El líder
Capítulo 5
cinco
Esperaba en la calle, frente al edificio donde estaban las oficinas, cuando su coche aparcó junto a la acera. Salió del vehículo y se dirigió hacia ella.
—¿Por qué no esperaste dentro?
—La oficina estaba cerrada y no había nadie.
—Podías haber esperado en la sala de recepción.
—La muchacha que la atiende ya se iba y dijo que no sabía si usted regresaría.
—¡Cuánto lo siento! —dijo. Abrió la puerta y le cedió el paso. Subieron hasta el segundo piso por las escaleras—. ¿Esperaste mucho?
—Desde las seis.
Miró el reloj de la pared. Eran las siete pasadas.
—Me retuvieron en una reunión.
Sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta. Ella le siguió al interior del despacho. Él fue hasta su escritorio, del que sacó la botella de whisky. Se sirvió un vaso.
—No me importó esperar —dijo ella—. Sabía que no se le pasaría por alto venir.
Apuró el vaso.
—Debí llamarte.
—No importa. En serio.
—Estás muy guapa hoy —dijo sonriendo.
Notó que se le subían los colores a la cara.
—Gracias.
—Creo haber encontrado un trabajo para tu padre, si le interesa. Aquí cada vez tenemos más trabajo y podríamos emplear a alguien para que estuviera de vigilante nocturno y respondiera los teléfonos.
—Creo que le gustará mucho —dijo ella y sonrió.
—La jornada es larga. Desde las siete de la noche hasta las siete de la mañana.
—No le importará.
—Tráelo la semana entrante y que hable con el señor Barrington. Él se ocupará de los detalles.
—Muchas gracias, señor Huggins.
Se sirvió otro whisky.
—¿No crees que ya sería hora de que me llamaras Daniel?
—Si usted lo dice… —musitó con mucha timidez.
—Pues lo digo, Margaret.
—Está bien…, Daniel —dijo casi en un susurro.
—Así está mejor. Tengo que hacer algunas llamadas. ¿Tienes mucha prisa para cenar?
—Dispongo de todo el tiempo.
Tomó el auricular y marcó un número. Moses respondió a la llamada.
—Barrington al habla —tras sus palabras se oía el griterío que armaban los niños.
—¿Interrumpí tu cena?
—Aún no —respondió Moses—. Es precisamente por eso que con seguridad oyes el alboroto.
—Voy a ser breve —dijo Daniel—. Simplemente creí que, para variar, te gustaría oír buenas noticias.
Notó una gran emoción en la voz de Moses.
—¿Se concretó lo de Boyle?
—Mejor aún. John L. quiere que hagamos algunos trabajos por su cuenta.
—¡No bromees! —exclamó incrédulo—. No me tomes el pelo, Daniel. Mi corazón no lo resistiría.
—Es la pura verdad —Daniel rio—. Quiere que llevemos a cabo estudios imparciales de todas las áreas. Para empezar elaboraremos unos informes de los distritos de Middlesboro y Kentucky. Tendrás que organizar un equipo e ir allá inmediatamente.
—Necesito más personal —dijo Moses.
—Pues consíguelo. Y lleva contigo a Junior en calidad de segundo tuyo. Quiero que empiece su aprendizaje.
—¿Pero qué me dices de Harvard?
—Que lo deje de momento. Es más importante que adquiera un poco de experiencia con la práctica. Más tarde puede reanudar sus estudios. Tan pronto como te des cuenta de que ya sigue el hilo, déjalo allí y tú regresa a las oficinas.
—De acuerdo, gran Dan. —Habló con voz más baja—: Llamaron desde Miami. Quiere que le telefonees.
—Me ocuparé en seguida.
Moses volvió a elevar el tono de la voz.
—¡Felicidades! Es como sacar un conejo de un sombrero de copa. No sé, francamente, cómo te las compusiste.
Daniel estaba satisfecho.
—Eso es solo el comienzo. Mañana nos veremos a primera hora.
Colgó el teléfono y miró a través del escritorio.
—Una llamada más y nos vamos.
—No tengo prisa.
Dio el número a la operadora de larga distancia. Tapó con la mano el auricular mientras se establecía la comunicación.
—¿Es nuevo este vestido, Margaret?
Ella asintió.
—Es muy bonito. Pero, bien mirado, más lo eres tú.
—Gracias —dijo. Y se ruborizó.
Oyó una voz en la línea. Solo dijo el número.
