El líder

Harold Robbins · Capítulo 19 de 55

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El líder

Capítulo 18

dieciocho

 

Sarah Andrews abrió los ojos cuando notó que él abandonaba la cama. Empezaba a amanecer y su cuerpo desnudo brillaba blancuzco cuando, a pasos quedos y descalzos, cruzó la habitación hasta llegar a la silla donde colgaban, cuidadosamente doblados, sus pantalones. Vio sus músculos moverse bajo la pálida piel mientras levantaba los pantalones y sintió que algo se agitaba en su interior. Contuvo el aliento. Nunca había experimentado nada parecido. Así había sucedido desde la primera vez, desde aquella noche que llegó a la ciudad el señor Lewis para organizar el sindicato de mineros. Hacía cerca de tres meses.

Aquella noche estaba casi dormida cuando oyó el golpe en la puerta. Saltó con rapidez de la cama, se echó encima una bata y se acercó a la puerta.

—¿Quién es? —había preguntado, sin abrir.

Oyó su voz al otro lado de la puerta de gruesas planchas de madera.

—Soy yo, señorita Andrews.

—Es que ya me había acostado.

—Perdone, señorita Andrews, no quería molestarla en lo más mínimo. Vine simplemente a explicarle la razón de mi retraso. —Hubo un breve silencio. Luego, otra vez su voz se filtró a través de la puerta—. La veré mañana por la mañana.

Con sorpresa comprendió de repente que el día siguiente era domingo. Y era precisamente los domingos cuando venía a la casa para astillar leña. Los domingos no había clases, así que carecía de importancia si se acostaba algo más tarde.

—Espera un minuto —dijo rápidamente—. Ahora ya me despertaste, así que poco importa que entres. Aún me queda un poco de café.

Descorrió el cerrojo y abrió la puerta. Él se quedó parado en el umbral, vacilante.

—¿De verdad que no molesto a estas horas? —preguntó.

—No, entra.

Entró al interior y ella cerró la puerta.

—Espera aquí. Voy a encender la lámpara.

El suave resplandor de la lámpara de mesa iluminó la pieza. Se volvió para quedar frente a él.

—Estuve pensando qué habría pasado.

—Tuve que asistir a una reunión —dijo.

—¿A una reunión? ¿A propósito de qué?

—No sé si se lo puedo decir —titubeó—. Prometí no decir nada a nadie.

—Supongo que no se trata de ninguna reunión ilegal, ¿verdad?

Su voz traicionaba cierta preocupación.

—No, señorita. Nada de eso.

—¡Entonces no tienes por qué contarme nada! Siéntate. Voy a poner el café a calentar.

Cuando volvió a entrar en el cuarto, él seguía de pie. Colocó tazas y cafetera encima de la mesa.

—¿Por qué no te sientas?

—Acabo de ver su reloj de pared —dijo—. Son las diez pasadas. No me di cuenta de que era tan tarde. Quizá será mejor que me vaya.

—No seas tonto —replicó ella, y llenó las tazas.

Sostuvo una frente a él y su bata suelta se entreabrió al hacer el ademán. Vio el repentino rubor que cubrió la cara de Daniel cuando tomó la taza y desvió los ojos. Sarah tardó unos segundos en comprender lo ocurrido. Bajó la vista para echar una ojeada a su cuerpo. La delgada camisa de dormir que usaba era de un algodón casi transparente. Repentinamente, una oleada de calor la embargó y sus pezones pareció que cobraban vida y se aguzaban como si empujaran la tela transparente.

Sintió debilidad en las piernas y puso una mano en la mesa para sostenerse, pero no hizo ningún intento para ajustarse la bata. Él seguía con la vista desviada cuando ella habló.

—Daniel.

—Diga, señorita Andrews —respondió sin quitar la vista de su taza.

Sintió que su corazón latía furiosamente dentro del pecho.

—¿Por qué no me miras?

Permaneció callado unos instantes.

—Es que su bata… —no pudo terminar la frase.

—Quiero que me mires —dijo y la voz le sonó extraña a sus propios oídos.

Daniel levantó la vista lentamente. Ella percibió el repentino abultamiento en sus pantalones ceñidos y la taza de café que temblaba en su mano.

Se levantó y fue hacia él, le quitó la taza que sostenía en la mano y la colocó encima de la mesa.

—¿Estuviste alguna vez con una mujer?

—No, señorita —susurró, bajando los ojos avergonzado.

—¿Qué haces entonces cuando te excitas? —preguntó.

Daniel no respondió.

—Es forzoso que hagas algo. No puedes pasear por ahí en esas condiciones.

Respondió, pero sin mirarla.

—Me masturbo.

—¿A menudo?

Sacudió la cabeza, la cara encendida.

