afablemente—. Diga lo que diga el muchacho.

—No cuesta nada echar un vistazo al libro que tiene sobre la mesa —dijo Andy, que empezaba a encolerizarse.

Smathers lo miró fijamente unos instantes y luego se levantó.

—Tengan la bondad de seguirme, caballeros.

Salieron con él hasta la oficina delantera. El oficinista levantó la mirada al oírlos entrar.

—Hatch —preguntó al hombre—, ¿conoce a este chico?

—No, señor —respondió el interpelado.

—¿Nunca lo ha visto anteriormente?

—No, nunca.

Smathers dirigió una mirada a sus dos acompañantes.

—¿Están satisfechos?

Ambos asintieron.

Smathers regresaba a su oficina interior cuando, al llegar a la puerta, se volvió y le dijo a su empleado:

—Hatch, tráigame el expediente personal del muchacho que encontrará en el archivo.

Lo siguieron los demás hasta su oficina y él cerró la puerta tras ellos. Fue hasta su escritorio y se sentó. Daniel se quedó mirándolo.

—Oiga, señor —preguntó—, si no sabe mi nombre, ¿cómo encontrará mi expediente?

Smathers miró a Daniel y en sus ojos apareció un repentino respeto hacia el muchacho.

—Tú piensas, chico —dijo.

Poco después entró en el despacho el oficinista. Llevaba unos papeles en la mano. Los colocó frente a Smathers y empezó a abandonar el despacho.

—Hatch —Smathers tomó las hojas y miró a su empleado—, se equivocó de expediente.

Hatch volvió sobre sus pasos y en su cara apareció una mirada de confusión.

—¡Oh, no, señor! Ese es el expediente que me pidió. Daniel Boone Huggins. Está bien anotado en… —de repente se le fue la voz cuando se dio cuenta de que todos tenían clavada la vista en él.

—¿Qué harán ahora con él? —preguntó Daniel.

Ambos estaban sentados en un grueso tronco que había al exterior de la oficina del inspector. Andy se sentía incómodo y cambió de postura mientras, con los ojos entrecerrados, observaba la entrada de la mina.

—Nada…

—Pero si fue culpa suya… —Daniel estaba sorprendido.

—¡Calla! —dijo Andy bruscamente—. Olvídate por ahora de eso. La compañía no va a aceptar la culpa de lo ocurrido. Puedes darte por satisfecho de que no te la echen a ti.

—Pero alguna explicación tendrán que dar —protestó Daniel.

—La darán —respondió Andy—. Fíjate en lo que te digo, la darán.

Se abrió la puerta del edificio y Smathers apareció en el umbral.

—Entren de nuevo.

Entraron. Hatch estaba sentado en su escritorio con la cabeza inclinada encima de un libro de contabilidad. Ni levantó la vista cuando pasaron a su lado en dirección al despacho interior.

Smathers cerró la puerta tras ellos, volvió a su mesa y se sentó. Los dos ingenieros del Gobierno estaban de pie, inclinados contra la pared. Smathers levantó su mirada hasta Andy.

—Ya hemos establecido las causas del derrumbamiento y nos gustaría saber si está de acuerdo con nosotros.

Andy se quedó callado.

Smathers se aclaró la garganta.

—Encontramos que los del turno de día colocaron algunos barrenos para desprender carbón sin fijarse antes en la entibación. La culpa fue suya. No debieron proceder con tanto descuido.

Andy cruzó su mirada con la del superintendente y la sostuvo.

—Rematadamente descuidados —dijo Andy.

—Eso es lo que aparecerá en el informe que estos caballeros van a redactar — explicó Smathers tranquilizado.

Andy lanzó una mirada a los ingenieros y en seguida otra a Smathers.

—Ustedes lo deben saber —dijo fríamente—. Por algo son técnicos.

Se siguió un incómodo silencio que Smathers rompió.

—Sin embargo, la compañía será generosa. A pesar de que el accidente se produjo por culpa de los hombres, daremos a cada una de las familias de los mineros muertos una indemnización de cien dólares y seis meses libres de alquiler en las casas de la compañía.

Andy permaneció silencioso.

—Ahora debemos volver a reanudar el trabajo en la mina —dijo Smathers al mismo tiempo que se ponía de pie—. No habrá dinero para ninguno de nosotros si no sigue la extracción de carbón.

—Nos tomará no menos de un mes limpiar la galería oeste —aseguró Andy.

—Ya lo sé —Smathers iba a lo práctico—. No vamos a desescombrarla. Lo clausuraremos. Perforaremos una nueva galería en la veta sur.

—¿Qué pasará con los hombres que quedaron atrapados? —preguntó Daniel.

—¿Qué hombres? —en la voz de Smathers no aparecía ni la menor emoción—. ¿Te refieres a los cadáveres? Ya están muertos y enterrados. No nos podemos permitir arriesgar más vidas simplemente para sacarlos y volverlos a enterrar.

Andy seguía silencioso y miró a Daniel. Este se daba cuenta de la cólera y el desespero que traicionaban sus ojos. Al cabo de unos momentos, se volvió hacia Smathers.

—Creo que tiene usted razón, señor Smathers.

Este sonrió.

—Puede decirles a los hombres que la compañía no hará ningún descuento por el tiempo perdido estos últimos dos días, aunque no se haya extraído carbón. La compañía vela por los intereses de su personal.

—Está bien, señor Smathers —aceptó Andy.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó el inspector volviéndose hacia Daniel.

—Dieciséis —respondió y recordó la mentira que aparecía en su solicitud de empleo.

—¿Sabes leer y escribir?

—Sí, señor. Cursé mis seis años de escuela rural.

—El señor Hatch va a dejar su puesto hoy —dijo Smathers—. Me gustaría que mañana vinieras aquí y fueras mi empleado en la oficina.

En la cara de Daniel apareció una expresión de sorpresa. Miró a Andy, indeciso. Los ojos entrecerrados del capataz se movieron imperceptiblemente, pero indicaban que aceptara. Daniel se volvió Inicia Smathers.

—Le estoy muy agradecido por la oportunidad que me da, señor Smathers.

Se distendió la atmósfera tensa que se respiraba en la oficina. Incluso los dos ingenieros del Estado sonrieron. Esta vez sí se estrecharon las manos todos, unos a otros.

Daniel miró a Andy cuando ambos regresaban a la mina. El capataz parecía estar absorto en sus pensamientos. Finalmente dijo:

—¿Tienes un andullo?

Daniel sacó de su bolsa un paquete de tabaco de mascar y se lo alargó. Andy pegó un fuerte mordisco al andullo, mascó por unos segundos y luego escupió.

—¡Hijo de puta! —exclamó.

—¿A quién se refiere?

—Ese Smathers es un tipo listo. Sacó a todos de apuros, incluso a la compañía. Nos tiene bien amarrados, así que nada podemos decir. Y por si fuera poco hasta las familias de esos pobres desgraciados muertos deberán darle las gracias.