—Siete, seis, tres, tres.
—Habla Daniel Huggins.
—Un momento, por favor —se oyó un clic. Lansky se puso al habla. Fue derecho al grano.
—Necesito un favor.
—Pida lo que sea —respondió Daniel.
—Se acercan elecciones en los camioneros de Nueva Jersey. Quiero que se ocupe de que las gane la persona indicada.
—Haré cuanto esté en mi mano —dijo Daniel—. ¿Cómo se llama?
—Tony Pro.
Daniel guardó silencio unos segundos. Tony Pro. Anthony Provenzano. Uno de la familia.
—No es un candidato fácil —comentó Daniel—. ¿Sabe que Dave Beck está contra él?
—Eso es problema suyo —dijo Lansky categóricamente—. Dígale simplemente a Hoffa que si Tony Pro es elegido presidente de esa sección sindical, jamás tendrá por qué preocuparse de los camioneros del litoral Atlántico.
—Me ocuparé inmediatamente del asunto —aseguró Daniel.
—Manténgame informado —dijo Lansky. Y colgó.
Daniel colgó lentamente el auricular. Empezó a marcar otra vez el número de Moses, pero en seguida desechó la idea. Podía esperar hasta mañana. Era pasar del hambre al festín. De no hacer nada a tener exceso de trabajo. De repente se sintió muy cansado.
—¿Algo anda mal, Daniel? —preguntó Margaret.
—Creo que es simple cansancio —Daniel la miró—. Ha sido un día muy duro.
—No tienes por qué llevarme a cenar. Si prefieres puedes irte a casa y descansar, de verdad que no me importaría.
—Tengo una idea —dijo él—. ¿Por qué no vamos a mi casa? Haré que Mamie prepare una buena cena y después de comer podemos sentarnos frente a la televisión.
Notó que de nuevo el calor se apoderaba de su cara, pero sus ojos estaban bien dispuestos.
—Si eso es lo que quieres.
De repente, Daniel sonrió y pareció que aquella sonrisa le quitaba un montón de años. Tomó de nuevo el auricular y llamó a su casa.
—Mamie, filetes bien grandes con abundante guarnición. Voy a cenar con una joven muy guapa.
La casa era pequeña. No era ni con mucho lo que esperaba. Estaba en un barrio donde cada casa de la calle era casi igual a la del vecino. No había camino de acceso y aparcó el coche en la calle. Cruzaron por encima de un pequeño espacio de césped hasta llegar a la puerta principal.
Antes de que llamaran la abrió una negra robusta, cuya sonrisa ponía de manifiesto sus grandes dientes blancos.
—Buenas noches, señor Dan.
—Mamie, esta es la señorita Rourke —dijo Daniel mientras guiaba a la muchacha al interior de la casa.
—Señorita Rourke —repitió Mamie.
—Mucho gusto en conocerla, Mamie —Margaret sonrió—. Espero que no le causaremos demasiados trastornos.
—¡Oh, no! ¡Señorita Rourke! Cuando se trabaja con el señor Dan una se acostumbra a todo. Nunca se sabe con quién vendrá a comer. Usted póngase cómoda y pronto tendré la cena a punto. —Miró a Daniel—. Tiene tiempo de sobras para ducharse y cambiarse de ropa, si quiere.
—Está bien, jefa —dijo Daniel. Se volvió hacia Margaret—: Mamie cree que es mi madre. Se ocupa de mi vida.
Mamie simuló que se enojaba.
—Alguien tiene que ocuparse de él. Y ahora, ¡muévase! Ya me ocuparé yo de que esta linda muñeca se sienta como en su casa.
—No se moleste. Estoy perfectamente —dijo Margaret.
Daniel subió al piso superior y Mamie acompañó a Margaret a la salita de estar.
—Ahora, por favor, quédese aquí sentada y le traeré cualquier bebida que desee.
—No, no deseo tomar nada. ¿Puedo ayudarla en algo?
—Todo está ya listo —Mamie sonrió—. Usted descanse. —Empezó a retirarse, pero se detuvo y regresó—: ¿Hace mucho que conoce al señor Dan?
—No hace mucho —dijo Margaret—. Alrededor de dos meses.
—Algo de especial debe haber en usted —comentó Mamie sonriendo—. Esta es la primera vez que trae a casa a alguna de sus amigas.