—Por la mañana y por la noche. Algunas veces a mediodía cuando la cosa se pone muy fea.

Ella sintió que una corriente húmeda le resbalaba por los muslos.

—¿En qué piensas cuando lo haces?

Levantó la vista de repente y la miró.

—En usted.

—Quiero verte —dijo ella.

Él no hizo el menor movimiento.

Ella le puso la mano en la entrepierna. En sus dedos notó el fuerte palpitar bajo la tela. Con rapidez, desabrochó la bragueta. El pene erecto, liberado de su aprisionamiento, surgió húmedo en su mano. Con suavidad echó atrás el prepucio y lo contempla

El glande congestionado de sangre parecía a punto de estallar. Cuando bajó la vista, el órgano de Daniel se estremeció con un orgasmo y soltó un chorro de espeso y blanco semen.

—¡Dios santo! —suspiró. Sus piernas eran incapaces de sostenerla. Cayó de rodillas delante de Daniel y su propio orgasmo aumentaba la flaccidez de sus miembros. Frenéticamente, se quitó la bata con la mano libre y sus pechos quedaron al descubierto. El semen le salpicó todo el cuerpo—. ¡Dios mío!

Media hora después estaban ambos echados en la cama, desnudos. Ella tenía los muslos fuertemente apretados contra su cuerpo. Se dejó llevar por la corriente de los recuerdos y de la sensación. Nunca había sido así. En cierto modo, anteriormente, siempre creyó que era usada, pero ahora sentía que era ella quien daba. Sintió que él la penetraba de nuevo y el comienzo de un temblor le indicó el inminente orgasmo. Rápidamente deslizó una mano entre ambos y sostuvo aquellos testículos grandes, redondos, duros como piedra, mientras con la otra le atraía la cara contra sus pechos.

—¡Aún no, Daniel! —susurró—. Lentamente. Siempre así, muy lentamente.

Daniel se quedó un largo rato quieto, y cuando volvió a moverse lo hizo con las largas y dulces embestidas que a ella le gustaban.

—Así está mucho mejor —susurró ella, ajustando su ritmo al de él.

Sintió que sus labios recorrían sus pechos.

—Dígame simplemente qué debo hacer, señorita Andrews —murmuraba Daniel —. Aprenderé.

Daniel demostró ser un amante incansable. Era un erótico nato, fuerte e inhibido una vez se sentía en libertad, y parecía incansable. Todo indicaba que para él no representaba ningún esfuerzo tener cuatro o cinco, y a veces más, orgasmos en el curso de una noche amorosa. Más de una vez había quedado sorprendida ante su inmediata disposición. Una vez lo tocó accidentalmente y encontró que ya estaba a punto.

—¡Dios mío! ¿Es que andas siempre por ahí de ese modo, Daniel? —preguntó riendo.

No había perdido aún la costumbre de ruborizarse. Su cara se puso colorada y sonrió.

—Eso se diría, a veces, señorita Andrews.

Era una costumbre que no había podido vencer. Siempre cuando se dirigía a ella, la llamaba señorita Andrews. Ni siquiera en sus momentos más íntimos, cuando él mugía como un toro y ella gritaba con toda la fuerza de sus pulmones al alcanzar el orgasmo al unísono, fue capaz de llamarla Sarah. Al cabo de un tiempo ella dejó de insistir. En alguna parte recóndita de su mente, siempre sería para Daniel su profesora.

Fuera del dormitorio, nunca se pasaron de la raya. Leía, estudiaba los libros y las lecciones que ella le daba. Su disposición para estudiar y comprender lo que le enseñaba iba en aumento y eso le sorprendía tanto a Sarah como su capacidad amorosa. La velocidad con que absorbía las ideas hizo que se preguntara qué preparación tenía para educar una mente como aquella. Ya estaban trabajando con los textos de su bachillerato elemental y pronto llegaría tan lejos que ella sería incapaz de seguirlo.

Pero los meses que fueron amantes habían volado tan rápidamente como si solo se hubiera tratado de otros tantos días, y ella había dejado de pensar qué sucedería con las lecciones. Estaban a finales de mayo y dentro de unos días la escuela cerraría y ella volvería a su casa para quizá no volver a ingresar a la misma escuela. O quizá sería él. Tampoco sobre eso quería pensar.

Cerró los ojos mientras él se embutía los pantalones y salía al exterior. Pocos minutos después oyó el rítmico sonido metálico del hacha y se abandonó a un sueño satisfecho.

Lo que la despertó no fue la luz del sol que entraba por la ventana abierta. Fue el silencio. Se quedó unos momentos inmóvil, hasta que se dio cuenta de que no oía el ruido del hacha. Lanzó una ojeada al despertador que tenía junto a la cama. Solo pasaban unos minutos de las ocho. Generalmente no terminaba de astillar antes de las diez.

