El líder
Capítulo 8
ocho
La tarde ya estaba muy avanzada cuando Daniel regresó al local del sindicato. Esperaba encontrar un ambiente de desesperación tras la derrota ignominiosa de la mañana. Pero no era así.
Por el contrario, todos parecían encontrarse alegres, casi eufóricos, mientras Foster y sus ayudantes saltaban de un teléfono a otro y hablaban rápidamente a los demás centros en huelga de otras ciudades. Daniel se detuvo en la puerta, escuchando a Foster hablar por teléfono.
—La información la están dando todas las agencias de noticias de todo el país — decía—. Mañana todo el mundo sabrá que existimos. Ya están llegando ofrecimientos de ayuda, desde Nueva York, Chicago y hasta de más lejos, desde San Francisco. Estamos organizando una gran manifestación frente a la planta para pasado mañana. De Nueva York viene Sidney Hillman, Lewis y Murray de Washington, y también Hutchison, de los carpinteros. Mamá Jones nos ha ofrecido asistir y Jim Maurer, jefe de la Federación americana del trabajo de aquí, de Pennsylvania. Las empresas del acero pronto descubrirán que no nos dejamos intimidar y la nación comprenderá que todos los trabajadores nos siguen. Y eso no es todo: mañana alrededor de cuarenta trabajadores voluntarios vendrán desde Nueva York para ayudar en la campaña y tratar de que los periódicos reciban una corriente regular de noticias acerca de nosotros. Bueno —hizo una breve pausa—. Los quinientos dólares nos serán de gran ayuda. Sabía que podía contar contigo. Gracias.
Colgó el auricular, levantó la vista y vio a Daniel en el umbral. Le preguntó irritadamente:
—¿Dónde diablos estuviste? Todo el día tuve hombres averiguando en los hospitales para ver si te había ocurrido algo.
—Aquí me tiene ahora —dijo Daniel.
—Debiste darte cuenta que era preciso que nos preparáramos mejor ante lo ocurrido —dijo Foster—. Ese era tu trabajo.
—Le dije lo mejor que podía hacerse —respondió Daniel—. Usted no pudo controlar a los hombres. No había ni asomo de disciplina.
—¿Disciplina? —la voz de Foster tenía un tono de desprecio—. Son obreros, no soldados. ¿Qué esperas de ellos?
—Nada —dijo Daniel concisamente—. Solo una dirección mejor. La impresión que saqué fue que todo se montó para convertirlos en chivos expiatorios.
Foster se levantó enfurecido.
—¿Me estás acusando de haber sacrificado deliberadamente esos hombres?
La voz de Daniel no se alteró.
—No lo acuso de nada. Solo digo lo que a mí me pareció.
Foster clavó sus ojos en los de Daniel.
—¿Dónde estabas tú cuando el jefe de los guardias de la planta fue a parar bajo las ruedas del camión?
—¿A qué viene esta pregunta?
—Algunos de los hombres dicen que te vieron cerca de él cuando ocurrió el accidente.
—¿Quiénes?
—Algunos de ellos —Foster respondió intencionadamente en forma vaga.
—Puras habladurías —dijo Daniel—. Estaba muy ocupado corriendo calle arriba pisándole los talones a usted, pero de nada me sirvió. Usted corre demasiado velozmente para mí.
—La policía seguramente vendrá por aquí en busca tuya.
—Dígales que en vez de eso mejor vayan en pos de quienes mandaron a nuestros hombres al hospital —respondió Daniel—. Precisamente ahora los policías montados recorren las calles donde viven los húngaros y rompen el cráneo de cualquier desgraciado que esté simplemente en la calle, charlando con sus vecinos. Cuando llegue la noche no habrá quien no esté tan asustado que quiera salir a la calle.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Foster.
—Acabo de venir de allí.
—¿Cómo es que no lo supe antes de ahora?
—Todos sus ayudantes están demasiado ocupados dándose aires de importancia aquí para salir a la calle y enterarse de lo que pasa.
—Cualquiera diría que tú crees poderlo hacer mejor que nosotros —dijo Foster con mirada siniestra—. Te crees muy listo, ¿verdad?