Margaret se quedó mirándola fijamente a medida que Mamie se iba. Oyó un portazo procedente de la planta alta. Lentamente, fue recorriendo con los ojos la salita. Los muebles eran anticuados, macizos y de madera oscura. Las butacas y el sofá apenas cabían en el reducido espacio. En un rincón había un escritorio y, encima del mismo, un teléfono. Frente al sofá se veía un aparato de televisión y, encima, muchos anaqueles llenos de libros con la apariencia de no haber sido leídos nunca. Colgaban de las paredes varios cuadros de pintores desconocidos. Y eso era todo.
De repente se le ocurrió algo. Rápidamente volvió a dar una ojeada a toda la sala. En ninguna parte aparecía la fotografía de nadie. Era la primera vez que visitaba una casa en la que no se exhibiera por lo menos alguna fotografía. En su casa aparecían fotografías por todas partes.
Oyó sus pisadas cuando bajaba la escalera y se volvió hacia él. Se había cambiado de ropa. Llevaba ahora una camisa deportiva, de cuello abierto, que ponía al descubierto los pelos tupidos que le cubrían el pecho, y un par de pantalones ligeros y oscuros. Sus cabellos aún estaban húmedos de la ducha y al verla sonrió.
—¿Pasa algo malo?
Quién sabe por qué parecía que se había quitado años de encima.
—Es la primera vez que te veo sin americana y corbata —comentó ella.
—Bueno, también me las quito cuando me acuesto —dijo Daniel.
Margaret se sonrojó.
—Voy a ver si la cena está lista —anunció él—. ¿Prefieres comer aquí o en la cocina?
—Donde tú digas.
—Pues en la cocina —decidió—. Es donde acostumbramos a comer. Es mucho más fácil.
Después de cenar regresaron a la salita. Encendió el televisor y colocó una botella de whisky encima de la mesita que tenían enfrente. Se sirvió un vaso.
Tras unos segundos que el aparato tomó en calentarse, apareció en la pantalla un concurso televisivo de preguntas. Margaret lo observó con interés. En su casa no tenían televisión. Daniel parecía aburrirse, pero también lo observó en silencio y tomó repetidamente whisky. Más tarde estuvieron viendo un fragmento de película y finalmente el telediario de las once. En el transcurso de la velada escasamente habían intercambiado una docena de palabras y habían permanecido sentados en el sofá, separados por una distancia respetable.
—Se está haciendo tarde —dijo Daniel poniéndose de pie—. Ha llegado el momento de que te acompañe a la parada del autobús.
Continuó sentada en el sofá sin moverse. Levantó los ojos hasta él.
—¿No me oíste? —preguntó Daniel.
—Te oí —respondió.
—Entonces será mejor que empieces a prepararte.
Se levantó, en silencio, y fue hacia él.
—Daniel…
—¿Qué pasa?
—No vine aquí solamente para cenar.
Daniel la contempló.
—Con mis años podría ser tu padre.
—Pero no lo eres.
—Oíste todas esas historias que se cuentan acerca de mí. Incluso tu padre te puso en guardia.
—Así es.
—¿Eso no significa nada para ti?
—Sí —asintió.
—Entonces lo mejor será que dejes que te lleve a la parada del autobús antes de que hagamos algo que después ambos lamentaríamos.
—¿No me deseas? —preguntó Margaret, mirándole directamente a los ojos.
Daniel no respondió.
—Yo te deseo —dijo Margaret—. Te deseé desde el primer instante, desde que por primera vez entré en tu despacho.
—No me meto con menores —replicó él ásperamente.
—Te diré lo mismo que dije a mi padre. Ya no soy ninguna niña.
Nuevamente Daniel se quedó silencioso.
—Ya no soy virgen, si eso es lo que te preocupa —explicó ella—. Pero esta es la primera vez que realmente he deseado a alguien. Tanto, que el fuego que noto entre mis piernas parece que me las convierte en gelatina, y hasta temo caminar.
Él se quedó contemplándola durante largo rato, luego dio media vuelta y atravesó la sala alejándose de ella.
—Decídete de una vez —dijo Daniel con brusquedad—. Voy a llevarte a tu casa. Quiero hablar con tu padre.
—No —protestó ella firmemente—. Cualquier cosa que quieras decirle a mi padre me la puedes decir a mí.
—¿Cuántos años tienes?
Titubeó unos segundos
—Casi diecisiete.
—Entonces debo hablar con tu padre —dijo—. Compréndelo, es que quiero casarme contigo.