Saltó de la cama y se acercó a la ventana. Daniel, con el hacha entre las manos, hablaba con un desconocido. Este estaba de espaldas, así que no pudo ver qué aspecto tenía, pero vestía con harapos y estaba cubierto de suciedad. Mientras observaba, Daniel soltó el hacha y echó a andar en dirección a la casa. El hombre lo seguía. Rápidamente tomó una bata y entró en la otra pieza para recibirlos.

Se abrió la puerta en el preciso instante que ella llegaba. Daniel entró y, pisándole los talones, el desconocido. Daniel dirigió a Sarah una rápida mirada y esta vio que sus ojos extrañamente velados y una palidez grisácea bajo su piel. Parecía como si no la hubiera visto.

—Daniel —llamó ella, y percibió de repente alguna aprensión desconocida.

Daniel parpadeó rápidamente unas cuantas veces.

—Señorita Andrews —su voz parecía desprovista de vida—. Este es mi amigo Roscoe Craig.

Sarah miró al desconocido. Era casi tan alto como Daniel, pero mucho más delgado. Asomaba a su cara una barba de tres o cuatro días y bajo sus ojos aparecían profundísimas ojeras. Tenía la camisa y los pantalones rotos y sucios, y los zapatos cubiertos de lodo. Se quitó el sombrero montañés manchado de sudor y se pusieron de manifiesto unos cabellos oscuros y finos que cubrían una cabeza en la que empezaba la calvicie.

—Señora… —empezó el hombre.

—Señor Craig —replicó ella. Luego se volvió a Daniel—: ¿Pasa algo malo?

No respondió directamente a su pregunta.

—El señor Craig ha caminado tres días y dos noches. ¿Estaría bien que le preparara algo para comer?

—No faltaría más —dijo ella—. Déjame que me ocupe de ello.

—Muchas gracias, señorita Andrews —dijo con la misma voz vacía. Luego, bruscamente, salió a toda prisa por la puerta abierta.

—¡Daniel! —gritó, corriendo tras él.

El forastero alargó el brazo cerrándole el paso.

—Déjelo, señorita —dijo en voz baja—. Regresará.

Sarah se quedó mirándolo desconcertada.

—¿Qué ha ocurrido?

—Toda su familia ha muerto, señorita —respondió Roscoe con voz tranquila—. ¡Asesinada!

 

Era pasada la medianoche cuando Roscoe, que dormía en la cuadra, oyó las voces. Enderezó lentamente la cabeza y aguzó el oído. Oyó las voces ásperas y sibilantes de personas más acostumbradas a gritar que a hablar. Se calzó y se puso de pie. Con un movimiento inconsciente, se llevó la mano al arma colgada del cinturón. Maldijo a todos los diablos cuando se dio cuenta de que la había dejado en el interior de la casa de los Huggins, encima de la mesa de la cocina.

Ahora oía las voces que se aproximaban. Desesperadamente buscaba algún lugar donde esconderse. Lo único que encontró fue el heno amontonado tras el pesebre de la mula. Rápidamente se deslizó debajo. La mula, molesta, apretaba su hocico contra el heno.

—¡Maldita mula! —renegó mientras se metía más al interior del heno. Oyó pisadas de gente que entraba en la cuadra. Espió y vio los zapatos de varios hombres. Contuvo el aliento.

Los hombres se quedaron allí un rato. Luego un par de zapatos se acercó hasta donde él se escondía. Permaneció totalmente inmóvil. El hombre se detuvo cuando ya estaba cerca de la mula y luego regresó junto a sus compinches. Pudo oír el susurro áspero del hombre.

—Aquí no hay nadie, excepto la mula.

—Ve y díselo a Fitch —dijo otra voz—. Nosotros nos vamos atrás de la casa, hasta la lomita que él indicó.

Los hombres abandonaron la cuadra. Roscoe dejó escapar lentamente el aliento y a rastras salió de debajo del heno, deslizándose por el sucio suelo hasta un lugar desde donde podía ver el exterior.

Fuera había dos hombres parados. Eran hombres de Pinkerton, con sus bombines calados hasta las orejas. Cada uno portaba un rifle entre sus manos. Roscoe miró más allá, en dirección a la casa.

Vio un grupo numeroso de hombres. Contó por lo menos nueve, y quizás había más del otro lado de la casa. Mientras observaba, los hombres parecían tomar posiciones. Tras unos minutos, uno dio la señal levantando la mano.

Sam Fitch salió de entre las sombras y, a pesar de su gordura, se movía ágil y silenciosamente.

—¿Todos los hombres ocupan sus posiciones? —desde la cuadra Roscoe pudo oír su áspero susurro.