—Quizá no lo soy bastante —respondió Daniel—. Simplemente no entiendo por qué tienen que suceder cosas como esas.
Foster se calmó y se inclinó hacia atrás en su silla.
—Está bien, créeme lo que digo. Lo estamos llevando correctamente. Se trata de una huelga importante. Se extiende a casi ocho Estados. No irá a perderse o ganarse por un incidente aquí, en una fundición piojosa de Pittsburgh. Créeme, cuando las noticias hayan corrido, saldremos más fuertes que nunca.
Daniel lo miró sin responder.
—Voy a ponerte dos o tres hombres a tus órdenes. Sal a las calles y tráeme informes escritos de casos específicos de excesos de la policía. Nombre, lugar, hora. Quiero que esta noche lo sepan todas las agencias de información.
—Está bien, señor —aceptó Daniel.
Daniel nunca llegó a escribir ningún informe. Esa noche se la pasó en la cárcel junto con trescientos huelguistas. Los dos hombres que Foster le había asignado dieron explicaciones satisfactorias para regresar al local del sindicato al primer vislumbre que tuvieron de la policía montada subiendo a la acera para arrancar de sus sillones a tres clientes que estaban sentados en la barbería del barrio de los inmigrantes húngaros.
—Necesitaremos más ayuda —dijo uno de los compañeros de Daniel.
Daniel los miró con desprecio cuando salían disparados calle arriba. Dio vuelta y entró en la barbería. Uno de los policías ocupados en arrastrar a un obrero húngaro desde el interior hasta la calle con la cara aún enjabonada, cerró el paso a Daniel cuando iba a entrar.
—¿Dónde carajo crees que vas? —ladró.
—A que me corten el pelo y me afeiten —replicó Daniel—. ¿A qué coño cree que va un hombre a la barbería?
—¡Es listo el muchacho! —gruñó el polizonte.
Otro de los policías se detuvo junto al primero.
—Espera un momento, Sam —dijo—. Este tipo habla como americano, no como extranjero. —Se volvió a Daniel—: Oye chico, mejor será que vayas a una barbería en otra parte de la ciudad. Este no es lugar muy seguro para que se pasee por él un americano.
—¿Esos no son americanos? —preguntó Daniel.
—Son malditos extranjeros comunistas —dijo el policía—. Son los causantes de todos esos problemas en las fundiciones.
Daniel miró al obrero que tenía enfrente, a quien empezaba a chorrearle de la cara al suelo la jabonadura del afeitado.
—¿Eso eres tú?
El tipo devolvió la mirada a Daniel, pero parecía no entender.
—¿Lo ves? —preguntó el policía—. El hijo de puta ni siquiera habla inglés.
—Pero no tiene el aspecto de ser uno de los hombres que provocan disturbios en las plantas —contestó Daniel—. Tiene el de un pobre idiota que vino simplemente a que le cortaran el pelo y afeitaran.
—¿Qué pretendes, eh? ¿Provocar molestias?
—Nada de eso, señor —dijo Daniel con aparente ingenuidad—. Trato simplemente de aclarar los hechos. Para mi información, por así decir.
—¿La información? —preguntó el policía—. ¿Eres reportero de ese periódico?
Daniel levantó la vista hasta el policía.
—Puede usted decirlo. Vine aquí para informar acerca de lo que ocurre.
—Está bien, ya puedes irte de regreso a tu periodicucho y diles que se ocupen de sus jodidos asuntos.
—¿Por qué, teniente? ¿No ha oído nunca hablar de la libertad de prensa? — preguntó Daniel con sarcasmo.
El policía agitó su porra bajo las narices de Daniel.
—Tú te largas en seguida con la música a otra parte o te voy a dar una dosis de tu libertad de prensa.
Daniel miró unos momentos al policía y luego sus ojos descendieron deliberadamente por la camisa del tipo hasta posarse en su placa.
—Muy bien, señor —dijo quitándose del umbral—. Me voy directamente al periódico para decirles exactamente lo que vi.
—No viste nada —dijo el policía.
—Así es —replicó Daniel volviéndose—. No vi nada. Es precisamente lo que voy a decirles a mi periódico.
Vio la rapidísima mirada que ambos policías se cruzaron. Se movió velozmente, pero había olvidado al tercer hombre que estaba en la calle. Un porrazo le cruzó el cráneo y cuando volvió en sí se encontró en la celda de un calabozo con cerca de sesenta húngaros.
Sentado a su lado vio al húngaro de la barbería. Daniel volvió la cabeza y trató de incorporarse. Se le escapó un gemido.
El húngaro se giró hacia él, le puso un brazo bajo los hombros y lo ayudó a sentarse con la espalda apoyada en la pared.
—¿Bien? —preguntó el húngaro.
—Sí —Daniel se frotó la cabeza. Encontró un enorme chichón del tamaño de un huevo de pata—. ¿Cuánto tiempo estuve desmayado?
El húngaro lo miraba con aire inexpresivo. Luego recordó, el hombre no hablaba inglés. Movió lentamente la cabeza y miró a su alrededor. La mayoría parecía que dormían o que trataban de hacerlo. Ninguno hablaba.
—¿Qué hora es? —preguntó, e hizo un ademán como si consultara un reloj.
El húngaro comprendió y sostuvo dos dedos en alto. Las dos de la mañana. El húngaro se metió la mano en el bolsillo y sacó una cajetilla de cigarrillos. Tomó uno y, con mucho cuidado, lo partió en dos mitades, ofreciéndole una a Daniel. Este la aceptó y el húngaro encendió las dos con una sola cerilla. Daniel chupó y el humo acre le ayudó a que se le despejara la cabeza.
—Nos soltarán por la mañana —dijo.
El húngaro no dijo nada. Simplemente movía la cabeza.
—¿Dónde está el lavabo? —preguntó.
Eso sí lo comprendió el otro. Le señaló al fondo del calabozo y luego, muy expresivamente, se apretó la nariz con dos dedos e inclinó la cabeza.
Daniel miró al otro lado de la celda. Había un solo lavabo en la esquina y por lo menos cincuenta hombres en el interior del calabozo. Daniel comprendió lo que quiso indicarle el húngaro y ni se molestó en levantarse. Podía esperar. Apuró la colilla, volvió a apoyar la cabeza contra la pared y echó una cabezada.
Cuando abrió los ojos de nuevo, la luz diurna entraba a raudales por la pequeña ventana de la celda y dos policías montaban guardia en el exterior, con la puerta abierta y gritando.
—¡Está bien! Ya podéis salir bastardos húngaros.
Silenciosamente, fueron desfilando por delante de los policías y abandonaron el edificio por una puerta lateral que daba a un callejón. Durante unos momentos, los hombres solo arrastraban los pies y se miraban unos a otros. Luego, sin que ninguno hablara, se dispersaron, cada uno en dirección a su casa.
Daniel extendió su mano al húngaro.
—Gracias —le dijo.
El húngaro sonrió y se la estrechó. Dijo algo en lengua extranjera mientras sacudía vigorosamente la mano de Daniel.
Daniel no supo lo que el hombre le decía, pero sintió su cordialidad tanto en su mano como en su sonrisa. Y sonrió.
—Buena suerte —le dijo.
El húngaro volvió a inclinar la cabeza y luego se fue apresuradamente calle abajo, mientras Daniel se dirigía hacia el local del sindicato. Pasó frente a un fonducho y de repente sintió hambre. Entró, se sentó en la barra y pidió un espléndido desayuno.
La muchacha que estaba tras el mostrador lo miró y sonrió.
—Si quiere, puedo esperar un poco a freír los huevos hasta que se haya lavado para comer.
—De acuerdo —respondió Daniel.
Fue hacia los lavabos y, cuando se vio en el espejo, comprendió el porqué de la insinuación de la muchacha. Tenía mucha sangre seca en una mejilla, así como en el cabello y a un lado del cuello. Se lavó con rapidez y se secó con la toalla de rollo. El desayuno estuvo a punto en seguida.
La camarera le sonrió.
—Debe haber sido una pelea bárbara.
—Nunca alcancé a ver al que me golpeó —dijo con pesar.
La camarera le puso una taza de humeante café enfrente.
—¿No sucede siempre así? Nunca nadie se acuerda.