Uno de los Pinkerton, el que dio la señal, asintió.

—Clavad las antorchas en el suelo, frente a los peldaños del porche, y encendedlas —ordenó Fitch.

Dos hombres se acercaron con sigilo hasta la casa y plantaron las hachas donde se les había ordenado. Luego, con una cerilla, encendieron los trapos empapados de aceite y se echaron hacia atrás en el preciso instante en que aparecían crepitantes unas llamas amarillas que brillaban en la oscuridad.

Sam Fitch gritó en dirección a la casa.

—¡Jeb! ¡Tú y Roscoe disponéis de un minuto para salir de la casa con las manos en alto o entraremos a buscaros!

Un momento de silencio. Luego se abrió un poco la puerta. A través de la rendija llegó la voz de Jeb.

—¿Eres tú, Jase?

—¿Qué quieres? —Fitch preguntó con voz áspera.

—Roscoe no está aquí —gritó Jeb—. Saldré, pero no quiero disparos. Aquí en la casa están mi esposa y mis hijos.

—Limítate a salir lentamente, las manos arriba, y no habrá ni un disparo — aseguró Fitch.

La puerta se abrió poco a poco y apareció Jeb vestido solo con los pantalones. Su pálido cuerpo brillaba bajo el chisporroteo amarillento de las antorchas. Llevaba las manos encima de la cabeza. Parpadeó y trató de ver al otro lado de las hachas que tenía enfrente. Lentamente salió al porche y empezó a descender los peldaños.

Roscoe se dio cuenta de cuando Sam Fitch bajaba el brazo y que daba así la señal convenida.

—¡Ahora! —gritó.

—¡Échate al suelo, Jeb! —gritó Roscoe.

Pero el fragor de los disparos de rifle ahogó su grito.

Los impactos hicieron que Jeb diera vuelta sobre sí mismo hasta desplomarse pesadamente sobre una de las antorchas, que cayó al suelo y rodó debajo del porche de madera. Inmediatamente se inflamó la madera seca y el fuego empezó a devorar las paredes de la casa.

El fuego penetró por la puerta abierta y se metió al interior. La casa parecía un muro ardiente. Pronto el fuego hizo presa en el techo, que se derrumbó en menos de un minuto.

La mula, asustada por el fuego y el humo, rompió el ronzal y corriendo pasó junto a Roscoe hasta llegar al patio. Se precipitó contra el grupo de Pinkerton, que se dispersó apresuradamente, y en seguida, a galope tendido, se perdió rumbo a la carretera.

Las paredes de la casa se hundieron y el incendio cobró cada vez mayor intensidad. Los hombres de Pinkerton volvieron a agruparse.

—Debemos tratar de sacarlos de la casa —dijo uno de ellos.

—¡No seas loco! —replicó otro—. ¡Ya no queda ni uno con vida a estas alturas!

—¿Qué haremos entonces? —preguntó el primero.

—Largarnos lo antes posible —le respondió el otro—. Por nada del mundo quisiera encontrarme por esos parajes cuando se den cuenta de lo ocurrido. —Se acercó a Sam Fitch, a quien el fuego parecía haber transfigurado—. ¡Señor Fitch!

—¿Qué hay? —su voz era sorda.

No podía apartar los ojos del incendio.

—Creo que lo mejor será que nos vayamos —dijo el Pinkerton.

Fitch se volvió hacia él.

—Fue un accidente. Usted lo vio. Fue un accidente.

—¿Habrá alguien que lo crea cuando encuentren a ese cadáver cosido a balazos? —preguntó el tipo.

De repente pareció que Fitch recuperaba sus fuerzas.

—Eso lo arreglaremos. ¡Eh, venid a ayudarme! Tiraremos el cuerpo al interior de la casa.

Ninguno de los Pinkerton se movió.

—Sois tan culpables como yo —clamó Fitch mirándolos—. ¿Queréis acaso dejar aquí tirada la prueba para que nos cuelguen?

Silenciosamente, algunos de los hombres se acercaron. Tomaron el cuerpo de Jeb por las manos y por los pies y lo lanzaron al centro de la casa convertida ahora en una inmensa hoguera.

Fitch se quedó con los ojos fijos en las llamas por unos instantes y luego dio media vuelta.

—Ahora sí, vámonos de aquí cuanto antes.

Al cabo de unos minutos de haberse ido, Roscoe se puso cansadamente de pie. Caminó hasta el montón de ascuas que aún ardían y que fueron alguna vez el hogar de los Huggins. Inmediatamente cayó de rodillas y, con las lágrimas resbalando por sus mejillas, empezó a rezar.

—¡Dios mío! —lloraba—. ¿Por qué permitiste que todo eso les ocurriera a esas preciosas criaturas?